¿Eres nostálgico?
-Para nada. Siempre la época que más me gusta es la de ahora.

Tu muestra actual, La tercera mano hace un recorrido por 30 años de tu trabajo, ¿qué viste?
-Veo la evolución de una persona joven, desesperada, furiosa, torpe, bastante menos educado plásticamente y cuando viejo veo a alguien más divertido, más juguetón, pero más en paz. Mucho más en paz. Es bonito ver esa evolución. Siempre he creido que el trabajo es constituirse como persona, como ser humano y el arte tiene que ver con eso. Pero también es desarrollar un lenguaje propio donde para mí ha tenido que ver con que menos es más, con sacar lo mejor y con refinar. Refinamiento, esa palabra me conmueve mucho, sacar lo mejor.

¿Qué ves en tus primeros tiempos como pintor?
-Son mucho más desgarrados, tienen que ver con traumas, soledad, son adolescentes, hablan de esos temas. Hoy día nada de eso está, o está de otra manera. Uno siempre hace lo mismo, pero las perspectivas cambian tanto que pareciera que fueran otras cosas. Hacer cosas es un misterio demasiado grande, al principio uno no sabe en lo que se mete.

El arte nunca ha sido un camino de mierda?
-Muy poco. Todo el mundo que rodea el arte es muy terrible porque es competitivo, hay envidia, cahuines, todo tipo de cosas, pero cuando tú trabajas ese mundo queda afuera. De joven te afecta mucho más, cuando tienes que hacerla, para sobrevivir hay que codear y salir adelante, estás solo en eso y hay que convencer a un montón de gente que tu trabajo es significativo, pero a nadie le importa, porque cómo tú convences de que tu trabajo es significativo, que es importante. En el trabajo hay mucha obra que es re mala, pero es mala porque había que conquistar libertad, había que darse permiso para hacer cualquier cosa. Si tú no conquistas libertad no puedes llegar a lo otro, a recoger ese hilo que es este camino del arte.

¿A qué te refieres con obra mala?
-Hay algunas en las exposiciones que uno se pregunta cómo hice esto tan terrible, pero era un momento que uno tomó la decisión de hacer callar ese crítico, porque ese crítico era paralizante. Yo hice una exposición que se llamó La Odisea, muy antigua, del año 88. El texto lo hizo Raúl Zurita, que es precioso, yo me di cuenta que el cíclope del que hablaba Ulises era un personaje interno, ese personaje era un crítico y que webiaba todo el rato, que te dice ‘qué estas haciendo si tú no eres artista’. Ese monstruo personal es necesario dejarlo ciego. Fue necesario hacer todo tipo de cosas para ser libre. Un lugar donde uno puede crear sin boicotearse.

¿Te incomoda que uno te relacione permanente con un grupo?, me refiero a Bororo, Pablo Domínguez y Matías Pinto, casi como que hablo en plural.
-No para nada. Me siento muy cómodo. Siempre hablo en plural porque soy muy orgulloso de mis amigos y a medida que pasa el tiempo y conozco más gente, me siento más orgulloso de ellos porque comparto su filosofía, su manera de enfrentar las cosas.

Bueno, tú y tus amigos irrumpieron en los 80 fuera de la norma, en un momento en que el arte era militante contra la dictadura, a favor de los derechos humanos, el arte tenía un “deber ser”, pero ustedes no mostraban eso en su obra.
-No era planfletario. Lo tenía en el sentido de rebelión, de libertad, pero mucha gente no lo entendió para nada porque no era obviamente político. Nosotros participamos en todos los eventos en contra de la dictadura que hubo, lo que pasa es que había dos alternativas, llorar permanentemente o decir que estábamos vivos, que éramos jóvenes y que ese era el pedazo de juventud que íbamos a tener hasta la eternidad y que no lo íbamos a gastar llorando. Eso pudo haber sido criticado.

¿Sentiste desprecio?
-Sí, sentí desprecio y envidia. Nos bajaron de muchas cosas porque había una guerra al interior del mundo del arte donde no se soportaban otras ideas. O eras un tipo racional y haces todo tu trabajo en torno a una definición intelectual muy severa o tú te declarabas libre para hacer lo que se te daba la gana y te arriesgabas a que te fuera como el hoyo, pero haces lo que tienes que hacer. Aquí hubo un ninguneo poderoso, pero no a nivel político, sino que a nivel de universidades, de la enseñanza del arte. Pero siempre tuve la dimensión que la vida era muy corta y que no hay tiempo para escuchar cabezas de pescados. Lo que hay que hacer es trabajar para ver si en algún momento uno puede hacer una obra significativa, que lo emocione a uno y a los demás.

En este primera etapa en el mundo del arte, la Escena de Avanzada…
-…ya me vas hacer entrar en polémica con el grupo de Avanzada. Yo amo al grupo de Avanzada.

¿Pero ese grupo no te ama a ti?
-Ja, ja, ja…No tengo idea, algunos me quieren mucho en todo caso. Tengo conciencia que genero envidia y lo he hecho siempre.

¿Por qué?
-Porque soy alegre, me cago de la risa y eso puede ser molesto. Yo era provocador además, les decía cosas por la prensa, echaba la talla, no respondía a su autoridad. Había autoridades fundamentales que había que respetar y el que no lo hacía quedaba afuera, nosotros no pescábamos eso.

¿Le tenías miedo a esa gente?
-Claro, eran aterradores…Pero eso pasó en el año de la corneta, no es bueno perder el tiempo hablando de otra gente, que cada uno haga lo que quiera.

Imagino que si uno hace una exposición con 30 años de trabajo, hay una mirada nueva de la propia historia, de lo que uno hizo, con quién peleó, si uno fue cara de raja…
-Hay una obra que está en el Congreso, que no la pudimos conseguir para esta exposición porque es mucho el trámite que se necesita para sacarla, pero es mi obra más provocadora de todas, es muy divertida. Era extrema, solo jugar, de una libertad absoluta y terminó en el Congreso Nacional. No sé cómo llegó ahí, pero eso era provocador. En el fondo era como decir, ‘así es que tú estás pensando en muchas cosas, pues bien yo no, en nada’, pero no era que uno no tuviera ni una idea. Lo que uno hacía era luchar por tener el derecho a decir hoy así, mañana asá, pasado mañana de otra manera. Yo quiero el derecho a hacer lo que me plazca y solo decir eso era irreverente.

Cuáles eran tus máximos enemigos de esa época…
-Ja, ja, ja…Hay personas de esa época que hoy día las quiero, cómo voy hablar mal de ellos. Pero yo sentía que nadie hablaba con sinceridad, que todo el mundo andaba como mostrándose, tratando de ser más inteligente que el otro. Había una lucha por el poder y yo trataba de entender eso y me subí a ese carro, y traté de ser así. Fue tan potente eso que tuve un desorden total de la personalidad y terminé en el siquiatra y con él pude ver qué pasaba. Ahí entramos en un tema súper personal que es la búsqueda del padre. Encontrar el padre, es tu centro y decir, de ahora en adelante hago lo que quiero.

Chuta, terminaste en el siquiatra, lo que decía esta gente te importó.
-Por supuesto, en esa epoca sí, pero cuando nos liberamos de eso nunca más. Ahí ya viene la amistad con el Boro, Pablo, Matías y ahí hacemos un equipo y nunca más pescamos. Nos divertíamos haciendo cosas y trabajando, teníamos talleres juntos, conversábamos de arte, ahora no podríamos hacerlo porque estamos más neuróticos, jajaja.

Esos monstruos críticos te ayudaron a construir lo que eres también.
-Claro que sí. En ese grupo está Eugenio Dittborn, que es de los que más respeto, Carlos Leppe que fue muy útil y que en paz descanse, pero era un tipo que copiaba todas las cosas que veía afuera. Con Gonzalo Díaz tengo gran gratitud porque fue un gran profesor mío, y después de mi hija. Toda esa gente iba a mi casa, las historias no son tan fáciles. Cómo voy a pelar a la Nelly Richard ahora, cada vez que la veo me dan ganas de abrazarla y besarla, porque me cae bien, fue parte de mi historia y la quiero. Siempre la encontré divertida, era terrible, pero en las fiestas era genial, bailaba… Todos ellos tenían una postura que me hizo crecer…

Te hicieron crecer a patadas.
-A patadas, sí. Pero al final mi maestro más importante ha sido el Bororo.

¿Cuándo sentiste que recuperaste tu centro?
-Apartir del año 88 ya la cosa fue otra onda, me gané una beca, fui a Estados Unidos… Todavía me acuerdo que ese año le dije al Boro, ‘A nosotros nos van a enterrar vivos. Vamos a desaparecer de esta escena durante diez o veinte años. Y vamos a desaparecer o porque pasamos de moda o porque lo que hablábamos no era de interés de la academia ni de la gente que tiene poder en el arte’. Y le dije paciencia, que lo que teníamos que hacer era trabajar nomás. Y hubo un hito clave, que fue cuando Gerardo Mosquera, curador e historiador del arte cubano nos incorpora en un libro de historia del arte chileno Copiar el Edén. Y a partir de ahí, cuando alguien de afuera reconoce a estos ridículos, a estos payasos que pintaban, estos frívolos etcétera, ahí se comienza a recupera la imagen de los demás. ‘Ah parece que estos tony tenían algo’…

¿A qué te refieres con eso que los iban a enterrar vivos?
A no ser mencionados en las universidades, no salir en publicaciones, a no existir. Eso duró como diez o quince años.

Después que salen en la recopilación Copiar el Edén del 2006, ¿qué pasa?
-Hay gente que quiere hablar contigo. El 2001 hago el programa Viaje al centro de la música en Canal 13 con Rip Keller, es justo el momento que surgen las redes sociales, notas que hay gente joven que se interesa por tu obra, por escucharte. Además, mis hijos entran en la universidad y conoces a la nueva generación, estableces lazos con ellos, hay miradas nuevas.

El 2008 muere Pablo Domínguez, ¿se van a la cresta?
-Eso fue un bombazo. Muere uno de los personajes más queridos. Cambió la onda. Y es que lo que pasó con nosotros es como un fenómeno. A la Susana, mi mujer, le gustaba nuestro trabajo, decía que era honesto, divertido. Ella trabajaba en el Banco del Estado y un día se aburrió y con su hermana agarra una carpeta de nuestras cosas y sale a vender. Y les fue la raja. Ella siempre creyó en nosotros y gracias a ella se dio este fenómeno que nos va bien. Eso, sumado a que socialmente éramos buenos, nos reíamos. Pablo además era muy gracioso, no tenía filtro con nadie, trataba a todo el mundo igual. La Susana, el Bororo -que era otro personaje- Matías, se produjo un fenómeno casi social. Nos vimos envueltos en esto y disfrutábamos mucho. Fuimos a exponer a Alemania, Venecia, Roma, era como un sueño, muy mínimo y modesto, pero eran puras historias de amistad, de cariño. Aquí no había algo profesional. Era una señora, que se rayó con su marido porque lo quería mucho y que además llevó a sus amigos a todas partes. Eso fue lo que pasó. Y después cuando Pablo se muere todo eso se termina. Para todos fue muy triste. Muy potente. Es distinto. Ahora ya estamos viejos y es otro mundo, mis amigos siguen siendo personajes nobles, buena onda, siempre nos vemos, pero cada uno en lo suyo. Y muy bien.

¿Se terminó?
-No es que se haya acabado, la amistad sigue, pero ese fenómeno, ya no fue más. La Susana se cansa, deja de interesarse por los artistas, los encuentra unos lateros, mucha fiesta, mucha cosa, pero sobre todo se cansa del público, de los compradores la verdad, le empezó a dar lata.

¿El comprador no te quitaba energía?
-No, al contrario. Nos caían regio, cuando alguien te compra algo lo quieres mucho.

Cuando lograste ser parte del mundo del arte, en ningún momento viviste un hastío.
-No, porque nunca lo tomamos muy en serio. Tampoco es que nos dieron tanta pelota. Lo importante es que uno nunca ha dejado de trabajar y que tenemos cuerda para rato y con mucho entusiasmo. Que es mi otra palabra favorita, que significa algo así estar como estar poseído por los dioses, nada que ver con la religión. Es un estado alterado, pero natural, se parece mucho al ácido. Y yo tengo esa sensación que puedo trabajar, cantar cocinar, pintar, querer, ver a los niños, estar con la familia, los amigos y es como un concierto la cuestión y está divertido todos los días. Y uno se cae a veces, pero esto te levanta.

¿El reconocimiento no te ha hecho dudar?
-No, porque no me siento muy reconocido. Siento que estamos rodeados de puros amigos, esta es una sociedad muy pequeña y hay una confusión, porque uno no sabe si te reconocen porque le caes bien o porque le gusta tu pintura. El día en que vengan del MOMA a buscarme, ahí me voy a creer la muerte.

Internacionalizar tu obra, ¿te habría gustado?
-Me hubiese encantado, pero creo que será después de muerto, como Juan Downey, bueno lo reconocieron en vida, pero se demoraron 24 años en colgar una obra de él en el MOMA. Cuando lo vi el año pasado me emocioné. Cuando era joven tenía mucho raye con eso. Quería ser famoso, exponer en la Tate Gallery, cualquier cosa. Y escuchaba a profesores que decían que eso no era tan importante, y no les creía, pensaba que lo decían por viejos. Pero cuando uno es joven uno solo quiere eso, pero después eso se pasa. Hay algo que adquiere cada vez más valor que es la relación entre tú y tu quehacer que es mucho más gratificante, después no te importa nada. Chao.

¿Sentiste que abandonar la ambición fue una pérdida?
-No. Ha sido una liberación. No es una pérdida. Cada día lo paso mejor.

No te gusta hablar de esta muestra como una retrospectiva…
-Es que no es exactamente eso, hay muchas obras de ahora además. La exposición intenta entender la obra en el sentido de relacionar periodos diferentes para entender que siempre existieron las mismas inquietudes. No están elegidas por el gusto del curador sino porque hay ciertos elementos que se relacionan unos con otros. Por ejemplo, cosas mínimas, aparecen grillas desde el primer momento. Están aquí, allá, pero también en los años 80.

Tu pintura ha cambiado en los últimos años, ¿hay algún hito?
-Cuando me cambié a este taller, que fue el 2001. Fue tan impresionante para mí. Yo venía de una casa normal en la calle Santa Victoria, había estado 17 años ahí y de pronto encuentro este lugar porque Matías se había cambiado cerca. Cuando la arquitecta arregla el taller y queda este enorme espacio fue como un golpe energético tremendo. Eso afectó a mi pintura y se empezó a limpiar, a ordenar. Ahí empezamos a ir a ferias afuera, Buenos Aires, Bogotá, nos relacionamos con más afuera, eso quizás también cambió… no sé, es un misterio…

¿Cuál es tu lenguaje?
-Nunca me he dado cuenta que tengo un lenguaje propio, aún no logro verlo, pero es como un juego permanente. Lo que me importa es sorprenderme, entretenerme, rellenar colores, eso es lo que me gusta a mí. Eso es la verdad de esta cuestión. Juegas con una realidad con un pincel, es casi absurdo. Siento como que tuviera cinco años. Y me gusta haber reconquistado tener cinco años.

BACHELET LOVER

Eres un tipo que le ha ido bien en el mundo del arte, un privilegiado.
-A cada uno le tocan cosas diferentes. Uno tiene que luchar lo más posible para que los privilegios que uno tiene le lleguen a la más gente posible, eso es lo que uno hace en la vida. Por eso uno ama a su presidenta Bachelet. Yo amo a mi presidenta Bachelet. La voy amar siempre. La encuentro maravillosa. Alguien que habla de educación gratis para la mayoría, que lo pone como tema central y que lo está logrando, me cae muy bien.

¿No ha habido nada en todo este tiempo que te haya hecho cambiar tu apreciación por ella? ¿O ustedes son amigos?
-No somos amigos. La derecha siempre ha hecho campañas feroces contra cualquiera que le toque sus intereses y esta es una más. Subieron los impuestos y la odiaron, punto. Y la van a destruir todo lo que puedan por eso. Es bien fácil de entender. Una campaña de todos los diarios, las televisiones donde todo el mundo engancha y ella es una héroe. Obvio. Para mí está clarísimo.

¿Ni el tema de Sebastián Dávalos?
-Me parece lo más humano que hay, a cualquiera le hubiera pasado. La comprendo perfectamente.

No crees que hay una mala gestión ni que el país se está yendo a la cresta…
-No. Mentira. Todas esas cosas son mentiras, perate no más, este país está como avión.

¿Como avión? Los índices económicos no dicen eso precisamente.
-Que baje el crecimiento es algo que pasa en todos los países de Latinoamérica y eso va a cambiar. Son ciclos económicos. Cuando se vaya la presidenta Bachelet todos van a decir ‘qué gran gobierno’.

¿Te gusta la Nueva Mayoría o solo Bachelet?
-No sé, ahí no tengo tanta claridad. Soy lo que se llama bacheletista. Me gusta ella. La encuentro chora. Si me preguntas si votaría por Guillier, te diría que no. Estuvo metido en una suerte de extorsión contra un juez y eso lo encontré bastante indigno.

El mundo del poder nunca te sedujo.
– Me carga. Nunca me he metido en ese rollo. En la primera campaña, cuando conocí a la presidenta le dije que quería ser ministro de Hacienda, le dio risa, jajaja.

¿Y ser ministro de Cultura?
-El ministerio de Cultura es para un tipo de persona que no tiene la urgencia de rayar papeles con colores, yo tengo esa urgencia. Eso es lo que me importa y me interesa.

Galería Gabriela Mistral. Alameda 1381.
Hasta el 28 de abril. Entrada Liberada
Más información www.ggm.cultura.gob.cl