Fundadora de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFDD) y comunista desde su adolescencia. Ana González fue dirigenta de base, presidenta de la junta de vecinos y una activista de aquellas que pasarán a la historia. Pasó su vida buscando la forma de acabar con las desigualdades sociales y buscando verdad y justicia para las víctimas que dejó la dictadura chilena.

Su pasión inagotable, su fuerza y su valentía característica fueron la que la transformarían, en poco tiempo, en un símbolo de la defensa de los derechos humanos. Antes de su muerte pensaba en que le gustaría ser recordada como una mujer que amó mucho a su pueblo, sin embargo, será recordada por eso y por mucho más.

Emblemática como ella misma fue la carta que Ana escribió al general Juan Emilio Cheyre el 28 de abril de 2007. “Cuando niña, aprendiendo de nuestra historia patria, se me grabó el gesto del Almirante Miguel Grau, al devolver a la viuda de nuestro héroe Arturo Prat, sus cartas y pertenencias. Qué nobleza, y era el enemigo. ¿Por qué a nosotros no nos devuelven los huesos de nuestros amados, chilenos que fueron masacrados por otros chilenos? Le aseguro que el país avanzaría por el camino del honor, la grandeza y la recuperación de su salud mental. Me niego, como ciudadana de este país, a que tanto crimen siga en la impunidad, a que nuestro dolor siga ignorándose y se nos niegue lo más elemental: Verdad y Justicia, nada más pero nada menos. En Santiago, a 19 días del mes de Abril de 2007, a tres días de cumplirse el 31 aniversario de la detención y desaparición de los míos”, decía González en uno de los párrafos de aquella misiva.

Memorias de una luchadora incansable.

El mismo barrio donde vivía con su familia fue el que vio desaparecer a sus a sus hijos Luis Emilio y Manuel Guillermo, de 29 y 22 años, y a su nuera Nalvia de 20, embarazada de tres meses. Fue el 29 de abril de 1976 cuando la Dirección Nacional de Inteligencia (DINA), policía secreta de la dictadura pinochetista, se los arrebató. Lo mismo ocurrió con Manuel Recabarren, su esposo, al día siguiente, cuando salió temprano de casa para buscar a sus hijos.

Desde ese momento, Ana González entendió que dedicaría su vida a la búsqueda de verdad y justicia. Y hoy, 42 años después, falleció sin saber dónde estaba su gente torturada, desaparecida y asesinada por agentes del Estado.

Recorrió calles, comisarías y hospitales buscando a su familia. Cada vez que sonaba la manilla de la puerta principal de su casa se sentía invadida por la esperanza de que aparecieran asomándose por el umbral. La ansiedad y el dolor que le generó aquel sonido la llevó a tomar la decisión de ponerle un candado, y desde ahí que ya no se entró más por aquella puerta principal de su casa en San Joaquín, comuna ubicada al sur de Santiago.

Dentro de su activismo, y entre muchas otras cosas, participó de la primera huelga de hambre en la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), acudió, por nombrar algunas instituciones, a Naciones Unidas, a la Organización de Estados Americanos, a la Cruz Roja Internacional, a la Comisión Internacional de Juristas, al Vaticano, el Consejo de Iglesias de Nueva York, Amnistía Internacional, universidades y medios de comunicación, portando siempre la imagen de sus desaparecidos. En uno de sus regresos a Chile se encontró con una condena al exilio, sin embargo, la firme decisión de volver al país y la presión internacional obligaron a la dictadura a permitir su regreso.

Su historia de vida, al contrario de lo que se podría llegar a pensar, no le impidió vivir la felicidad y el disfrute de las pequeñas cosas. “La felicidad es la alegría de vivir, y que haya dónde dormir, dónde anidarse en una casita, tener hijos, que los hijos se eduquen, que todos los jóvenes estudien, que los niños sean felices y que los viejos sean bien cuidados por todo lo que han hecho en su vida. Yo creo que es muy difícil ser feliz en las circunstancias en que estoy, porque ser feliz es no saber de la infelicidad. Pero hay sonrisa, porque lo que la dictadura quiso es que yo, como tantas, nos fuéramos a la casa a llorar y quedarnos muy tranquilas. Pero no lo lograron”, le comentó Ana al periodista Richard Sandoval en una entrevista realizada en enero de este año.

Esta partida, además de su inabarcable legado, nos deja con un libro autobiográfico que quedó listo para ser publicado. Son las memorias que Ana escribió durante años y que recogen esa historia de vida embriagada de lucha con sentido social.

Su pelo tomado tras la cabeza, sus manos siempre elegantes y su mirada inmiscuida con la historia son imágenes que quedarán grabadas en la memoria nacional, en esa memoria que no olvida ni olvidará jamás a las víctimas de la dictadura chilena. Porque la búsqueda y lucha de Ana González no se termina con su muerte. Ahora es el deber de Chile continuar haciéndolo, y es el momento de que Ana, si es que existe otra vida, vuelva a encontrarse con sus hijos, con su gente.