En septiembre pasado, la escritora nacional Diamela Eltit fue galardonada con el Premio Nacional de Literatura 2018. Unas semanas antes del reconocimiento, en entrevista con Nodo XXI, recordó el plebiscito que cumplía 30 años y la transición política y cultural que hubo tras este hito.

Durante esos años, ella observó e hizo algunas preguntas críticas sobre lo que estaba ocurriendo, sobre “el pacto” entre fuerzas democráticas y los cómplices de la dictadura. “Era fuerte ver ese pacto, pero nadie podía negar que era interesante terminar con un estado de cosas que vulneraba derechos básicos de la gente. Lo que era difícil de asumir eran las condiciones en que esto se producía: con el dictador adentro”, critica.

Pinochet se mantuvo en el cargo de comandante en jefe hasta el 10 de marzo de 1998 y al día siguiente asumió como senador vitalicio. Para la autora de Lumpérica (1983), este es uno de los motivos por los cuales “la dictadura duró más que su realidad”.

“Para mí, la dictadura no duró 17 años, sino más o menos 25. El nombre ‘transición’ no era real, era una ficción -necesaria seguramente-, pero una ficción porque el dictador estaba ahí. Después vino la instalación acrítica del neoliberalismo que sumó una frontera compleja de vivir en la relación entre sujeto y objeto. El consumismo es un gran método para diluir la angustia y para hacer de la memoria algo retardado; es un anestésico”, dice.

De todas maneras, Eltit aclara que no pretende igualar la transición con la dictadura: “Eso sería un error, porque sería desconocer las muertes; una desvalorización del tema de los derechos humanos. Pienso que lo que pasó ahí es lo más grave que ha pasado en el siglo XX, pero eso no significa que no hay una gravedad en otro registro, otra devaluación entre el ‘88 y ‘90”.

En ese sentido, la transición representa para la izquierda y el mundo progresista un período complejo. Hay una izquierda que se relaciona con la transición, ¿cómo piensas esta definición de un segmento de la izquierda?

-“En ese momento no se puede hablar de una izquierda. Habría que hablar de varias izquierdas. Por ejemplo, el Partido Socialista sufre matices, bastantes matices. El PPD para qué decir. La misma Democracia Cristiana va a ser más de una. Lo que se entendía como elementos cohesionados frente a determinadas demandas o prácticas, se empieza a fraccionar. La izquierda pierde su impronta”.

Según la premio nacional, esta división produjo una “relación tóxica” entre la izquierda y la derecha, pero en un sentido completamente diferente al de la dictadura: “Veraneaban en los mismos lugares, vivían en los mismos barrios, iban a los mismos colegios. Los años 90 fueron los de un arribismo extremo, la idea del winner y el loser. Se articula y ensaya una violencia más o menos grande. Creo que ahí entró en esa lógica una izquierda que se debilitó”.

¿Cómo relacionamos ese escenario político con la cultura y el plano simbólico en tu literatura, por ejemplo?

-“Todo este cambio tocó lo literario, porque se abrieron editoriales nuevas, también diarios de crítica que antes eran extraordinariamente minoritarios, aunque también hubo cierres de muchos medios. Hubo una visibilidad mayor para el ambiente literario, crítico y cultural. Sin embargo, me mantuve en una línea de trabajo que no era lo que el mercado quería. No integraba la Nueva Narrativa (…) porque no me parecía eso de hacer un festejo tan acrítico de las nuevas condiciones, aunque valoraba mucho que se hubiera acabado el estado de excepción. Como ya tenía algo, pude seguir publicando sin dificultades, pero no en los centros, sino, más bien en los lados más laterales. Por otro lado, como mujer también tenía todas las limitaciones de género”.

En tu trabajo hay una constante de trabajadores y trabajadoras, mujeres, sujetos que están en un estado de vulneración. ¿Cómo estos últimos 30 años han afectado en esa línea tu trabajo?

-“Nunca dejé de mirar lo que tenía que mirar. Vi el genocidio obrero como un sistema, para parar a estos trabajadores, flotantes, fundamentalmente tercerizados. (Vi) en una ciudad muy territorializada como esta, lo que ocultaba este territorio, es decir, dónde vive la mayoría de la gente. Se empezó a segmentar a la población, pero para desagregarla de las estructuras que el neoliberalismo acepta. Entonces, me interesó esta desagregación: los trabajadores del súper, la gente que vive en los blocks o los vendedores ambulantes”.

Para Diamela Eltit estos sujetos a los que les prestaba atención son una representación simbólica y van más allá de sus mismos cuerpos. “Me interesó cómo el sistema está generando un excedente muy complejo, como es la delincuencia al nivel que la tenemos ahora. Este es un enemigo generado por el neoliberalismo a causa de tanta desigualdad”, reflexiona.

Entre las víctimas del neoliberalismo, menciona la educación, y a la gratuidad como “el resultado de una lucha estudiantil que se enfrentó al sistema”. Según ella, naturalmente el sistema respondió de una manera neoliberal, en la que “los recursos van derechito a las universidades privadas”. Lo que esperaba la ensayista, en cambio, era una expansión de la universidad pública. “Aun así, pongámoslo en otro registro: en el alivio que trae para la gente que puede estudiar gratis, y eso es muy positivo”.

Otra de las luchas que Eltit destaca como uno de los momentos del siglo XX es la feminista: “Somos un sujeto oprimido, especialmente las mujeres de clase media y populares. Están colonizadas, en el imaginario lo están. Por lo tanto, repiten las ordenanzas hegemónicas (entendiendo la hegemonía como masculina). Entonces, no hablo de hombres, hablo de poderes. Ahí, yo creo que se abrió una puerta y la gran puerta que queda es esa”.

En ese sentido, agrega que el liberalismo va a aceptar muchas cosas relacionadas a este movimiento, como la transexualidad. “El mercado va incorporando con mucha rapidez las subjetividades. Las coopta y las vuelve mercancía y las acepta. En problemas que se veían muy difíciles, como el aborto en tres causales que existía y va a ser repuesto, el sistema cede ahí, pero hay algo que es inamovible: la diferencia salarial entre hombres y mujeres”.

La diferencia salarial y también el trabajo reproductivo. Ahí hay una piedra que toma el feminismo.

-“La pregunta es por qué se mantiene esa desigualdad salarial. Ahí está la voz más simbólica, que considera que la mujer vale menos. La única manera en que te paguen menos, a igual trabajo, es que valgas menos y, sobre ese menos, hay otros menos. En el trabajo de los cuidados… Creo que ahí falló Marx, porque lo nombró como trabajo improductivo, pero si no hay esos cuidados se cae el sistema. Pero la cara visible del poder son los trabajos pagados. Ahí está el meollo. El capitalismo se sostiene en parte gracias a la inequidad salarial”.

¿Cómo es posible hacerse cargo desde la izquierda y el progresismo de las ambiciones de esos movimientos que cuestionan la separación entre la sociedad y la política?

-“Si bien hay un recambio (político), básicamente dado por el Frente Amplio, siguen vigentes dos problemas, a mi juicio: uno, la falta de conexión con el aparato social, (…) donde se necesita una voz dialogante porque esos sectores tienen mucho que decir también. No se trata de ir a pedagogizar, se trata de ir a escuchar para ir a aprender. Segundo, se están repitiendo los mismos hitos del siglo XX, con líderes hombres que están en todos los frentes. Las maniobras de poder siguen vigentes, y eso es negativo porque el mundo no está formado solo por hombres. Tú miras los liderazgos y no ves nada distinto”.

En términos de género, esta seducción masculina del poder, mantener ese mismo deseo traducido en una lógica de dominación.

-“Las mujeres se pliegan para ser vicepresidenta, es una lógica autodestructiva. Hay que buscar nuevas organizaciones, nuevas estructuras y deshacer esa cuestión tan vertical si se está tratando de democratizar un país”.

Lee la entrevista en extenso en Nodo XXI.