Reportaje de Víctor Gómez publicado en The Clinic el 24 de diciembre del año 2003

El helicóptero aparece sobre la Cárcel de Alta Seguridad a la hora prevista, precedido por ráfagas de metralleta. Son las tres de la tarde del 30 de diciembre de 1996. Es un día caluroso. Los muros de la prisión más resguardada del país hierven. Desde el helicóptero baja con precisión un canasto que se posa en un estrecho patio de la cárcel.

Ante la sorpresa y el espanto de los gendarmes, cuatro miembros del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR) corren hacia la bolsa colgante. Se trata de Ricardo Palma Salamanca, Pablo Muñoz Hoffmann, Mauricio Hernández Norambuena y Patricio Ortiz Montenegro. Solo los primeros dos consiguen meterse adentro. En cosa de segundos el canasto vuelve a ganar altura. Hernández y Ortiz comienzan a sobrevolar la cárcel colgando.

Así parte la llamada fuga del siglo: un rescate de características hollywoodenses que muestra la capacidad operativa que aún exhibe el FPMR en 1996. A siete años de los hecho el frentista Patricio Ortiz accedió a contar a The Clinic los pormenores de esa jornada y de cómo y por qué llegó a Suiza a solicitar asilo político.

Sus recuerdos son vívidos, casi urgentes. Dice que apenas el canasto toca el cemento, comienza a dar bandazos, dificultando el abordaje de los frentistas.

-La idea era distribuir el pesos de manera uniforme, para ganar estabilidad. Yo iba a ir espalda con espalda con Ricardo Palma, igual que Pablo Muñoz con Mauricio Hernández-, recuerda Ortiz.

Pero no tienen tiempo para ponerse en la posición correcta. El canasto está sólo unos segundos en tierra y el helicóptero vuelve a elevarse.

-Yo soy el último en subir. Cuando la bolsa está a casi dos metros del suelo, salto y me agarro de una especie de manguera gruesa que hay por fuera. Luego intento tomar una de las cuerdas que sostienen el canasto. Me doy un impulso y consigo subir una pierna. No quedo adentro, pero me estabilizo-, detalla.

Mauricio Hernández no logra hacer lo mismo. En el peor momento de la fuga, el bamboleo hace que el canasto se estrelle contra uno de los muros de la prisión. Hernández recibe el golpe en la espalda.

-Fue como el azote que le da un dinosaurio a su presa-, recuerda el frentista. Pese al dolor, Hernández no se suelta. Sin embargo, caer no es el único problema. Al ir completamente afuera del canasto es un blanco perfecto para los gendarmes. Desde el helicóptero, los frentistas aumentan el fuego sobre las casetas de vigilancia para cubrir a Hernández.

-Pero los gendarmes, al contrario de lo que se dijo, no repelen el ataque. Simplemente se refugian. Pienso que la sorpresa jugó en favor nuestro- explica Ortiz.

En fracción de segundos, los cuatro frentistas salen del alcance de las balas. Hernández, quien sigue colgando durante los dos minutos y medio que dura el viaje, es el prisionero que más le duele perder a Gendarmería y al gobierno. Llegó a ser el quinto hombre del FPMR y al momento de la fuga estaba condenado a doble presidio perpetuo como autor intelectual del homicidio de Jaime Guzmán y del secuestro de Cristián Edwards. También participó en el atentado a Pinochet y en el asalto al retén Los Queñes.

Palma y Muñoz no son menos relevantes: el primero tiene tres cadenas perpetuas, una de ellas, por el homicidio del senador Guzmán. Muñoz, en tanto, está vinculado al crimen del coronel (R) Luis Fontaine y cumple condena por el asalto a un camión de valores en el campus oriente de la UC. En esa acción Muñoz participó junto a su hermano Alex y al frentista Fabián López. Tras el asalto, estos últimos se refugiaron en una casa y tomaron a sus moradores como rehenes. El secuestro fue televisado y terminó con los dos frentistas muertos.

Por último, va Patricio Ortiz, nuestro entrevistado. Al momento de la fuga estaba condenado a 20 años por el asesinato de un policía en marzo de 1991, entre otros delitos.

El helicóptero avanza a 200 kilómetros por hora con estos cuatro hombres girando en la precaria bolsa. Se dirige hacia el sur de Santiago. Las fuerzas de Hernández llegan a su límite cuando aún falta parte del recorrido. El frentista grita que se va a soltar. Están a 500 metros de altura. Ortiz recuerda que Muñoz se asoma al borde del canasto y con una arriesgada maniobra tira a Hernández hacia arriba y logra estabilizarlo.

Segundos después el helicóptero comienza a descender sobre una cancha de tierra en el Parque Brasil, en el límite de las comunas de La Granja y La Florida. La nave desciende suavemente pero Hernández y Ortiz ya no resisten más y se lanzan a tierra en medio de la nube de polvo que levantan las aspas de la nave.

Siete años después Ortiz exclama:

-Fue el mejor porrazo de mi vida. O el más satisfactorio. Era un sentimiento de angustia y ansiedad de saber que habíamos logrando algo tan grande como la libertad y que esa libertad era muy sentida por gente que estaba dentro y fuera de la cárcel- dice el frentista. Agrega: “al final la acción fue limpia y privilegió el objetivo político del Frente de salvar a su gente con el despliegue de todas las fuerzas posibles”.

En el parque los espera un auto con el motor en marcha. Al interior encuentran un par de fusiles M-16 por si son interceptados..

-Teníamos la tensión de saber que se estaba articulando un operativo de captura. Pero salimos tranquilos y nos dirigimos hacía nuestros refugios. No pasó nada- recuerda Ortiz.

UN FRACASO

Uno de los orígenes de esta fuga está cuatro años antes, el 10 de octubre de 1992, cuando ocho presos del FPMR intentan salir a balazos por la puerta principal de la Penitenciaría. En esa acción participan Pablo Muñoz, Patricio Ortiz y su hermano Pedro quien es el primero en ser baleado y muerto. Muñoz y Ortiz son recapturado con vida. Otros tres frentistas se escabullen con éxito. No corren la misma suerte José Miguel Martínez , Mauricio Gómez quienes mueren en plena vía pública.

La fuga, bautizada por el Frente como “Operación Dignidad” termina en un desastre que marca para siempre el destino de los que quedan en prisión.

-La experiencia de 1992 nos señaló con claridad que la actitud de Gendarmería era no dejar con vida a ningún prisionero político que osara fugarse. Por eso sabíamos que si no teníamos éxito seríamos ejecutados de inmediato- sostiene Ortiz. Agrega: “El operativo no tenía ninguna posibilidad de ser asumido a medias tinta. Era libertad o muerte”.

De la frustrada experiencia sacaron enseñanzas para un nuevo intento. Cuidando cada palabra para no complicar la situación de otros frentistas, Ortiz comenta con orgullo un revelador antecedente sobre la fuga del helicóptero.
-Esta fue una operación que se diseñó, estructuró e implementó desde el exterior, no desde Chile. Por lo tanto, no hubo ningún eslabón que pudiera ser descubierto por los servicios de seguridad.

Según el frentista, la decisión de salir por el aire provino directamente de la Dirección Nacional del Frente, la cual destino a sus más experimentados cuadros operativos y sus mejores recursos a esta tarea.

A LA DERIVA

Sobre los días inmediatamente siguientes al escape, el frentista prefiere no dar detalles para no poner en peligro a quienes los ayudaron. Simplemente recuerda que a las pocas cuadras del aterrizaje, los cuatro fugados se separaron y cada uno abandonó Chile en distintos momentos.

Recuerda también que pasó por “cinco países” hasta llegar a “un país grande de Latinoamérica donde tenía que tomar contacto con la gente del Frente”.

Sin embargo, el azar jugó en contra y la cita no se concretó.

-Intenté retomar la comunicación, pero no pude-, sostiene. Y pese a que recurrió a todas las señales de emergencia acordadas por su organización, quedó a la deriva.

Una idea se le fijó en la mente. El silencio de su organización podía significar que estaba siendo seguido.

-Pensé que estaba con un problema de cola- recuerda. Evaluó sus posibilidades. Sabía que cualquier paso en falso le costaría caro a él y sus compañeros. Pero estaba en un país donde no conocía a nadie y carecía de recursos. Decidió entonces contactar a sus hermanos que vivían en Suiza desde 1973.

-No tenía otra opción. Y pensé que pese a las condiciones precarias, mí decisión de arribar a Suiza no ponía en peligro al resto de los fugados- argumenta Ortiz.

Sigilosamente se conectó con uno de sus hermanos y en julio de 1997 llegó Suiza buscando el estatus de refugiado político. Permaneció casi un mes en libertad hasta que fue detenido, debido a que el Estado chileno había exigido su deportación.

Ortiz volvió a la cárcel durante un año, bajo un estricto sistema penitenciario: 23 horas de encierro y sólo una hora de esparcimiento. Total control de la correspondencia y acceso limitado la información de prensa. Media hora de visitas a la semanal, a través de un locutorio de vidrio.

Diversas campañas de solidaridad y la presión de organizaciones humanitarias lograron que la justicia Suiza le diera la libertad. A partir de ese momento quedó condicional y con estatus transitorio. Por largo tiempo, un control policial se mantuvo muy cerca de al chileno.

-Durante el año de incomunicación me fue imposible tener algún vínculo con mis compañeros. Después no quise insistir- explica.

Su insólita aparición en Suiza, sin embargo, levantó una serie de especulaciones sobre una fuerte ruptura entre los fugados. En Chile los medios sostuvieron que Ortiz se había “descolgado”, optando por un camino propio. El frentista admite que existieron distintas opiniones políticas, pero que nunca se materializaron en un quiebre. Él aún se siente rodriguista y espera que su organización -que la semana pasada finalizó un congreso- se transforme en un referente de cambio, alternativo al neoliberalismo.

-Nunca me descolgué de nada, eso es otra las invenciones sobre nosotros- insiste.

-La UDI también dijo que tras la fuga ustedes habían pasado por Cuba. Incluso reclamaron formalmente ante el gobierno de la isla.

-No estuvimos en Cuba- afirma Ortiz. Pero no puede precisar los países donde estuvo antes de llegar a Suiza.

-Cuando hay un compromiso que trasciende a tu individualidad, no puedes hablar sólo por ti mismo. Hay ciertos límites en la vida que son necesarios para salvaguardar amistades y fidelidades”, se excusa.

Siete años después del cinematográfico escape, la justicia Chilena a través del Ministro Lamberto Cisterna sigue investigando la fuga de los cuatro frentistas. Pero no es mucho el avance. De Ricardo Palma y Pablo Muñoz solo se sabe que sobreviven en la clandestinidad y no son pocas las informaciones – muchas de ellas provenientes de los servicios de inteligencia – que afirman haberlos detectado en Argentina y en Brasil.
Hernández, en tanto, sigue preso en Brasil, país donde intentó secuestrar al empresario Washington Olivetto a comienzos de 2002.

Mientras, Pato Ortiz permanece en estado condicional en Suiza. Pese a todo, a la hora del balance Ortiz hace una evaluación positiva de la fuga.

-Fue una operación brillante desde el punto de vista técnico militar y por supuesto desde la proyección política.
Luego reflexiona y exclama: “No salimos de la cárcel arrodillados ni caminando. Salimos volando”.

La película

La fuga de 1996 podría cristalizar en una película. La historia se conoce y atrae las miradas de los directores de cine. Un proyecto de la productora Ceibo se interesó en el tema y con el aporte creativo del guionista Dauno Tótoro le dieron curso a un film sobre el escape en helicóptero. Tras varias conversaciones integraron al proyecto a Pablo Perelman, en calidad de director, y se presentaron su idea al concurso de Fondart. En el trayecto surgieron diferencias entre la productora y Perelman. En su reemplazo fue nombrado el joven director mexicano Bruno Madariaga. En 2000 Fondart entregaría 43 millones, pero a condición de que Perelman siguiera en el proyecto. La productora Ceibo rechazo la exigencia del ente cultural y el proyecto sigue pendiente. Todavía no tiene plazos ni menos recursos.

Archivos de diarios de la época