No tengo televisor ni veo noticias, pero algo quiso que supiera de ti, Estefanía y de cómo habías partido. Estaba haciendo cola en un cajero automático en el Mall Chino cuando te vi en la pantalla de un televisor que varios transeúntes miraban: bailabas en la calle. Te acercabas a la cámara con tus ojos grandes y negros. Te alejabas con tu cuerpo delgado, demasiado delgado ya. Después leí el GC: Mujer es asesinada y quemada dentro de una maleta.

Te reconocí de inmediato y me llevé las manos a la boca. Quizás di un pequeño grito. El hombre que estaba delante de la fila me miró y le dije: “Yo la conocía. Ella es Estefanía”. Hacía solo dos o tres semanas que había estado contigo y tu pareja, Eduardo, conversando en la carpa donde vivían en el Parque Bustamante, pero te había visto antes, un par de veces bañándote en la pileta que está fuera de la biblioteca donde a veces voy a escribir. Ese día andaba reporteando sobre la gente que se ha instalado a vivir así en distintos parques de la ciudad.

Ustedes dormían. Eduardo quiso abrir la carpa para conversar. Adentro, estabas desnuda. Te vestiste con toda naturalidad mientras Eduardo me contaba la historia de los dos: que estaban en situación de calle por abuso de drogas y llevaban 3 años viviendo allí. Que se habían conocido en un programa de rehabilitación. Que los habían echado de muchas partes antes, porque tú, Estefanía, en abstinencia, te descontrolabas. Que habían ido a parar al cerro Santa Lucía y luego, al Bustamante. Que él trabajaba estacionando autos en la noche y tú hacías tu vida en Bellavista y que él no sabía ya cómo complacerte porque cada vez le pedías más pasta base. Él consumía también, claro. Pero tú consumías más, según él.

Eduardo te miraba con ojos de amor. Se querían, eso se podía ver. “No podemos estar sin pelear, ¿cierto mi Negrita? Ella es mi karma”, te dijo ese día. Tú te reíste y saliste de la carpa con un vaso plástico rojo y un cepillo de dientes. Tus ojos brillaban. Pensé que tenías carácter y también mucha chispa. Que tenías que ser muy divertida, cuando querías, cuando los demonios de la droga te dejaban.

Te fuiste y Eduardo me contó que tenían una hija. Una guagüita de 1 año y un poco más que vivía con sus abuelos. Que una vez le habían conseguido varias cajas de pañales para ella, pero que los inspectores municipales les habían desbaratado todo ese día, incluyendo esos pañales. Eduardo se encogió de hombros. Tú volviste contenta del baño de la biblioteca. Jamás habría adivinado que tu cuerpo frágil era el de una madre. Les pregunté si querían que les tomara una foto y dijiste que sí. Te sentaste al lado de Eduardo. Lo miraste también con amor. Hasta se dieron un beso. Ese día recuerdo que pensé: ojalá puedan rehabilitarse. Pero la pasta es la pasta y la calle es la calle. Y sabía que eso era difícil, quizás imposible.

Pero tampoco pude llegar a imaginar que morirías tan pronto, que morirías así y que tu agresor quemaría tu cuerpo dentro de una maleta. Quemada dentro de una maleta. Las palabras no alcanzan para dimensionar el horror. La pasta es la pasta y la calle es la calle, pero nadie, tampoco tú y tus ojos negros que aún tenían brillo, merece morir así. ¿Dónde estabas, Estefanía? ¿En qué caminos errantes estabas cuando se te cruzó este tipo en el camino? Pensé en Eduardo y cómo estaría. Pensé en ir a verlo. Las noticias decían que vivían en el Parque San Borja. ¿Se habían mudado del Bustamante en los últimos días? ¿Por qué? Pensé en tu hija. En los pañales que le juntaron y no llegaron. Pensé en las fotos que les tomé ese día y llegué directamente a mirarlas a mi casa. Ahí estabas tú, Estefanía. Ahí estabas viva y feliz, a pesar de todo. Ahí todavía, estabas.