Alberto Abarza está condenado de por vida y lo sabe. Una sentencia perpetua que en su caso se conoce como el mal de Charcot-Marie-Tooth, una enfermedad degenerativa que tarde o temprano lo dejará completamente postrado, pero para él no hay espacio para lamentaciones. Ya no. En algún momento de su adolescencia quiso lanzar todo por la borda cuando se percató que no podía hacer lo mismo que los jóvenes de su edad. Hoy, con 34 años, tiene una actitud diferente. Desde su silla de ruedas demostró que pudo ser el mejor del mundo, ganando cuatro medallas de oro en el Mundial Paralímpico del 2018 en las categorías 50 metros libres, 50 metros espalda, 100 metros espalda y 200 metros libres. Sabe que cada día es una ganancia, un premio mucho más importante que ser condecorado con el Premio Nacional de Deportes, como se lo notificó el pasado 20 de mayo la ministra Pauline Kantor.

Nos recibe una fría mañana en el Centro de Alto Rendimiento del Estadio Nacional. A las 7 de la mañana ya está en la piscina para su rutina de ejercicios. Este año debe competir en diferentes torneos en Alemania y Perú, todo enfocado en su gran objetivo: participar en Tokio 2020, los que serían sus segundos Juegos Paralímpicos. En Río 2016 terminó noveno en la categoría libre y octavo en espalda.

– Te haré una pregunta que parece fácil pero no lo es ¿Quién es Alberto Abarza?
Un tipo alegre, feliz, muy trabajador. No soy de tantos amigos. Soy poco sociable quizás, pero sí soy una persona muy comprometida.

– ¿Cómo fue adquiriendo importancia el deporte en tu vida?
Pasó a ser importante por la discapacidad. Empecé a nadar desde muy chico porque eso me permitiría que la enfermedad no avanzara tan rápido. Así comencé. Después se convirtió en algo de alto rendimiento y logros deportivos.

– Tienes una enfermedad degenerativa. Es un asunto congénito. ¿Cómo lo fuiste abordando en las diferentes etapas de tu vida?
Siempre supe que lo tenía. A los 17 años me bajó una depresión muy fuerte y me decaí, estuve encerrado como dos años y medio. Mis papás me dijeron que tenía que salir y comencé de a poco. Con el nacimiento de mi hija retomé el agua y después vinieron las competencias.

– ¿De niño hacías las cosas igual que todos?
Sí. Era inquieto, me daban ritalín porque era hiperactivo. Pero hice una vida normal en todo sentido. La que más lo sintió fue mi mamá que trataba de cubrir todo. La enfermedad comenzó a avanzar en la adolescencia, en plena época del pololeo y fue difícil. Me encerré y me arrepiento. La Teletón me ayudó mucho en ese sentido, a mí en lo particular.

– Provienes de una familia tradicional de clase media
Soy de Cerrillos. Hace poco me fui a vivir a Maipú, pero siempre viví en Cerrillos. Soy el mayor de cuatro hermanos. Tengo la suerte de tener una gran familia. Ellos me enseñaron bien, me trataron como uno más. Me retaban igual, tenía que hacer mis cosas igual. Mi papá me decía que yo debía sacrificarme diez veces más porque me iba a costar diez veces más.

– ¿Fue importante para ti que te trataran como uno más, sin diferencias?
Mucho. Les agradezco mucho eso a mis padres. Veo a otros papás que tienen en una burbuja a sus hijos con discapacidad. En mi caso no fue así. Yo estoy en terapia desde los tres años porque sabía lo que me iba a pasar. En la Teletón me enseñaron a escribir desde antes, me enseñaron a nadar, eso fue fundamental en mi vida. Y la sigo apoyando hasta hoy, voy cuando necesito algún aparato. Siempre digo que para mí volver a la Teletón es como salir de la casa de tus papás y volver a tomar once.

– Dices que eres poco sociable
Es que la natación es un deporte tan individual, nunca haces compañeros en el agua. Eres tú y tu entrenador. Eso te va marcando la personalidad. Tengo amigos y amigas, pero me cuesta socializar un poco.

EL ENCIERRO

– Trabajas en un banco como ejecutivo de Comunicaciones
Sí. Junto a la Teletón y mi hija son las tres mejores cosas que me pasaron en la vida. Tuve a mi hija y no tenía trabajo. Dejé un currículum en blanco y me contrataron. Han sido un apoyo tremendo para mí, para mi familia. Ellos financian muchos de mis viajes, auspician mi silla de ruedas, me dan permisos para viajar a competir. En Chile te dejan viajar pero te descuentan los días que estás afuera. Ellos no me descuentan nada.

– Estuviste dos años encerrado. ¿Cómo calificas ese período?
Tenía mucha rabia, impotencia por no hacer las cosas por mí mismo. Tomaba té y se me caía. No podía ir a comer porque sentía que no podía hacer nada. Hoy voy a un restaurante y me ayuda mi novia, mi hija o compañeros de trabajo. No quería saber nada de nada en ese período. Veía Lunáticos, el programa que hacía el Huevo Fuenzalida. Era lo único que me alegraba, mi desconexión. Al tercer año de encierro mis papás se me acercaron y me dijeron que tenía que salir. Yo les decía que para qué iba a ir al colegio si aprender no me iba a servir. Ellos me dijeron ‘nosotros siempre te vamos a ayudar, siempre te vamos a dar lo necesario, pero algún día no vamos a estar y tienes que hacerlo tú’. Me enseñaron a valerme por mí mismo y hoy puedo enseñarle eso a mi hija.

– ¿Cómo pudiste salir de ese período?
Fue el paso que di para salir a estudiar. Antes subirse a una micro era imposible. La Teletón hizo un trabajo gigante. Había un ejercicio donde nos llevaban al mundo normal para que viéramos que todo se podía hacer. Me llevaron a una disco y ahí conocí a la mamá de mi hija. Bailábamos en la ciclo danza. Conocí otras realidades y fui entendiendo lo que podía hacer.

– ¿En ese momento la natación se convirtió en algo profesional, de alto rendimiento?
Volví al agua cuando nació mi hija. Ella ya tiene 8 años. Cuando su mamá estaba embarazada le dije que quería volver a nadar para alcanzar a verla y que ella me viera nadando.

– ¿No tenías intención de dedicarte a la natación?
No. Un entrenador llamado Sebastián Cano me llamó y me dijo que nadáramos una vez a la semana. Después martes y jueves. Después me dijo para qué vamos a saltarnos el miércoles. Después me metió el lunes y al final el sábado. Así llegamos a competir a los nacionales, a Brasil, a Toronto.

– Para un deportista conseguir financiamiento es muy difícil. Para un deportista con discapacidad debe ser mucho más complejo.
Es tremendo. Puedes ser el número uno del mundo y eso no quiere decir que te vaya bien buscando financiamiento. Yo no he ido a golpear la puerta de ningún auspiciador. Si te van a ayudar deberían hacerlo más allá del resultado.

LAS RUEDAS EN EL PISO

– ¿Chile es un país preparado para la gente que tiene alguna discapacidad?
Chile no, Santiago sí. Tengo amigos de Valparaíso que no pueden salir de su casa si se echa a perder el ascensor. Pueden estar encerrados veinte días. El Transantiago funciona acá. Tú vas a provincia, a Osorno por ejemplo que fui hace poco, y no tienes cómo subirte a una micro o a un colectivo. Aquí en Santiago puedes moverte, bajar al metro, en otras ciudades es imposible. Santiago está a nivel mundial para los discapacitados”.

– ¿Afuera es muy diferente?
Hay diferencias importantes. Falta conciencia de algunas cosas como cuando vas a un mall y ves que el estacionamiento para discapacitados está ocupado. Eso te da rabia. Pero afuera también pasa. Estuve en Nueva York y fue un caos. La gente no te ayuda, las micros no son como las del Transantiago que te puedes subir. No hay ascensores en muchos lugares públicos. Para subir, mi novia me tuvo que llevar en brazos.

– Tienes una enfermedad que te va a dejar postrado, en ese sentido me imagino que cada día con tu hija es ganancia.
Yo siempre digo que este es un partido de fútbol. Estamos todos arriba en el minuto 120, disfrutando y peleando hasta el último minuto. Lo hago con responsabilidad porque cuando compito lo hago con plata del país. Cuando comencé a salir después de los dos años de encierro comencé a carretear, a disfrutar, a hacerlas todas. Pero cuando llegó mi hija me hizo cambiar todo. Me hizo poner los pies en la tierra. Bueno, en mi caso las ruedas en la tierra (risas). Te das cuenta que alguien depende de ti, ya no eres tú solamente.

– ¿Qué aprendes de tu hija?
Muchísimo. Aprendo la lealtad de mi hija, la alegría, la inteligencia. Si mi inteligencia fuera uno, la de ella es 100. Es amorosa. Me enseñó a querer vivir, no a vivir solamente. Mi discapacidad la veo como algo afortunado.
¿Cómo puede ser afortunada una enfermedad incurable?
Muchos no tienen la suerte de saber lo que va a pasar con sus vidas. Yo sí. Sé lo que me ocurrirá y eso me hace disfrutar a mil. Un día me llamó mi hija a la 10 de anoche y me dijo que me echaba de menos. Le dije que fuéramos al cine y me dijo que sí. A las 11 de la noche estábamos viendo la última función. Ella me hace disfrutar esos momentos.

– ¿Te molesta cuando uno se queja de cosas que parecen tan pequeñas?
No me molesta porque todo problema tiene su punto importante. Para alguien que le cortan la luz es un tremendo problema, pero siempre tienen solución. Hay cosas que no. Cuando los hijos crecen es algo inevitable. Algún día el teléfono de emergencia de mi hija no será el del papá sino el del pololo (risas).

SIN MEDALLAS

– ¿Cómo tomaste el Premio Nacional de Deportes?
Lo quiero decir con mucho respeto, porque estoy muy honrado que me lo hayan dado, pero para mí no es tan importante. Para mí es más importante el premio que me dio mi banco porque ellos me ayudaron desde siempre, antes de tener buenos resultados. El Premio Nacional es por algo que agradezco, con mucho respeto y orgullo de estar en un listado con grandes deportistas. Pero sé que hay algunos que se sacrifican tanto o más que yo y quizás se lo merecen más. Es como un ranking, es algo circunstancial. Puede cambiar mañana y no por eso cambio como deportista. Criticar o alabar un resultado, eso no me hace mejor o peor.

– Esto que dices tiene mucho sentido con eso de vivir cada día como único.
Claro, eso es. Este día es único e irrepetible. El otro día hablábamos en una charla y los expositores decían ‘yo fui oro en un Sudamericano’, ‘gané un juvenil’. Cuando me tocó hablar dije que me gané un conejito en el kinder con un dibujo. Tengo una polera que dice “lo importante no es la medalla sino el recorrido”.

El camino es la recompensa.
Por supuesto. Yo he ganado muchas medallas compitiendo y no guardo ninguna. Mi hija tiene algunas, pero yo no.

– ¿Por qué no las guardas?
Una medalla no me define como deportista.

– Es como cuando uno entra a la consulta de un médico o la oficina de un abogado y la muralla está llena de diplomas y títulos.
Claro. En mi casa no hay ningún rastro que hago natación. Pero sí guardo el ticket de la entrada que le compré a mi hija para que me viera competir en Río. Era de reventa más encima. La medalla de oro del Mundial la regalé. Un día llegó mi hija con una medalla de tercer lugar y venía triste. Le dije que lo había hecho súper bien y me contestó ‘claro, porque tú ganas puras de oro’. Estuve a punto de dejarme perder en la siguiente competencia para que viera que uno aprende mucho cuando pierde. Me da cosa cuando un niño dice que solo quiere ganar porque eso significa que le enseñamos eso. Debemos entender que el éxito es excepcional, le pasa solo a algunos. Me siento afortunado de ganar el amor, de tener a mi hija sana. No de las medallas.

– ¿Te asustaste cuando ella nació que pudiera heredar tu enfermedad?
Mucho. Por suerte no lo tiene. Los genes de la mamá eran mejores. Cuando supe que su mamá estaba embarazada fue lo primero que le pregunté al doctor. Yo agradezco verla correr y que no le va pasar lo que me pasó a mí.

ULTRA COMPETIDORES

– Estamos en una sociedad muy competitiva, ¿Cómo afrontas eso en el alto rendimiento deportivo?
Yo no compito con nadie, yo disfruto. El país está mal con el Prodar que le hace un sueldo a los deportistas, pero con la constante presión que si bajas los resultados te lo pueden quitar. Yo tengo una pega aparte, entonces lo disfruto y lo hago con respeto. Voy a una competencia a cruzar la piscina, los otros van para no perder sus becas. Hacen deporte estresados. Si les permitieran disfrutar quizás nos iría mejor.

– Entonces una política deportiva diferente a la actual es urgente.
Totalmente. Más que ciento por ciento. No puede ser que en el 2020 en la residencia deportiva no te den una colación. Yo puedo ir a comprarme una, pero el que no tiene o el que no puede retirarla a la hora que le dicen, pierde.

– Hace poco fuiste víctima de un portonazo.
Sí. Ahora me rio un poco. Me estacioné para dejar a un amigo en Gran Avenida. Cuando se baja unos tipos me abren las puertas y me pedían que saliera del auto y yo no podía. Uno de ellos me empujó y las piernas me quedaron atoradas en el volante. Pensó que lo hacía para no bajarme y me pegó en las costillas. Me fracturaron. Me tiraron al suelo y se subieron al auto. No pudieron andar mucho porque el auto estaba adaptado. Lo chocaron un poco más adelante. Se devolvió uno de ellos y me pidió disculpas. Más que el auto lo sentía por la silla de ruedas. Hace poco intentaron robarme en la autopista, abrir el capó, me rompieron el parabrisas pero no pasó nada”.

EL SENTIDO DEL HUMOR COMO TERAPIA

– ¿Cómo te ves en el futuro?
Yo debería estar para la embarrada a esta altura. Sé que la enfermedad me dejará en la cama algún día. El bullying de mi hija me ayuda mucho. Cuando vamos a comprar zapatillas me dice ‘¿Y para qué te vas a comprar zapatillas si no las vas a usar, mejor cómprame a mí (risas).

– El sentido del humor ayuda mucho.
Mucho. Una vez me dijo que me comprara una Xbox. ‘Cuando ya no la puedas usar la uso yo’. Obviamente la quería para ella. Esa energía es muy importante. Uno tiene que reírse, con respeto hacia los demás, pero reírse de lo que pasa.
En lo deportivo quiero ir a los Juegos Olímpicos de Tokio, que serían los segundos para mí. Y personalmente, cuando me retire, me quiero ir a vivir al sur y vender quesos. Me gusta lo simple, salir del tráfico, del estrés. Espero hacerlo algún día. Mientras más tenemos, más queremos y el ser humano necesita tan poco para ser feliz.

– ¿Te vas a retirar de la natación después de Tokio?
Sí. Yo quiero ver día a día. No te miento que la cama hoy estaba más rica que ayer. Un día cuando sea un costo anímico y emocional muy fuerte lo voy dejar. Lo que tenía que hacer en la natación ya lo hice.