Brotherus, el héroe olvidado que salvó a 2.500 chilenos durante la dictadura

EFE

Brotherus, el héroe olvidado que salvó a 2.500 chilenos durante la dictadura

“Yo vivía con mi familia en una casa del Barrio Alto de Santiago. La gente empezó a saltar el muro de la casa para refugiarse y después de unos días ya teníamos allí más de una docena de personas” relata el ex diplomático finlandés que refugió y salvó a más de 2.500 chilenos en dictadura.

Un café, un pastel y un apretón de manos del entonces ministro de Exteriores Alexander Stubb de Finlandia en 2010, es el único reconocimiento oficial que ha recibido hasta la fecha el exdiplomático finlandés Tapani Brotherus por salvar a cerca de 2.500 chilenos tras el golpe de Estado del general Augusto Pinochet.

A sus 81 años, Brotherus recuerda lleno de humildad aquellos trágicos sucesos acaecidos en Chile en 1973 y su silenciosa labor humanitaria, una historia poco conocida rescatada del olvido gracias a la serie de televisión chileno-finlandesa “Héroes Invisibles”, que se estrenará próximamente en varios países.

Cuando el 11 de septiembre de 1973 se produjo el golpe de Estado que derrocó al presidente socialista Salvador Allende, Brotherus estaba al frente de una modesta cancillería como encargado de negocios, ya que el embajador finlandés acreditado en Chile residía en Buenos Aires.

En esa cancillería solo trabajaban dos personas, además de Brotherus, y su principal misión consistía en facilitar el comercio bilateral entre Chile y Finlandia, sobre todo en los sectores forestal y minero.

La dura represión de la Junta militar posterior al golpe obligó a miles de seguidores de Allende a buscar refugio en las embajadas y residencias diplomáticas para huir de la detención, la tortura y, en muchos casos, la muerte o la desaparición.

“Yo vivía con mi familia en una casa del Barrio Alto de Santiago. La gente empezó a saltar el muro de la casa para refugiarse y después de unos días ya teníamos allí más de una docena de personas a las que no habíamos invitado”, explica el diplomático finlandés jubilado.

La línea oficial de Finlandia en esa época era la de no involucrarse en los asuntos internos de ningún país, lo que implicaba la prohibición de acoger asilados políticos, pero Brotherus optó por ignorar las instrucciones de sus superiores y dio refugio en secreto a todos los chilenos perseguidos que pudo

“No sé cómo llegó tanta gente a mi casa, a lo mejor existía una agencia de noticias clandestina, pero vinieron muchas personas, algunas desconocidas y otras muy célebres, hasta que ya no pudimos alojar a más”, recuerda.

Entonces alquiló un colegio abandonado y colgó en la entrada una placa diplomática con el escudo de Finlandia, lo que en principio garantizaba la inviolabilidad del recinto, para seguir albergando a los refugiados que no cabían en su residencia.

“Dentro del grupo de asilados que estaba en mi casa -cuenta Brotherus- había alguien que trabajaba para el régimen de Pinochet. Muchos años después supe que quien pasaba información a la Junta militar era uno de los dos guardaespaldas personales del presidente Allende a quienes dimos refugio, que se pasó al otro lado”.

La situación humanitaria empeoró cuando, al poco tiempo, todos los países comunistas menos China y Rumanía rompieron relaciones diplomáticas con el régimen de Pinochet y cerraron sus embajadas.

A excepción de Suecia y de algunos países latinoamericanos como México, la gran mayoría de naciones occidentales se negó inicialmente a acoger en sus embajadas a los chilenos perseguidos por la dictadura, temerosas de contrariar a Estados Unidos, promotor del golpe de Estado contra Allende.

El embajador de Suecia, Harald Edelstam, con el apoyo del primer ministro socialdemócrata Olof Palme, fue el diplomático más crítico con la dictadura y el más activo a la hora de acoger asilados políticos, pero tres meses después del golpe la Junta militar lo declaró persona non grata y fue expulsado del país.

“La política de Edelstam era tener la mayor publicidad posible y la mía, cuanta menos publicidad, mejor. Cuando vino la prensa finlandesa a mi casa, yo no quise confesar que teníamos asilados y los escondimos. Algunos periodistas me acusaron de no hacer nada por los perseguidos, de ser un semifascista”, confiesa con una sonrisa.

Durante los meses que siguieron al golpe, Brotherus descuidó totalmente su trabajo diplomático y dedicó todo su tiempo a conseguir salvoconductos para que los perseguidos políticos bajo su protección pudieran salir del país de forma segura.

Como Finlandia se negaba a recibir asilados, tuvo que buscar otros países de acogida, principalmente la extinta República Democrática Alemana (RDA), que recibió a cerca de 2.000 chilenos.

“La RDA nos mandaba los detalles de todos los candidatos para los que debíamos pedir salvoconducto y obviamente tenían preferencia por los comunistas, pero a nosotros no nos importaba de qué partido eran“, indica.

La cruenta represión de la Junta militar despertó en Finlandia una ola de solidaridad con el pueblo chileno que provocó un cambio en la línea oficial de neutralidad y obligó al Gobierno de Helsinki a conceder asilo político por primera vez en su historia.

Gracias a ello llegaron al país nórdico unos 185 asilados chilenos, algunos de los cuales todavía viven en Finlandia.

Brotherus asegura 46 años después que en ningún momento lo movió una supuesta afinidad política con los perseguidos por la dictadura chilena, sino que simplemente actuó en defensa de los derechos humanos.

“Nuestra ideología solo era defender la democracia y no creo que eso consista en corregir la política a través de golpes militares, en imponer un orden marcial para cambiar las cosas”, afirma.

Mientras que Edelstam, fallecido en 1989, es un personaje insigne y condecorado en Suecia y tiene un monumento en su honor en Santiago, Brotherus sigue siendo un gran desconocido incluso en Finlandia.

El anciano exdiplomático no se considera un héroe y dice no esperar ya ningún reconocimiento oficial a su labor humanitaria, aunque confiesa que sintió una gran alegría cuando su ministro de Exteriores, Alexander Stubb, le invitó a un café para agradecerle su trabajo en Chile décadas antes.

“Cuando Stubb me recibió en su despacho pensé que quizás no todo había sido en vano”, asegura.

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