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Rose Conserve, el puente intercultural para eliminar la desigualdad de Quinta Normal

Cuando el traductor del teléfono no sirve de nada, Rose Conserve, bioanalista de profesión, llega a los Centros de Salud primaria en la comuna de Quinta Normal para hacer una conexión entre pacientes haitianos y funcionarios de la salud chilenos. En dos años ha logrado que mujeres que antes no usaban métodos anticonceptivos, por cultura o creencia religiosa, ahora lo hagan. Esta es la historia de la mujer que trabaja por eliminar la brecha social entre sus compatriotas y chilenos.

Rose Lydie Conserve (37) sabe que es útil y quizás, indispensable. Es una de las dos facilitadoras interculturales que trabajan en los cinco Centros de Salud Familiar (CESFAM) y Centros Comunitarios de Salud Familiar (CECOF) de la comuna de Quinta Normal.

Entre las dos se reparten entre casi 50 pacientes haitianos que aún no hablan español y que necesitan de su asistencia para comprender qué les dice el doctor. 

La figura del facilitador no nació sino hasta 2016, cuando la llegada de haitianos a Chile se masificó y la inscripción de estos al sistema de salud público también. Por esto, los servicios de salud se tuvieron que adaptar para poder entender a este grupo de personas que no sólo habla otra lengua, el crèole, sino que tiene otra forma de ver la vida. 

La desinformación y las creencias religiosas y culturales han hecho que muchos de sus compatriotas ni siquiera acudan a los servicios de atención médica. Y allí es donde su papel se hace esencial para conectar a estos dos mundos. 

El puente intercultural se produce durante la consulta: mientras atienden al paciente, ella va traduciendo de manera simultánea lo que dice el doctor. Sin embargo, también tiene que dedicar parte de su tiempo para explicarle ciertas diferencias culturales a las dos partes.

“Acá en Chile es un tema bien conocido que se amamanta a un niño hasta los seis meses. En nuestra cultura, al mes de vida nosotros le comenzamos a dar alimentos a los bebés. Se les comienza a dar sopa muy temprano, no esperamos hasta los seis meses para incorporar alimento”, cuenta. 

Esto, según dice, horrorizó tanto al personal médico chileno como a los haitianos. “¿Qué es eso de dar pecho?, ¿Los quieren dejar morir?” Se preguntaba la mamá de Rose, que aún vive en Haití, cuando le contaba sobre esta “costumbre” chilena. 

Al final, ese es su trabajo. Debe explicar términos médicos en un vocabulario simple a personas que quizás nunca habían tenido un acercamiento al mundo de la salud. 

Archivo personal

EL CAMINO QUE LA TRAJO A CHILE

Rose llegó a Chile hace seis años. Acá se enamoró, se casó y tuvo una hija. Hoy está separada, pero finalmente encontró un trabajo que le llena el alma.

Alucinada por el español, comenzó a estudiarlo en su país muy temprano en la vida, lo que le permitió ir a estudiar Bioanálisis a República Dominicana. Entonces, una vez que llegó a Chile, ya tenía las herramientas para defenderse perfecto con el español, una ventaja por sobre sus compatriotas migrantes. 

Gracias al dato que le dio una amiga, encontró este trabajo que le calzaba como anillo al dedo. Su amiga, médica de profesión, había comenzado a introducirse al mundo de los servicios de la salud mientras esperaba que su título universitario fuera convalidado. Una vez que lo obtuvo, le cedió el puesto a Rose.

Cuando llegó, la capacitación fue intensa: les enseñaron sobre términos médicos y comenzó a entender cómo funcionaba el sistema de salud, algo esencial para que ella se lo explicara después en crèole a los pacientes haitianos.

EL TRABAJO NUNCA PARA

Según cuenta, su trabajo no se acaba cuando termina la consulta: sus compatriotas la llaman y le mandan mensajes a todas horas preguntando por diversos temas, sobre todo los que involucran migración. Las preguntas van desde “¿Me ayudas a traducir la nota que le enviaron del colegio a mi hijo?” hasta “¿Crees que lo que me dijo el doctor sea verdad?”.

Cansada de responder uno a uno, Rose decidió crear un grupo de WhatsApp, donde reunió a todos los pacientes haitianos con los que ella tenía relación para crear una comunidad donde, al día de hoy, se responden entre ellos y además, la información circula traducida y clara.

En el grupo hay más de 50 personas que Rose conoció en los CESFAM Garín, Lo Franco y CECOF Antumalal, Plaza México y Catamarca. Allí hace circular boletines oficiales en crèole, que sus jefes le envían en español. 

Así fue como la relación con sus pacientes se fue estrechando. Hoy, si la ven en la calle, la reconocen y la saludan con alegría. Además, le escriben para saber de ella y de su vida personal, porque pareciera que se transformó en una figura importante para la comunidad  haitiana que reside en ese territorio.

DÍA A DÍA

Para repartir el caos equitativamente entre los cinco servicios de salud primaria de la comuna de Quinta Normal, los lunes se dedica a planificar dónde estará durante la semana. Matronas, enfermeras, asistentes sociales, médicos y nutricionistas “la agendan” cuando saben que tendrán en su consulta a un haitiano que reporta no hablar español.

Entonces, su trabajo comienza desde antes de la cita: llama y manda mensajes en crèole a los pacientes para recordarles sobre su hora médica, un primer paso esencial para producir una atención efectiva. 

Además, dada la confianza que le tienen, varios le piden atenderse con un doctor informalmente, ya que no saben cómo pedir hora. Allí es cuando Rose jerarquiza los casos según la urgencia y los deriva al profesional correspondiente. 

Durante el resto de la semana la cosa es diferente: cada día, un CESFAM y CECOF distinto. El miércoles, por ejemplo, pasa el día en el CECOF Antumalal, donde sabe perfecto a qué pacientes ayudará. 

“Cuando hay muchas personas es cosa de locos. A veces me gritan Rossy acá, Rossy allá. Hay veces que salgo de un box de un control para entrar a otro y después volver al primero”, comenta. 

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DIFERENCIAS CULTURALES 

En cierto sentido, la lucha que llevan Rose y su compañera a diario es para que profesionales de la salud y haitianos comprendan que sus diferencias son algo cultural tan arraigado, que quitarle esas costumbres sería despojarlos de su mundo entero. 

Ese es el caso de las jóvenes haitianas a las que Rose se dedica a aleccionar. “En Haití existe la creencia muy amplia de que una mujer que nunca ha tenido hijos no debe tomar anticonceptivos porque corre el riesgo de que quede infértil”, cuenta. 

Por eso, intenta hacerles comprender que, en realidad, ese mito no es cierto y que un hijo significaría un costo muy grande para sus planes de vida y su bolsillo. 

Pero ese no es todo el problema. Las creencias religiosas y espirituales de estas mujeres las han llevado a mirar con recelo todo el sistema de salud ginecológico, vital para la robustez de ellas y sus hijos. 

¿Te ha tocado educar en ese sentido? 

–Mucho. Lo primero que hacemos es educar sobre esa parte porque sabemos que la mayoría no lo entienden. Para convencer a una joven que no tiene hijos que use siquiera condón, es como cambiarle un concepto muy grande en la mente. 

¿Has visto cambios entre las personas que conoces, como el que hayan eliminado sus prejuicios hacia la salud chilena?

–Sí, mucho. Hay varias que incluso han tenido hijos y no querían acercarse a pedir anticonceptivos, pero después una empieza a convencerlas, decirles que ya tienen hijos y hacerlas darse cuenta de lo que cuesta. Entonces tener a una persona que tiene no solamente una creencia social, sino una creencia espiritual es complicado y hay que ayudarlas para que la información les entre.

Así es como dos años de trabajo duro le han ayudado a ganarse la confianza de pacientes que históricamente han sido discriminados por su color de piel, por no hablar español y por sobre todo, su cultura. Pacientes que además, hastiados de malos tratos ya ni siquiera insistían y dejaban pasar dolencias que con el tiempo evolucionaban en algo mucho peor. 

La labor de Rose pareciera ir más allá de traducir. Hace un trabajo estrecho con los pacientes que le confían los aspectos más básicos de su vida, sólo porque es cercana, se preocupa y los quiere. 

En estos dos años, ¿crees que este trabajo ha ayudado a aminorar la brecha de desigualdad de los haitianos en Chile?

–Sí, mucho, mucho. Porque cuando hay un facilitador, la persona siente que ya no va a perder el tiempo, entiende cuándo lo llaman y es todo más rápido. Creo que nosotros los facilitadores somos un puente y hemos tenido un rol bien especial de poder hacer la comunicación entre esas dos partes.

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