Cómo hemos cambiado (incluso lo que comemos en vacaciones)

Bastaba darse una vuelta este verano (o los anteriores) por Panguipulli, Coquimbo, Tongoy, Pichilemu, Maitencillo, Llico o Bahía Inglesa -por dar tan solo unos nombres al azar- para darse cuenta lo mucho que hemos cambiado a la hora de comer y beber, también en vacaciones.

Para los que ya pasamos de los cuarenta años, nuestros recuerdos de vacaciones están irremediablemente asociados a la playa -era prácticamente el destino único de los veranos para la mayoría de los chilenos que veraneaban– y a una serie de alimentos y bebidas que se hacían parte de nuestras rutinas veraniegas de esos años. Pienso en el pan de huevo y esas palmeras grandes que alguien pasaba vendiendo mientras uno descansaba en la arena. Pienso también en el pan amasado que se vendía por unidad -cosa jamás vista en esa época en la ciudad- en pequeños almacenes y amasanderías. Otros recuerdos tienen que ver con los churros rellenos que por lo general se vendían en las ferias artesanales -vaya a saber uno por qué- y los choclos cocidos con mantequilla, que se vendían en unos muy pretéritos “food trucks” y que eran una moda que llegó a inicios de los noventa directo desde Brasil a algunas playas chilenas y que nos hacían parecer exóticos por solo un momento. 

Es que todo era más precario en nuestras costas y por ende las mismas vacaciones. Muchas veces se comían fideos con salsa -nadie hablaba de pasta en esa época- y en vez de carne molida también servían unas salchichas picadas. En la playa misma, salvo lo ya mencionado no se vendía ni comía mucho más. La excepción se daba en algunos balnearios bien populares o muy alejados de zonas habitadas, donde ahí mismo en la arena se almorzaba pollo cocido y de postre se compartía una sandía antes de dormir la siesta o jugar al fútbol. Definitivamente eran otros años y también otros alimentos. Sí, porque aunque este verano que ya se nos está esfumando estuvo marcado por la pandemia y sus restricciones, igual tuvimos playas -y también lagos y campo- con muchos visitantes. Es decir, volvió la gente una vez más. 

Créditos: Agencia Uno

Bastaba darse una vuelta este verano (o los anteriores) por Panguipulli, Coquimbo, Tongoy, Pichilemu, Maitencillo, Llico o Bahía Inglesa -por dar tan solo unos nombres al azar- para darse cuenta lo mucho que hemos cambiado a la hora de comer y beber, también en vacaciones. Ahora llegamos a nuestros diferentes lugares de vacación a través de flamantes autopistas concesionadas. En sus peajes -que son bastantes- aún se venden dulces chilenos y charqui equino. Sin embargo, ahora también es posible comprar agua mineral con o sin gas e incluso algunas variedades saborizadas. También muchas bebidas gaseosas con y sin azúcar. Pero lo que de verdad se vende por montones son las bebidas energéticas. Unas latas negras grandes que toman camioneros, turistas, madres, jóvenes y viejos. 

Ya en los balnearios mismos lo que hace rato manda son las empanadas de queso. Pueden ser con jaiba, machas, ostiones o camarones (importados); pero lo que nunca falta es el queso. Algo un poco más nuevo, pero que viene pisando fuerte en la costa es el pan precocido y precongelado -el mismo que se vende en las grandes ciudades en casi todos los supermercados- que ahora se calienta varias veces al día en los flamantes hornos eléctricos que se han instalado en numerosos almacenes playeros. Pareciera ser que la once de verano con pan amasado y mirando el mar tiene sus días contados. 

Sin embargo, también hay cambios para bien. Por ejemplo, en estos mismos almacenes del litoral y pueblos pequeños es posible encontrar sin gran dificultad productos antes impensados como aceite de oliva, champiñones frescos, leche sin lactosa, ciboulette o café en grano. En cuanto a las botillerías, que abundan en la costa, el valle y la montaña lo cierto es que en cuanto a destilados, cervezas y hielo -mucho hielo- se encuentran bien provistas. De hecho, la oferta es prácticamente la misma que en los supermercados santiaguinos. Hay obviamente pisco, pero también whisky, vodka, ron, un par de marcas de gin y hasta alguna marca de bitter. En ese sentido, no se pasa susto. Ahora bien, en cuanto a vinos la cosa cambia fuera de Santiago y las grandes ciudades, porque en el resto del país -y ni decir las playas- lo que manda son los vinos en envase tetrabrick y los de botella más económicos. Así que el consejo para los que salen de vacaciones y tienen un vino favorito es claro: llévenlo comprado desde su lugar de origen. 

“Claramente comer fuera, cada uno en la medida de sus posibilidades económicas, se ha instalado ya como una actividad central de las vacaciones de millones de chilenos”. 

Mención aparte merecen los asados, porque es cosa de recorrer cualquier lugar de veraneo en el país para comenzar a ver parrillas en terrazas y balcones de todo tipo de casas, cabañas y departamentos. De hecho, en los arriendos de playa y hasta hostales se destaca como un gran plus el que haya un quincho o parrilla. En otras palabras, por mucho que nos vayamos de vacaciones, no dejamos de comer esos asados que nos encantan. Por otra parte, preparaciones como pizzas, sushi, ceviches y -últimamente- tacos parecieran comenzar a desplegarse como una sana competencia a las ya consolidadas empanadas costeras. Claramente comer fuera, cada uno en la medida de sus posibilidades económicas, se ha instalado ya como una actividad central de las vacaciones de millones de chilenos. 

Todos estos cambios en cuanto a los productos que consumimos cuando vacacionamos no son más que un reflejo de las transformaciones que ha tenido Chile en los últimos treinta y cinco años y que han marcado fuertemente al consumo y por ende nuestra manera de alimentarnos. Además, durante al menos las últimas dos décadas ha aparecido un fuerte interés de la gente por consumir los productos típicos de la zona donde pasan sus vacaciones. De esta forma a Chiloé todos llegan preguntando por el curanto y el cordero; de Puerto Montt nadie se va sin comer salmón ahumado; en Tongoy los ostiones aparecen hasta en el desayuno y en Iquique el Chumbeque se vende hasta como suvenir el aeropuerto. 

Créditos: Agencia Uno

Ni hablar de los valles vitivinícolas más conocidos, que se han transformado en sí mismos un atractivo turístico. ¿Quién se habría desplazado hacia un lugar como Lolol o Paredones hace quince años para conocer un viñedo y probar un vino? Nadie. Sin embargo, las cosas han cambiado mucho y podrían cambiar aún más si tuviésemos políticas públicas que apoyaran una regulación estricta de denominaciones de origen, lo que potenciaría las distintas iniciativas locales en el rubro alimenticio con un fuerte enfoque en el turismo. En otras palabras, si la cosa está funcionando ahora así casi a lo que dicta el mercado, otra cosa sería con guitarra. O mejor dicho, con regulación. Porque hay algo muy importante. Si hay algo inherente al ser humano es alimentarse, no puede dejar de hacerlo. Entonces, bien, mal o regular; todos debemos comer. 

Y a la hora de salir de vacaciones pasa lo mismo, todos deben alimentarse, pero si lo pueden hacer probando sabores locales, la experiencia será muchísimo mejor. Nuestros padres y abuelos no se hacían tanto problema a la hora de comer y beber durante sus días de vacaciones. Tal vez el tiempo de descanso suavizaba ciertas incomodidades o simplemente consideraban que algún sacrificio a la hora de sentarse a la mesa era parte del hecho de estar de vacaciones. Actualmente la cosa pareciera ser distinta y hasta en un camping siempre queremos pasarlo bien, comer bien y estar cómodos. Así es la cosa ahora simplemente y al sector turístico no le quedará más que tratar de estar a la altura de las circunstancias. Claro está, cuando sea que las restricciones y consecuencias del coronavirus se hayan terminado.

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