Columna de Constanza Michelson: Amor (propio)

Creo que la enfermedad de la lengua actual es convertir todo en un traje, que se compra, se arrienda; luego no se deconstruye nada, sino que aparece una nueva jerarquía en torno a una moral. Aquello que parte como inquietud, se desliza con demasiada a prisa para volverse una cosa que se posee: una habilidad, un atributo, un peinado o un discurso.

Una conocida me decía que le impresionaba que, en el ranking de los libros más vendidos de no ficción, tantos de ellos fueran de autoayuda. “No sé si reír o llorar, que necesidad tan grande tenemos las mujeres de reafirmarnos y querernos”.

Asumió que eran libros escritos para mujeres y creo que tiene razón, la palabra amor propio se convirtió en una palabra femenina. Por supuesto no porque sea un asunto que solamente incumba a las mujeres, sino porque hay un tipo de malestar que tomó ese nombre; creo que en el caso de los hombres tomó otros, en todo caso, no menos problemáticos, como seguridad, valentía, hoy deconstrucción.

No estoy segura si tanto la deconstrucción como el amor propio sean cosas que resguardan su potencial de pregunta existencial, o bien la tentación epocal es a que deriven en eso que el lenguaje de la mercancía en los noventa hizo con “la inteligencia emocional”. Creo que la enfermedad de la lengua actual es convertir todo en un traje, que se compra, se arrienda; luego no se deconstruye nada, sino que aparece una nueva jerarquía en torno a una moral. Aquello que parte como inquietud, se desliza con demasiada a prisa para volverse una cosa que se posee: una habilidad, un atributo, un peinado o un discurso.

Claro que estas prácticas tienen fines opuestos, algunas para desmantelar un poder que existe, otras para reproducirlo, pero son líos distintos respecto de un mismo problema: el desapego. Sin embargo, el asunto engorroso es que el amor nunca es propio, ni la seguridad un solipsismo; salvo en el delirio. Somos animales de lazo, copiones, ansiosos respecto del lugar que ocupamos respecto de otros. Ni siquiera podemos vernos directamente a nosotros mismos; o bien nos vemos de forma invertida en un espejo, o a través del reflejo en los ojos ajenos.

El otro es una incisión en mí. Si se sufre, es porque el hambre humana a veces puede volverse un tigre en el cuerpo.

La socióloga Eva Iliouz dice algo contraintuitivo: si bien la dependencia al reconocimiento y el amor son asuntos estructurales en los seres humanos, nunca como hoy fueron tan importantes y ansiógenos. En las sociedades tradicionales, en el patriarcado duro, el amor constituía un asunto menor en la subjetividad tanto de mujeres como de hombres. Y es que no había demasiado que elegir, el valor propio estaba dado de antemano por el lugar social. Mientras que, en las sociedades contemporáneas, la única institución que orienta es el Yo. Y el Yo no tiene un valor dado de antemano, ni por lo divino ni por la comunidad, sino que el trabajo diario es saber qué somos, cuánto valor tenemos para los demás. Defenderse entonces, buscando poseer a través del desapego un valor estable, una autonomía persistente, tiene todo el sentido del mundo.

El asunto engorroso es que el amor nunca es propio, ni la seguridad un solipsismo; salvo en el delirio. Somos animales de lazo, copiones, ansiosos respecto del lugar que ocupamos respecto de otros. Ni siquiera podemos vernos directamente a nosotros mismos; o bien nos vemos de forma invertida en un espejo, o a través del reflejo en los ojos ajenos.

Pero el problema del amor propio como concepto, es que, si bien advierte de los peligros de lo posesivo en el amor, no retrocede ante la lógica de propiedad, cuando se trata de buscar autoamarse.  Quizá el problema, otra vez de la lengua de nuestro tiempo, es que nos vemos despojados de la posibilidad de desposeer; es decir, no somos libres de la obligación de tener.

Clarice Lispector escribe de manera magistral en su “Pasión según G.H” una deconstrucción sorpresiva, involuntaria, que rompe con la continuidad de sí misma. Salió de su mundo para entrar al mundo. Escribe cómo es posible de pronto, ver con el ojo suelto de la lagartija: una neutralidad rotunda, misteriosa. Lo intuía de antes, no a partir de un saber de sí misma, sino precisamente por el rasgo irreconocible que se le revelaba en sus propias fotografías. Existe un sentir que está entre el sentir; en los intersticios de la materia primordial está la línea de misterio y fuego que es la respiración del mundo, y la respiración continua del mundo es aquello que oímos y denominamos silencio.

¿Cómo perder la forma sin destruirse? se pregunta. No es casual que la autora advierta que éste es un libro para “almas formadas”, sólo ellas podrían entender que este libro nada quita a nadie. Si el Yo es sólo un espasmo del mundo en una persona, ¿qué queda? Quizá sea tan tonto amarse a sí mismo, como odiarse, y lo que cuenta es el lazo, no a partir de la demanda, el cálculo o el orgullo. Para mí, la frase clave de su pasión, es esta fórmula del amor: Ya no tomo tu mano para mí. Ahora te doy la mano.

Sólo se puede rezar y amar lo que no se conoce, su secreto. No la propiedad.

Quizá el amor propio como idea es tramposa, porque es un ojo (propio) frente a un cuerpo también muy propio, entonces, se tiene el derecho de volver sobre sí de manera despiadada. Mientras que frente al cuerpo enfermo -quizá la experiencia más radical de que nada nos pertenece- nos ponemos de rodillas.

Pero el problema del amor propio como concepto, es que, si bien advierte de los peligros de lo posesivo en el amor, no retrocede ante la lógica de propiedad, cuando se trata de buscar autoamarse.  Quizá el problema, otra vez de la lengua de nuestro tiempo, es que nos vemos despojados de la posibilidad de desposeer; es decir, no somos libres de la obligación de tener.

Hay otras formas de desapego. La adicción por ejemplo -por supuesto que no sólo a una droga -porque que se ahorra la deuda que se tiene con el conflicto de vivir; y también la melancolía, eso que hoy llamamos depresión severa, que no es sino una severa ruptura con el mundo.

William Styron en “Esa invisible oscuridad”, escribe sobre su grave crisis depresiva. Cree que lo único que lo mejoró fue la hospitalización, no los fármacos, no las terapias, sino el tiempo y el silencio. Pero yo creo que su cura ocurrió justo antes: el día en que la certeza de no querer vivir fue categórica, quemó sus libretas de notas como acto final, pero antes de irse a dormir, escuchó una canción en la televisión que produjo algo inédito. Tras meses de letargo recordó con una intensidad olvidada, experiencias, historias, amores. Y pensó que no podía matarse, no por lo que perdería, sino porque no tenía ningun derecho a infrigir sobre sus recuerdos y sus personas algo así.

Pienso que aquello que lo despertó, fue un sentimiento de profunda responsabilidad con un mundo. Luego, no es posible hacer cualquier cosa.

La responsabilidad es un hilo que une al mundo en la medida en que se experimenta como algo que no nos pertenece, pero nos liga. Sin embargo, la razón moderna empuja a lo contrario, a hacer como que poseemos, lo que sea, incluso el amor propio; pero teorías más o menos sobre la gestión de sí o el funcionamiento del cerebro, lo cierto, es que no alcanzan a hacer un mundo con el mundo. Quizá porque son prácticas cuya gramática no escapa al nihilismo, es decir: sin hebra, sin hilo.

*Constanza Michelson es escritora y psicoanalista.

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