Columna de Ernesto Águila: Presidenciales en su punto de partida

Las recientes elecciones primarias han puesto en evidencia que las campañas importan, que los debates cambian percepciones o las construyen en torno a dirigentes sobre los/as que la ciudadanía no tiene una opinión formada y definitiva. Que los favoritos pueden terminar siendo derrotados por los retadores. Y que nadie debiera confiarse. En estos tiempos de convicciones y voluntades volátiles, un buen diseño de campaña puede hacer la diferencia.

Luego de semanas de especulaciones, finalmente, tendremos en la papeleta del 21 de noviembre una candidata y ocho candidatos presidenciales (aún podría quedar alguno en el camino). Ese mismo día será también la elección de un Parlamento decisivo que recibirá la nueva Constitución y que deberá irla traduciendo en un nuevo marco legal. A su vez, el/la nuevo/a presidente/a y el Congreso tendrán una misión muy compleja derivada de la crisis sociosanitaria, de las condiciones difíciles que vive la economía del país y de las impaciencias de sectores largamente postergados y excluidos. No será un gobierno ni una gobernabilidad fácil para cualquiera sea la opción ganadora.

Los candidatos no llegan de igual manera al punto de partida. La izquierda encabezada por el diputado Gabriel Boric lo hace con los deberes cumplidos, al menos en dos puntos claves: una primaria con una alta participación y una lista parlamentaria unida y competitiva. Favorece su opción la crisis y relativa descomposición de la Lista del Pueblo, que deja debilitada una opción a su “izquierda”, y la derrota de la candidata del PS, que le abre un espacio de crecimiento hacia el electorado socialista.

Contrasta con esta posición expectante de la izquierda, el ocaso manifiesto de la ex Concertación, que en estas elecciones se presenta bajo la denominación de Nuevo Pacto Social. La magra participación en la consulta ciudadana, por debajo de su propia militancia acreditada, constituye un rotundo fracaso. Pero, más allá de los números, lo que subyace es el agotamiento de un proyecto histórico que tuvo su sentido para salir de la dictadura, pero no para superar el neoliberalismo ni dar cuenta del conjunto de demandas –sociales, ambientales, feministas, pluriculturales– que abrió el 18-O.

Los universos electorales socialcristianos y socialistas se han ido debilitando y enemistando, y su desconexión con las nuevas generaciones y los movimientos sociales es evidente. Sus posibilidades hoy descansan exclusivamente en los atributos personales, biografía y trayectoria de su abanderada presidencial, la senadora Yasna Provoste, la cual tiene una tarea muy difícil por delante. En ninguna elección anterior alguien con ese piso en primarias legales o convencionales -menos de cien mil votos- pasó a una segunda vuelta.

Mucho se ha especulado respecto a que en el contundente triunfo del diputado Boric sobre el alcalde Jadue habría sido decisiva la concurrencia de un sector del electorado de la ex Concertación, particularmente del “pueblo socialista”. Si ello fue así, dicho electorado no volvió para participar de la primaria de la ex Concertación, lo que probablemente se deba a que ya se fidelizó en la opción de Apruebo Dignidad.

Mención especial merece la situación del PS. Conducido a su mínima expresión electoral y política (para los que saben de la historia socialista sólo comparable con 1946) y extraviado en una alianza y en un domicilio político fuera de la izquierda, terminó abandonando a su suerte a su candidata presidencial, la que se debe reconocer realizó un esfuerzo político honesto y un buen aporte programático. La actual dirección socialista pasará a la historia como aquella que enterró un partido de más de 80 años. Ni más ni menos que al partido de Allende. Y la historia no los absolverá.

La magra participación en la consulta ciudadana, por debajo de su propia militancia acreditada, constituye un rotundo fracaso. Pero, más allá de los números, lo que subyace es el agotamiento de un proyecto histórico que tuvo su sentido para salir de la dictadura, pero no para superar el neoliberalismo ni dar cuenta del conjunto de demandas -sociales, ambientales, feministas, pluriculturales- que abrió el 18-O.

Por su parte, el abanderado de la derecha, Sebastián Sichel, parte con la ventaja de una primaria con una participación de cerca de un millón trecientos mil votantes. De ser capaz de retener ese piso y crecer un poco más, Sichel podría estar ya en la segunda vuelta. Desde el plebiscito del 25-O, la derecha tiene extraviado su tercio histórico, pero la participación en la primaria le ha devuelto la expectativa de tener una chance razonable de ser uno de los triunfadores de la primera vuelta. La elección de la senadora Provoste, sin duda, le genera una dificultad para seguir creciendo en el espacio de centro y socialcristiano. A su vez, un posicionamiento muy pronunciado hacia el centro o demasiados alardes liberales podría significar un crecimiento de Kast en los sectores más conservadores de la derecha. Aunque moviéndose en un espacio estrecho y cargando con la pesada mochila de representar la continuidad del actual gobierno, Sichel parte la carrera con buenas opciones de pasar a segunda vuelta.

Un sector que estaba llamado a ser una de las grandes revelaciones de estas elecciones presidenciales y parlamentarias era la Lista del Pueblo. La crisis en que se sumió dio cuenta de que las condiciones no estaban maduras para dar el salto desde una coordinación de movimientos sociales y territoriales a un actor político en forma. Lo que fue quedando en evidencia en esta forzada y precipitada acción de conversión en un actor político es que en su interior existía más de un proyecto y que sin los mecanismos institucionales propios de un partido era muy difícil tomar decisiones claras y legitimadas. El liderazgo presidencial de Ancalao -por su propia trayectoria- tampoco expresa, sino más bien desdibuja, muchas de las señas de identidad de la propia Lista del Pueblo. La crisis de la LDP tiene otra consecuencia: deja en una relativa orfandad a una parte importante del movimiento más radical y destituyente del 18-O.

También le ha jugado en contra a la LDP -como le ocurrió en su momento al FA- un cierto purismo ético, que no es lo mismo que velar por ciertas exigencias éticas fundamentales, que finalmente tampoco se está en condiciones de sostener. La lucha por el poder y sus rudezas aconsejan evitar mucha prédica moral que termina volviéndose en contra por fijar estándares difíciles de cumplir para cualquiera. Como decía Max Weber sobre las complejas relaciones entre política y ética: “la política no es el mejor lugar para intentar salvar el alma”.

Mención especial merece la situación del PS. Conducido a su mínima expresión electoral y política (para los que saben de la historia socialista sólo comparable con 1946) y extraviado en una alianza y en un domicilio político fuera de la izquierda, terminó abandonando a su suerte a su candidata presidencial, la que se debe reconocer realizó un esfuerzo político honesto y un buen aporte programático. La actual dirección socialista pasará a la historia como aquella que enterró un partido de más de 80 años. Ni más ni menos que al partido de Allende. Y la historia no los absolverá.

En la parte baja de la tabla, completan la papeleta personajes difíciles de clasificar como Parisi y Lorenzini. Sus posibilidades, que no habría que subestimar, descansan en sectores muy despolitizados, pero que bien podrían cosecharse con cierta abundancia de ese ancho mundo de los abstencionistas, pozo negro que sigue siendo un misterio. Mención aparte merece la inscripción de MEO, el cual condujo al sacrificio a sus candidatos a parlamentarios (incluido el expresidenciable Guillier, quien en un acto de candidez inexplicable había ingresado al PRO hace pocas semanas) y a su propio partido que no alcanzará los requisitos legales para continuar luego de los resultados de noviembre. Un acto de voluntarismo unido a una buena cuota de narcicismo que es difícil que conecte con el Chile post 18-O.

Las recientes elecciones primarias han puesto en evidencia que las campañas importan, que los debates cambian percepciones o las construyen en torno a dirigentes sobre los/as que la ciudadanía no tiene una opinión formada y definitiva. Que los favoritos pueden terminar siendo derrotados por los retadores. Y que nadie debiera confiarse. En estos tiempos de convicciones y voluntades volátiles, un buen diseño de campaña puede hacer la diferencia.

*Ernesto Águila es analista político y académico de la Universidad de Chile.

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