Columna de Álvaro Bisama: King 74

Ahora que Stephen King cumplió 74 años y el mundo completo parece otra mala novela apocalíptica, recuerdas que él ya escribió sobre lo mismo muchas veces antes, en una lista interminable de narraciones donde la vida diaria era interrumpida una y otra vez por el horror y la maravilla.

A veces te preguntas cuál fue el primer libro de Stephen King que leíste. Puede que haya sido “Carrie“, en una edición viejísima, de los setenta, que tu hermano llevó a casa. Tenías 15 o 16 años. No recuerdas si te gustó. Lo más probable es que sí. Tienes claro, en todo caso, que empezaste a leerlo en serio cuando estabas en cuarto medio y un compañero te prestó “Rabia” y “La mitad siniestra“, dos novelas raras de las que nadie se acuerda mucho. “Rabia” estaba firmada con seudónimo (Richard Bachman) y King la sacó de circulación después de la matanza de Columbine. “La mitad siniestra” era un asunto más complejo, una de sus novelas personales, otro de esos libros (como la nouvelle “El cuerpo” o “La historia de Lisey“) donde ajustaba cuentas con sus demonios, con el combustible -atroz o maravilloso- de su propia escritura; estaba ahí una de sus obsesiones, la del doble, la de las vidas posibles del doppelgänger. Tiene sentido. Ahora te das cuenta que esa novela lo retrataba o lo inventaba de cuerpo entero. King era un autor fantástico que entendía el horror o la maravilla como un asunto casi doméstico, como una colección de fantasmas que determinaban el transcurso de lo cotidiano. Sí te gustó, recuerdas, y durante muchos años King siempre fue para ti una especie de refugio, un lugar que visitabas cada cierto tiempo, otra forma de percibir el realismo o la idea del realismo o el sueño del realismo en estos tiempos confusos. A veces piensas, de hecho, que tu lectura de King puede ser similar a la que tenían los escritores del siglo XX respecto al XIX, como algo que representaba una idea monolítica o monumental del pasado, acaso un entretenimiento que se hundía en las paradojas y los dobles fondos de la naturaleza humana, una literatura de terror que se elevaba sobre el propio espanto y era capaz de desplegar imágenes asombrosamente parecidas a la vida. Despejado el horror, lo que quedaba en sus novelas muchas veces parecía una colección de viñetas o vidas normales: profesores preocupados de enseñar sus lecciones, familias desayunando juntas o separadas, hoteles llenos de culpas parecidas a fantasmas, carreteras interminables, niños que juntaban figuritas de algún álbum, poetas borrachos, obreros tristes. Por supuesto, no te preocupaba el estilo ni que tuviera o no valor literario. King estaba ahí y era en sí mismo una tradición a la que acudir, un espacio propio en la estantería de los libros más vendidos. Por supuesto, le perdiste la pista con los años. Nadie podía seguirlo. Nadie podía detenerlo. King escribía, publicaba de manera incesante, lo adaptaban al cine de modo maravilloso o criminal. A veces te enterabas de detalles, su relación con el alcohol (que detallaba en “Mientras escribo“), su tensión con el mundo literario (como el odio que le tenía Harold Bloom), o su accidente de carretera (un camión lo atropelló; sí, todo pareció escrito por él mismo). Por supuesto te daba risa el rostro que ponía en sus retratos, el modo en que fingía una mueca satánica en su cara, deformándose y presentándose como una caricatura, como si exigiese no ser tomado en serio o, por el contrario, haciendo notar que lo que importaba era lo que ocultaba la broma, lo que se escondía tras eso que parecía un chiste. Sí, seguiste leyendo a King. Él envejeció; a veces lo hizo mal, a veces bien, muchas veces escindido entre las propias versiones de sí mismo, tironeado por sus obsesiones. Tú envejeciste con él mientras terminabas esa novela larguísima donde trataba de entender la muerte de Kennedy (“22/11/63”) o veías como una y otra vez las adaptaciones de su obra funcionaban o se estrellaban, lo seguiste cuando se volvió un autor de policiales o cuando se puso a trabajar en las secuelas de sus viejos éxitos (“Doctor Sueño“). Ahí percibiste como se repetía pero no se ahogaba jamás, en cómo continuaba empecinado seguir ampliando el mapa de horrores de Castle Rock, de Derry, de esos pueblos imaginarios que parecían reales porque estaban llenos de televisores encendidos en habitaciones donde la luz estaba apagada, en calles y barrios acechados por la recesión, puros espacios habitados todas por personajes comunes y corrientes que trataban de aguantar lo que les caía encima (lo que podía ser su dolor privado o la llegada del fin del mundo) con estoicismo y no poca sabiduría. Y no, no había nada gótico ahí. Nada romántico, tampoco. Para qué. Porque quizás eso era una de las formas que el realismo asumió a fines del siglo pasado y comienzos del presente: el del relato de los miedos de los ciudadanos comunes y corrientes, el terror despegado de todo género (¿cuál?, ¿los zombies?, ¿las casas encantadas?, ¿nidos de vampiros?, ¿asesinos seriales?, ¿payasos psicópatas?, ¿mesías satánicos?) porque justamente esa misma idea de género los había vuelto clichés, incapaces de conmover o convocar a nadie. Por eso, ahora que King cumplió 74 años y el mundo completo parece otra mala novela apocalíptica, recuerdas que King ya escribió sobre lo mismo muchas veces antes, en una lista interminable de narraciones donde la vida diaria era interrumpida una y otra vez por el horror y la maravilla, como si los destellos de lo cotidiano siempre escondiesen un abismo, una amenaza familiar, un espejo deformado de este mundo, piensas. 

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