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Columna de Álvaro Bisama: Un hombre que lee

Todo parece una broma, pero no lo es; debe aguantar hasta que llegue otro diputado para poder votar finalmente la acusación. Lo que lee a veces parece un prontuario, parece esa novela río que jamás se ha escrito sobre el modo en que funciona el poder en Chile, aunque ahora sólo exista como el hilo de una voz que se alarga y se alarga hora tras hora.

Un hombre lee en la Cámara de Diputados. Lo hace en voz alta. Lo hace durante quince horas seguidas. Acusa a Sebastián Piñera, el presidente. El hombre comienza al final de la mañana, continúa durante el resto del día y termina luego de la medianoche. Apenas bebe agua, sólo come frutos secos. Todo parece una broma, pero no lo es; debe aguantar hasta que llegue otro diputado para poder votar finalmente la acusación. Lo que lee a veces parece un prontuario, parece esa novela río que jamás se ha escrito sobre el modo en que funciona el poder en Chile, aunque ahora sólo exista como el hilo de una voz que se alarga y se alarga hora tras hora, sin apenas trastabillear. El hombre lee: provoca cierta perplejidad, cierto asombro. Mientras, su voz parece encontrar el tono y acomodarse a la prueba de resistencia. Nadie parece creerle que va a seguir. Hay quienes dicen que la democracia está en peligro, que la república se va a acabar, que es una falta de respeto por las instituciones. Al hombre que lee no parece importarle. Lo llaman filibustero, dicen que lo que hace es una burla, una trampa. No lo parece al escucharlo. El hombre acusa, impugna, denuncia. No bromea. Ya no es joven y lee con la mascarilla puesta y lo rodean otros diputados y diputadas, como si se tratase de un corredor de maratón que avanza agónico hacia una meta invisible.  Ellos y ellas le dan el aguante, siguen lo que dice a ratos, lo flanquean como si quisieran despejarle el camino mientras se convierten en espectadores silentes. No vemos sus bocas, sólo sus ojos. El hombre lee: los ciudadanos siguen la acusación por la tele o en YouTube. Suponemos que en La Moneda también están las pantallas encendidas y las radios sintonizadas con su voz, que se vuelve otro fantasma en el palacio. El hombre lee: su voz es el contrapunto a las actividades del día, a la ida y venida del trabajo, al llanto y la felicidad de los niños, a la campaña electoral, a los programas políticos, a los murmullos de las redes sociales. Su voz no se quiebra, es otro eco de la república, un eco inverosímil, inesperado, necesario. Así avanza sin avanzar, se come las horas. Para él las palabras son una suerte de maleza en la que se interna impertérrito mientras el mundo alrededor suyo parece detenerse, suspender todo movimiento. El hombre lee; hay emoción en sus palabras, parece haber esperado toda su vida para esto, como si esas quince horas de lectura fuesen el momento decisivo de su biografía, el segundo exacto en que el foco de luz de la historia le apunta al rostro, volviéndolo inolvidable y asombroso. No se detiene nunca y su lectura se transforma en una medida del tiempo, en un compás de espera. El país o escucha o finge que lo escucha, sostiene la respiración esperando que termine. Todo recuerda a una de esas películas eternas de Andy Warhol o directamente es otra cinta fantasma de Raúl Ruiz, acaso una escena descartada de “Cofralandes”, otro apunte del paisaje psíquico nacional, otra teleserie errante e inolvidable. Así es la política chilena, la vida chilena, la historia chilena: un relato hecho de momentos donde lo insólito rompe el drama o al revés, donde todo parece inverosímil y sólo puede ser resuelto por algún equilibrista que hace piruetas sobre el tiempo muerto. Entonces, como en ese viejo poema de Gonzalo Millán, llega la noche y la ciudad se apaga. Los noticiarios terminan. Las teleseries terminan. Los programas de trasnoche terminan. Pero el hombre sigue leyendo y parece que va a quedarse así para siempre, que su voz se va a pegar al aire y la acusación constitucional se convertirá en otro ruido de la ciudad, otro rumor en el éter imaginario de Chile. Suponemos en La Moneda algunas luces se prenden, que hay movimiento en los pasillos de palacio, que ciertas cortinas se abren y se cierran como los parpadeos nerviosos de esta primavera tórrida. Entonces, la espera se acaba. Quienes debían llegar finalmente entran al Congreso, toman posiciones, lo relevan.  El hombre deja de leer. Sus compañeros lo abrazan, se convierte en el héroe de la jornada. Así, el tiempo vuelve y otras voces se toman el aire y el proceso sigue; la noche se extiende hasta que minutos antes de las ocho de la mañana, la acusación sea aprobada con los votos exactos. Pero eso será después. Lo que nos importa: el hombre deja de leer y su parte de la historia termina. Nada ha pasado, todo ha pasado. La democracia no se ha ido a ninguna parte. La república sigue ahí, entera, mientras la voz que ha existido por quince horas se vuelve puro silencio, una marea de extrañeza o una sombra que desfonda o se proyecta en las palabras de los otros. La voz del hombre ya no existe, es apenas un murmullo que rebota como una ausencia, un eco que recorre el sueño y la vigilia de los que luchan por no dormir en esa clase de madrugada extraña que sólo puede venir después de un día sin tiempo.  

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