La imagen muestra a Rafael Gumucio frente a dos fotografías de Gabriel Boric

Agencia Uno

Columna de Rafael Gumucio: Gabriel

Gabriel, a sus pocos años, ha probado todas las posibilidades de la política, sus amarguras y su magia. No cabe duda de que estos años de fuego que protagonizó de muchas formas, lo han templado lo suficiente para ser un gran presidente. Desde esta columna espero que así sea.

Pasé parte del verano de 1986 en un campamento de verano en la Araucanía. El campamento la organizaba la PROFESES, y no disimulaba su intención de ser parte de la resistencia a la dictadura. Se supone que debíamos construir letrinas y ayudar en todo los que nos pidieran los locales. Para sorpresa mía, empecé a notar que algunos de nuestros compañeros de campamento despertaban extenuados a la ocho de la mañana. Después supimos que apenas habían dormido, entrenando toda la noche para lo que se supone sería el año decisivo, el año 86, en que una insurrección popular prolongada, iba a botar al dictador.

No creo hacer ningún spoiler al revelar que la insurrección popular prolongada no botó al dictador. Lo hizo un plebiscito, por el que algunos de los que despertábamos un poco más tarde en el campamento, apostamos. La izquierda quedó desde entonces dividida en dos, entre los insurreccionales y los electorales. Los insurreccionales se rindieron a las elecciones, pero siguieron sintiendo que eran una traición a la revolución que sólo la insurrección hacía posible. Los electorales aprendieron a respetar la democracia “burguesa”, aunque cometieron el pecado de asimilarse a una forma de mercado tan revolucionario como la revolución socialista de la que escapaban.

El mapa de la política chilena durante más o menos 25 años siguió siendo más o menos el mismo que viví en ese campamento de verano. Hasta que llegó Gabriel y su generación. Gabriel y los suyos crecieron cerca de la izquierda extraparlamentaria, compartiendo con ella su visión de que la izquierda electoral se había comprado el programa económico de los Chicago Boys demasiado al pie de la letra. Pero se separaban de los comunistas, los humanistas y otros partidos proféticos, porque no creían que la derrota y el fracaso era señal de santidad sino de tontería.

En Gabriel, como en los mejores de su generación, no hay la rabia de la derrota histórica de 1986. Pueden ser críticos con sus mayores, pero no hay un ápice de resentimiento ni social, ni generacional. Su relación con la democracia y sus ritos es natural, crecieron en ella y no imaginan un horizonte más allá de ella. Su rebeldía contra el capitalismo es sólo contra su forma más extrema, ésa que dejo en manos de la mano invisible del mercado la salud, la educación, las pensiones, la cultura, es decir todo eso que no tiene precio porque tiene valor. Pero el socialismo real e incluso el imaginario le es tan ajeno como el tango o el rodeo.

Gabriel y los suyos crecieron cerca de la izquierda extraparlamentaria, compartiendo con ella su visión de que la izquierda electoral se había comprado el programa económico de los Chicago Boys demasiado al pie de la letra. Pero se separaban de los comunistas, los humanistas y otros partidos proféticos, porque no creían que la derrota y el fracaso era señal de santidad sino de tontería.

Gabriel Boric es el primer candidato a la presidencia completamente libre del fantasma de esa guerra fría que en Chile fue algo más que tibia. Nació en un país en que las culpas de entonces eran ya parte de la historia. O al menos eso creíamos hasta que Kast las ha venido resucitando una a una. Gabriel se siente en su casa en la historia y la literatura, acaso porque su talento mejor es el de construir relatos en torno a hechos aislados en que nadie más ve la relación. Su generación nació criticando a Ricardo Lagos, acaso su padre más visible, pero Boric tiene la misma capacidad del expresidente de explicar, mientras avanza la discusión, un punto más allá de su explicación. Claro que no tiene nada del carácter fuerte de Lagos, porque Boric es también alguien que sabe escuchar, que ha aprendido a hacerlo en asamblea interminables donde justamente resumir los pensamientos inconexos de las distintas voces es la única forma de llegar a alguna parte.

Correcto, gentil, respetuoso, provinciano, todas esas cualidades más bien corteses, se juntan con una inesperada valentía que lo ha hecho más de una vez pelearse con los suyos. Casi siempre en esas peleas ha tenido la razón. El más vistoso de esos rasgos de valor fue el acuerdo de 15N que firmó a título personal en contra de su partido. Pero más visible aún que ese acto fue la serenidad con que aguantó la funa correspondiente. Bajo la lluvia de cervezas y escupitajos no se descontroló ni un segundo, concentrado en proteger a la persona con que iba, esperando simplemente que terminara la tempestad. No argumentó contra quienes no tenían argumentos, no se derrumbó cuando todo lo llevaba a derrumbarse. Se mantuvo derecho y concentrado en no responder a la injuria.

Su generación nació criticando a Ricardo Lagos, acaso su padre más visible, pero Boric tiene la misma capacidad del expresidente de explicar, mientras avanza la discusión, un punto más allá de su explicación. Claro que no tiene nada del carácter fuerte de Lagos, porque Boric es también alguien que sabe escuchar, que ha aprendido a hacerlo en asamblea interminables donde justamente resumir los pensamientos inconexos de las distintas voces es la única forma de llegar a alguna parte.

El tiempo, por cierto, confirmó su intuición y como diría Borges, el traidor pasó a ser héroe. Pero tampoco entonces cedió al impulso de decir “Ya sabía, ya vieron”, sino que siguió trabajando con muchos de los que celebraron su funa, y otros que permanecieron indiferente a ella. La política en su mejor expresión consiste en eso, en separar a la persona que sufre o goza de la personalidad pública que toma decisiones muchas veces impopulares. Gabriel, a sus pocos años, ha probado todas las posibilidades de la política, sus amarguras y su magia. No cabe duda que estos años de fuego que protagonizó de muchas formas, lo han templado lo suficiente para ser un gran presidente. Desde esta columna espero que así sea.

*Rafael Gumucio es escritor.

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