La imagen muestra a Nona Fernández frente a un aparato telefónico

Columna de Nona Fernández: Palabras secuestradas

El lenguaje es una fábrica de realidad, lo sabemos. La palabra visibiliza, por algo nos hemos impuesto la exigencia de no nombrar al candidato pinochetista, de no darle presencia con la letra y en este gesto conjurar su desaparición.

“El lenguaje no es una calle de un solo sentido” (Gertrudis Stein)

Ya es conocida la columna publicada en el Washington Post en la que se argumentó, de manera muy lúcida, que si el candidato pinochetista “ha logrado avanzar como nunca antes, ha sido gracias a la equidistancia de los medios que no han llamado al fascismo por su nombre ni se han espantado con sus palabras, como sucedería en cualquier otro lugar con un piso mínimo de respeto a los DD.HH”. Esta idea, que me parece fundamental en el momento de buscar responsables ante los nefastos resultados de las pasadas elecciones, indica un punto que me interpela como escritora: el hecho de no nombrar las cosas por su nombre, de relativizarlas. Y por consiguiente la evidencia del poder de las palabras.

El lenguaje es una fábrica de realidad, lo sabemos. La palabra visibiliza, por algo nos hemos impuesto la exigencia de no nombrar al candidato pinochetista, de no darle presencia con la letra y en este gesto conjurar su desaparición. A lo largo de la Historia las palabras han ido ordenando realidades. En el siglo pasado y en el actual hemos visto cómo ponen en presencia conceptos fantasmas que se intuían, pero no se comprendían porque no habían sido nombrados. Hubo necesidad de decir genocidio, crímenes de lesa humanidad, Derechos Humanos, feminicidio, violencia de género. Todas ellas son realidades que amarradas al lenguaje nos han dado la posibilidad de observarlas, entenderlas, pensarlas y tomar posición frente a ellas tanto ética como legalmente. Palabras que han surgido como escudos de protección frente a la brutalidad del fascismo, del patriarcado y del neoliberalismo feroz. Palabras amuleto que la humanidad ha acordado ocupar como un lenguaje mínimo de convivencia. Pero ¿qué pasa cuando comenzamos a sufrir el secuestro de estas palabras?

Con algunas compañeras del colectivo de Autoras Chilenas Feministas hemos estado pensando en estos secuestros. Observando que han venido ocurriendo hace mucho tiempo y que, creemos, es una de las herramientas que las derechas autoritarias han ido articulando silenciosamente para legitimar e instalar su propia realidad. Se camuflan en estas palabras raptadas con un lenguaje acorde a la corrección de los tiempos, pero que esconde ideas retrógradas y antidemocráticas.

Pensemos, por ejemplo, en la insistencia de exigir la defensa de los DDHH de carabineros, militares o cualquier otra fuerza estatal ante supuestos ataques de fuerzas civiles. Se pronuncian y reclaman estos derechos buscando exculpar a los verdaderos responsables de la violación a estos mismos derechos. O pensemos en el discurso “provida”, que se enarbola para desconocer los derechos reproductivos de las mujeres. O recordemos el Plan de retorno “humanitario” implantado por el gobierno de Sebastián Piñera, que con palabras lustrosas intentó maquillar la vergonzosa y racista devuelta de los inmigrantes haitianos al país del que habían huido escapando de la pobreza, la hambruna y la posible guerra civil. O el concepto de “paz social”, que se establece para condenar cualquier ímpetu de disidencia. O la palabra “libertad”, que ha sido secuestrada al máximo por la gramática neoliberal que la entiende únicamente como la idea del libre albedrío, la posibilidad de hacer lo que se quiera, sin atender lo que eso implique en el resto de la sociedad. Derechos, vida, libertad, paz, éstas son las palabras que ocupan. Y es claro: han comprendido que no pueden hablar desfachatadamente su lenguaje troglodita. Por eso raptan las palabras, las vacían de sentido para relativizar, para manipular. Pero su accionar añejo los define mejor que su lenguaje impostado y la evidencia de esos actos, con olor a naftalina, es más poderosa que las palabras en las que intentan disfrazarse.

El candidato pinochetista ha levantado un programa de gobierno que le quita derechos a las mujeres, que las requiere casadas para ser meritorias de la protección del Estado, que pretende derogar la ley de aborto en tres causales, que consideró eliminar su ministerio pasando por alto la fuerza de las demandas levantadas hace años y los avances conquistados. Un programa que desconoce la igualdad de los grupos LGTBIQ+, que prohibirá el lenguaje inclusivo, esas nuevas palabras inventadas para incluir a todo el mundo en la lengua. Un programa que propone aún menos resguardo para las y los trabajadores y que proyecta una jubilación por sobre los setenta años. Un programa que le resta garantías a los pueblos originarios, que no se hace cargo de la crisis ecológica, un programa que desmantelará el ya jibarizado ministerio de las culturas, obviando la gran transformación cultural que el país ha vivido en estos últimos años. Un programa que al parecer incluirá delegados de gobierno en los núcleos de las universidades en un gesto de intervención feroz. Un programa que se ampara en palabras como libertad, paz, vida, seguridad, orden, soberanía y que, por supuesto, nunca declara ser antiderechos, pero que todo lo que dice en cada frase lleva esa consigna impregnada.

Derechos, vida, libertad, paz, éstas son las palabras que ocupan. Y es claro: han comprendido que no pueden hablar desfachatadamente su lenguaje troglodita. Por eso raptan las palabras, las vacían de sentido para relativizar, para manipular. Pero su accionar añejo los define mejor que su lenguaje impostado y la evidencia de esos actos, con olor a naftalina, es más poderosa que las palabras en las que intentan disfrazarse.

El candidato pinochetista ha declarado que la solución a la migración es instalar una zanja. El candidato pinochetista ha declarado que si Pinochet estuviera vivo se tomarían un tecito juntos. El candidato pinochetista ha declarado incluso que durante la dictadura cívicomilitar no hubo detenciones de opositores al gobierno. Y si bien todo esto que escribo no es nada nuevo, lo que desconocemos es la razón por la que los medios hegemónicos y la derecha, supuestamente democrática, nunca lo han tratado abiertamente de fascista o xenofóbico, ni han condenado sus dichos reaccionado con molestia y espanto, a la altura de un desastre como el que tenemos en este momento. En un país que dice respetar el lenguaje de los DDHH, aquellas palabras protectoras que la humanidad ha inventado para generar el lenguaje mínimo de convivencia, un personaje como éste no debiera tener un espacio en el escenario público, mucho menos en el político. Lo que estamos viviendo es un verdadero retroceso en el camino de la civilización.

El candidato pinochetista no es un conservador, como se le presenta en sus apariciones públicas, es un fascista. Y un fascista es un fascista. Como un negacionista es un negacionista. Como un xenófobo es un xenófobo. Estos apelativos merecen repudio y castigo. Son impermisibles en una sociedad democrática. No nombrar las cosas por su nombre, relativizar estos conceptos, vaciarlos de sentido y profundidad es parte de la maniobra cuya gramática se viene articulando desde hace mucho con el permiso de los gobiernos democráticos y su lógica del pacto y la reconciliación. Ser tolerantes con los intolerantes tiene consecuencias, y hoy nos caen encima de la misma forma que la revuelta social nos escupió décadas de precariedad y malestar. Quizá si las palabras justicia, verdad y reparación hubiesen sido pronunciadas con todo el énfasis que se requería, no estaríamos pasando por esto. Quizá si las palabras fin a la impunidad se hubieran grabado en algún lugar de los tribunales de justicia, tampoco. Me pregunto si habrá alguna palabra que nos proteja de la irresponsabilidad de quienes han administrado tan mal las palabras.

El candidato pinochetista no es un conservador, como se le presenta en sus apariciones públicas, es un fascista. Y un fascista es un fascista. Como un negacionista es un negacionista. Como un xenófobo es un xenófobo. Estos apelativos merecen repudio y castigo. Son impermisibles en una sociedad democrática.

Para cerrar esta reflexión quiero ofrecer parte de un acopio de palabras secuestradas que hemos ido recopilando con mis compañeras escritoras. A modo de ejercicio, hemos jugado a replantearlas para devolverlas a la comunidad. Las pensamos, las giramos, las sacudimos de ideas añejas y autoritarias y le inyectamos nuevos sentidos. Queremos que vuelvan a ser nuestras, que caminen en direcciones diversas. Y en este urgente escenario de elecciones presidenciales, las hemos ido publicando en redes y entregando personalmente en la calle junto a una conversación. Hemos abierto la despensa para ofrendarlas a quien quiera recibirlas. Queremos, con este sencillo ejercicio, levantar la sospecha frente a la gramática que se nos impone y proponer un estado de alerta en este forcejeo por el lenguaje. Para así, algún día juntas, encontrar las nuevas palabras amuleto que nos protejan del peligro del sinsentido.

Violencia: que cuestionen nuestro derecho a voto. / Seguridad: lo que las mujeres y disidencias necesitamos para el Buenvivir. / Delincuencia: las pensiones actuales. / Libertad: que nuestra identidad sea respetada. / Paz: vivir en un territorio no militarizado, donde no se persiga a les defensores de la tierra. / Esperanza: que el dinero no determine nuestra dignidad. / Soberanía: lo que pedimos para nuestros cuerpos. / Seguimos: la consigna del futuro.

Violencia: que cuestionen nuestro derecho a voto. / Seguridad: lo que las mujeres y disidencias necesitamos para el Buenvivir. / Delincuencia: las pensiones actuales. / Libertad: que nuestra identidad sea respetada. / Paz: vivir en un territorio no militarizado, donde no se persiga a les defensores de la tierra. / Esperanza: que el dinero no determine nuestra dignidad. / Soberanía: lo que pedimos para nuestros cuerpos. / Seguimos: la consigna del futuro.

(*) Agradezco a mis compañeras de AUCH con quienes hemos estado enredando palabras y pensamientos para este acopio.

*Nona Fernández Silanes es actriz, dramaturga y escritora. Entre sus libros están “Space invaders” y “La dimensión desconocida”.

También puedes leer: La escritora Nona Fernández mira a Chile: “La Convención es como una célula que metaboliza lo mejor y lo peor de nuestra sociedad”


Volver al Home

The Clinic Newsletter
Comentarios