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24 de diciembre de 2021

“De pana”: las voces del Sename que rapean sus vidas en la película “Mis hermanos sueñan despiertos”

La imagen muestra a un niño cantando frente a un micrófono. Defensoría de la Niñez.

Dos de las canciones que aparecen en el filme fueron compuestas e interpretadas por cuatro jóvenes del centro de reclusión de Graneros. Aunque fueron invitados al estreno, ni uno llegó. Y es probable que ni siquiera la hayan visto aún. Dos están hoy en libertad, otro fugitivo y el cuarto sigue recluido en el mismo centro, desde donde conversó con The Clinic. Ésta es su historia.

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I. Adentro

Suena un reggaeton de fondo, pero en su cabeza sigue retumbando otro.

-¿Usted ha escuchado el tema Salud y vida de Daddy Yankee? Ese tema igual me representa un poco. Dice: “Salud y vida, por eso es que a mis enemigos yo vivo deseándoles salud y vida”. Yo no tengo enemigos ahora, gracias a Dios, pero a las personas que me han hecho o deseado mal, y por la razón que haya sido, a mí me gustaría verlos bien. Esa es la enseñanza que yo saco de esa canción.

Quien habla es D.A., de 21 años.

Según lo establece la Ley de Responsabilidad Penal Adolescente, su identidad debe ser resguardada. Su primera causa judicial fue por hurto y lesiones graves en 2014, a sus 14, y con el tiempo acumuló otras cinco, incluida una por robo con homicidio en 2016, también a sus 16 años. Desde entonces permanece recluido en el Centro de Internación Provisoria y de Régimen Cerrado (CIP-CRC) de Graneros, uno de los recintos de alta seguridad del Servicio Nacional de Menores (Sename) o Mejor Niñez, como fue rebautizado recientemente.

Los árboles y altos muros de cemento que lo rodean, altísimos en realidad, no dejan ver lo que hay ni lo que sucede allí adentro. Ubicado entre los cerros y muy próximo a la Granja Educativa, al cruce del Camino de la Fruta y la ciudad de Rancagua, en la VI Región, el complejo actualmente alberga a unos veinte jóvenes y adolescentes de hasta 21 años que se encuentran privados de libertad. Son en su mayoría hombres, pero hay también algunas mujeres y jóvenes trans. Los distribuyen en siete casas; D. vive en la número 7.

Son casi las 4 de la tarde de un lunes, y el joven hace un alto en su clase de entrenamiento físico para conversar con The Clinic. Saldrá de allí dentro de nueve meses, cuenta en uno de los patios, y está ansioso no solo por reencontrarse con su familia, sino además por retomar sus estudios de preparador físico y también el trabajo como soldador en una fábrica de piscinas que desempeñó hasta hace unos meses, cuando la Corte de Apelaciones revocó el permiso de régimen semicerrado que le permitía estudiar y trabajar. Durante los casi cinco años que ha estado en el centro y privado de libertad, dice que encontró en el deporte una forma de expresarse y de canalizar sus energías.

“Yo estaba estudiando para Preparador Físico en el Instituto Santo Tomás. Me gané una beca de gratuidad, pero tuve que congelarla en junio, julio, por ahí. Alcancé a ir unos tres meses a clases, hasta que ya no pude ir más. Quiero retomar cuando me vaya cumplido de aquí. Mi experiencia de vida me ha demostrado que a varia gente que no tiene recursos, el deporte los ha sacado adelante. El deporte me permite ir superándome día a día, a corto plazo, y además lo puedo medir en resultados. Lo que a mí me gustaría, algún día, es rescatar a todos esos niñitos que no han tenido recursos pa’ jugar ni a la pelota en las poblaciones, o conocer todos los deportes que existen. Yo entreno más físico, hago pesas, pero me gustan todos los deportes, aunque me hubiese gustado haber tenido más posibilidades. Y yo creo que ahora tenemos que dárselas a los cabros más jóvenes”, comenta.

Otra de sus vías de escape allí adentro, dice D., ha sido la música.

“Me acuerdo de que un día estábamos leseando con los chiquillos en el patio y nos pasaron preguntando quién se quería inscribir en un taller de rap. Ellos al tiro dijeron que sí po, y yo les dije ya, los voy a acompañar. Ahí quedé participando y veía que los chiquillos se habían motivado”, cuenta.

“Sentía que ellos se expresaban de una manera distinta conmigo y con mis compañeros cuando cantaban. A mí siempre me ha gustado mucho la música, pero no sé cantar ni escribir canciones, na’. Igual les daba ideas a los chiquillos sobre qué temas podían tener esas letras. Les dije que hablaran de las vidas que les estaba tocando vivir a ellos y a otros, que a veces son más fomes que las de uno. A veces te ahogai en un vaso de agua y hay gente que está peor y no lo puede escribir en canciones. Les dije a los cabros que tenían que hacerlo así y cantar sobre lo que sentían, porque si al final te preocupai de darle en el gusto a los demás nunca vai a ser feliz. Y cuando tomamos ese taller hace, no sé, uno o dos años, yo vi a los cabros realmente felices, en la suya. Soñaban algunos con la música y con ser artistas. Y eso igual es bonito, po. Nunca dejar de soñar con lo que uno quiere pa’ su vida”.

II. El taller

Se encontraron con equipos, mesas de sonido, micrófonos, congas y guitarras sin usar al interior de una bodega que permanecía cerrada hacía tiempo. Felipe Moya tiene 34 años y es músico de profesión, aunque se ha dedicado más a dar clases y a desarrollar proyectos que vinculen las experiencias en cárceles con la música. A fines de 2018, cuenta, venía de ejecutar un proyecto con presos adultos en un complejo penitenciario de Rengo, cuando fue contactado por el área de comunicaciones de la Defensoría Penal Pública.

Uno de los talleres. Crédito: Defensoría de la Niñez.

“Así apareció la idea de hacer no solo un taller de producción musical, sino de recuperar también este espacio en particular que estaba al centro del CIP-CRC de Graneros. Allí había varios resabios de muchos proyectos anteriores, y si hay algo complejo de gestionar al interior de estos centros son precisamente los espacios para talleres y otras actividades”, cuenta Moya. “Mi intención era madurar el proyecto piloto anterior de Rengo y proponer una experiencia a partir de la música. No solo producir o hacer canciones, sino introducir a les cabres a un lenguaje y al aprendizaje de un instrumento o una técnica, además del ejercicio colectivo de estar sintiéndose haciendo música y poder interpretarla. Queríamos que vivieran la experiencia completa y que pasaran de generar una idea original a escribir y grabar una canción que luego pudieran presentar en vivo y recibir los aplausos”, agrega.

Durante 17 meses, unos 30 jóvenes del CIP-CRC de Graneros, hombres y mujeres, participaron del taller Mi rap, mi música, nuestra historia, encabezado por Moya y un equipo integrado, además, entre otros, por Eduardo Svart y Antonia Valladares. Uno de los participantes más activos fue D.A.

Las sesiones, una por semana, se realizaban al interior del centro y duraban hasta tres horas. “Las hacíamos los jueves porque siempre eran un buen día. Los miércoles eran día de visitas, y eso a veces los motivaba a seguir yendo”, recuerda Moya. La instrucción era clara: los jóvenes debían escribir la letra o improvisar en grupos hasta hacer aparecer una canción. Con el correr de los días y semanas, surgieron los primeros relatos que hablaban sobre la madre, el amor, el desamor, el joteo y la calle, además de la superación y crecimiento personal.

“No todos se atrevieron a escribir una letra y a pasárnosla”, cuenta el director del proyecto, que se realizó con $20 millones del Fondart y del 2% destinado a la Cultura, Deportes y Seguridad Pública del Gobierno Regional. “Muchos se atrevieron más a improvisar, a freestaliar, y aquellos que sí lograron escribir fue porque tenían algo ya de camino recorrido o algún interés en la música al menos, y se entregaron mucho más al ejercicio creativo. Así se fueron abriendo los caminos, hasta que grabamos el disco y algunos de los temas. Creo que ellos vieron en este ejercicio una posibilidad de hacerse cargo de muchas cosas que siempre han llevado en su mochila, y lo hacen desde la autovalidación y las ganas de salir adelante. Fue un proceso incluso sanador para muchos de ellos”.

Moya es crítico ante la falta de instancias que permitan que los jóvenes desarrollen otras habilidades. “Yo creo que Sename no se hace mucho cargo de atender ciertos estímulos en los cabros. Y es o debería ser una responsabilidad estatal. No solo en relación al arte, sino también en torno a las ciencias, las oratorias, la filosofía, el deporte y todo el conocimiento. En infancias y comunidades que están así de vulneradas e igual de exigidas, es responsabilidad del Estado generar todos los estímulos necesarios para un desarrollo coherente y afín a los tiempos de hoy”.

Meses después del término del taller apareció De pana, disco que reúne seis canciones que fueron producidas durante los 17 meses que duró el proyecto y los talleres de rap. El disco está disponible tanto en Spotify como en Youtube. “Los cabros lo firmaron como Cereco Rec, que es la antigua sigla con que se conocían estos centros, CRC. Es una reivindicación radical y muy propia del término, también de sí mismos”, asegura Moya.

Lo son también los títulos que contiene el disco: 

  1. Voh tranquilo no ma’
  2. Guerrero
  3. Arauco
  4. Ilusión
  5. Street Boi
  6. Pa’ que te enamores

III. La cineasta entra en escena

Claudia Huaiquimilla sabía de la existencia del centro del Sename de Graneros. Su familia tiene una casa muy cerca de allí, cuenta al teléfono, y sabía perfectamente dónde se encontraba. La aclamada directora chilena de Mala junta ya se encontraba en preproducción de su segunda y más reciente película, Mis hermanos sueñan despiertos -premiada recientemente en los festivales de cine de México y Valdivia-, cuando supo del taller musical al interior del mismo complejo. Tiempo después, llegó al disco De pana a través de Spotify.

“Coincidentemente, supe del proyecto musical y de los talleres por Eduardo (Svart) cuando yo estaba investigando para la película. Esa fue la primera conexión. Tiempo después, cuando visité el centro de Graneros me hablaron muchísimo también de los talleres con las y los chiquillos ahí, y meses después lanzaron el disco. Cuando lo escuché, uf… fue súper fuerte porque creo que, a la hora de investigar, lo que más me faltaba, y porque no lo había, era poder escuchar literalmente esas voces de niñes y jóvenes”, comenta la cineasta.

“Por lo general, ellos tienen talleres de escritura o de música, y era un resquicio súper pequeñito. Eran pocos los accesos donde yo podía rescatar testimonios y no solamente de dolor, porque para construir personajes que sean tridimensionales uno tiene que abarcarlos como niñes y jóvenes mucho más allá de la etiqueta Sename. Era súper necesario entonces buscar esos otros testimonios y me parecía que el disco tenía eso. Esas voces que yo escuché en el disco me ayudaron muchísimo a la hora de terminar y de escribir el guión, además del proceso de montaje. Condujeron ese proceso, te diría. A tal nivel que en un momento pensé: no hicimos ningún documental, ningún niñe fue filmado directamente en los centros, pero sí quedaron registradas sus voces cuando grabamos en el mismo lugar donde se hicieron los talleres en Graneros que después dieron paso al disco. Cobraba mucho sentido que fuesen también sus voces las que musicalizaran parte de la película”, añade.

Claudia Huaiquimilla.

Antes de entregárselas al sonidista Miguel Ormazábal, reconocido por su trabajo en Tony Manero y Violeta se fue a los cielos, la cineasta pidió la autorización para el uso de dos canciones del disco De pana en su nueva película. Una de ellas, Street Boi, suena fuerte durante una bella y emotiva escena que muestra el reencuentro de los dos hermanos y protagonistas del filme con sus abuelos, en una tarde de visitas.

“Tuve que mandar un video específicamente para pedir la autorización para el uso de ese tema y me dijeron que el chico había pasado a la cárcel de adultos. Por pandemia, no pudimos visitarlo presencialmente y lo que hice fue enviar un video a la institución contándoles por qué el tema me parecía perfecto y explicándoles del valor que tenía que su voz estuviera en la película”, recuerda Huaiquimilla.

“El chico que compuso esa canción llegó a nuestras clases y solo estuvo en dos. Se mandó una desubicada, hizo una broma homofóbica en una dinámica y lo sacamos”, cuenta Felipe Moya. “A él lo tenían aislado adentro del mismo centro. No estaba en una de las casas, como los demás cabros. Nosotros cachamos que él era más conflictivo y que había algo que hacer con él. Y bueno, se nos adelantó y unos seis meses después de haberlo expulsado del taller, él mismo mandó a decir que había escrito un tema. Lo ayudamos a ordenar bien la estructura, pero estaba muy bien hecho. Lo grabamos con él y entiendo que después de eso él salió de ahí. Yo creo que es el chico que más se parece a los personajes que se muestran en la película”.

El autor de Street Boi es J.L. Tiene hoy 21 años, y por ese entonces efectivamente acababa de egresar del Sistema de Responsabilidad Penal Adolescente y del centro de Graneros. Actualmente, cuentan desde la Defensoría, está “prófugo” tras cometer un hurto en Rancagua este mismo año. Su historia de vida, advierten también, retrata el lado más doloroso de la tragedia que viven miles de niños en Chile que pululan entre hogares rotos, la calle y los centros del Sename. Pero también sus ganas de crecer, no perderse y salir adelante. La letra de su canción lo pone de manifiesto:

Lo que yo he viví’o

No ha sido fácil

He estado afligi’o

He pasado frío

Y por los míos yo he delinqui’o                         

La primera vez

Que me dio un calambre

En la guata fue por hambre

Sufrí bastante

Pero con el tiempo yo he tira’o pa’lante

La segunda canción también es un grito de superación. Un statement. Más breve es la aparición en la película de Guerrero, tema que fue compuesto por otros tres jóvenes en un ejercicio colectivo de improvisación guiado por Moya y los demás monitores. La producción, a diferencia de la anterior, fue mucho más intencionada, dice este último:

“Los tres eran cabros que estuvieron súper estables en las clases. Dos de ellos al menos ya venían en algo musical, y funcionó bastante bien. El tema central de la canción lo trajo uno de ellos, editamos un poco la letra, fijamos el coro entre los tres y a partir de eso gravitaron las otras partes. Uno de ellos improvisó mucho con nosotros, pero nunca estuvo convencido de escribir”.

La letra arranca así:

“He aprendido muchas cosas

Y he salido de la droga

Como un guerrero

Aquí la fantasía

es lo más que hace dinero

Kilero, kilero, vengan y suelten el peso

He sido castigado

Por el mismo montero

De los traicioneros

Nadie me quiso

Pocos me quisieron

Y he salido adelante

Como un guerrero”.

Dos de los autores de Guerrero -D.S. de 20 años e I.C. de 22-, se encuentran hoy en libertad tras cumplir condenas de cinco años por robos reiterados en lugares no habitados, en el caso del primero, y un homicidio en el del segundo. El tercero es D.A., cuyo testimonio abre este reportaje.

IV. Voces sin rostro

No llegó a conocerlos. Los dos jóvenes en libertad fueron contactados e invitados a la avant premier de Mis hermanos sueñan despiertos en Santiago, en octubre recién pasado, pero ni uno llegó, revela Claudia Huaiquimilla. “Hicimos lo posible por convencerlos de que vinieran y fue muy triste no haberlos conocido en persona en ese momento, pero ya se podrá”, dice la directora del filme, que aún permanece en la cartelera del Cine Arte Alameda. En enero, en tanto, estará en el festival de Palm Springs en Chicago, EE.UU., y en paralelo iniciará una gira por ciudades de Chile.

Escena de la película «Mis hermanos sueñan despiertos»

“Nos volvimos a contactar con todos ellos para contarles sobre la película y obtener los derechos de las canciones, que se cedieron sin retribución económica”, cuenta Felipe Moya. “Los temas están inscritos en la SCD (Sociedad Chilena de Autores e Intérpretes Musicales), por lo que cualquier ingreso que tenga la película, será la institución que se encargará de recaudar los ingresos por sus derechos de autor”, agrega.

El músico y educador pudo además ponerse al tanto de la vida de algunos de ellos: “Supe que los dos que están libres siguen viviendo en O’Higgins. Uno va a ser papá y el otro está trabajando. Lo más bacán es que los dos siguieron en la volá de la música”, cuenta.

Es probable, concuerdan todos, que ninguno de los cuatro jóvenes haya visto aún la película. “No está dentro de sus realidades ir a ver una película al cine. Tienen otras prioridades. Otro está preso y el otro prófugo”, dice Moya. Y añade: “Qué ganas sí de que todos supieran que a la película le está yendo bien. Ojalá pudieran asumir y entender que sus trabajos, sus biografías y mundos emotivos, que han sido profundamente castigados, aquí formaron parte de algo más grande y colectivo. Que es desde ahí donde están siendo escuchados y sublimados. Ni más ni menos que por el cine”.

Al ser el único            aún privado de libertad, D.A. no fue invitado al estreno de la película en Santiago. Tampoco tenía idea de su existencia hasta ahora. 

-¿Qué música te gusta?

-Crecí siempre con muchas canciones, artistas y me gusta escuchar todo tipo de música, menos la chilena que está saliendo ahora. El trap no me gusta por las letras que tiene. Encuentro que no tienen contenido. El Marcianeke, por ejemplo, es pura mala influencia pa’ los cabros (ríe). Esos artistas se muestran de una forma y después los niños quieren copiarlo todo. Si ellos quieren fomentar las drogas y, no sé, el carrete, el hueveo, hay miles de formas pa’ hacerlo. Y las canciones, la música en sí, no debería ser pa’ eso. Al final uno canta siempre de lo que siente o piensa, pero no creo que uno solo sienta o piense solo cosas malas y que no aportan. 

-¿Qué temas aparecían entre tus compañeros? ¿De qué hablaban esas canciones que escribieron?

-La mamá, la libertad, la droga. Es lo que ellos han vivido. Y al final, sabe qué, ellos cantan lo que pa’ ellos en un momento fue grato, porque tampoco han conocido otra vida. Hay un sinfín de cosas que son peores que la droga y la delincuencia, y que están pasando por detrás y no nos damos cuenta. Siempre nos fijamos en la delincuencia, en la delincuencia, en la delincuencia, pero están tapando cosas peores. Por ejemplo, el hambre. ¿Cuántas familias no se están muriendo de hambre, de enfermedades, del Covid? Y las noticias solo te muestran portonazos en Las Condes y asaltos por allá mismo. Ni se imaginan lo que les toca vivir a otros.

-¿Qué recuerdos tienes de Guerrero, la canción en la que participaste, y de lo que querías decir en ella?

-¿Sabe qué? Para serle sincero, yo no me acuerdo nada de esa canción. Yo por lo menos no canté, de eso estoy seguro. Sí recuerdo que jugamos a improvisar entre todos. Yo daba ideas también. La hicimos entre todos, jugando y vi a los cabros disfrutando. Más que contentos, los vi satisfechos por haber logrado algo que afuera no hubieran hecho. Y ese fue un sueño pa’ ellos. Encima ahora usted me viene a ver y me dice que las canciones salieron en una película. Si ellos supieran eso, estarían aún más contentos.

-Los que están afuera lo saben, ellos fueron invitados al estreno. ¿Tú no sabías?

-No po, yo pensé que ni uno de ellos lo sabía tampoco. Yo no cachaba nada ni cacho nada tampoco de la película.

-¿Con qué esperas reencontrarte de tu vida cuando salgas?

-Llevo tanto tiempo aquí, voy a cumplir seis años en el centro, y ha sido tan poco y nada lo que he alcanzado a apreciar la calle y la libertad, que es a mi familia lo que más extraño. Pero sí me gustaría volver a estudiar y tener de nuevo mi trabajo como soldador. El jefe que tuve tuvo la terrible confianza conmigo, y yo se lo agradezco. Me dijo que cuando pasara todo esto, si yo quería volver, que volviera. Y quiero volver, po. Esas son las cosas a las que aspiro afuera. Aún me quedan nueve meses acá. Ya no queda nada. Le digo una última cosa: si ve a los chiquillos o habla con ellos antes que yo, díganles que les quedaron bacanes las canciones.

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