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Columna de Manfred Svensson: El regreso de la intolerancia

Hay pocas ideas tan estrechamente atadas a la ilusión del progreso como la idea de la tolerancia. Como dos caras de una misma moneda, se creía que progreso y tolerancia iban de la mano. Pero esta expectativa de progreso se ha encontrado con un descomunal portazo.

“Existe violencia en el país y hay que darle importancia porque amenaza con destruir el orden institucional”. Según la reciente Encuesta Bicentenario UC, esta manera de describir la violencia cuenta hoy con una aprobación del 64%. Que la violencia provenga de pequeños grupos sin importancia, en cambio, apenas lo sostendría un 6%. Si de tomar conciencia se trata, pareceríamos estar ante un saludable reconocimiento de los riesgos que corre Chile.

La misma encuesta muestra, sin embargo, que una de cada cinco personas estaría de acuerdo con el uso de la violencia cuando “una comunidad defiende su entorno natural” o “una comunidad busca mejores condiciones de vida”. Apenas un tercio, por otro lado, cree que el Estado pueda usar la fuerza pública para, por ejemplo, detener saqueos. Nos preocupa, en síntesis, que la violencia pueda destruirlo todo, pero legitimamos su uso para ciertos fines, y nuestra desconfianza en la autoridad es tal que ella no puede intervenir. Hay ahí un atisbo de lucidez, pero también algo cercano a un callejón sin salida: vemos que el orden institucional completo cuelga de un hilo, pero no parece conducirnos a alguna reflexión muy detenida ni a un eventual cambio de rumbo.

Y no solo es el orden institucional el que tambalea. En septiembre del año pasado, Ricardo Brodsky describía como peligro latente “que la intolerancia se expanda a la sociedad”. Y uno de los muchos datos llamativos de esta reciente encuesta es el relativo a la tolerancia social. El apellido “social” es aquí la clave: no se trata de la tolerancia estatal, sino de lo que los ciudadanos nos permitimos unos a otros –o lo que esperamos que se permita–. Una vez que el encuestado identificaba el grupo social que le producía más rechazo (“un ultraconservador”, “alguien que promueve el aborto libre”, etc.) la tendencia aplastante es a creer que dicho grupo o persona no debe poder ejercer cargos públicos, funciones de enseñanza, ni tener espacio en los medios de comunicación como panelista o columnista. Dos tercios de la población piensan así.

Nos preocupa, en síntesis, que la violencia pueda destruirlo todo, pero legitimamos su uso para ciertos fines, y nuestra desconfianza en la autoridad es tal que ella no puede intervenir.

El punto merece que le tomemos el peso. El 45% de los encuestados declara que su disposición a dialogar con las personas del grupo al que rechaza es baja o nula. Además, esta intolerancia social se revela como verdaderamente transversal: las diferencias de opinión entre millenials y no millenials, hombres y mujeres, ricos y pobres, católicos, evangélicos y no creyentes, son estadísticamente insignificantes. Pensamos distinto, desde luego, respecto de quién debe ser rechazado; pero una vez identificado el mal, parece haber un gran acuerdo en que debe ser barrido de cada uno de esos espacios que configuran la vida en común. Son malas noticias para quien haya puesto la esperanza respecto del futuro en un grupo etario, un sexo, una clase social, una creencia o increencia.

Pero estas son también malas noticias para la imagen que el mundo moderno tiene de sí mismo. Después de todo, hay pocas ideas tan estrechamente atadas a la ilusión del progreso como la idea de la tolerancia. Como dos caras de una misma moneda, se creía que progreso y tolerancia iban de la mano. Pero esta expectativa de progreso se ha encontrado con un descomunal portazo. El mundo está, en muchos sentidos, envuelto en una nueva era de intolerancia, y nuestro propio país está en un estado de descomposición que de ningún modo podría mantenerlo al margen de ese proceso. Si antes el progreso parecía constatarse antes en el efectivo crecimiento de la tolerancia estatal, y solo quedaba pendiente el desafío de una mayor tolerancia social, hoy más bien cabría formular el desafío en términos opuestos: el riesgo es que la intolerancia social se desborde acabando también con la estatal. En cualquier caso, habría que ser muy ingenuo para pensar que el estado de la tolerancia estatal y la social correrán para siempre por separado: algún día se cruzarán, y algún día se cruzarán también con nuestras nuevas creencias sobre la violencia.

El apellido “social” es aquí la clave: no se trata de la tolerancia estatal, sino de lo que los ciudadanos nos permitimos unos a otros –o lo que esperamos que se permita–.

Son varias, desde luego, las conclusiones que cabría sacar de aquí. En primer lugar, puede ser recomendable leer también el resto de la encuesta teniendo en mente lo precaria que es esta expectativa de progreso. Después de todo, hay una amplia tendencia a leer las transformaciones culturales que nos muestra –en torno a la religión o la eutanasia, la familia o el aborto– como progreso manifiesto y creciente. Una mirada a la tolerancia, esa hija predilecta del mito del progreso, recomienda bastante más cautela. En segundo lugar, parece razonable recordar que, con toda la importancia que tiene la conducción política y la estructura institucional del país, hay un mínimo de virtud y racionalidad ciudadana sin los cuales no hay futuro posible. 

El 45% de los encuestados declara que su disposición a dialogar con las personas del grupo al que rechaza es baja o nula. Además, esta intolerancia social se revela como verdaderamente transversal

Encuestas como esta son una buena ocasión para mirarnos al espejo y recordar los riesgos de la parcialidad. Puede parecer promisorio un futuro del que es erradicado el mal que a nosotros nos parece intolerable, pero nadie sabe para qué serán usados los medios legitimados en el camino.

*Manfred Svensson es académico de la UAndes e investigador senior del IES.

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