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23 de enero de 2022

Jorge Baradit, escritor: “La peor novela de terror de nuestro país se llama Informe Valech. No se le puede hacer competencia a aquello”

La imagen muestra a Jorge Baradit frente al edificio del GAM con los brazos cruzados Lorena Palavecino / Penguin Random House

Luego de escribir su nueva novela, "La Virgen de la Patagonia", Baradit reflexiona en conversación con The Clinic sobre el terror, la pandemia, la esperanza y la verdad. "Esta Nueva Constitución tiene forma de antorcha y estaca. Para que la muerte muera de una vez por todas en este país sótano", comenta, acerca de su labor como convencional.

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Para Jorge Baradit, cada pueblo tiene su “fuente de horror”. La de Chile, dice sin dudarlo, es la dictadura. Quizás sea por eso, o por su pasión por la historia y por la ficción, que regresa a ella al escribir su última novela llena de terror y desconcierto, “La Virgen de la Patagonia” (Suma de letras, 2022). Aunque, reconoce, no se le puede hacer competencia a lo que fue ese período de la historia de Chile.

La historia de su nueva novela parte a pocos días del quinto aniversario del golpe de Estado, cuando Marta Yagán regresa a su pueblo natal. La protagonista busca incesantemente respuestas a la desaparición de sus padres mientras una misteriosa mujer con poderes paranormales sume la villa Río Rojo en un caos absoluto.  

La idea de este thriller nació hace casi seis años. Antes de que Baradit fuera convencional constituyente, antes del estallido social, antes, incluso, que el segundo gobierno de Sebastián Piñera.

“El año 2016, la productora FÁBULA me pidió un guión de género fantástico para una serie y me dio total libertad para proponer. En febrero o marzo presenté una serie, la protagonizaban niños que se encontraban con una planta gubernamental y un oscuro proyecto científico en un bosque vecino relacionado con fenómenos paranormales y dimensiones paralelas. En marzo apareció la promo de Stranger Things y nos cortamos las venas en grupo por días”, cuenta Baradit.

El proyecto quedó parado hasta que Storytel, una empresa sueca que busca ser el Netflix de las audioseries que abrió oficinas iberoamericanas lo contactó. “Rescaté el proyecto, le di mil vueltas y en abril de 2019 comencé a escribir una historia que de inmediato se llamó La Virgen de la Patagonia”, detalla el también autor de las novelas Ygdrasil, Trinidad, Synco, Kalfukura, Policía del Karma y Lluscuma. Pero, cuando llevaba la mitad de su última obra escrita, llegó el 18 de octubre de 2019.

La imagen muestra a una mujer de espaldas frente a un bosque
Título: La virgen de la Patagonia   
Autor: Jorge Baradit Morales
Sello: Suma de Letras  
Págs.: 332
P.V.P.: $15.000

“Dejé todo botado para tirarme de cabeza en el proceso constituyente. Las lacrimógenas, las asambleas y las marchas no se me cruzaron bien con la literatura, pero la pandemia posterior sí. En medio de la paranoia, avances científicos notables, el aterrizaje de la virtualidad telemática y un escenario de ciencia ficción demente, las ideas para el universo de «la virgen» surgieron a borbotones”, comenta.

“Chile estaba en medio de una revolución, en medio de una pandemia, en medio de la crisis climática, en medio de el resurgir del fascismo más demencial y fantasmas que no paraban de salir de los closets de todos. Afuera morían chilenos y chilenas como moscas, usábamos mascarillas, nuestras casas eran búnkeres aislados y por primera vez en casi medio siglo la muerte se podía contagiar por el aire. Un cohete llevó turistas al espacio, lo vi en vivo desde un teléfono, y un robot limpiaba el piso de mi depa. Imposible no regresar a la ficción”, destaca Baradit en conversación con The Clinic.

-Hace un par de años, en una entrevista con Guioteca usted dijo que la ficción y la no ficción son “el consciente y el inconsciente de cómo veo al país”. Teniendo en consideración su nueva novela, ¿cómo ve Chile en general y ese período de la historia chilena en particular?

-Es un momento borracho de historicidad, intoxicado de historia. En pocos años fuimos arrasados por la generación de los nietos de Pinochet, que se conectaron desde chicos a la internet y descubrieron que Chile no cumplía con los estándares mínimos de modernidad, que era un país congelado que no sabía de la enorme cantidad de luchas civiles que se estaban librando en el mundo. Nosotros, los de 50 y 60 años, habíamos votado que NO y pensábamos que la alegría efectivamente había llegado, solo porque salimos de un sótano asqueroso y pasamos al primer piso de la cárcel absolutamente agradecidos —con razón, debo decir. Ellos nos midieron no por estándares nacionales y las deudas eran gigantescas. Simplemente fueron la generación que salió a cobrar todas las facturas: las del feminismo, de los indígenas, de la diversidad sexual, de los discapacitados, de los estudiantes, y de paso revivió las de la gente común.

«Es importante hablar de inconsciente en esta conversación. Uno de los grandes descubrimientos del siglo XX fue justamente la existencia y relevancia del inconsciente, porque nos trajo una disyuntiva: ¿te pareces al que eres por dentro? Esa pregunta es atroz, porque las circunstancias históricas habían exigido que adoptáramos un estereotipo desde un abanico muy estrecho de posibilidades. No había que ser quien se era, había que ser quien se debía ser, porque la estructura áspera sobre la que habíamos levantado la civilización así lo exigía. Se luchó durante todo el siglo XX contra aquello y fue la invención de la adolescencia, allá por los años ’50, que permitió abrir un espacio para buscarse, porque eso fue el baby boomer, eso fue el hippie, el punk, y todas las tribus urbanas: el espacio de tiempo donde tus padres te pagan la vida para que te encuentres y sepas quién eres antes de la corbata. Hoy, en la Constituyente, la libertad para ser quien se es, indígena, lesbiana, TEA, anciano, niña, etc., es una línea de trabajo de las más importantes. Descubrir que un país no está habitado por el estereotipo… y todo lo demás, imperfecto; ha sido más bien descubrir que NO HAY tal arquetipo, sino decenas de formas diferentes de ser chileno. Para quienes lo primero fue salir de la oscuridad, lo segundo fue sentir orgullo por ser quien se era y hoy es lograr las garantías constitucionales para desplegarse e incluso obtener derechos específicos por aquello. Es el triunfo del mundo interior. Un sine qua non para lograr la felicidad”, puntualiza Baradit.

-Esta novela fue escrita antes de su labor en la Convención y en plena pandemia. Teniendo en cuenta eso: ¿Cómo fue el ejercicio de escribir sobre alguien que tiene la capacidad de hablar con los muertos cuando la muerte estuvo tan presente en nuestro cotidiano durante la crisis sanitaria?

-Entre marzo y octubre no salí de mi casa, todo se pidió por entrega y cada caja, envase, fruta y utensilio se lavó con una solución de cloro y paños que se iban desechando. La sensación de estar respirando muerte tomó a gente de mi familia hasta los huesos, le robó un poco el alma durante esos días. Cada mañana esperábamos el informe de muertos, era una guerra contra algo invisible. Las noticias de gente que no había podido despedirse de sus familiares, el mensaje por redes sociales de un conocido que ayudó a su padre a entrar al hospital y luego no pudo verlo más porque se lo entregaron en un ataúd sellado, decenas de ataúdes sellados, miles de ataúdes sellados, camiones en hilera sacando containers de muertos desde París, Bérgamo; bodegas repletas de cuerpos en Nueva York, calles repletas de muertos en Colombia. Cementerios desbordados, pumas rondando el barrio alto, venados corriendo por calles vacías en el norte de Estados Unidos. Personas a las que les dolía un poco la garganta y diez días después estaban muertas y sus familiares atónitos sin entender nada. El mundo no entendía nada. Dios no está. Cuánta gente murió sin saber que se estaba muriendo, muertos que no saben que están muertos aun rondando por los hospitales, los centros de salud, los barrios. Desconectados, como teléfonos sin señal.

Se luchó durante todo el siglo XX contra aquello y fue la invención de la adolescencia, allá por los años ’50, que permitió abrir un espacio para buscarse, porque eso fue el baby boomer, eso fue el hippie, el punk, y todas las tribus urbanas: el espacio de tiempo donde tus padres te pagan la vida para que te encuentres y sepas quién eres antes de la corbata.

“Se me hizo inevitable pensar en la enorme cantidad de gente que sigue ahí, pegada en las paredes de los hospitales, adheridas a las camillas y las morgues, una niebla que cubre nuestras ciudades, pegajosa. Imposible no pensar en aquello. La Virgen de la Patagonia es un thriller paranormal que aborda desde la fantasmagoría la presencia de lo que está más allá de la realidad. Un territorio extremo, un pueblo pequeño, un agente disruptivo, fuerzas psíquicas, un pueblo al borde de la presión, una pareja en conflicto con su amor y su identidad, amenazas pequeñas y gigantes —nada menos que el fantasma de una guerra con Argentina por un lado y una guerra contra la subversión, por el otro. Y el secreto, eso que se esconde en un subterráneo, eso inenarrable que ocurre bajo tierra, en el inconsciente del territorio, lo espantoso que se devela y quiebra la realidad en mil pedazos”, agrega Baradit.

-A su vez, ¿cómo fue escribir una novela sobre ese período de la historia de Chile cuando ya se proyectaba la posibilidad de una Convención que enterraría la herencia de la dictadura? Algo que me llama la atención es la opción de hacer una novela con eventos paranormales cuando la realidad misma de la dictadura ya era asustadora…

-La peor novela de terror de nuestro país se llama Informe Valech. No se le puede hacer competencia a aquello. Los europeos tienen sus castillos medievales llenos de fantasmas nobles y vampiros. Cada pueblo tiene su fuente de horror, casi siempre grandilocuente y operática. La nuestra es rasca, con música de Camilo Sesto, subterráneos sucios y gañanes con cadena de oro y chaquetas de cuero, hurgueteando a hombres y mujeres amarradas con cuerdas plásticas. El cigarro que quema es Hilton, el copete es una pilsen y los sacerdotes de la santa inquisición acá fueron pacos y militares de tercer enjuague, ignorantes y malos. La Dictadura reunió a un montón de perros repugnantes, con gustos repugnantes, profundamente ignorantes, sicópatas guatones y les entregó el país para que hicieran lo que quisieran. Para que lo convirtieran en una boite portuaria sadomasoquista, de toque a toque, hasta que se cansaran, hasta que exploraran con todo, hasta con ratas y perros sobre sus propios hermanos y hermanas.

“Nosotros queremos luz para todos los sótanos, los reales y los mentales. Queremos no solo enterrar esa muerte sino clavarle una estaca en el corazón para que nunca más regrese. Esta Nueva Constitución tiene forma de antorcha y estaca. Para que la muerte muera de una vez por todas en este país sótano”, añade Baradit.

La imagen muestra a Jorge Baradit frente a las escaleras del GAM
Jorge Baradit analiza su nueva novela. Crédito de la foto: Lorena Palavecino / Penguin Random House

-En un dado momento de la novela usted dice “los pueblos chicos tienen pocos integrantes de cada clase social, cada institución, cada nivel de mando”.  ¿Cree que esto sigue siendo así? ¿Por qué?

-Las sociedades son fractales. Pequeñas unidades que alcanzado un tamaño se repiten con variaciones en el volumen del capital o la geografía, pero siempre se repiten los patrones. Está el matón, la virgen, el serpiente, las víctimas, el esperanzado y el desesperanzado, los santos y los chistosos. Hay cientos de formas de ser persona, pero no hay miles y una vez superado el número comienza la reiteración, la escala cambia. Dicen que uno no puede entender más allá del número 5, porque luego ve el 6 como dos veces 3, y el 7 como un 4 junto a un 3. El cerebro es muy limitado, pero lleno de trucos. Como nuestros sentidos, que son cuatro parámetros muy pobres con los que creemos «ver» lo que pasa «allá afuera». Somos muy ciegos, muy sordos y nuestro lenguaje es muy limitado, por eso existe la poesía, para estrangular el idioma y obligarlo a decir otras cosas a través de artificios porque la realidad se nos escapa. El mundo que hay realmente ahí afuera de nosotros, entre dos personas, es una monstruosidad que nunca veremos realmente. Eso me produce una sensación de libertad tremenda.

«Río Rojo, la villa donde se desarrolla la novela, parece un escenario, un autosacramental, esas obras de teatro donde todo el pueblo era protagonista, porque efectivamente lo son; pequeñas comunidades que representan casi como una alegoría transparente. El extremo control social de las pequeñas comunidades, pero también la brutalidad que aflora frente a un estímulo preciso. Como una célula defendiéndose a sí misma mutando a un monstruo», agrega Baradit.

La Dictadura reunió a un montón de perros repugnantes, con gustos repugnantes, profundamente ignorantes, sicópatas guatones y les entregó el país para que hicieran lo que quisieran.

-No pasa desapercibida la relación de la protagonista con su abuela. Me recordó el rol de muchas abuelas a lo largo de la historia, quedándose a cargo de sus nietos por la desaparición de tantos en la dictadura. ¿Cómo llegó a estos personajes? ¿Qué buscaba con ellos?

-La piedra moral sobre la que se levanta Chile es la mujerona. Sonia Montecino, Gabriel Salazar, entre otros, hablan del chileno huacho. A veces somos huachos hasta con un padre en la casa. La fragilidad de la psique masculina chilena es enorme, la única piedra sólida es la mujerona, esa señora ancha que abraza al mundo, a ti, y te protege hasta de tu padre. Es la madre tierra, la fertilidad, el alimento y todos los arquetipos juntos. Sale con un palo a perseguir a un lanza y arma ollas comunes. Los mapuche son una de las pocas culturas donde la mujer es la figura religiosa más importante, en los últimos tiempos a la par de los lonkos. La gran olvidada de la lucha contra la Dictadura es la mujer, ellas recogieron los pedazos y las esquirlas de la Unidad Popular y mientras los hombres lloraban, desaparecían o se perdían en las cárceles, ellas recogieron vidrios, huesos, botellas y se reorganizaron desde la nada. Armaron ollas comunes y comenzaron a rearticular el poder popular, se encadenaron a universidades, catedrales y edificios públicos, crearon movimientos transversales donde la cuica progre trabajaba codo a codo con la comunista de pobla. Crearon movimientos maravillosos y cuando volvió la democracia, chocaron estupefactas contra ese muro de trajes negros encorbatados, el gabinete de Aylwin, donde no había una sola ministra.

Nosotros queremos luz para todos los sótanos, los reales y los mentales. Queremos no solo enterrar esa muerte sino clavarle una estaca en el corazón para que nunca más regrese. Esta Nueva Constitución tiene forma de antorcha y estaca. Para que la muerte muera de una vez por todas en este país sótano

«Mi abuela era hija de campesinos, fue niña de mano de la hija del patrón, fue obrera textil y quedó viuda de cinco hijos. Mi madre, pequeña comerciante, quedó sola. Mi hermana renunció a estudiar para trabajar como cajera de supermercado a sus 18 años para aportar en una casa devastada por la crisis del ’83. Conviví con mujeres y mujeronas poderosas. Por ellas pasa el nervio de este país. Son el verdadero linaje, no el patriarcal. Yo soy más Morales que Baradit, no tengo ninguna duda. Aurelia Yagán, abuela de la protagonista, es una mujer entremundos, navegó en las canoas yámana, pero vivió la industrialización y la invasión europea. La Patagonia en 1850 vivía en la edad de piedra y el 50 años, el arco de vida de una sola persona, fue acelerando hasta alcanzar la era industrial, con máquinas, telecomunicaciones, multitudes y aparatos que dejaban estupefactos a los nativos. Aurelia es el último vínculo con ese mundo, que se apaga y subsiste como un vaho de niebla en los fiordos», comenta Baradit.

-Pareciera que la “virgencita” viene a representar la verdad, el abrir los ojos a los lugareños. ¿Qué rol cumple, según usted, la verdad en estos procesos?

-Exactamente, la Virgen de la Patagonia es la verdad, por eso hay algunos que la odian, la capturan, la esconden, la manipulan y quieren matarla. Hoy no matan la verdad, la tergiversan, la disfrazan, la repintan. Hay subterráneos llenos de ucranianos de 18 años dispersando información tóxica pagada por gente incluso desde Chile para inundar al mundo de mentira. Hoy la verdad no se le enfrenta, se le rodea de verdades a medias hasta que se pierde en la muchedumbre. Puedes decir que el cielo es rojo y habrá gente dispuesta no solo a creerlo, sino a luchar por imponerlo. Verdades grandes, pequeñas, versiones despreciables y ridículas en mil variaciones a la pinta de cada quien. La verdad ya no es producto del esfuerzo, de la disciplina, la experiencia y el estudio, sino de la misma compulsión con la que eliges un equipo de fútbol, una fe, que la peor versión de la verdad. En la novela, un pueblo se vuelve loco al enfrentar la verdad. Frente a la aparición de una mujer que puede hablar con los muertos, en un lugar donde la muerte había sido secreta, la institucionalidad se resquebraja, la confianza se pierde, la paranoia aparece.

La piedra moral sobre la que se levanta Chile es la mujerona

-El libro termina con un mensaje de esperanza, una palabra que también ha sido muy utilizada en la actualidad para referirse a la labor de la Convención y el futuro de Chile. ¿Qué representa ello para usted?

-La verdad y la esperanza son horizontes. Está lleno de imágenes y metáforas para describirlas y son todas lindas, el amanecer, la estrella, el norte. Invitan a caminar, son un espejismo imprescindible para avanzar. Uno nunca alcanza el norte pero eso te hace avanzar. Hay que alimentar al ingenuo y al héroe interior, ellos provocan los cambios. Los inteligentes y los calculadores siempre van detrás, esperan, miden y su medida es el miedo. El ingenuo no sabe que va a morir, la esperanza es una certeza para ellos, por eso se burlan de él, con razón, pero igual consigue las cosas, la mayoría de las veces muere en el accidente, pero a veces lo logra y todo cambia.

-Finalmente, ¿pretende escribir la continuación de esta historia? Si no, ¿en qué otros proyectos literarios se encuentra?

-Estoy en un proyecto muy entretenido que se trata de escribir un texto que primero nos refleje, que nos sincere, que se parezca a nosotros, para que podamos ser felices, que es lo único que importa. Tenemos un solo ticket para venir acá y es para ser felices o pelear por la felicidad ¿Qué es la felicidad para mí? Estar tranquilo conmigo mismo, ser quien soy y comer masitas con crema pastelera.

Hoy la verdad no se le enfrenta, se le rodea de verdades a medias hasta que se pierde en la muchedumbre.

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