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27 de enero de 2022

Casona El Cañaveral: Las historias del célebre refugio de Allende donde Boric reunirá por primera vez a su gabinete

La imagen es un collage con fotografías antiguas de El Cañaveral y Allende, Payita y Boric

Este viernes 28 de enero Gabriel Boric se reunió con su gabinete en la casona El Cañaveral, emblemática para la izquierda. Allí se refugiaba los fines de semana Salvador Allende y donde accedía sólo un exclusivo grupo de cercanos. La casa, propiedad de la "Payita" -secretaria de Allende-, fue confiscada después del golpe por los militares, se usó como residencia de menores y desde 2004 se arrienda para eventos privados. Allí Bachelet realizó en marzo de 2018 un almuerzo con que cerró su segundo gobierno.

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Este lunes 24 de enero, tras una reunión con el presidente electo Gabriel Boric, el diputado Tomás Hirsch reveló el lugar en el que se llevará a cabo la reunión entre Boric y su gabinete (incluidos los subsecretarios) este viernes 28 de enero: La Casona Cañaveral

La decisión no fue una casualidad ni productor del azar. El lugar tiene un rol emblemático para la izquierda chilena, ya que su historia está ligada a la del presidente Salvador Allende.

Ubicada camino a Farellones, en el kilómetro cinco, la casa de 300 metros cuadrados se encuentra construida al costado del río Mapocho. Emplazada en medio de hectáreas de jardines y bosque, quienes han podido conocerla la describen como hermosa y espectacular. 

Casona El Cañaveral

En 1970 fue adquirida por Miria Contreras Bella, laPayita”, secretaria en ese entonces del ex presidente Allende. De ahí en adelante el mandatario comenzó a frecuentar la casa, convirtiéndola en su morada de los fines de semana. En residencia alternativa a la oficial ubicada en Tomás Moro, en Las Condes.

“En Cañaveral Allende se relajaba totalmente. Ahí estaba la piscina, él siempre fue un gran nadador. Le encantaba la buena comida, se conocía todos los mercados de Chile, y sabía dónde había buenas empanadas y buena cazuela de ave. Le gustaba la torta de merengue con lúcuma, que se la preparaba con sus propias manos la Payita”, dice Eduardo Labarca, periodista y autor de «Salvador Allende: biografía sentimental». 

Salvador Allende en la casona El Cañaveral. Foto: Biblioteca Virtual Salvador Allende.

Por varios años Labarca le siguió la pista a Allende. Trabajaba para ChileFilms, y contaba incluso con una credencial presidencial que le permitía acceder a espacios reservados para el presidente y su equipo. Sin embargo, mientras Allende estaba en el cargo, él nunca puso un pie en la casona de El Cañaveral: allí sólo asistían personas del círculo más íntimo y exclusivo del presidente. 

Luego del golpe, la casa fue confiscada por los militares y convertida en hogar de menores. Años después la familia de Miria Contreras recuperó la casona y desde 2004 es un cotizado salón de eventos, donde se realizan matrimonios, cenas empresariales y reuniones familiares. Según su página web, cuenta incluso con banqueterías acreditadas a elección del cliente hasta para 400 personas

Dentro de la casona ya no quedan elementos explícitos del pasado político que tuvo en la década del 70. Pero sí espacios que remiten a ello. Por ejemplo, la terraza: el lugar donde fue fotografiado Salvador Allende apuntando con un fusil AK. También se encuentra el “salón Cinema”, el mismo donde el presidente disfrutaba películas policiales y de cowboys, según cuenta Labarca. Y queda también el puente que cruza el Mapocho, donde las parejas que se casan suelen tomarse fotos, y donde Allende dio una entrevista en octubre de 1970 junto a su hija Beatriz al periodista y cineasta cubano Santiago Álvarez Román.

De esta casona con pasado histórico hay muchas historias. A continuación, cinco de ellas.

1. Los tres Allende

Salvador Allende por esos años, cuenta Eduardo Labarca, se dividía en tres ámbitos distintos. El primero era La Moneda, donde tenía su oficina y desde donde cumplía su rol más público. El segundo, la residencia presidencial Tomás Moro. Allí vivía con su esposa Hortensia Bussi, la “Tencha”, y desarrollaba un rol diplomático, con visitas y reuniones. El tercero era El Cañaveral, donde usaba guayaberas y donde sólo un selecto grupo de amigos podía llegar. 

Al Cañaveral Allende llegaba los fines de semana, a disfrutar de los aires cordilleranos, descansar, leer, ver películas y utilizar la piscina. Pero también, agrega Labarca, debía seguir trabajando. Tenía algunas reuniones exclusivas y llamadas telefónicas constantes.

“Allende el fin de semana se iba arriba, a Cañaveral. Allí llegaba su hija, Tati (Beatriz Allende Bussi), con su marido cubano. Había un sector muy íntimo de Allende que se movía en Cañaveral», dice Labarca. 

Casona El Cañaveral.

“Allí iban los amigos de Allende; tenía reuniones privadas muy importantes, lejos de la vista de los periodistas. Era como un oasis de paz”, dice Cristián Pérez, historiador de la Escuela de Periodismo de la Universidad Diego Portales, y autor de libros como “Vidas Revolucionarias” y “La vida con otro nombre. El Partido Socialista en la clandestinidad”. 

“En Cañaveral mora un presidente descorbatado e informal, juvenil, bromista incansable, capaz de sacar de la parrilla un trozo de asado con los dedos. Es el que un día aprovecha un descuido de Miguel Enríquez, jefe del MIR, para escamotearle la metralleta que lleva en el maletín y reemplazársela por piedras. Salvador y la Payita no paran de reír cuando el líder guerrillero regresa con la cola entre las piernas en busca de su fierro”, se señala en la biografía escrita por Labarca. 

Pérez coincide con Labarca en esa distinción entre los dos espacios de Allende. “Esos (en Cañaveral) eran los dominios de su secretaria, la Payita, a diferencia de la casa de Tomás Moro, que era el dominio de doña Tencha. Era una especie de mundos separados, distintos. El presidente estaba de lunes a viernes en Tomás Moro, la casa protocolar, y el fin de semana se iba al Cañaveral”, comenta el historiador. 

Mapa de El Cañaveral elaborado por la arquitecta Teresa Rojo Lorca, incluido en el libro «Salvador Allende: biografía sentimental». Gentileza Eduardo Labarca.

2. Piscina, cordillera y pólvora

La casa cordillerana que frecuentaba Salvador Allende contaba con una guardia permanente de los escoltas presidenciales del G.A.P. (Grupo de Amigos Personales) alrededor de todo el perímetro, y estaba custodiada también por Carabineros. Según cuenta Eduardo Labarca, existía un farallón grande cerca del río que los miembros del G.A.P. utilizaban para practicar disparos

“En Cañaveral se realizan los entrenamientos y algunos de los ejercicios de tiro. El propio Presidente y los amigos directos suelen disparar al blanco, y muy pocos igualan en puntería al Doctor. Incluso Fidel Castro se inclinaría ante la superioridad del Presidente Chileno. La propia Payita hace de vez en cuando algunos disparos”, se indica en la biografía escrita por Labarca. 

Allende apuntando con un fusil en la casona El Cañaveral. Foto: Wikimedia Commons.

Cañaveral –señala el mismo texto– era un centro de instrucción militarizada. El primer año, mientras el G.A.P. era controlado por el M.I.R., recibieron allí formación militar rudimentaria cientos de pobladores y militantes del movimiento «bajo la sombrilla de la presidencia», consigna el libro de Labarca. Allí se señala también de que los trastornos generados por esas actividades en la vida de la casa de Cañaveral eran “enormes”, pero que la Payita los asumía con buen humor.

El general Carlos Prats era un asiduo visitante de El Cañaveral, comenta Cristián Pérez. El presidente Allende lo invitaba a practicar tiro al blanco porque Prat tenía muy mala puntería. “Tenían en el cerro un tiro al blanco donde practicaban, a unos 300 metros. Allende siempre ganaba, no perdía en nada, no le gustaba perder. Ni al tiro al blanco, ni en ajedrez, en nada”, dice Pérez. 

Fue allí mismo, en el Cañaveral, donde Labarca asegura que Allende exhibía a sus amigos el fusil AK que Fidel Castro le regaló por esos años. “A Salvador, de su compañero de armas, Fidel Castro”, decía la dedicatoria. Según sostuvo el periodista Camilo Taufic en un reportaje publicado en La Nación en 2003, el arma, que asegura estaba expuesta como un trofeo en una pared de la casa de El Cañaveral, no fue la misma con la que Salvador Allende se habría suicidado, según dio a entender la Junta Militar en 1973. 

Allende practicando tiro al blanco en El Cañaveral. Foto: Wikimedia Commons.

3. El último tango

Mucho tiempo antes del Golpe de Estado de 1973, cuenta Cristián Pérez, ya se había observado en El Cañaveral una pequeña señal de posible peligro. Según cuenta el historiador, la guarnición que estaba instalada en la casa se encontraba en la cima del cerro custodiando la zona, cuando observaron a una persona bajando por la orilla del río junto a una mujer. 

La persona, cuenta Pérez, era Michael Townley, el estadounidense que tiempo después fue agente de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) y autor de los asesinatos de Carlos Prats y Sofía Cuthbert. “Los guardias salieron armados y los interceptaron. Estaban haciendo un estudio operativo de la casa. Uno podría especular, como hipótesis, que estaban planeando un atentado al presidente, o al menos que estaban viendo la posibilidad”, dice el historiador. 

Años después, durante la primera semana de septiembre de 1973, la posibilidad de un golpe de estado era inminente, y Allende y su gente lo sabían, asegura Labarca.

El 8 de septiembre de 1973, tres días antes del golpe, Beatriz “Tati” Allende, la hija del presidente, cumplía 30 años. Decidieron hacerle una celebración en el Cañaveral a pesar del amargo ambiente que existía por esos días. Labarca cuenta que en el diario del General Prats se menciona que Allende se veía muy preocupado ese día en una reunión previa a la celebración. Cuando se fue Prats comenzaron a llegar los amigos a la fiesta. Llegó Tati con su marido cubano, junto a otros cercanos, como Fernando Flores y Orlando Letelier

“Fue una fiesta muy tristona, porque el ambiente estaba malo. Se veía venir el golpe”, dice Labarca. Fernando Flores, para animar el ambiente, mandó a algunos miembros del G.A.P. a buscar al cantautor Ángel Parra

Salvador Allende y su hija Beatriz. Foto: Wikimedia Commons.

“Orlando Letelier cantaba tango, hubo cierta animación, y Allende bailó un tango con la mujer de Ángel Parra. Parra después escribió un artículo en Francia llamado ‘El último tango de Salvador Allende‘, un título que le copió Roberto Ampuero en una novela, donde habla de eso, pero lo tomó de la historia de Ángel Parra. Esa fue la última fiesta de El Cañaveral”, comenta el periodista.

En esos días, rondaban además otras ideas. En una entrevista de 2003, Sergio Insunza, abogado comunista y ministro de Justicia en 1973, contó a El Mostrador que la noche del 9 de septiembre de 1973 se enteró de que a Allende lo rondaba una idea suicida. “Del último que me despedí esa noche fue de Víctor Pey, a solas. En voz muy baja, casi cuchicheando, me dijo: ‘¿Sabes? Está con la idea de matarse si algo pasa. Me lo ha dicho anoche”, señaló en la entrevista.

«Allende tenía muy en mente lo de Balmaceda. El presidente Allende no se iba a entregar nunca en una situación crítica. Ya lo había vivido en El Tanquetazo, y sabía lo que podía pasar. Y en eso que sabía lo que podía pasar, él sabía perfectamente cómo iba a actuar. Llegado el momento él no se iba a entregar. Era una persona muy orgullosa de la dignidad de su cargo», dice el historiador Cristián Pérez.

Según comenta Labarca, por ese entonces existía en El Cañaveral la llamada “orden del baño”, como la que tenía Luis XIV, donde los nobles y la gente más cercana tenían derecho a entrar cuando el rey se estaba bañando. 

“Se contaba mucho que Allende tenía la orden del baño para los amigos más íntimos. Se dio la casualidad que Víctor Pey un día entró al baño y Allende se estaba dando un baño de tina, y estando en la tina el presidente hace la mímica de suicidarse, mientras habla de cómo está la situación. Simulando una pistola con sus dedos, dice: ‘¡clic! ¡clic! ¡clic!’”, cuenta el periodista. 

Desde esa misma casa ubicada en El Cañaveral, que funcionaba como centro logístico del G.A.P., salió el 11 de septiembre de 1973 Domingo Blanco Tarrés, alias Bruno, según cuenta Cristián Pérez.

Enterado del golpe, Bruno reunió a todas las personas que estaban allí en instrucción para poder sumarse a la escolta. Los metió en un par de camionetas y bajó con ellos desde El Cañaveral. «Pasa por Tomás Moro y allí al parecer cargan armas. Se van al centro de Santiago a apoyar la resistencia y los detienen. Detienen a Bruno y a todo ese grupo. A muchos los asesinan, y a los otros los hacen desaparecer. Entre ellos al hijo de la Payita», dice Pérez.

4. De hogar de menores a centro de eventos

Luego del golpe, la casa fue confiscada por los militares de la dictadura. En diciembre de ese año se inauguró allí un hogar de menores llamado “Hogar Javiera Carrera”. 

“Risas infantiles reemplazarán ahora el quehacer criminal de la fabricación de bombas y sofisticadas reuniones íntimas, al ser entregada la mansión de veraneo al Consejo Nacional de Menores para dar albergue y calor de hogar a niños en situación irregular”, decía una nota de prensa de El Mercurio en 1973, según indica un reportaje de Interferencia. 

Casona El Cañaveral.

En el texto “Un año de construcción. 11 de septiembre 1973 – 11 de septiembre 1974”, el propio Augusto Pinochet afirmaba lo siguiente: “​​En líneas generales, se ha disminuido en un porcentaje importante el número de menores ubicados en las cárceles del país; se ha eliminado en gran parte la vagancia y la mendicidad de los menores y se ha aumentado la ayuda económica a todos los establecimientos privados que atienden menores en situación irregular. No obstante el escaso tiempo transcurrido, se ha logrado también poner en funcionamiento, o adecuar la marcha a corto plazo, de los siguientes nuevos establecimientos (…)». Allí nombraba al que funcionaba en la casona de Farellones: «Hogar Javiera Carrera». Instalado en la antigua residencia presidencial «El Cañaveral”, y con capacidad para 80 menores y ampliación a corto plazo”. 

El hogar funcionó solo hasta fines de la década de los 70, y en 1982 pasó a ser la “Aldea de Hermanos”, un proyecto de un grupo de sacerdotes y laicos que administró el inmueble y se hizo cargo de parte de los menores hasta inicios de la década de los 90. 

Según consta en el Conservador de Bienes Raíces, la propiedad fue transferida en 2001 a los hermanos Max Ropert Contreras y a Isabel Ropert Contreras de parte de su madre Miria Contreras Bell, la “Payita”. En 2017 se sumó como aportante la Inmobiliiaria Ropert Limitada.

Desde el 2004 que la casona ha funcionado como un cotizado salón de eventos, donde se realizan matrimonios, cenas empresariales y eventos familiares.

5. La despedida de Michelle Bachelet

La casona donde este viernes 28 de enero se reunirá Gabriel Boric junto a su gabinete es la misma que arrendó en marzo del año 2018 la ex presidenta Michelle Bachelet, para realizar allí un almuerzo de despedida junto a su equipo de trabajo. No sólo estuvieron invitados sus ministros y subsecretarios, sino que también asistieron los asistentes presidenciales, ex funcionarios de La Moneda y la familia de Bachelet, entre otros invitados.

Según recuerda un ex ministro –que prefiere no revelar su nombre–, la reunión fue más bien “fome”. Estaba la presidenta en una mesa con su familia; y otros ministros estaban repartidos en mesas aledañas. Señala también que se llevó a cabo una presentación musical a cargo de Max Villar, vocalista de Villa Cariño y entonces pareja de Sofía Henríquez, la hija menor de Bachelet.

Bachelet
Michelle Bachelet

La comida, cuenta el ex ministro, no fue muy buena, pero destaca que es un evento que siempre ha sido típico en la izquierda por el pasado de la casona ligado a Salvador Allende. También cuenta que se han hecho otras reuniones de Horizonte Ciudadano en el mismo lugar, la fundación creada por Michelle Bachelet en 2018. Sobre la reunión de Gabriel Boric junto a sus ministros y subsecretarios de este viernes, el entrevistado bromea con que “va a poner a prueba a todos los ciclistas”. 

Por su parte, Alejandra Krauss, ex ministra del Trabajo y Previsión Social durante el segundo mandato de Michelle Bachelet, tiene buenos recuerdos del almuerzo de ese marzo de 2018. 

“Fue un encuentro muy alegre, de mucho afecto, de agradecimientos recíprocos por el trabajo realizado y compartido. Una constatación del afecto por la Presidenta, el reconocimiento a que cada uno tuvo los espacios para que, desde las identidades políticas que representábamos, pudiéramos haber trabajado un proyecto común. En síntesis, mucho cariño de haber tenido el privilegio de ser parte del proyecto liderado por la Presidenta. Además entre algunos/as habíamos construido una relación de confianza y amistad”, señala la abogada.

Según una nota de La Tercera del 2018, diversos asistentes mencionaron que el ex ministro de Justicia Jaime Campos lucía meditabundo en esa reunión, producto de la molestia que generó en sus pares el haberse negado días antes a firmar el decreto que permitía la reconversión del penal de Punta Peuco. También se menciona que los oradores de la cita fueron Nicolás Eyzaguirre, Mario Fernández y la ex presidenta Bachelet, quien pidió a sus colaboradores “estar orgullosos de lo realizado, y ponerse a trabajar para recuperar el gobierno en cuatro años más”.

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