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Opinión

31 de marzo de 2022

Reflexiones a 24 horas de la derrota de Chile: Y ahora qué

La imagen muestra a Matías Fuenzalida frente al gol de Uruguay a Chile.

Por segunda vez consecutiva, Chile se queda fuera de una Copa del Mundo y nuevamente descansando en los últimos suspiros de la irrepetible Generación Dorada. Nuestros rivales avanzaron, mejoraron y se clasificaron. Ahora, y con más presión, la Roja tiene la oportunidad de volver a trazar una nueva ruta, para no tener que confiar solo en un puñado de estrellas, que quizá nunca más volveremos a ver.

Por Matías Fuenzalida

Pitazo final del árbitro Patricio Lousteau en San Carlos de Apoquindo. Se acaba, ahora sí, un proceso, una etapa, un ciclo. Nadie lo ha decretado, pero el público, los millones tras la pantalla y sobre todo los jugadores, lo saben. Arturo Vidal pide perdón con los ojos llorosos y se acerca a las gradas. Lo mismo hacen Medel, Isla y Aránguiz. El partido terminó hace unos minutos pero los hinchas no se mueven del estadio y dan las gracias, pese a la derrota. Ellos son los que nos llevaron a vivir momentos probablemente irrepetibles: dos Copas América y una final de una Copa Confederaciones, mostrando además un fútbol que cautivó al mundo entero, con intensidad, talento, goles y una mentalidad ganadora que muchos nunca habíamos visto en un equipo de la selección chilena.

La derrota ante Uruguay nos hizo ver nítidamente nuestra realidad. Esa que conocíamos desde hace bastantes años, pero que nos negábamos a aceptar por todo lo que estos jugadores nos regalaron. Por ejemplo, las ganas de soñar hasta el último segundo con dar vuelta un resultado y seguir celebrando. En la precordillera vimos a un equipo cansado, desgastado por el ineludible paso del tiempo, luchando sin parar pero aferrado a la memoria, mientras al frente nos golpeaba una realidad totalmente distinta. Trabajo táctico, velocidad, potencia física, con figuras emergentes y otras consolidadas. Todas amalgamadas armónicamente para mostrar un fútbol intenso y cercano a los estándares modernos. La leyenda charrúa Luis Suárez, inició el compromiso en la banca, asumiendo su rol de aportar desde la experiencia. Tuvo su momento, anotó de chilena y poco después declaró que éstas serán sus últimas clasificatorias con la camiseta celeste. Sensatez, los años no pasan en vano.

Es prácticamente imposible encontrar culpables o responsables de esta segunda eliminación consecutiva de una Copa del Mundo para la mejor camada de jugadores de nuestra historia. Aunque sí podemos apuntar a la indiferencia, a la confianza excesiva, a la pasividad para no tomar como ejemplo a esta gran generación e iniciar así un nuevo proceso inspirado en esos logros. Una oportunidad única para idear un plan, orientado a mantener este nuevo estatus que adquirió la Roja a ojos del mundo. En cambio, se optó, voluntaria o involuntariamente, por exprimir hasta la última gota, por explotar indiscriminadamente estos recursos no renovables que lentamente comenzaron a agotarse.

En la precordillera vimos a un equipo cansado, desgastado por el ineludible paso del tiempo, luchando sin parar pero aferrado a la memoria, mientras al frente nos golpeaba una realidad totalmente distinta. Trabajo táctico, velocidad, potencia física, con figuras emergentes y otras consolidadas.

Y eso comenzó a verse en la cancha, partido a partido. Desde esa final en San Petersburgo ante Alemania en 2017, la selección experimentó un declive paulatino pero consistente. Eso sí, siempre confiando en el vuelito de la Generación Dorada. Ese comodín que cada vez se hacía más insuficiente ante la evolución del juego y del resto de nuestro más cercanos competidores. Lo pudimos ver en la última tabla de posiciones donde quedamos séptimos, muy lejos de los países clasificados que sí dieron un golpe de timón y se pusieron a trabajar. Los peruanos, que en momentos de flaqueza ratificaron a su técnico Ricardo Gareca. Los ecuatorianos que eligieron la juventud y la paciencia para volver a un mundial. Los charrúas, que reaccionaron rápido ante el desgaste de Óscar Tabárez y trajeron a un entrenador que los devolvió al ruedo. Y hasta los argentinos, que tras perder tres finales consecutivas, se quedaron con un técnico novato pero obstinado, que poco a poco convenció nuevamente a sus jugadores. Hace más de un lustro que no pudimos sacar ventajas considerables ante estos rivales, mientras descansábamos en nuestros ídolos que lentamente sentían cómo sus reservas de energía se terminaban. El martes en San Carlos, esas diferencias fueron claras.

Y ahora, qué…

Tenemos otra oportunidad. Quizá no en los términos que esperábamos, pero una nueva hoja de ruta puede ser trazada, como lo han hecho la mayoría de las selecciones. Los procesos se agotan, en la política, en el trabajo, en la economía y también en la cancha de fútbol. Chile tardó en reaccionar, pero la pelota sigue rodando y aún podemos seguir tras ella, compitiendo mano a mano. Esta vez, no tendremos un grupo de talentos irreemplazables que nos llevaron a estar en la élite planetaria, pero sí un puñado de jóvenes que siempre los tendrán como los baluartes de los momentos más gloriosos de nuestra historia.

Es prácticamente imposible encontrar culpables o responsables de esta derrota y segunda eliminación consecutiva de una Copa del Mundo para la mejor camada de jugadores de nuestra historia. Aunque sí podemos apuntar a la indiferencia, a la confianza excesiva, a la pasividad para no tomar como ejemplo a esta gran generación e iniciar así un nuevo proceso inspirado en esos logros.

*Matías Fuenzalida es periodista, columnista, conductor de radio y TV. Su trabajo relaciona el deporte con las ciudades, los países y la historia. Actualmente trabaja para ESPN.

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