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Opinión

6 de abril de 2022

Casi un mes

La imagen muestra a Gumucio frente a Boric Agencia Uno

El gobierno, aunque comparte muchas de las ideas de la Convención, es otra cosa. Partiendo por el presidente, que vemos todo el tiempo rezando, abrazando niños, leyendo libros, como si más que a presidente postulara a ser un nuevo santo para Chile. Algo que, sin embargo, no se ve falso ni vergonzoso en él porque se ajusta a su carácter.

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Tres semanas puede parecer demasiado pronto para analizar al nuevo gobierno, aunque no hubo columnista que ya a la primera semana pronosticara el fracaso inevitable de “los niños” del gobierno. Esas voces agoreras se han ido acallando para concentrar sus esfuerzos sobre la Convención, contra la que es tan fácil como gratis ensañarse ahora. Una Convención que parece haber quedado maldita por la Pachamama a la que rezaron sin parar en esos seis meses de instalación que fueron, lo sabemos ahora, fatales para ella.

El gobierno, aunque comparte muchas de las ideas de la Convención, es otra cosa. Partiendo por el presidente, que vemos todo el tiempo rezando, abrazando niños, leyendo libros, como si más que a presidente postulara a ser un nuevo santo para Chile. Algo que, sin embargo, no se ve falso ni vergonzoso en él porque se ajusta a su carácter. El talante de quien es quizás el presidente más profundamente cristiano que hayamos tenido nunca (quizás porque cree que no cree en nada). Su manera de asumir el poder desde la escucha, desde el aprendizaje, es tan única que sus enemigos no han logrado aún encontrar el flanco por donde atacarlo. Se le critica su ausencia y justo aparece en Buenos Aires, en una gira en que su afabilidad provinciana vuelve a brillar en todo su esplendor. No dice nada, hasta que dice algo y su visible juventud se conjuga con toda la madurez que le faltó siempre a Sebastián Piñera.

Se le critica su ausencia y justo aparece en Buenos Aires, en una gira en que su afabilidad provinciana vuelve a brillar en todo su esplendor. No dice nada, hasta que dice algo y su visible juventud se conjuga con toda la madurez que le faltó siempre a Sebastián Piñera.

Astuto como el que más, el presidente Boric sabe que debe salvarse de su gobierno, no meterse en peleas chicas y hasta no meterse en peleas demasiado grandes, que tiene que sobre todo mantener la figura monárquica del presidente de la República en el lugar que el imaginario del chileno lo necesita. Ser una personalidad, pero sobre todo ser una imagen, un símbolo y no un gerente o un caudillo, ni un padre, ni un jefe, no una mamá, sino un estudiante.

Su gobierno ha tenido, en cambio, la suerte de cometer todos los errores que estaba llamado a cometer todos juntos en las primeras semanas. Los confusos indultos de Jackson y los disparos en Temucuicui que recibieron a Izkia Siches volvieron a confirmar lo que parecían habían comprendido en la segunda vuelta de las elecciones: la violencia política tiene su propia lógica, no le importa demasiado conseguir los objetivos que dice querer alcanzar. A la CONFECH se le puede conceder todo su petitorio, pero marchará igual con los consecuentes disparos e incidentes al final de la marcha. Los mapuches moderados podrán hablarte en privado peste de los mafiosos de Temucuicui, pero en público siempre apoyarán el proyecto de construcción nacional que el sector nacionalista del mundo indígena defiende. Tarde la ministra aprendió que la palabra Wallmapu era una suerte de “Lebensraum” mapuche, porque es propio de todos los nacionalistas soñar con un “espacio vital” en que la raza pura substituya la impura.

Los confusos indultos de Jackson y los disparos en Temucuicui que recibieron a Izkia Siches volvieron a confirmar lo que parecían habían comprendido en la segunda vuelta de las elecciones: la violencia política tiene su propia lógica, no le importa demasiado conseguir los objetivos que dice querer alcanzar.

El gobierno en sus intentos de saludo a la bandera del octubrismo tuvo la suerte de recibir toda suerte de fracasos visibles; o en el caso de Izkia Siches, audibles. En la Plaza de la Dignidad fueron ya sentenciados como “amarillos y traidores”, mientras su opción por el sistema previsional de reparto los convierte para Parisi y sus Bad Boys, en francos enemigos. El gobierno ve en el espejo a los de Bachelet o de Lagos que tuvieron que enfrentar el mismo dilema: cómo conjugar su agenda de transformación con el miedo a los portonazos y asaltos. El mensaje de Izkia a los carabineros es la prueba visible de que en esto, la necesidad de dar seguridad a como de lugar, este gobierno no será distinto a cualquier otro de centro izquierda que haya ocupado ante el mismo palacio.

El gobierno se apuró en decepcionar a los que debía decepcionar. Creo que es una bendición. Sabe que no será puro, ni revolucionario, sabe que para gobernar bien está condenado a caer mal. Ahora se enfrenta a un desafío mayor. Los países no cambian, pero sí se transforman. Esas transformaciones son lentas, contradictorias e inesperadas. El error de la Convención fue querer creer, desde el voluntarismo de los profesores universitarios, que los chilenos nos habíamos mejorado de la enfermedad de ser chilenos. Al entender la complejidad como un carnaval, no lograron ver hasta qué punto un país puede ser más feminista que nunca y criar como nunca violadores y abusadores sexuales. Multicultural y xenófobos a la vez, igualitarios e individualistas como nunca, al gobierno le toca gobernar un mundo en guerra en todos los sentidos de la palabra guerra.

El gobierno ve en el espejo a los de Bachelet o de Lagos que tuvieron que enfrentar el mismo dilema: cómo conjugar su agenda de transformación con el miedo a los portonazos y asaltos. El mensaje de Izkia a los carabineros es la prueba visible de que en esto, la necesidad de dar seguridad a como de lugar, este gobierno no será distinto a cualquier otro de centro izquierda que haya ocupado ante el mismo palacio.

*Rafael Gumucio es escritor chileno.

También puedes leer: Las calles de Santiago tras las crisis


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