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Opinión

3 de Abril de 2022

Las calles de Santiago tras las crisis

La imagen muestra a Raimundo Frei frente a las calles de Santiago Agencia Uno

Cabe plantear tres tendencias que se hacen especialmente visibles en el habitar de la ciudad, especialmente luego de este marzo de 2022 donde ha vuelto la intensidad de la vida en ciudad, y sus visuales consecuencias al alero del conflicto social y la violencia.

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Hace un par de años se publicó una investigación titulada ‘Las Calles’. Fruto de un esfuerzo colectivo –coordinado por Kathya Araujo – por cristalizar las diversas experiencias de la vida en las calles de la ciudad de Santiago de Chile, su material emana de trabajos de observación y entrevistas antes que los eventos de octubre, la pandemia y la turbulencia económica fueran parte de la vida social de la ciudad. Demasiada agua ha pasado bajo el puente para poder reflexionar en un texto breve sobre los cambios ocurridos desde esa fecha, pero cabe plantear tres tendencias que se hacen especialmente visibles en el habitar de la ciudad, especialmente luego de este marzo de 2022 donde ha vuelto la intensidad de la vida en ciudad, y sus visuales consecuencias al alero del conflicto social y la violencia. Estas tendencias son resultado de trabajos de campo en curso, y habrá que esperar su consolidación; sin embargo, son suficientemente nítidas como para ofrecerlas para la reflexión sobre los destinos de las relaciones en la ciudad.

La primera dice relación con el modo cómo se evalúa la vida en pandemia. Se visualiza una distancia suficiente para recordarla – especialmente la cuarentena – e impresiona a primera vista que su recuerdo es más benigno que maligno. Es evidente el dolor de las pérdidas y sus secuelas, pero las personas empiezan a recordar muchos aspectos de buena manera: estar con los suyos, el cuidado y la preocupación mutua, el trabajo en los tiempos que uno quiere organizar, arreglar la casa, entre otros. Esta evaluación es fruto de un modo de narración de los eventos vividos (podrían sólo seleccionarse los elementos negativos en juego, que son muchos), de un modo de rememoración, que es impensable sin un cierto miedo, sino pánico, a lo que hay fuera del ‘refugio’. Es decir, el recuerdo empieza a endulzarse en la medida que al ‘afuera’ se le llena de temores y angustias: el tráfico, las jornadas extensas, las pruebas cotidianas que superar en establecimientos educacionales y trabajos, la convivencia presencial con desconocidos, o los que estaban detrás de la pantalla. Es decir, la primera tendencia es el aumento del contraste: a la vida en las calles se comienza a entrar con una idealización del espacio hogareño protegido (incluso cuando tremendas crisis se superaron), frente a un espacio externo – la ciudad y sus calles– colmado de problemas a superar.

La segunda tendencia es la nefasta continuación de un aspecto que ya se observaba plenamente en curso en el estudio del 2016, lo que Araujo denominó la territorialización de la ciudad (el argumento luego fue puesto en resonancia en el estudio desiguales del PNUD). El análisis en aquel entonces ya mostraba que cada zona de la ciudad se sentía como propia, ajena y hostil al otro, y que debía ser defendida frente a la mirada extraña. Los espacios compartidos eran cada vez menos, y recorrer, y conversar, la cuidad de punta a punta era pasar de un territorio a otro, dividido y segregado por la desigualdad que estructura la sociedad chilena. La segunda intuición – quizás más obvia – es que esta tendencia se acelera, e incluso aumenta en intensidad, pero incluso en una escala más reducida. Por un lado, es el aumento de pasajes cerrados y barreras cada vez más claras que pululan por la ciudad. Es una estrategia extendida que sólo fortifica el lugar propio (y parte de la idealización de la pandemia es la cohesión vecinal: qué mayor logro común que cerrar el pasaje). Pero por otro lado es la extensión del comercio informal callejero. Ese pedazo de calle ganado ahora se entiende como un lugar propio a defender (e imágenes recientes se titulan ‘batallas’, sin estar tan alejado del propio entendimiento de lo que está en juego). En una ciudad en que hasta las ferias están reguladas, esta conquista de la calle es tristemente mirada desde afuera. Al menos en las entrevistas realizadas, la depreciación del espacio y el hecho que antiguos, y pequeños, rincones comunes se pierdan es observado con desconsuelo. Un fuerte sentimiento anti-migración nace en esta mirada a la calle al asociar a la migración con el comercio informal.

La primera tendencia es el aumento del contraste: a la vida en las calles se comienza a entrar con una idealización del espacio hogareño protegido (incluso cuando tremendas crisis se superaron), frente a un espacio externo – la ciudad y sus calles– colmado de problemas a superar.

La tercera tendencia es una fuente de alimentación doble de las dos anteriores: la percepción extendida de que las calles se han vaciado de presencia policial. ‘Aquí nunca vienen’, ‘Aquí ni siquiera entran’, ‘Aquí no existen’. El mundo propio es un refugio enjaulado, y afuera la autoridad policial se devela inexistente. Metáforas selváticas empiezan a consolidarse en la conversación social. Antes del estallido, ya se constataba que esta evaluación era propia de los sectores populares (aunque esto hay que matizarlo, en ciertos sectores su presencia era más bien visible, pero marcada por historias de discriminación y el abuso). Pero el estallido en sí mismo pone en tensión la función, el modo, y la legitimidad del actuar policial, tensión que no se resuelve, y cuya posible resolución tampoco se ve en el horizonte cercano. El resultado de esto último (la insatisfacción acerca de la pregunta sobre la policía que se necesita) es que las inspecciones más rutinarias que aseguraban el control del tránsito, prevenir las tomas irregulares, delimitar la informalidad en ciertos espacios, y obviamente parar el propio delito (y múltiples acosos sexuales que abundan en todas las entrevistadas jóvenes) se narran como mínimas, y el habitar de la cuidad se vuelve un caminar a la defensiva. Y esto no es sólo metáfora de un ‘miedo al otro’ anónimo y afuerino, sino de la debilidad de los mecanismos que regulan el caminar tranquilo. La sensación de vivir en una selva se intensifica, una selva donde el más fuerte gana.

Si bien lo que se ha ofrecido en esta columna son intuiciones sociológicas, y así han de ser consideradas, cabe sugerir alguna conclusión provisoria. Es probable que estas tres tendencias descritas se articulen en una sensación de pérdida, así como de desprotección al habitar y cruzar la sociedad. Pero, sobre todo, es probable que redunden en un reforzamiento de estrategias individuales para suplir lo que la sociedad ya no ofrecería. Vale pensar más en ellas, confirmarlas, y ver cómo se trabajan a nivel colectivo.

*Raimundo Frei es Doctor en sociología de la Universidad Humboldt de Berlín y Magíster en Filosofía Política de la Universidad de Chile. Desde el año 2020 se desempeña como profesor de la escuela de sociología de la Universidad Diego Portales. Por más de diez años fue investigador del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Actualmente lleva a cabo su Fondecyt «La desigualdad interaccional en la cultura de la conectividad a la luz del trabajo de la mirada» y es participante del Fondecyt «Justicia, Legitimidad, y Cambio Social» dirigido por Mónica Gerber. Últimamente ha publicado sobre temas de memoria, narrativas y generaciones en Chile y Argentina, así como sobre la dimensión simbólica y experiencial de la desigualdad en Chile.

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