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Opinión

20 de abril de 2022

Izquierda de matinal

No es el pueblo, o los pocos representantes más vistosos de él, el problema de la Convención. Tampoco son los representantes de los pueblos originarios que han votado, como era de esperar, de acuerdo a sus intereses. Ni menos los pocos trotskistas que nunca escondieron lo que pensaban. El problema de la Convención es la élite. No la vieja élite, sino la nueva.

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La Convención es el pueblo y cualquiera que la cuestiona es la vieja elite. Antes que nadie atacara seriamente la Convención, sus defensores nos dejaron en claro éstas serían las reglas del juego. Los ayudó en esta imagen el cacareo espantado de la derecha ante los disfraces de tía Picachu y Dino Azulado, y las mentiras verdaderas de Rojas Vade y las distintas manifestaciones más o menos folclórica con que se instaló la Convención. Ocho meses después, hasta los más quisquilloso deberán reconocer que en los problemas de la Convención nada han tenido que ver con los que venían de la calle o de los movimientos sociales que llegaron al palacio del antiguo Congreso. La Lista del Pueblo fue la primera en desangrarse y muchos de sus miembros han demostrado más libertad y sobriedad que los que los despreciaban desde la derecha o los que los aplaudían desde la izquierda.

No es el pueblo, o los pocos representante más vistosos de él, el problema de la Convención. Tampoco son los representantes de los pueblos originarios que han votado, como era de esperar, de acuerdo a sus intereses. Ni menos los pocos trotskistas que nunca escondieron lo que pensaban. El problema de la Convención es la élite. No la vieja élite, sino la nueva. Rojas Vade ha sido diez veces menos dañino que Mauricio Daza y su imaginación jurídica. O las soltadas de trenza de Daniel Stingo y sus ataques de sectarismo incendiarios. Los dos nutridos políticamente en la tele, absolutamente huérfanos de cualquier experiencia política que no sea la de tener siempre la razón sin casi nunca razonar delante de las cámaras. Jaime Bassa se hizo famoso por no usar corbata en al Cámara de Diputados. Su obsesión es acabar con las formalidades del mundo antiguo por uno más informal pero tan infinitamente complicado que le permitiría vivir las próximas décadas de explicarlo. Era en la universidad un liberal de derecha. Ahora ya no es liberal, pero no se puede decir que sea de izquierda. La lucha de clase no asoma por ninguna parte en los planteamientos tampoco del escritor que leía a Miguel Serrano en vez de Marx, o del jurista que leía a Carl Schmitt en vez de Habermas.

Los problemas de la Convención es la elite. No la vieja elite, sino la nueva. Rojas Vade ha sido diez veces menos dañino que Mauricio Daza y su imaginación jurídica. O las soltadas de trenza de Daniel Stingo y sus ataques de sectarismo incendiarios. Los dos nutridos políticamente en la tele, absolutamente huérfanos de cualquier experiencia política que no sea la de tener siempre la razón sin casi nunca razonar delante de las cámaras.

La Convención desnuda, entre otras cosas, la indigencia intelectual de la generación más educada de la historia de chile. Los chilenos suelen olvidar en el posgrado lo que aprendieron en el colegio. Descubren en inglés un Chile de laboratorio donde los chilenos somos los ratones blancos de sus experimentos. Las ideas no penetran en las costumbres y las costumbre tampoco en las ideas. No se lee por placer, se lee para demostrar que se sabe más que los demás. No se nos enseña que la chilena es una cultura tan válida como las otras. Se quiere ser nuevo siempre para ganarle la discusión al que no tomó el curso que tú sí tomaste. Así no pasa un día sin que algún especialista en las nuevas ramas del derecho que la Constitución obliga, te explique que nación no significa nación, que la igualdad tiene que ser desigual y que un sistema es lo mismo que un poder. Olvidan que 200 años de vida independiente nos hacen desconfiar de quienes usan como argumento máximo lo que sucede en Nueva Zelandia, Suiza o Canadá. Países que se nos parecen en nada, y que en su mayor parte provienen de la cultura anglosajona, la que creó el apartheid y la segregación racial en el sur de Estados Unidos.

La revuelta social se refocilaba en la idea de un Versalles en que nadie sabe cuánto vale un kilo de pan. La desconexión de esta nueva élite es quizás mayor porque además de no saber el precio del pan (lo que es normal) se le ocurre que no necesitan averiguarlo, porque son el pueblo. De haber mantenido una sintonía aunque ligera con las mayorías, habrían empezado por donde están terminando: El estado social de derechos. Podrían haberse quedado ahí, donde estaba la herida abierta que vinieron a curar. Aunque quizás no lo hicieron por algo más profundo y trágico: Jaime Guzmán, se haga lo que haga, ganó esta pelea. O peor aún, la ganó Pepe Piñera.

La Convención desnuda, entre otras cosas, la indigencia intelectual de la generación más educada de la historia de chile. Los chilenos suelen olvidar en el posgrado lo que aprendieron en el colegio. Descubren en inglés un Chile de laboratorio donde los chilenos somos los ratones blancos de sus experimentos. Las ideas no penetran en las costumbres y las costumbre tampoco en las ideas. No se lee por placer, se lee para demostrar que se sabe más que los demás.

El estado subsidiario es para los infinitos seguidores de “con mi plata no” una realidad indesmentible que convive con la idea sólo mágica de que podría al mismo tiempo instaurase un sistema de reparto. El estado social de derecho pide una cierta disciplina personal y social que la izquierda, en octubre y luego con los retiros, decidió abandonar para siempre. Sin corbata no se hace socialismo, señor Bassa, y menos con trajes ceremoniales de distintas tribu se construye una república social. Una sociedad más justa y más igualitaria, sin privilegios de cuna o de cuñas, se consigue solo con estado fuerte, ojalá unitario, impersonal y monótono. Los graffitis y el trap son tan neoliberales como las AFP o las ISAPRES. Ni multi, ni pluri, un estado social de derecho es un estado que sabe que en su unidad está su fuerza. Un estado en que finalmente el narcisismo sea cosas de artistas, no de legisladores.

*Rafael Gumucio es escritor chileno.

También puedes leer: La Convención, la derecha, y lo “transversal”


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