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10 de mayo de 2022

Florencia Abadi, filósofa: «Los malos envidian; los buenos se vengan»

La filósofa argentina, que estuvo recién de paso por Chile, habla en esta entrevista de dos temas que le interesan: la envidia y el despecho. Además, de los mitos y cómo ayudan a comprender de qué estamos hechos. Así, se refiere a Narciso, a Venus, a Blancanieves.

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Hace algunos días estuvo en Chile la doctora en filosofía de la Universidad de Buenos Aires, Florencia Abadi. Aunque lo suyo es la filosofía, se presenta como “una no psicoanalista”, porque varios de sus temas de investigación tratan sobre esas cosas que avergüenzan y se discuten en terapia o en secreto con la almohada. Es autora de Conocimiento y redención en la filosofía de Walter Benjamin (Miño y Dávila, 2014), El sacrificio de Narciso (Hecho atómico ediciones, 2018; Punto de vista, 2020), Mímesis y terror (Bulk-Perambulante, 2019). Pronto publicará un ensayo sobre la envidia con Editorial Pólvora.

Le interesan temas como la envidia y el despecho, “seguramente porque soy envidiosa”, dice, pero también porque considera que son fenómenos que iluminan la comprensión de la condición humana. Precisamente éste fue el tema de la conferencia que hizo en el programa Crítica y Celebración en la Escuela de Arquitectura de la PUC, y en el segundo encuentro, en “La Cafebrería”, abordó el problema del narcisismo.

Cuando se habla del fin de la tragedia -puesto que hoy se define al ser humano más por su cerebro que por sus preguntas y deseos inconscientes-, Florencia Abadi insiste en pensar que servirse de los mitos es útil para comprender de qué estamos hechos. Y es que a pesar de que los diagnósticos en salud mental son cada vez más estandarizados, quizá vale la pena averiguar si lo que le ocurre a un depresivo o un ansioso, tal vez sea una envidia, un despecho, o algún deseo rumiante lo que le roba la vida.

“Creo que existe un ‘trabajo del mito’, que puede asimilarse en cierto sentido al trabajo del sueño tal como lo piensa el psicoanálisis. El trabajo del mito es el de disfrazar para mostrar, es decir que revela algo a la vez que oculta otra cosa. Así, con algunos velos, podemos soportar el contacto con nuestros conflictos, vislumbrar algo de lo que nos pasa. Es decir que no se trata de que el mito ilumine por completo nuestra afectividad inconsciente, como a veces se piensa, sino que su poder reside en esa luz parcial. Es posible que la palabra mito derive del verbo myein, que significa “abrir y cerrar” los ojos, entrecerrarlos frente a una luz imposible de tolerar por la pupila sin realizar esa acción rítmicamente. El mito nos permite habitar nuestros conflictos sin encandilarnos«, dice Florencia Abadi.

«No se trata de que el mito ilumine por completo nuestra afectividad inconsciente, como a veces se piensa, sino que su poder reside en esa luz parcial. Es posible que la palabra mito derive del verbo myein, que significa “abrir y cerrar” los ojos, entrecerrarlos frente a una luz imposible de tolerar por la pupila sin realizar esa acción rítmicamente. El mito nos permite habitar nuestros conflictos sin encandilarnos«.

Y agrega: «En este sentido, no sé si los mitos explican pero nos permiten comprender y elaborar. Y no solamente los griegos, por supuesto. En mi libro tomo también cuentos maravillosos, como Blancanieves, la Sirenita; mitos como el del hombre lobo o el más moderno de los vampiros. Los mitos son cultura popular elevada a alta cultura, pero su luz procede de ese contacto con lo popular. Lo que caracteriza al mito es que no hay un “original”, una fuente absoluta, sino que hay versiones, y cada versión realiza este trabajo de revelar y velar”.

 –Sirven para pensar cosas tan difíciles como la envidia y el despecho, asuntos que se reconocen a medias.

-Siempre me interesó el tema de la envidia, seguramente porque soy envidiosa, desde muy chica necesité nombrarla, poner en palabras esa pasión que es máximamente conflictiva, porque nos pone tristes ante la alegría, y muchas veces ante la alegría de personas que amamos. Y como es inconfesable, tabú, siempre actuó en mí esa fuerza que necesita “sacar los trapitos al sol”, pensar eso inconfesable quizás con la ilusión de disolver algo del sufrimiento implicado. Intentar entender por qué a veces la felicidad que le suponemos a otro rebota en nosotros bajo la forma de la carencia: si el otro tiene, entonces yo carezco. Otro tiene y yo no recibí, a mí no me convidan.

-¿Y el despecho?

-Y el despecho empecé a trabajarlo hace poco, y volví sobre las historias de Medea, de Dido, y encontré que tenía algo en común con la envidia, que es el sentimiento de impotencia. La envidia, aunque le temamos y nos pongamos amuletos para defendernos de su presunto poder, se define precisamente porque no puede llevar adelante su deseo, ni de que el otro no tenga lo que tiene ni de tener ella misma lo que anhela. Y el despecho se define porque la persona rechazada o abandonada no puede vengarse sobre el otro, quisiera hacerle sufrir lo mismo que sufre, pero perdió precisamente la potestad de hacer sufrir.

-Creo que es una de las frustraciones más terribles, querer hacer sufrir – no destruir, que es más fácil – y no lograrlo porque se comprueba que no se tiene influencia en el otro, que no se mueve ni un milímetro el deseo del otro.

-Las posibles venganzas que se le ocurren (“no le hablaré más”, “me verá con otra persona”) no afectan en nada al otro, porque el otro ya no desea. El despechado no acepta esa regla fundamental del juego erótico: la soberanía del deseo por sobre el amor. Por eso es inconfesable, porque hay una cierta ilegitimidad de ese deseo de venganza. Pero el despecho nos revela algo muy interesante de la esfera erótica: que donde hay deseo, hay siempre una capacidad de hacer sufrir. El bolero lo dice claramente: “se te olvida que aún puedo hacerte mal si me decido, pues tu amor lo tengo muy comprometido”.

«Pero el despecho nos revela algo muy interesante de la esfera erótica: que donde hay deseo, hay siempre una capacidad de hacer sufrir. El bolero lo dice claramente: ‘se te olvida que aún puedo hacerte mal si me decido, pues tu amor lo tengo muy comprometido’”.

 –Dices que la envidia sirve para creer que existe la felicidad – que además hoy se mide en las encuestas y se compara entre países -, como ficción de que es posible alcanzar la satisfacción plena.

-Entiendo la envidia como el velo que protege al deseo. El deseo, lo sabemos por lo menos desde Platón, está vinculado a la falta del objeto deseado, a su ausencia. Pero para desear necesitamos creer que puede satisfacerse, necesitamos velar algo de esa falta constitutiva. La envidia es la que hace este trabajo, porque le hace creer al sujeto que alguien puede satisfacer su deseo plenamente, encontrar plenamente la felicidad como un absoluto. ¿Quién? ¡Aquella persona a la que envidiamos! Esto es una ilusión, y aunque haya odio en esa ilusión, es un odio ilusionado. Envidiamos para creer que existe esa felicidad, que el deseo puede satisfacerse completamente. Y así, el deseo puede seguir deseando. Si no hubiera en el origen una infelicidad envidiosa, no desearíamos en absoluto.

¿Y el despecho que relación tiene con el deseo?

-Respecto del despecho, no creo que cumpla una función tan relevante como la envidia, sino que lo entiendo como un elemento de las relaciones eróticas que nos revela aspectos del deseo –como el que te comentaba, la capacidad de hacer sufrir que está presente siempre en una relación erótica-, o el hecho de que no hay en el reino de Eros un juramento válido, como dice Ovidio. Es decir que donde manda el deseo no puede haber en sentido estricto traición, la soberanía del deseo es inalienable, y aunque puede hacer acuerdos, no puede nunca ceder la capacidad de revolcarlos. Siempre el deseante tiene el derecho de dejar de desear. El despecho además es una herida narcisista, una herida en la imagen, y en ese sentido toca ese punto en que Eros juega con Narciso, que es el rechazo. En el despechado siempre se encuentra la fantasía de ser burlado, humillado, y eso enseña mucho sobre el deseo, porque el deseo humilla el narcisismo, nos pone en posición de objeto, padecemos nuestro deseo, no lo elegimos, deseamos a pesar de nosotros mismos.

-Dices que los buenos se vengan y a los malos les alcanza solo para envidiar, ¿cómo es eso?

-Creo que justamente en la medida en que el despecho y la envidia son pasiones de la impotencia, que no logran llevar adelante su anhelo vengativo, la venganza opera como una suerte de antónimo de ambas. Cuando digo que los buenos se vengan lo hago remitiendo al cuento de Blancanieves, en que la reina malvada no logra matarla con las manzanas envenenadas de la envidia, en cambio Blancanieves y el príncipe, en su fiesta de casamiento, se vengan exitosamente de la reina poniéndole unos zapatos de hierro caliente con los que baila hasta caer muerta. Entonces digo “los malos envidian, los buenos se vengan”, un poco irónicamente, !esperando que nadie salga como loco a vengarse¡ sino queriendo decir que lo que enferma es lo que carcome por dentro, ese veneno que es cifra de lo oculto; en cambio canalizar las pasiones, darles cauce, puede ser un modo de salir de eso. Pero ya que me provocás con mis provocaciones, voy a agregar algo más. La venganza tiene una relación con la idea de justicia que no puede negarse, René Girard destaca que no hay una diferencia de principio entre ellas. 

«Cuando digo que los buenos se vengan lo hago remitiendo al cuento de Blancanieves, en que la reina malvada no logra matarla con las manzanas envenenadas de la envidia, en cambio Blancanieves y el príncipe, en su fiesta de casamiento, se vengan exitosamente de la reina poniéndole unos zapatos de hierro caliente con los que baila hasta caer muerta».

-Romeo y Julieta son víctimas del ojo por ojo:  la venganza que no para y se transmite generacionalmente de manera trágica. ¿Hay salida?

-Némesis es la diosa de la venganza y también de la justicia cósmica, y lleva en ese sentido una balanza y una espada. No se trata de una voluntad caprichosa, sino de un equilibrio implícito en las leyes del universo, a tal punto que Némesis precede a los dioses del Olimpo y no está sometida a sus dictámenes. Entonces, esta idea de venganza asociada a la justicia cósmica descarga al sujeto individual de la tarea de desagravio. Si se confía en el poder de Némesis, se evita la escalada de violencia que genera la represalia. Volviendo a Girard, podemos decir que el sistema penal cumple la misma función de poner un punto final a una posible escalada de violencia vengativa en sociedades que ya no creen que la ley de causa y efecto se aplique a cuestiones éticas. Con esto quiero decir que lo interesante de la idea de venganza nunca fue tomarla como tarea propia, en las Escrituras bíblicas también es tarea divina: “Mía es la venganza, yo pagaré”, dice Dios. Por eso exige paciencia, fe. Una fe que es eficaz para salir del rumiar envidioso, porque quien planifica una venganza también rumia y sacrifica su vida a eso, como el capitán Ahab en Moby Dick, que busca tercamente por los mares a una ballena blanca que le ha comido una pierna sin posible intención.

¿Qué es mejor en la envidia: aguantársela o actuar? La psicoanalista Melanie Klein hablaba de gratitud como un opuesto. ¿Qué piensas?

-Me gusta la pregunta y en parte la estás respondiendo. Me interesa pensar salidas para las pasiones sufrientes, o recursos diría para usar tus propios términos. Creo que respecto de la envidia hay dos claves: la primera es la admiración. Porque el envidioso por definición le niega mérito a la persona envidiada. Parte de la idea de que el otro no merece, en cambio él sí. Cuando le atribuimos mérito al otro, y eso hacemos en la admiración, estamos dando un paso fuera de la envidia. Y esa admiración puede llevarnos a aliarnos con el otro, porque ese brillo tan codiciado de aquel a quien envidiamos, que nos encandila, puede hacerlo el compañero más ventajoso. Vos decías algo de eso en la charla que dimos, contabas cómo habías disuelto una situación envidiosa acercándote. Porque ahí cae también la idealización, la mirada siempre defectuosa de la envidia. Pero la salida más importante para mí es la gratitud, el verdadero antónimo de la envidia.

¿Por qué?

-Creo que la idea de Klein es: la envidia dice “no recibí”, de ahí surgen los impulsos destructivos, en cambio la gratitud es el reconocimiento de que uno recibió, y en ese reconocimiento se funda la confianza en la bondad de los demás pero sobre todo en la propia. Ese reconocimiento genera un círculo virtuoso. No se puede estar agradecido y envidiar al mismo tiempo, la gratitud comporta siempre una felicidad, en cambio la envidia una tristeza. Respecto de si hay que aguantarse o actuar en la envidia, creo que hay que actuar, pero no en el sentido de ir a destruir lo que el otro tiene, que es lo que anhela la envidia, sino de salir de la inacción mirona de la envidia, salir de esa pasividad de mirar como gozan los demás, goce siempre supuesto. Salir de la rivalidad imaginaria y competir, en todo caso.

«No se puede estar agradecido y envidiar al mismo tiempo, la gratitud comporta siempre una felicidad, en cambio la envidia una tristeza».

Narciso sin amor propio

-En tu libro sobre Narciso abres una lectura que rompe con la idea del narcisismo como un elevado amor propio. Es un Narciso triste el que describes.

-Tal cual, intento hacer una relectura del mito de Narciso que me permite reinterpretar la idea de narcisismo. Narciso, en el mito, no se enamora de sí mismo sino más bien de la imagen que ve reflejada en la fuente de agua, que al principio piensa que es una deidad que vive ahí dentro. Y no sólo se enamora de esa imagen y no de sí mismo, sino que le entrega su persona, su cuerpo, a esa imagen, se arroja a esa imagen y se ahoga (en la versión más difundida, hay otras). Es decir que Narciso se suicida, sacrifica su vida a su imagen. A partir de ahí intento deslindar dos términos que han quedado muy pegados, que son narcisismo y egoísmo. Lo que intento mostrar es que si el egoísta es aquel que se prioriza a sí mismo por sobre lo demás, el narcisista es aquel que se posterga a sí mismo para sostener una imagen que cree condición del amor del otro. El narcisista busca ser amado, está en posición de objeto. El egoísmo puede estar incluso en el camino de la cura de un narcisista, que tiene que aprender a no postergarse, a no entregar su placer, su descanso, a sostener ideales.

 –¿En qué tipo de situaciones te parece que las personas hacemos “el sacrificio de narciso”?

-Por ejemplo cuando decidimos tomar un litro de café para rendir en un examen, sobre todo si somos aquel tipo de estudiante que necesita responder a la nota máxima, la ideal. Cuando entramos a un quirófano sacrificamos el cuerpo a la imagen del cuerpo. Cuando la pasamos mal en alguna situación en la que tenemos que aparecer en público, y consideramos que eso no es importante si los demás nos vieron bien. Cuando tenemos frío o calor o hambre y no lo decimos porque creemos que nuestra imagen puede ser dañada en ese pedido. Cuando estamos cansados pero no podemos decirle al otro de cortar la situación porque necesitamos dormir. Cuando no ponemos límites para no enojar al otro, por temor a que eso haga caer nuestra imagen. El narcisista teme mucho enojar al otro, defraudarlo, no cumplir con sus expectativas. En todos los casos en que sacrificamos nuestro cuerpo y nuestra vida a la imagen estamos llevando a cabo el sacrificio de Narciso.

Has descrito a dos tipos madres: las narcisistas y otras venusianas. ¿Qué significa esa distinción?

-Sí, creo que son dos arquetipos de la figura de la madre contrapuestos. La madre narcisista, cuyo modelo es Liríope, la madre de Narciso, se identifica con su descendencia, cree que los logros del hijo o hija son propios, se fusiona, es incondicional, está siempre para el hijo, es la madre pesada, aburrida, que el hijo trata con cierto desdén. Se trata de una relación simbiótica que no permite al hijo nacer del todo. La versión del mito de Calderón de la Barca es muy ilustrativa. La madre erótica o venusina (Venus es la madre de Eros) pone su mirada fuera del hijo, y triangula la líbido. Los hijos de este tipo de madre suelen estar ávidos de su atención, y precisamente en la medida en que no sienten que haya incondicionalidad suelen ser bastante devotos de la madre, la adoran, buscan su amor con cierto sufrimiento. Es una madre más egoísta, que pone límites, menos piadosa. En el mito, Venus está envidiosa de la belleza de Psique, entonces se la muestra a Eros para que la castigue y la enamore de alguien espantoso, pero Eros o Cupido se clava la flecha a sí mismo. Es decir que la madre erótica le muestra al hijo un objeto de deseo afuera, en eso rompe la simbiosis. Aclaro que la distinción no supone que haya una buena y otra mala, más bien creo que son dos maneras de ingresar en la neurosis, de la que no se salva nadie.

«El narcisista teme mucho enojar al otro, defraudarlo, no cumplir con sus expectativas. En todos los casos en que sacrificamos nuestro cuerpo y nuestra vida a la imagen estamos llevando a cabo el sacrificio de Narciso».

¿Y nuestra época que tiene de Narciso sacrificado?

-Creo que estamos en un momento en que se rinde culto excesivo a la imagen, y en ese sentido le sacrificamos muchas cosas. Esto no tiene nada que ver con un mundo de narcisistas entendidos como psicópatas que sólo giran alrededor de sí mismos, sino más bien con un mundo de narcisistas carentes de amor propio que buscan desesperadamente el amor de los demás, la aprobación de los demás, mediante el uso de imágenes. Gente que se viste para la foto que subirá a las redes: ése es un claro ejemplo de entregar la vida a la imagen. Me hace acordar ahora al documental en que Leni Riefensthal filmó el congreso nacionalista para el régimen de Hitler, en que todo el congreso estuvo pensado para el documental que se iba a filmar, a tal punto que ya de documental no tenía nada.

Florencia Abadi, filósofa argentina.

¿Cuál podría ser el mito o cuento para pensar lo indecible de nuestro tiempo?

-Quizás el mito moderno del vampiro puede enseñarnos otro aspecto de la actualidad, y es que la espectacularización contemporánea tiene el foco puesto en la crueldad, una crueldad adictiva. Se usa la pantalla para mostrar escenas sangrientas, escabrosas, que las personas miran antes de ir a dormir como desconociendo el daño que se hacen. El vampiro bebe sangre de forma compulsiva. La sangre es la cifra por excelencia de la crueldad, la palabra cruento (sangriento) tiene la misma etimología, si la crueldad desgarra velos, el velo por excelencia es la piel, que al ser desgarrado derrama la sangre con la que se relame la crueldad que nos habita. Además el vampiro busca la vida eterna, la juventud eterna, que es algo muy propio de nuestra época.

*Constanza Michelson es psicoanalista y escritora. Su último libro es “Hacer la noche”.

También puedes leer: El amor en los tiempos del Covid según la psicoanalista Constanza Michelson


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