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Entrevista Canalla

27 de mayo de 2022

Gloria Benavides, artista legendaria: «He tenido dos encuentros con extraterrestres»

Está pronta a cumplir setenta años de carrera artística. Y no para. Actúa en "Viejas de Mierda" y hace espectáculos musicales con míticas estrellas de la música. Aquí habla de su cambio filosófico, habla de sueños, de melancolía, de su vida impactante, de Pinochet, de los extraterrestres que la siguieron, del mundo, de Chile y de su música.

Por

“¿Quién es?”, pregunta, desde el teléfono, la artista. “Prensa”, masculla el reportero. “Estoy en el Jumbo, señor. Lo lamento”, responde ella con sinceridad. Se llama Gloria Benavides y, apenas nació, alcanzó la gloria dos veces: la primera vez ocurrió en su partida de nacimiento, fechada formalmente el 5 de abril de 1948 con el nombre Gloria Angélica Benavides Nicolás, y luego, unos meses más tarde, obtuvo la gloria en minúscula al cantar en un escenario a los dos años de edad, recién amamantada, y recibir la ovación de un público adulto. Dicen que nació famosa. Se convirtió en una revelación láctea, la estrella con chupete, la precoz copando portadas en Loncoche. Ella, el hito en pañales, quien popularizó «La Gotita», el himno de la ternura, y quien desde entonces ha llevado una vida totalmente fotografiada. Ella es la historia: música, Pat Henry, militares, Jappening con Ja, Festival de Viña, Don Francis, Anthony, Miami. Y, bueno, Gloria, la mayúscula, cantante y actriz, ahora corta el teléfono porque está de compras.

Días más tarde, un lunes, responde otra vez: “¿Quién es?”, pregunta con la misma voz que la encumbró al estrellato en los años cincuenta. “Prensa”, emite lacónico el reportero. “Estoy en el Jumbo, señor. Lo lamento tanto…”, y la artista, contrariada, husmeando lechugas, corta sin titubear.

De manera que la impresión instantánea que produce Gloria Benavides es la de un refrigerador con mercadería. Y la segunda impresión que produce Gloria Benavides es que sus cuerdas vocales aún están en la pubertad. Su voz no tiene un solo rasguño. Es el tono azucarado de la Señorita Gertrudis, pero ya empoderada en medio del siglo 21.

El martes Gloria contesta el teléfono y afirma, tajante, que no se encuentra en el Jumbo. Gloria pide ir a un café.

Historia de una señora recién nacida

Van caminando por Ñuñoa, casi sujetándose del brazo, la gloriosa y el reportero. Ella dice: “Tenga cuidado”. Él repara en su cautela: “¿Por qué?”. “Empezaron a robar hace una semana en esta calle. No hay barrio que esté a salvo”, susurra Gertrudis. Él queda estupefacto y, revisando los contornos de la calle, pone la mirada disciplinada de Evaristo Espina. Y luego Espina la mira y ve allí, frente a él, unos ojos azules sumamente famosos. Los ojos agrandados que lucía en La Oficina y los ojos rebeldes con que fabricó a La Cuatro Dientes.

-Le invito un pastel- susurra la artista, ingresando a un local.

-No se moleste.

-Le digo que no es molestia, señor. Yo invito- y ahora le aflora un carácter llamativo. Es la voz de la Tía Tute.

Él se niega, la Tía Tute insiste. Acuerdan, al final, un café sin azúcar. La Tía Tute muerde una medialuna. Y, al ingerir la masa, la mueca se le suaviza otra vez. Y entonces ella habla de la obra que actúa por estos días, «Viejas de Mierda«, un hit que acredita su vigencia, sus 74 años con la voz joven. O habla de unos espectáculos energéticos que hace con artistas de los sesenta en el Monticello. Y luego mastica otra vez la medialuna, atiende una llamada, acepta el elogio de una transeúnte (“¡Te admiro!”, le gritan. “¡Gracias!”, devuelve ella) y, de pronto, se queda quieta, pone una cara gentil, y se convierte simplemente en la señora Benavides.

Y comenta con naturalidad:

-Bueno, debo decirle que yo nací el año pasado.

-Mire- simula él-, no tenía idea.

-Así es. Yo acabo de nacer. Fue tras la pandemia. La pandemia me hizo pensar. Pensé demasiadas cosas.

-¿Y qué pasó con la otra Gloria?

-La otra Gloria ya no está. Empecé de nuevo. Le voy a contar: la otra Gloria era soñadora. En cambio esta Gloria nueva tiene los pies en la tierra.

Él da un sorbo al café y, en ese instante, cruza la mirada con una camarera que está absorta contemplando a una mujer en sus setentas que acaba de nacer.

-¿Qué soñaba la antigua Gloria?

-Soñaba que viajaba por el mundo.

La otra Gloria ya no está. Empecé de nuevo. Le voy a contar: la otra Gloria era soñadora. En cambio esta Gloria nueva tiene los pies en la tierra».

-¿Y dónde iba?

-La otra Gloria recorrió el mundo, a puro sueño.

-¿América? ¿Europa?

-Todo.

-¿Lo pasó bien?

-Fíjese que fueron viajes inolvidables.

-¿África?

-Faltó soñar África, para serle franca. Y Asia. La ex Gloria jamás soñó que recorría Asia. Y también soñó que ganaba la lotería.

-¿Qué hizo con el dinero?

-Nada, lamentablemente.

-¿Soñó con un príncipe?

-No. Jamás. La antigua Gloria y la Gloria que nació recién no necesitan eso. Somos solitarias.

Con los pies en la tierra, recién nacida, Gloria valoriza la existencia. Ahora tiene más paciencia. Gloria valora el amor. Gloria anhela abrazos. Gloria, además, está más agradecida del público.  “Antes no me daba cuenta de lo que me quieren”, revela. “Usted genera fervor”, la alienta Evaristo Espina, chupamedias. “Usted le importa a la gente”, añade Espinita. “No puedo creer lo que le importo a la gente”, declara ella atónita. ¿Y qué más ha descubierto al renacer? “Descubrí que me encanta cantar”, y abre los ojos, como si hubiese hallado el secreto. ¿Acaso no ha cantado por setenta años? “Pero nunca me di cuenta”, agrega. “Ahora”, admite, “me conozco mejor”. Y dice que es Gloria Benavides, un año de edad, renacida y vacunada con doble dosis de refuerzo. Gloria Benavides, dueña de su propia casa, ñuñoína, propietaria de un auto sencillo modelo sedan, tres hijos, nueve nietos, dos ex maridos que en paz descansen. “Me conozco mejor”, resume. Aunque reconoce, eso sí, que al levantarse no se mira al espejo, puesto que ignora quién será esa señora con los párpados hinchados que la mira fijamente.

El reportero hace una pausa fantástica: no pone la voz de Espina, es el tono de Don Francisco en momentos de emoción televisada.

-¿Qué nota le pone a su vida?

Ella no demora.

-Un 5.5…

-Pensé que se pondría un 6.8…

-Noooo… mi vida no ha sido ni tan mala, ni tan buena.

-¿Cómo ha sido su vida?

-De película.

Parece que ella, a fin de cuentas, es un melodrama con visos de humor. O una comedia que incluye escenas lúgubres.

-¿Puede decir inmediatamente lo más impresionante que ha vivido en su vida?

-¡Hice un dueto con Plácido Domingo! ¡Hice un dueto con Celia Cruz!

-¿Qué más?

Gloria cierra los ojos.

-Una vez me abrazó Carlos Vives y me dijo: “¡Te adoro, Cuatro!”

Y sigue:

-¡Conocí en persona a Daddy Yankee y no condeno esa música!

O bien:

-¡Me llevo bien con Don Omar!

-¿Y el Festival de Viña?

-Uu- suspira Gloria-, eso es tremendo. Sentir ese coro de la gente: “¡Gloria! ¡Gloria! ¡Gloria!”… Le voy a decir algo…

-Diga…

-Cuando estoy triste… yo pongo ese sonido ambiente del Festival en mi cabeza, como si apretara el botón play, y escucho: ¡Gloria! ¡Gloria! Gloria!…

-¿Y qué pasa ahí?

-Vuelvo a estar feliz.

Cuando estoy triste… yo pongo ese sonido ambiente del Festival (de Viña) en mi cabeza, como si apretara el botón play, y escucho: ¡Gloria! ¡Gloria! Gloria!…»

-¿Pone ese coro muy seguido?

-No tanto. Pero sí, a veces lo pongo. Lo que pasa es que…

Aquí demora un poco.

-Es que yo soy melancólica.

-¿Usted? ¿La Cuatro Dientes?

-Así es.

-¿Qué la pone melancólica?

-Hay tantas cosas…- y los famosos ojos azules se van hacia el suelo.

Da la sensación que en estos momentos recorre a prisa las zonas oscuras. Quizás esa infancia, su mamá enferma tempranamente, el ex marido militar que murió asesinado por el hijo de Manuel Contreras. Pero no se va a referir a esos asuntos y lo explica sintéticamente.

-Yo corro la cortina con las cosas malas…

-¿Eso es mejor?

-Es mejor. O si no pongo mi coro del Festival: ¡Gloria! ¡Gloria! Gloria!

La gente gritaba: ¡Gloria! Gloria! ¡Gloria! Y entonces, gritó Antonio Vodánovic en ese Festival de 1984, hay Gaviota de Plata para Gloria Benavides. Y el grito se infló más. Gloria, Gloria, Gloria. Y duró para siempre.

-No necesito ir a terapia. Tengo mi coro especial. Y lo ocupo cuando quiero.

Se está riendo.

Y acota: “Me han pasado tantas cosas, incluso he tenido dos encuentros con extraterrestres”. ¿Dos? “Yo iba en el auto con Marcelo y el Tito Fernández, era en pleno desierto”, detalla. Cuenta que primero fue una luz localizada, y luego la luz se tornó maléfica y los persiguió con el propósito de transportarlos a otro planeta. En la versión de Gloria Benavides, Tito Fernández gritó:

-¡Yo ni cagando me bajo del auto!

Un año después, Gloria avanzaba en auto por las cercanías de Quellón, junto a un grupo de músicos, y apareció la misma luz. Gloria se paralizó. “La luz maléfica”, pensó. “La luz nos atacó”, revela. Uno de los músicos, experto en ufología, bajó del auto y corrió hacia la luz. El hombre gritaba:

-¡Llévenme! ¡Llévenme! ¡Soy una buena persona, les seré útil!

La luz huyó y ese hombre jamás volvió a ser el mismo. Se hizo profesor de metafísica y se tornó introvertido.

-Gloria…- le dice el reportero.

-Qué…

-No sólo le pasan cosas con los terrícolas, les han pasado cosas con la Vía Láctea…

-Me ha pasado de todo…

Un año después, Gloria avanzaba en auto por las cercanías de Quellón, junto a un grupo de músicos, y apareció la misma luz. Gloria se paralizó. “La luz maléfica”, pensó. “La luz nos atacó”, revela. Uno de los músicos, experto en ufología, bajó del auto y corrió hacia la luz.

-Y le queda mucho por vivir aún…

-Imagínate. Si tengo recién 44 años.

-¿Esa edad siente tener?

-44 años, justamente.

Y, reanimada, explota en una carcajada.

La Gloria Chilena

-¿Qué opina del mundo?

-Tengo miedo. Me da miedo el mundo. Me da miedo la violencia- y se le asoma una Gertrudis otra vez.

Y añade:

-Y nadie se interesa por el otro. Nadie escucha a nadie. Me da una pena tan grande.

-¿Y Chile le gusta?

-Lo único que espero es que haya cambios. Pero hay que tener paciencia. No se puede cambiar la vida en dos meses.

-¿También le da susto?

Ella se pone firme.

-Es que a mí me han allanado la casa dos veces. Yo estuve casada con un militar. Y es difícil.

-¿Conoció a Pinochet?

-Una vez estuve con él. Se me acercó y me dijo: “La felicito por su carrera”. A su lado estaba Lucía Hiriart, quien me dijo: “Usted está casada con uno de los nuestros”. Con un militar, le dije.

-¿Y qué le dijo ella?

-“Usted tiene que entrar a Cema Chile”, me dijo. Yo le dije: “No puedo, señora. Tengo que trabajar. Los militares ganan muy poco”.

Una vez estuve con él (Pinochet). Se me acercó y me dijo: ‘La felicito por su carrera’. A su lado estaba Lucía Hiriart, quien me dijo: ‘Usted está casada con uno de los nuestros’. Con un militar, le dije».

Se queda pensativa. Retoma un tono enfático.

-Y fíjate que ese Chile dividido sigue igual hasta el día de hoy. Siempre hemos estado divididos. Todavía, por ejemplo, se habla de los mapuches como si no fueran chilenos. Somos un país racista. Somos discriminadores.

-¿Y la nueva Constitución?

-Tengo fe.

-¿Y Boric?

-Una persona joven puede hacer muchas cosas. Lo importante es que esté bien rodeado.

-¿Y Don Francisco?

-Es tan trabajólico. Siempre está ido, pensando ideas.

-¿Y Antonio Vodánovic?

-Lo quiero demasiado.

-¿Y el Jappening con Ja?

-Una etapa muy dura para mí. Era trabajar sin descanso, no podía estar con mis niños.

Pausa con contenido emocional.

-Aunque es una nueva Gloria con los pies en la tierra algo le debe faltar por hacer…

-Mi disco. Quiero sacar un disco de música chilena.

Entonces el reportero, en símbolos, le ofrece tres deseos, como si portara la lámpara. Uno, dice ella, es sacar el disco. Otro, dice ella, es volver a Chiloé alguna vez «y revivir el viaje que hice con mi nieta mayor». Le queda un último deseo, dramatiza el señor de la lámpara.

-Vivir más tiempo. Vivir hasta que mis nietos estén grandes.

-¿Y qué va a soñar hoy?

-No voy a soñar.

Y la nueva Gloria Benavides, la recién nacida, se traga el último pedazo de la medialuna. Paga la cuenta ante el reclamo del reportero Canitrot. Y ambos, en plena noche, se ponen a caminar por las calles de Ñuñoa.

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