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14 de junio de 2022

Andrés Valdivia y su libro «Detén el invierno»: “es mentira que algo bueno puede salir de una experiencia como la que nos ha tocado vivir»

Andrés Valdivia y "Detén el invierno"

En el texto, con mucho humor y pocos filtros -muy en sintonía con su personalidad- el ingeniero cuenta lo que fueron casi dos años de lucha para sacar adelante a su hijo Julián, tras ser diagnosticado de leucemia.

Por

Una primera aclaración. No soy amigo íntimo de Andrés Valdivia, pero lo conozco hace rato. No recuerdo quién nos presentó. Tenemos decenas de amigos en común, partiendo por mi pareja. He ido a algún de sus cumpleaños, nos hemos topado en fiestas y de tanto en tanto por Providencia, donde se le suele ver caminando como buen peatón que es.

Dicho todo lo anterior vale la pena también contar que Valdivia es ingeniero civil con master in Arts en la Universidad de Nueva York. De vuelta en Chile, ha trabajado en medios y dirigido varios proyectos digitales, entre muchas otras cosas. Dueño de un humor tan elegante como brutal, nunca pasa desapercibido. Bien lo saben en las redes sociales, donde bajo el alias de @valdunga dispara sin restricciones de forma y fondo.

Querido y odiado en partes iguales, a nadie dejó indiferente, cuando a través de las redes dejó entrever lo que ocurría con su hijo Julián, quien a los dos años le fue diagnosticada una leucemia linfoblástica aguda. Una historia que ahora relata en su libro «Detén el invierno» (Emecé).

Algo grosero para expresarse, confieso que hubo que editar bastante al transcribir esta entrevista. Pero tampoco tanto, porque de lo contrario no sería el Valdivia que conocemos.

-Como el orto tu libro…

-¿Te angustió?

-Es que a pesar de que tiene una desfachatez en el relato e incluso hay humor y que uno conoce el final de la historia, el camino de leerlo es como el orto.

-(Risas) Es como la callampa. Es que lo pasamos mal. Es una historia dura y es una situación completamente singular. Porque piensa que son quinientos niños a los que les da cáncer al año en Chile. No son los 45 mil adultos que enferman de cáncer. El cáncer adulto es algo común, todos hemos tenido un amigo, conocido o familiar al que le ha dado cáncer; pero en el caso de los niños es muy poco. Porque los niños no tienen por qué tener cáncer, ¡si sus células son nuevitas! Entonces te metes en una situación muy particular, muy penca y además muy larga. Esto fue un año y medio en que todo se podía ir a la cresta todos los días.

-Tuvo muchos altos y bajos la historia, como cuentas en el libro y cuentas también que la primera vez que pensaste ibas ganando pronto aprendiste que la cosa no era así.

-Aprendí a patadas que en esto nunca se anuncia un triunfo.

-Porque al final tuvieron como cuatro o cinco momentos en que todo iba bien y luego algo pasaba.

-Claro, hubo peaks donde todo estaba bien y luego unas recaídas monstruosas. Además el tratamiento es muy brutal, porque no han encontrado otra forma para curar el cáncer que no sea envenenando a los pacientes.

Mostrarse o no mostrarse

-¿Cómo nace el libro?

-Bueno, Julián comenzó a salir de todo esto en 2019, en septiembre, cuando cumplió un año de su trasplante y ya podíamos comenzar a respirar más tranquilos porque por último si recaía podríamos hacerle otro trasplante. Pero antes del año, te pasaban una botellita de morfina y te ibas para la casa. Y tras eso vino primero el estallido y luego la pandemia. Entonces nosotros íbamos como para los cuatro años en total de una vida muy particular y muy encerrada y yo me empecé a volver loco y decidí comenzar a contar toda esta experiencia a través de unos posteos en mi perfil de Facebook.

-Y a raíz de esos posteos te llaman para hacer el libro.

-Sí. Y ahí me costó un poco tomar la decisión de lanzarme -digamos- a todo público.

-Tampoco te costó tanto.

-Es verdad, uno no se hace tanto rollo con mostrarse y tiene su vanidad también.

-Pero te diste tus vueltas.

-Conversé con un par de amigos escritores que me dijeron que el texto tenía algún grado de calidad literaria.

-¿Muchos otros te dijeron que no lo hicieras?

-Hartos. Que cómo iba a hacer eso, que no valía la pena… Pareciera que en Chile el convertirse en autor literario -cosa que no pretendo hacer- fuese como un momento de unción. Como que te ponen la espada en el hombro y pasas a un nivel superior que el resto. La verdad es que yo nunca he sentido nada así, porque he vivido siempre rodeado de escritores y escribir libros es algo que yo vi siempre en mi vida cotidiana.

«Además, yo me he metido en cuanta huevada hay. Siempre metiendo la cuchara en lugares donde no me correspondía. He sido músico, empresario, he trabajado en medios y estoy acostumbrado a meterme en las patas de los caballos. Como que me da lo mismo, si nadie te va a retribuir en el cielo hay que meterle con pala nomás. Y claro, puede haber gente que lleva mucho tiempo esperando poder publicar y a mí me pasa esto y salgo con un libro. Qué le vamos a hacer. Me subí al pony de una.

-En el libro dices que no tienes nada que agradecerle al cáncer de tu hijo, así que me imagino que tampoco este libro.

-¡Nada! Pero ese era uno de los temas. Si suponía que el libro era como un upgrade a mi identidad, no lo habría escrito. Porque uno de los temas, en general, con todo este proceso ha sido constatar que es mentira que algo bueno puede salir de una experiencia como la que nos ha tocado vivir. Filosóficamente, uno no puede agradecer una cosa tan terrible. Si se supone que uno aprende algo en todo esto, yo te lo devuelvo con tal de que Julián no se hubiese enfermado.

La energía, el dolor y las mujeres

-Una pregunta con la que recorrí todo el libro: ¿De dónde se saca energía para avanzar en una tragedia así? Te lo pregunto como papá, que cuando alguna vez me mandaron a consultar a un fonoaudiólogo para mi hijo me fui totalmente derrotado.

-No sé de donde se saca esa energía que más que motora es moral. Pienso que simplemente se alinean las prioridades, queda todo en pausa. En mi caso, tuve la suerte de dejar en pausa todo lo que no fuera la enfermedad de Julián.

Si este cabro se puede morir, ¿qué me queda a mí? Hacer la pega para tratar de que eso no pase. Porque si se te está muriendo un cabro chico no puedes no hacer la pega. Porque si tu hijo se muere y fuiste negligente no sólo vas a cagar porque lo pierdes, sino porque no vas a poder soportar esa culpa. ¡Imagínate! Te fuiste de copas el día de un examen o no compraste ese remedio el día que te lo recetaron. Esas dudas no te pueden quedar dando vueltas.

-Y también parte de este proceso fue el dividirse la pega con tu esposa para que funcionara.

-Nos miramos y como que naturalmente nos repartimos las tareas. A mí me angustiaba mucho -sobre todo en la UCI-poder aliviar a Julián de sus dolores y a la Conchita (su esposa) le salía súper fácil. Entonces dijimos: tú te quedas a cargo del amor, bueno yo también, a mi manera; y yo me hice cargo de todo el resto. Entonces, me transformé en un experto para bucear en el mundo de las clínicas y las isapres, que es una pesadilla. Y por otro lado, algo que me ayudó a tener más tranquilidad, es que me puse a aprender con los doctores lo que estaba pasando con Julián.

-Quedó un poco a la antigua esta división de tareas. De hecho lo dices en el libro, pero confiesas también que te da lo mismo.

-¡Quedó completamente a la antigua! Para los tiempos que corren debiera haber estado yo en la cama regaloneando y la Conchita en labores administrativas. ¿Pero sabes? Para nosotros todo esto fue automático y sin discusiones.

-En tu estilo narrativo también hay un poco de, digamos, vieja escuela algo lejos de toda la corrección actual. Como que te da lo mismo aparecer como el último chucheta de Providencia o algo por el estilo.

-(Risas) ¡Me importa una raja! Pero eso no pasa por haber tenido un cabro chico a punto de morirse. Es algo de mi personalidad. Además, ¡quien te va a venir con colijuntismos en un momento como éste! Me importa una soberana mierda que alguien me venga a cuestionar la forma en que nos dividimos las tareas con mi esposa durante este proceso.

-De todas maneras es un gran tema ese y más cuando muchas veces esas tareas se las lleva sólo la mujer. De hecho el Presidente Boric en su cuenta pública acaba de anunciar la creación de un Sistema Nacional de Cuidados con especial énfasis en la llamada co responsabilidad.

-Es un temazo y por cierto que el énfasis ahora tiene que estar puesto en las mujeres, porque es donde es más urgente llevar la ayuda en este momento. Pero ojo que ya existe algo que se llama Ley Sanna y que le permite a la mujer pedir licencia por seis meses -en períodos de a tres- para poder cuidar niños con cáncer o accidentes graves. Y lo bueno es que estas licencias también se pueden compartir con los esposos.

-Tus descripciones sobre las enfermeras y piropos varios son cosas que ya no se ven, pero que encuentro en el libro vienen bien, le dan aire al relato de algo tan gris como tu historia.

-(Risas) Es que yo no puedo ver el mundo de otra manera. Y pasa que fueron nueve meses de tratamiento y seis meses más de post tratamiento. Y entre muchas otras cosas, te mueres de lata. Además, y debe ser una cosa medio freudiana, a mí me encanta estar rodeado de mujeres que lo están pasando mal. Porque tengo la habilidad de meterme ahí, de conversar. Y este mundo de enfermeras es como el paraíso de todo eso. Y las mujeres son el Olimpo. Cómo sufren, cómo se mueven, cómo resuelven… es algo que no puedo dejar de observar.

Escapar, cambios y problemas

-Más allá de que contabas en el libro que en todo este período pudiste hacer una pausa en tu trabajo, que dormían todos siesta; igual tenías muchas cosas que hacer entre trámites varios y conversar con los médicos. ¿No es esto también una forma de escaparse de lo que le estaba pasando a tu hijo? Un escaparse en buena, porque está lleno de tipos que en estas situaciones salen del hospital a comprar cigarros y no vuelven nunca más.

-Es completamente un escape. Un escape útil, pero es un escape. Y sí, vi a un montón de tipos que no aparecieron más. Arrancan y cruzan la frontera y chao. Al final lo mío era mantener el cuerpo ocupado en algo útil. Y bancarse el problema, porque el cáncer de un cabro chico es un problema mayor.

-Me imagino que en este tipo de situaciones los cambios en torno a lo religioso deben ser en todas las direcciones y para todos los gustos.

-Claro, de todo. Yo nunca he sido religioso, pero me bajó una bronca particular contra la religión. Mientras hay otros huevones que se ponen canutos y andan levitando. Es un momento de desesperación y a cada uno le aprieta el zapato por donde fue criado o por lo que lo tiene sufriendo. La gente se muestra muy como es realmente, lo que genera problemas con todo el resto de las relaciones afectivas. Con tu matrimonio, con tus otros hijos, con tus suegros, con tus papás, con tus hermanos… Y ves cómo reacciona cada uno, quieres a algunos, desprecias a otros. Aparecen nuevos amigos, otros se borran. Todo se rearma y muchas veces los amores se resienten.

-Y en términos de pareja. Si no estás bien con -en este caso- tu esposa, es bastante posible que toda esta tragedia de la enfermedad de un hijo se termine coronando con una separación, ¿no?

-Es un gran tema. Entonces claro, importa cómo uno llegue a esta situación. Pero ojo, puedes llegar súper bien y la huevada igual lo destruye todo. No hay garantías, porque  para una pareja no hay nada más intenso que esto.

-Un momento clave pero difícil que relatas en el libro es cuando te cambias de clínica para seguir otro tratamiento. ¿Cómo fue eso?

-Puta, súper difícil. Es muy difícil cambiar de equipo médico en una situación como esa.

-Tú estabas en una clínica, porque era la que te tocaba.

-Claro, era la que mejor funcionaba para asuntos del seguro y la isapre. Y las cosas anduvieron bien un tiempo, pero llegó un momento en que el cabro no estaba bien. Y me logré hacer la convicción de que teníamos que tomar otro camino, cambiar de clínica y -lo más difícil- cambiar de equipo médico. O sea, terminar con una polola es una bicoca al lado de esto. Me costo muchísimo la decisión, pero no pude haber tomado mejor decisión en la vida. Julián se habría muerto si nos quedábamos. Así que ahí estaba yo, en un taxi con el cabro chico cambiándome de clínica.

Las lucas y el sistema

-¿Económicamente te quedó la grande con el traslado?

-Si, porque al cambiarte renuncias al GES y al prestador único que era la clínica. Entonces tuvimos que renunciar a eso y comernos el sapo. Afortunadamente, mi mujer por su trabajo tenía un seguro complementario súper bueno, pero del que nos terminaron echando porque les dejamos la caja hecha un trapo. Pero yo no puedo hacer juicios sobre la gente que no hace lo que yo hice. Me tocó conocer gente, gente con plata, que se quedaba en la clínica, donde le funcionaba mejor la isapre o el seguro. Porque el cáncer infantil es impagable, por eso está lleno de completadas y beneficios y en los pasillos de las secciones oncológicas los papás venden hasta dobladitas.

-Porque una familia promedio, que -digamos- gana 500 lucas cada integrante, ¿hasta donde llega en una situación como la tuya?

-No, no tienen como. Tiene que empezar a vender la casa y cosas así. El cáncer infantil destruye las familias y su capital, porque te deja en pelotas. El GES te cubre el ochenta por ciento, pero ese veinte por ciento restante aún es impagable en muchos casos. Al final, yo era un cuico culeado en toda esta historia, súper protegido. A mí, el médico me decía que había que importar un medicamento que podía servir y yo le decía juegue, y vamos tirando chirimoyos. Imagínate una familia que por plata tenga que decir que no a esa posibilidad. Una huevada monstruosa.

-Y el otro camino es el sistema público de salud.

-Bueno, ahí se atiende el noventa por ciento de los casos. Y el Calvo Mackenna es un hospital a toda raja. Pero claro, tiene esto del Estado donde los enfermos son una estadística. Porque el treinta por ciento de los niños con leucemia se mueren y a los médicos en el sistema público seguramente les producirá mucho dolor, pero ese número está dentro de lo razonable.

En cambio con Julián tuvimos la suerte de toparnos con un doctor que no estaba disponible a que él se muriera. Había un compromiso uno a uno. No es que sean negligentes en el sistema público, pero con el volumen de pacientes que tienen, todo demora más y en el camino muchos niños se mueren.

Trasplantar a un niño en el sistema público es muy difícil. Y si recae no hay otro trasplante. Botellita de morfina y para la casa. Tuve la suerte de toparme con un doctor que me dijo tenemos donante, tienes la plata: juguemos. Y nos tiramos a la piscina. Julián es el único niño en treinta años en la Católica que sobrevivió a ese procedimiento en las condiciones que llegó. ¿Pero qué iba a hacer, ahorrarme la plata e irme para la casa?

-Ahora que estuviste metido en el sistema de salud, estudiando y peleando. ¿Cómo ves el estado actual de las cosas y lo que viene para adelante?

-Es súper difícil tener una opinión al respecto y probablemente no tengo los conocimientos para eso. Pero en el caso del cáncer infantil, el Estado hace la pega, pero lamentablemente no alcanza. Y ahí uno ve y saca cuentas, como que con la mitad de la plata que se han robado los pacos trasplantas a todos los niños de Chile sin problema.

-¿Peleaste mucho con la isapre?

-Mucho. Me rechazaban prestaciones que según ellos no estaban codificadas. Y tuve que pelearlas, al final en la superintendencia y gané cuatro de cinco. Pero hay que estar ahí, molestando. E incluso en el tratamiento, en la clínica, hay que estar ahí hinchando. Lo digo en el libro, el que no llora no mama. Hay que salir al pasillo y pedir las cosas, hay que ir a la isapre y dejar la zorra de tanto en tanto. Porque si eres pasivo el sistema te pasa por arriba.

La muerte inminente y el ahora

-Otra cosa del libro. Cuentas cuando en las noches ibas a ver  a tu hijo que dormía para chequear que efectivamente estuviese durmiendo y no muerto. Pienso en eso y se me aprieta la guata.

-La primera vez que lo hice pensé que estaba enloqueciendo. ¡Pero cómo te vas a ir a dormir con esa duda!

-Porque la posibilidad de muerte de tu hijo era una constante en buena parte de todo este tiempo.

-Una posibilidad constante.

-Más allá de que me dejaste claro que no aceptas que nada bueno haya salido de toda esta experiencia con tu hijo, ¿hay algo que ahora hagas distinto?

-Me niego un poco a todo eso. Creo que soy el mismo hueón que he sido siempre. Es más, uno sigue cagado de susto para toda la vida con esto, así que tampoco puedo salir diciendo que tuve una epifanía y ahora me voy a vestir de puro lino y voy a donar mi plata a los pobres. ¿Estás loco? Mi presente sigue siendo urgente.

-Saliendo de las clínicas y mirando hacia afuera, ¿cómo ves el proceso constituyente?

-Me ha parecido una chacra. Me imagino que adentro ha habido momentos de concentración y seriedad más potentes. Pero desde afuera muchas veces la cosa se vio muy desordenada… Puta, post 18 de octubre yo debo ser un momio culeado, porque siempre voté Concertación. Encontraba que hacían cosas bien y otras como las hueas. Como que me quedé un poco solo después del estallido, porque toda esa cosa binaria me tiene un poco no sé. Porque mientras más viejo es uno más claro tiene que la vida no es binaria y que está llena de grises y vericuetos.

«Así que trato de refugiarme en mi vida privada, pero al mismo tiempo me niego a que los próximos treinta años de mi vida, mis últimos años de vida, sean una etapa en que viva cagado de susto porque no puedo decir lo que opino. Y en el proceso constituyente hoy me estoy inclinando por rechazar. No porque quiera que siga viva la constitución de Pinochet, pero me habría encantado que el proceso hubiese sido más cariñoso. Además me parece que el texto que está saliendo es débil en varias cosas. Probablemente todo esto es porque me estoy poniendo más viejo y más momio».

-¿Qué crees que pasará?

-Bueno, se supone que todos quieren reformar. Los que aprueban y los que no, así que seguramente de alguna manera se va a seguir por ese camino de reformas. Hay que ver cómo y dónde se resuelve todo.

-Todos estos cambios que estamos viendo y que a veces puede costar entender. ¿Crees que es algo generacional o va más allá?

-Yo creo que es generacional y me cuesta mucho bancármelo. Porque siempre he pensado que en el minuto que empiezas a odiar a los cabros jóvenes es porque eres un viejo culeado. Pero intento ver las cosas buenas que tienen estos pendejos y veo que tienen voluntad de poder, mal que mal están en La Moneda, mi generación nunca habría terminado en La Moneda. Pero aún así me cuesta pensar en un mundo habitado solo por estos cabros.

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