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13 de junio de 2022

Laura Restrepo: «Debemos ser capaces de mirar a la muerte a la cara y burlarnos de ella»

A sus 72 años, la escritora colombiana, Premio Alfaguara (2004), vuelve a las pistas con una novela en la que entrecruza la leyenda de la Reina de Saba con el drama de las mujeres migrantes africanas que caminan desierto adentro buscando un lugar donde vivir lejos de la guerra y el hambre. Tras siete años de escritura, «Canción de antiguos amantes» ofrece la mejor versión de Laura Restrepo.

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La escena es esta. Bajo el sol inclemente del desierto del Sahara, la escritora colombiana Laura Restrepo detiene la camioneta que avanza por esos arenales eternos. Una marejada de mujeres —desharrapadas, descalzas, exhaustas— se acerca y rodea el vehículo. Vienen subiendo desde Somalía, Etiopía, Eritrea, Kenia, Uganda, Djibuti. Sobre sus pechos cuelgan bolsitas de plásticos. Dentro de ellas un atado de papelitos escritos en diferentes lenguas. Sacan uno y se lo ofrecen a Laura quien, con la ayuda de la traductora, los descifra.

Ahí están sus nombres —Dinka, Ashia, Zulai…—, el territorio donde nacieron, la medicina que precisa su hijo enfermo que algunas cargan en brazos, el pueblo donde dejaron a sus madres, el lugar donde fueron violadas. Y aunque eso estremece a la escritora, que lleva varios años colaborando para Médicos sin Fronteras como reportera, hay algo que se le mete en el cuerpo que es tanto o más fuerte que lo anterior. Todas le dicen, con un orgullo aún más grande que ese desierto que ahora pisan: «Yo soy descendiente de la reina de Saba, ¿y tú?».

Desde su departamento en Bogotá —hasta donde ha viajado para participar en la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBO) 2022—, Laura Restrepo recuerda la escena de manera vívida; sobre todo la frase: «Yo soy descendiente de la reina de Saba, ¿y tú?». No es azaroso. Tales palabras dichas en el dialecto propio de esas mujeres fueron clave para la escritura de su última novela, «Canción de antiguos amantes», que acaba de lanzar en abril de este año en la FILBO.

—Cuando me acercaba a estas mujeres perdidas, que avanzaban casi sin brújula por el desierto, y les preguntaba cómo te llamas, de dónde vienes, ellas me decían precisamente eso, como diciendo «y tú, ¿quién diablos eres? Yo pertenezco a una civilización milenaria que va a perdurar cuando la tuya esté en cenizas. Tú me ves como una mendiga, pero yo soy descendiente de la reina de Saba». Ahí, frente a ellas, entendí que la leyenda estaba viva —cuenta.

Ese fue el punto de partida de un trabajo escritural que le tomó siete años y en el que, de alguna manera, sucumbió a la misma fiebre que ha contagiado a tantos artistas célebres como el novelista André Malraux o el poeta Gérard de Nerval. Hablo de una de las mujeres más poderosas de su tiempo, la cabeza de un reino riquísimo en los días en que Israel era poco más que una tribu de pastores. La reina de Saba no solo tenía el control de las rutas comerciales de entonces, era sabia y hermosa, la amante del rey Salomón.

Laura Restrepo vuelve a la letra impresa en gloria y majestad, rubricando una carrera literaria que comenzó de manera muy temprana, a eso de los nueve años, cuando pergeñó su primer cuento, una tragedia que relataba la historia de un grupo de campesinos pobres. Era un oficio que su padre se esmeró en alentar una vez que le regaló, al cumplir los doce años, una máquina de escribir eléctrica, una IBM, de esas que usaban las secretarias ejecutivas, la que prácticamente ocupaba toda su habitación.

—Mi padre estaba empeñado en que yo me convirtiera en escritora. Entonces, me regaló esa máquina y un curso de mecanografía. A los doce años yo ya sabía escribir mirando para otro lado.

***

Fernando, el padre de Laura Restrepo fue un personaje singular que, desde distintas perspectivas, influyó en el destino literario de su hija. Era un hombre libertario, curioso, aventurero, un autodidacta. A los 13 años dejó el colegio y consiguió trabajo como mandadero de un banco. Tenía fobia a las instituciones verticales y a cualquier tipo de militancia, fuera esta política, religiosa o de un club social. Fue hijo de un gran intelectual, amante de la fotografía, Enrique Restrepo, de quien heredó una gran biblioteca.

—No le gustaban los médicos, nunca fue a uno, por eso murió tan joven, a los 53 años, a consecuencia de un infarto. Tampoco era amigo de la escuela; que asistiéramos a una le parecía una pérdida de tiempo. Por eso, apenas se presentaba el primer problema, sobre todo en esos colegios de disciplina férrea, él partía a hablar con la directora, a cantárselas. Le encantaba eso porque era el pretexto para retirarnos de las escuela.

Gracias a la fortuna de su madre, viajaban mucho; casi una vida nómade. Así, Laura se educó, más que en el aula, en los museos, en los teatros, en los conciertos, en las lecturas. Una educación que repetía la propia educación del padre, que era sastre y cortaba telas y cosía las piezas y era diestro con la Singer. Cuando ella se graduó de bachillerato, fue su padre quien le ayudó a preparar los exámenes que debía rendir ante el ministerio. Él era un matemático intuitivo, sin estudios formales, y aunque no sabía de álgebra ni de tringonometría se las arreglaba muy bien para solucionar problemas numéricos. Pero por sobre todo tenía un hambre por conocer lo que estaba pasando en el mundo.

—Cuando los barbudos —como les decían entonces— derrocan a Batista y se toman el poder en Cuba, mi padre nos dijo: «Nos vamos a Cuba a ver lo que está pasando». Y cuando Salvador Allende y el proyecto de la Unidad Popular triunfaron en las elecciones, pues nos fuimos a Chile. Yo era una niña, pero recuerdo que fuimos a conocer la peña de los Parra, las poblaciones callampas, los nuevos edificios que estaban construyendo. Yo diría que mi padre, además de ser un hombre encantador y divertido, se fascinaba con esa posibilidad de futuro.

***

A pesar de su precoz inicio en la escritura de cuentos, Laura se demoró en llegar a la literatura. Primero fue el periodismo —escribía para la revista Semana, en Colombia—, incluso la politica. Fue trotskista, hizo la resistencia desde la clandestinidad a la dictadura de Videla en Argentina y unos años más tarde colaboró con el gobierno de Belisario Betancourt en su intento por alcanzar la paz con la guerrila del M19. Ese proceso abierto en los 80 la tuvo a ella como integrante de la Comisión de Paz, Diálogo y Verificación que negoció con los rebeldes.

—Todo ese proceso tuvo una acogida enorme por parte de la gente y los medios. Yo subía con un tropel de periodistas de televisión a los campamentos guerrilleros. La cobertura que le dio la prensa a todo ese proceso reflejaba la euforia de los colombianos que vislumbraban la paz luego de décadas de violencia. Sin embargo, aquello terminó en un baño de sangre; muchos de los que entregaban las armas fueron asesinados. La prensa se retiró de la cobertura y los comisionados de paz quedamos solos, un poco blancos de todas las fuerzas proguerra que nos pusieron entre ceja y ceja.

Tan así fue que no pudo seguir escribiendo para la revista que lo hacía. Entonces, se quedó con toneladas de infomación e historias que no podían ver la luz en los medios colombianos. Ella había estado presente en los bombardeos, en las matanzas y también en las partes más felices de la negociación. Debió partir al exilio junto con su hijito de cuatro años, Pablo. Ante la negativa de la prensa a seguir contando esas historias, ella se convenció: iba a escribir un libro contando todo lo vivido. Así nació «Historia del entusiasmo».

***

Laura parecía hecha para las distancias largas; volvió a publicar libros de reportajes, pero una vez más, sin que ella se lo propusiera, las circunstancias la arrastraron hacia un territorio impensado: la ficción. Llevaba once años investigando los orígenes del narcotráfico en Colombia. Nadie en su país tenía claro cómo había surgido. De un día para otro, Bogotá, Medellín, Cali y alrededores se habían convertido en una orgía de dólares, disparos y muertos.

La investigación de Laura daba cuenta de una vendetta de sangre entre dos familias de lo que en su momento fue la mafia de la marihuana. Ahí estaba el origen de todo: la sangre de unos se pagaba con la sangre de otros. Una historia con aires sicilianos fue cobrando fuerza a partir de lo que la escritora bogotana investigaba. Una estación de televisión se interesó en el proyecto y quiso comprarle los derechos para hacer una telenovela, pero nada más conocerse el interés las mismas familias investigadas amenazaron con ponerle una bomba a la estación televisiva.

Después, trascendió que Laura seguía interesada en publicar esa historia en el formato de una novela de no ficción. Y entonces también le cayeron amenazas a ella. A través de un abogado, logró comunicarse con las familias. El mensajero llevó el mensaje que horas antes la escritora le había comunicado mirándolo a los ojos: «Dígale a esos señores que voy a contar su historia en un libro, no les diga que les estoy pidiendo permiso sino que les estoy informando, y que quiero saber qué es lo que me va a pasar». El abogado habló con los jefes de esas familias y volvió con la respuesta donde Laura: «Dicen que una telenovela de ninguna manera, porque sus mujeres y sus hijos las siguen en televisión. Pero si quiere escribir un libro, adelante, los libros nadie los lee».

—Quería publicar las intimidades de esa guerra brutal, pero tampoco quería morirme por publicar ese libro. Y aunque ellos habían dicho que no había problemas, por las dudas convertí esas historias en ficción. «Vamos a adulterar todo», me dije. Entonces cambié los nombres y escribí. Así nació «Leopardos al sol» y así también descubrí la delicia de decir mentiras y lo bien que lo pasas armando algo que nace de la realidad pero que complementa tu imaginación. Esa fue mi primera novela, a medio camino entre el reportaje y la ficción, pero tirando, sin duda, hacia el territorio de la ficción.

***

Los reconocimientos no demoraron en llegar. En 1997, en la  Feria Internacional del Libro de Guadalajara, se adjudicó el Premio Sor Juana Inés de la Cruz  por su novela «Dulce compañía», y un año después la edición gala del mismo título ganó el Prix France Culture a la mejor novela extranjera publicada en Francia. Pero sin duda que el galardón más importante fue el obtenido en 2004, cuando su novela «Delirio» ganó el Premio Alfaguara. Ambientada en los años 90, presenta un fresco social de la Colombia de entonces, sumida en el narcotráfico y el lavado de dinero.

El nombre de Laura Restrepo pasó a ser conocido en el mundo entero. Su carrera literaria continuó con la publicación de «Demasiados héroes», en 2009, y «Hot sur», en 2012. Si bien la literatura había relegado a un segundo plano al periodismo, ella no lo había abandonado del todo. Cada tanto iba apoyar como reportera el trabajo de la organización de salud Médicos sin fronteras. Debía viajar a territorios vulnerados, apocalípticos, donde la condición humana se veía seriamente amenazada.

—Cuando me dijeron Yemen, yo no sabía cuál era su capital ni dónde quedaba exactamente. Era un país de los árabes más radicales, con un islamismo fundamentalista que profesaba una marginación brutal de las mujeres. Lo único que yo recordaba haber leído era que Yemen, Somalia y Etiopía eran los territorios donde había existido el mítico reino de Saba. Y también sabía que André Malraux se había obsesionado con la reina de Saba y que contrató una avioneta y se fue a sobrevolar Yemen buscando las ruinas del antiguo reino, buscando a esa figura legendaria, la matahari de la Biblia, la que seduce a Salomón. Malraux nunca encontró nada, pero escribió un lindo libro que se llama «La reina de Saba». O sea que finalmente la encontró, pero la encontró en su propia literatura.

Y del mismo modo que el poeta francés, Laura partió a internarse en las profundidades del desaparecido reino de Saba, a empaparse de la leyenda y de la cruda realidad que viven las mujeres del desierto. Encantada con la historia y con lo que su imaginación iba dibujando, ella comenzó a escribir. Lo hizo hasta que un rayo cayó en medio de su rutina autoral, un rayo que la dejó perpleja. El cuerpo de una niña de siete años —Yuliana Samboní— había sido encontrado con signos de haber sido torturada y violada. El asesino-violador-torturador era Rafael Uribe, un glamoroso arquitecto, miembro de la elite colombiana que iba y venía entre Nueva York y Bogotá.

—La verdad es que no podías pensar en otra cosa. La monstruosidad del asesino no tenía nombre. Tildarlo de monstruo era lo más obvio. Aun cuando Colombia sea uno de los países más violentos del planeta —de hecho, nosotros decimos que conocemos todas las caras de la muerte—, este crimen sacudió a la nación de una manera muy especial, porque fue simbólico dada la absoluta indefensión de la vícitima y la absoluta prepotencia del torturador, violador y asesino, un muchacho muy guapo, de la clase alta, rico, seductor; en circunstancias que la chiquita, la víctima, era la hija de una familia indígena, echada a la ciudad por la violencia del campo. Más allá de todos estos ingredientes, una de las cosas interesantes del caso fue cuestionarnos sobre el rol que nos correspondía como sociedad por crear un entorno propicio a la impunidad, para que una chiquita así fuera tratada de una manera tan feroz.

Toda Colombia puso los ojos en esta historia. Y salió a la calle para pedir justicia, para que el culpable fuera condenado. Nadie hablaba de otra cosa. Había una necesidad de exorcismo. «Queríamos mirarnos el alma para saber qué estaba pasando aquí, en estas profundísimas diferencias sociales, en esta injusticia estructural de nuestra ciudad», dice Laura.

 «Los divinos» se llamó la novela que ella escribió por incapacidad de poder pensar en otra cosa. La escribió de un tirón, en cuatro meses ya estaba terminada.

—Lo que quería hacer era indagar en esa masculinidad tóxica, que comienza con agresiones menores, desprecios a las sirvientas, a las madres, a las novias, pero que, a las últimas, tienen el mismo sustrato de la gran violencia, de la violación, de la tortura y del asesinato. De alguna manera, uno es el caldo de cultivo del otro.

El libro hizo su viaje y fue celebrado en Colombia como una de las mejores del año. Cuando Laura volvió sobre su proyecto interrumpido, no imaginaba que le restaban otros tres años más por delante para que viera la luz.

—Había días que yo no sabía para dónde iba. Leí un artículo en la Rolling Stone sobre Patti Smith. La llamaban The Punk Queen of Shiba. Y se me metió en la novela nomás. Mi compañero me preguntó un día cómo iba con mi proyecto. Y yo le dije: «Regio, imagínate que Patti Smith entró». Y él diciéndome: «Ah, no, para, esta sopa es inmanejable, para dónde va». Pero yo veía a Patti Smith como una reina de Saba poderosa, rebelde, andrógina, feroz. Después me dio por Tomás de Aquino, y también entró en la novela.

«Entonces, tomaba distancia y veía que estaba haciendo lo imposible por darle unidad a esta mezcolanza y no podía. La dejaba unos días y cuando volvía a ella se me metía Gérard de Nerval, cuya propia obsesión por la reina de Saba lo llevó a Oriente a buscarla. Y luego se me apareció Rimbaud, que traficaba armas en esas mismas tierras y que se las vendía al rey Menelick II de Etiopía, que es el hijo, del hijo, del hijo de la reina de Saba y el rey Salomón… Rimbaud nunca mencionó en su obra a la reina de Saba, pero sí habla en su poesía de una especie de reina monstruosa, un ser híbrido, que me inspiró para hacer mi bello monstruo, mi propia reina de Saba. Como puedes darte cuenta, la novela que tenía entre manos era una casa sin puertas por donde se metía el pasado, el presente, la literatura, la realidad, el reportaje, la ficción».

***

Hace unos días, el diario El País escribió una elogiosa reseña de «Canción de antiguos amantes». Y es que la última novela de Laura Restrepo está dentro de lo mejor de su obra. Tal como ella señala, en sus 420 páginas confluyen distintos mundos, diferentes tiempos, a partir de la obsesión de un joven escritor de nuestros días que se obsesiona con la reina de Saba. Es Bos Mutas el que repite el ejercicio hecho por Malraux y Nerval, y buscando a esa gran mujer encuentra a otras que lo deslumbran, especialmente una partera somalí, Zahra Bayda, quien servirá de puente para que él descubra el drama de las mujeres migrantes, las caminantes del desierto que buscan un sentido a sus vidas en los mismos territorios donde se levantó el reino de Saba.

«Este desierto debe ser el ombligo de la sequía incontenible que está arrasando el planeta y hará que los humanos nos volvamos litófagos y acabemos comiendo piedras, como la cacatúa de cresta amarilla y el lagarto blanco», así narra Bos Mutas. Una voz que resulta muy particular, que cuenta con cierta ironía tanto la leyenda de Saba como el drama de las mujeres migrantes. ¿Cómo dio con ese tono?, ¿cómo supo que esa era la voz que debía ocupar para contar esta historia?

Bos Mutas significa «buey mudo», que era como le decían a Tomás de Aquino. Es un muchacho que ha sido seminarista. Su padre desaparece muy rápido y él genera un lazo muy fuerte con su madre, que es su gran arraigo a la tierra. Una vez que ella muere, él queda con el corazón destrozado. Así, Bos Mutas comienza a delirar un poco y dibuja esta figura de la reina de Saba que viene a suplir esa necesidad que tiene de mujeres. Yo entendí que la historia debía contarla un hombre, alguien que pudiera enamorarse locamente de la reina de Saba, pero a la vez debía ser un poco payaso, porque Bos Mutas se equivoca mucho, no entiende lo que pasa, se enamora de todas las mujeres con las que se cruza. Un narrador así me ofrecía un ángulo que le quitaba patetismo y dramatismo a la historia, que permite contar la tragedia, la guerra, la hambruna, la extrema necesidad en la que viven esas mujeres. Si lo contaba en el mismo tono, grave y doliente, la historia hubiera perdido filo, vitalidad.

Es este narrador —grandote, peludo, una especie de oso, muy inteligente y a la vez ingenuo— quien se adentra por un desierto en donde el planeta parece tragado por la arena y el viento. Un territorio que ha sido bombardeado por la alianza que forman Estados Unidos, Inglaterra y Arabia Saudita, arrasado por conflictos tribales internos, gobernado por fanatismos religiosos brutales que someten a la mujer llegando a límites de una crueldad infinita.

—Yo no quería escribir una denuncia tipo Human Rights Watch ni un informe a la manera de Amnesty International. Lo que quería escribir era una novela donde el propio dolor fuese visto como una fuerza, donde la necesidad de vivir fuera vista como sentido del humor, como alegría, como felicidad. Los latinoamericanos sabemos mucho de esto. Nunca perdemos la alegría, el humor, la felicidad para hacer frente a los peores momentos; son herramientas fundamentales. Debemos ser capaces de mirar a la muerte a la cara y burlarnos de ella. ¡Mira los mexicanos! Convierten a la muerte en muñequitos, se la comen en forma de caramelos, se disfrazan de ella, visitan a sus muertos y les tocan serenatas y comen tamales sobre sus tumbas. Y por otro lado tienes una cultura como la estadounidense que la ignora, que pretende derrotar a la muerte borrándola, escondiéndola, maquillándola.

«Yo creo que una cultura que no sabe mirar a la muerte a la cara pierde identidad, porque los seres humanos estamos ahí, en lo que Rilke llamaba «la sangre del máximo giro», que es esa esquina donde la vida se topa con la muerte. No pretendas anular eso, porque todo se volverá fórmulas de un plano y desarrollarás una falta de interés que suplirás con consumismo, con la felicidad de un físico espectacular, yo qué se. Pero la gran vibración que ofrece la vida la obtienes de mirar a la muerte a la cara con irrespeto, con humor, de alguna manera con cierto desdén. Ese cruce de vida y muerte debe estar presente en la literatura para que esta vibre. Si revisas a los grandes escritores y poetas, ese entrelazamiento entre vida y muerte está presente en sus obras».

—El otro personaje importante en la novela es la partera somalí Zahra Bayda, de la que Bos Mutas se enamora. Entiendo que ese personaje está hecho a imagen y semejanza de alguien que tú conociste en Médicos sin fronteras. ¿Es así?

—Zahra Bayda es ficción, como todo en la novela, pero sin duda que ese personaje tiene mucho, pero mucho, de Habiba, un mujerón grande, de piel muy oscura, poderosa. Ella no trabajaba oficialmente para Médicos sin fronteras, pero me ayudó en el contacto con las mujeres del desierto haciéndolas de intérprete. De hecho, en un momento Zahra Bayda cuenta su propia historia, su brutal historia, la mutilación genital femenina, las violaciones permanentes, el hecho terrible de que la mujer violada que queda preñada por el enemigo, no puede presentarse en su casa porque la propia familia buscará cómo deshacerse de la criatura, poque no quieren que un engendro del enemigo conviva con ellos. Pues bien, toda esa historia es la historia que Habiba me contó, es su historia. No sé donde estará ella ahora, ojalá un dia reaparezca para abrazarla porque ella fue clave en este recorrido y en la escritura de la novela.

***

Lanzada en la FILBO 2022, la novela ya conquista el corazón de sus primeros lectores. Más allá de la obsesión por una mujer poderosa e única, lo que de alguna manera puede desprenderse de la novela es que todas las mujeres pueden ser la reina de Saba. En este sentido, no es casualidad que, tal como lo constató la autora, las mujeres jóvenes hayan sido las primeras que se acercaron a «Canción para antiguos amantes».

—Pude hablar con jóvenes libreras, con periodistas, y una de las cosas que más les llama la atención es que mi reina de Saba no es una mujer bella, no anda atiborrada de joyas ni monta sobre camellos blancos. Les atrae que la reina de Saba sea como un bello monstruo, una mezcla de animal, de humano, de hombre, de mujer, de viva, de muerta. Esta otra visión de la femineidad les hace reír, pero también les brinda una mirada más abierta, libre, aventurera. Les gusta esa loca que anda por ahí, la que nunca aprendió a lavarse los dientes, que es grosera, patana y a la vez sabia.  Nada de esas restricciones que hemos arrastrado por largo tiempo, que debes verte tan linda, tan bien vestida, tan peinada, en otras palabras: ¡un coñazo!

—Aunque parezca una pregunta grandilocuente, siempre es bueno saber por qué escriben las escritoras y los escritores. ¿Por qué lo haces tú?

—La respuesta fácil es: porque vivo de esto. Es mi único ingreso. Tú sabes que los escritores no tenemos ni pensión ni jubilación ni prestaciones ni seguro médico pagado por la empresa. Como todo escritor, sé que cuando la cabeza y las fuerzas no me den para escribir deberé vivir de lo que he logrado ahorrar, que siempre son migajas. Y por otro lado debo decir que escribo porque es delicioso. El gran premio para un escritor no es el Nobel, ni una mención en el diario, ni la popularidad. El gran premio es poder vivir de una cosa tan divertida y apasionante como es la escritura. Y después te puedo decir lo que aprendí de estas mujeres que avanzan desierto adentro por caminos sin caminos. En esos papelitos que llevan dentro de la bolsa que cuelga de sus cuellos está su historia. Yo creo que ellas, finalmente, no buscan ayuda.

«Esos papelitos son un testimonio de identidad, una forma de decir yo existo, yo estoy sobre esta tierra, mi lucha por estar viva ha sido muy dura, así es que no quiero desaparecer sin que alguien se entere. En la novela comparo ese ejercicio con el S.O.S que un náufrago lanza al mar dentro de una botella o la frase que raya con sus uñas un desaparecido dentro de una celda clandestina. También por eso escribo. Entiendo la limitación absoluta que puede tener un libro ante el devenir y el desastre universal. Escribo, entonces, para que alguien sepa que estos seres humanos, medio inventados, medio reales, existieron, estos seres humanos que son los representantes del gran poder de la humanidad, de su alegría, de su necesidad de afianzarse en la tierra y de dejar un lugar donde la descendencia sea posible, donde la estirpe sobreviva. «Cien años de soledad» tiene ese prodigioso final que dice que las estirpes condenadas a cien años de soledad no podrán tener una segunda oportunidad sobre la tierra. Para mí, cada uno de estos papelitos que me entregaban estas mujeres son, de alguna manera, una segunda oportunidad, la oportunidad de que tú, aquel o aquella, lea, sepa de mi existencia y pueda decir que ha encontrado un alma gemela».  

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