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Opinión

15 de junio de 2022

La Constitución de Jaime Guzmán

Gumucio

La Convención se plantea como la verdadera victoria del No, la llegada al fin y al cabo de la democracia. ¿Lo es?

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Es casi imposible que la campaña del Apruebo no use como modelo la del y el No. La mesa Té Club, los pobres levantándose temprano a trabajar, el viejo cansado al que se le da esperanza porque su hija y su nieta le dicen que ahora sí que sí. Eso y la dictadura y su última rémora que se va al basurero de la historia porque la gente de Pampa Ilusión o Pituca sin lucas te recuerdan que la alegría ahora sí que viene.

Versiones más o menos kitsch de la campaña del No. Así fue por lo demás la campaña del Apruebo de entrada, con el agregado, hoy vergonzante para todos, del estallido social. Todo eso contrastando con los spots del Rechazo alarmistas anunciando el fin de la educación subvencionada, o de los ahorros de pensiones (que ya se gastaron). Una desesperanza que no es la campaña del Sí porque, aunque el Apruebo insista en ello, Pinochet y su Constitución están definitivamente muertos y enterrados. Murieron con el binominal que era la verdadera clave del sistema y no el fantasmal Estado Subsidiario que volverá por la fuerza de los hechos, como en toda Latinoamérica.

El Sí y el No se repiten, no sólo por la escasa imaginación de los publicistas y sus mecenas, sino porque la Constitución y la Convención con toda lógica debió escribirse en 1989 y no en 2022. La tibia reforma que se plebiscitó entonces probaba que se era consciente del problema. Al cambiar de régimen, Chile debía cambiar su Constitución. No se hizo por la enfermiza aversión a los conflictos de Patricio Aylwin, pero también porque el 47 por ciento de los chilenos votó que Sí. Condición, un 40 por ciento de voto derechista, que continuó hasta la elección de la Convencional, razón por la cual están tan apurados por hacer todo lo que saben, ya no se podrá hacer nunca más.

De haberse escrito en 1989, la nueva Constitución habría sido fruto del acuerdo entre marxistas, católicos corporativistas, dos o tres nacionalistas, y algunos neoliberales. Habría sido fruto de un país fuertemente polarizado que creía en la misma bandera, el mismo himno y que sentía, por motivos contrarios, profundo orgullo de su historia. Habría sido una constitución del siglo XX, que buscaba en el siglo XIX, su raíz. La habrían escrito constitucionalistas (el grupo de los 24 ya la tenía lista) y no estudiantes de derecho. No habría sido un traje a la medida de nadie, sino una toga incomoda de Tribuno que le queda bien hasta a los que engordamos violentamente.

El Sí y el No se repiten, no sólo por la escasa imaginación de los publicistas y sus mecenas, sino porque la Constitución y la Convención con toda lógica debió escribirse en 1989 y no en 2022. La tibia reforma que se plebiscitó entonces probaba que se era consciente del problema.

Habría sido una Constitución ante todo democrática, porque descubrimos por entonces que la democracia, que la izquierda despreciaba y la derecha la violaba sistemáticamente; era lo que queríamos y necesitábamos ese año 1989 en que cayó el muro de Berlín.

No lo hicimos a tiempo. Volvió a intentarlo Lagos y la presidenta Bachelet, la derecha se opuso radicalmente siempre. Al pueblo chileno en todo tipo de encuestas y elecciones, el tema le resultó irrelevante. Era esencial, porque en los hechos que el No ganara el plebiscito y no lograra cambiar la Constitución del 80, fue una tácita victoria del Sí. Después de todo el Sí no solo quería la continuidad de Pinochet, sino del itinerario por él trazado que se respetó al pie de la letra. Haber empujado a ese imprescindible debate nos hubiese empantanado en años de controversia que nos habrían ahorrado la vergüenza de cometerlos hoy, cuando es demasiado tarde.

Así la Convención se plantea como la verdadera victoria del No, la llegada al fin y al cabo de la democracia. ¿Lo es? Como era de esperar, muchos de los que votamos No en el plebiscito vemos plasmada en el borrador algunas de nuestras demandas más urgentes y olvidadas. Pero la vemos al lado de concepciones contra las que luchábamos entonces. Porque la sola idea de que nacer en una etnia u otro te obligaba a votar con los de tu etnia e ir a tribunales sin leyes escritas nos hubiese resultado de un fascismo irreprimible entonces.

De haberse escrito en 1989, la nueva Constitución habría sido fruto del acuerdo entre marxistas, católicos corporativistas, dos o tres nacionalistas, y algunos neoliberales. Habría sido fruto de un país fuertemente polarizado que creía en la misma bandera, el mismo himno y que sentía, por motivos contrarios, profundo orgullo de su historia.

Los partidos políticos ilegalizados y prohibidos no eran motivos de vergüenza entonces sino de orgullo. Los escaños reservados de todo tipo era justamente la infamia mayor de la constitución del 80 a la que le reprochábamos haber sido pensada por gente que quería ganar incluso cuando perdían las elecciones. En ese sentido el SÍ vuelve de alguna manera a ganar su fantasmal batalla. En la nueva Constitución al lado de ideas urgentes y necesarias (el Estado Social de Derecho), navegan el fantasma de los que se pusieron del otro lado de la revolución francesa y la americana, los que creen que la tierra y la sangre son aún la esencia del derecho, que los hombres se deben a su origen y no a su destino. Empujando solo un poco podría decirse que el borrador de la Constitución tiene más de Jaime Guzmán que lo que va quedando de la Constitución del 80. Ahí están tantas de sus obsesiones: la regionalización, la superstición de los “independientes” por encima de los partidos, el amor por lo rural por sobre lo urbano, el desprecio por la proporcionalidad del voto, la desconfianza en la razón y el amor por las espiritualidades y cosmovisión. Nadie sabe para quién trabaja.

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