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20 de julio de 2022

Una carta de amor a la infancia: Los recuerdos de Daniel Alcaíno en Taltal marcan su debut literario con «El Pincoya en Taltal eterno»

Crédito: Luis Lobos

“Taltal para mí es como Macondo”, dice a The Clinic el actor y cómico. En su primer libro, revive su niñez en el norte grande en los años 70 y cuenta: “Tirábamos pata todo el día. Lo que más que me gustaba era caminar por Taltal, aprenderme sus calles, mirar sus casas, descansar. Como que me limpiaba de Santiago”. Y agrega sobre las infancias de los jóvenes de hoy: “Yo le digo a mi hijo: sal, la vida está afuera, weón”.

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“Yo siempre digo: ojalá que nadie sepa dónde queda Taltal”, dice Daniel Alcaíno con una sonrisa de oreja a oreja una noche de invierno en el restaurante Las Lanzas. Paradojas del amor. Por un lado, el actor no quiere que su paraíso infantil se haga conocido, pero por el otro, es tan devoto del pueblo que lo educó sentimentalmente que escribió en pandemia una carta de amor pública en forma de cuento ilustrado por Javier Araya. Se llama El Pincoya en: Taltal eterno (Editorial Piélago, 2020).

Sin saberlo, Alcaíno se inscribió en la tradición del modelo literario creado por el libro Me acuerdo de Joe Brainard, narrando los recuerdos de su niñez a través de viñetas, fabulando como si fuera Papelucho, convirtiendo su historia propia en un cuento universal. 

“Otra vez estoy en aquel pasillo celeste. La puerta abierta de par en par. Es justo al mediodía. Es 1977 y estoy a punto de cumplir cinco años”. Así comienza el relato que publicó sobre su amado Taltal.

Mi Macondo

En la época del salitre, Taltal llegó a tener 20 mil habitantes y fue el tercer puerto salitrero más importante de Chile, otorgándole prosperidad a la ciudad cuando el país era gobernado por Carlos Ibáñez del Campo. Durante esa época de esplendor, había consulados, muelles de embarque, un teatro donde se escuchaba ópera, hipódromo e incluso una plaza de toros. No obstante, al iniciarse la crisis salitrera, se fueron cerrando las centrales. En 1966 dejó de funcionar la Oficina «Flor de Chile» y diez años más tarde, en 1976, cerró la Oficina «Alemania”. Hoy en día las actividades que sustentan a Taltal son la pequeña y mediana minería y la pesca artesanal.

Una carta de amor a la infancia: Los recuerdos de Daniel Alcaíno en Taltal marcan su debut literario con "El Pincoya en: Taltal eterno"

Le tiro un anzuelo a la memoria de Daniel y los ojos de Alcaíno relampaguean frente a un schop.“Me acuerdo que cuando era niño en Taltal alegaban mucho porque la tenían olvidada. Tanto así que Pinochet dijo la famosa frase: ‘He llegado hasta Taltal’. Y Taltal, desde los tiempos del salitre, fue quedando olvidada. La comunidad en los años 80 empezó a pedir una fundición. Recuerdo que durante unas vacaciones de invierno la gente embanderó con banderas negras y bolivianas el pueblo. Por eso Taltal para mí es como Macondo. Antes que ser chilenos, eran de Cobreloa. En ese equipo jugaba Armando Alarcón que era de Taltal. Era como ver a Messi. Y yo sabía que él vivía a la vuelta y había jugado en el Maracaná contra Flamengo la final de la Libertadores”.

Los helados del Capri

Todo partió el 12 de julio de 2020, el día del aniversario de la ciudad, cuando Alcaíno se sentó frente al computador y dejó fluir su evocación literaria en Facebook. Publicó la historia y fue un éxito inmediato. Al día siguiente vio que tenía 300 me gusta y que el texto había sido compartido 58 veces. “Lo veo weón, ésa es mi infancia”. “Sí, las viejas del Capri. Qué ricos eran esos helados conchetumare”, le escribían en los comentarios. La historia corrió rápido como Alexis Sánchez con la pelota cosida al pie por todo el pueblo de Taltal y, en menos de lo que canta un gallo, Daniel ya tenía casa editorial para hacer su debut como escritor.

Al igual que Pablo de Rokha en Escritura de Raimundo Contreras, cuando retrató el Chile rural de su infancia, Daniel Alcaíno también es un explorador de la belleza nueva de lo viejo, de lo que siempre se ha tenido frente a los ojos. Y su pasión literaria obedeció a retener ese instante eterno. “Hay lugares donde se cruzan el corazón y la estrella”, escribió alguna vez Rainer Maria Rilke. Para Daniel Alcaíno, ese lugar de felicidad infantil es Taltal.

“Estoy parado en ese pasillo azul, salgo a la calle, veo a la izquierda el mar, camino, atravieso al Capri donde dos hermanas más viejas que un cerro revuelven tinajas de metal que contienen helados de piña, frutilla y canela. Salgo, miro hacia dentro del club social, paso por el club marítimo, y bajo hacia la playa de arenas negras, y cuando me meto al mar, doy dos pasos y, ¡pum!, un metro pa ´abajo, altiro me voy a pique”, recita mientras toma un sorbo de pilsen y sonríe.   

Rodeado por fotografías de Iván Zamorano que están enmarcadas en las paredes del local, le cuento que la primera edición del libro se agotó en La Feria Chilena del Libro y aúlla de entusiasmo. El comediante que se hizo famoso creando a personajes como Peter Veneno y Yerko Puchento, es un gran contador de anécdotas y habla como cotorra ebria en un monólogo vertiginoso. Alegre, pícaro, bueno para la talla, está vestido de negro de pies a cabeza, y calza un polerón que tiene estampado el logo de la compañía de teatro “El Cancerbero”, de la cual formó parte en los 90.

Una carta de amor a la infancia: Los recuerdos de Daniel Alcaíno en Taltal marcan su debut literario con "El Pincoya en: Taltal eterno"

Le pido que suba el volumen de su voz porque el sonido de los parroquianos que beben en el boliche no me permite escuchar su relato y necesito que hagamos memoria e invoquemos la ciudad que iluminó su infancia. “Mis primeros recuerdos, son diecisiete horas sentado de arriba un bus esperando ver la calle Progreso. Llegar a la Copec e internarse en el Taltal profundo, ese lugar protegido aún”.

-Ya. Pero cuéntame por qué te ibas de vacaciones tan lejos, a Taltal.

-Porque mi tía María, la hermana de mi mamá, vivía ahí, y ella era mi madrina. Era la única hermana de mi madre que no pudo tener hijos. En mi familia son seis hermanos, todos tuvieron hijos y fueron ahijados de la tía Ana. Ella era la madrina de todos los primos. ¿Cachai?

Cuenta que cuando niño su abuela lo iba a dejar al bus AndesMar frente a la Estación Mapocho. Lo sentaba en el primer asiento, le decía al chofer que lo iban a pasar a recoger en el cruce de Taltal, y lo recogía su tía Ana Cuevas, Ana Camión como era conocida en el pueblo, la misma mujer que se fue a los 14 años de la casa y que vivía frente a la comisaría en la calle Torreblanca número 520. “Me acuerdo que me bajaba del bus y el Chato Herrera me gritaba: ‘ya llegaste, Pincoya’”. 

-¿Por qué te decían Pincoya?

-Porque cuando yo llegaba a Taltal les contaba a mis amigos weás de mi barrio en Santiago. Y un caballero de una botillería, el papá del Chato Peruco, dijo: “Es chamullento este weón. Es de la Pincoya. Ahí hay puros choros”. Entonces para todos los weones yo era Pincoya. Nadie sabía que me llamaba Daniel.

-Todos los personajes de Taltal tenían sobrenombres. Eso es típico del norte.

-El mortadela, el chato Peruco, el chato Herrera, el chato no sé cuánto, el pituto, el hormiga, la Silvia, el Giuliano, los hermanos Mercado; había personajes por doquier. Había muchas casas de putas donde llegaban mineros y pescadores que se gastaban la plata ahí. Los cahuines les llamaban. Taltal era muy parecido a los cuentos de Hernán Rivera Letelier.

Somos unos niños

En una entrevista que le hicieron a Rivera Letelier, le preguntaron si sentía la dureza de la vida en las salitreras. El autor de La Reina Isabel cantaba rancheras respondió: “El norte, el desierto y sobre todo las salitreras te ponen la piel dura. Te vuelves casi seco por fuera, fiero por fuera, así como la piedra. Por dentro la gente es muy linda, por fuera somos duros, pero por dentro somos unos niños”.

Alcaíno recuerda que su tía, enferma de artrosis y que tenía los huesos como barquillos, era muy cariñosa. “Nos recibía a todos. Nosotros no teníamos otra alternativa para ir de vacaciones porque no teníamos plata. No podíamos pagar un hotel, nada. Entonces las vacaciones eran en Taltal. Pasaba cuatro meses de mi vida al año en Taltal.

-Activemos la memoria. ¿Cómo era un día típico en Taltal?

-Te comías el helado de canela del Capri y mirabas cómo tocaba la banda del litro. Hacíamos tallas: “¿Es verdad que chupai limón al frente del caballero que toca el trombón? Va a desafinar”; y recuerdo que los viejos nos quedaban mirando y decían: “¡Salgan de ahí cabros weones!” Me acuerdo de estar bailando en la plaza frente a la municipalidad escuchando la música de los Viking 5.

Cumbia de Cahuín

En una crónica del escritor coquimbano Eduardo Plaza, titulada Cumbia de Cahuín, se habla de este sonido de los Viking 5. “Hay algo en esa cumbia rapidita, apurada, con guitarra, bajo y batería, sin sección de bronces y sin protagonismo del piano que me da sed. Pienso si hay hielo en el freezer. Querer mover las patas. Querer tomarme una cosa. Quererme mandarme una cagada más o menos acotada, de menor importancia. Eso me despierta la guitarra de Lalo Macuada”

Una carta de amor a la infancia: Los recuerdos de Daniel Alcaíno en Taltal marcan su debut literario con "El Pincoya en: Taltal eterno"

Daniel Alcaíno toma otro trago de cerveza, lubrica la garganta y prosigue con su monólogo: “Me acuerdo de las alianzas en el verano, los carros alegóricos y la reina para la semana de Taltal. O cuando una vez se hizo el festival del humor. Me tomé un coñac 3 palos y, como yo ya había visto las rutinas de Los Atletas de la Risa y El hombre goma chileno, empecé a tirar tallas, llegué a la final y gané. Salía a la plaza y me decían: ¡buena, paltita! Porque en ese momento era famoso el Palta Meléndez”.

Y sigue cantando recuerdos: “Recuerdo los taca-taca, el vestirse para salir a ver si uno pinchaba en la noche, caminar por la plaza. Y después, cuando ya terminaban todas las conquistas, a la una de la noche, te juntabai con los amigos en la esquina para ver cómo nos había ido; y ahí nos íbamos a comer completos a un local. Entonces tú te comiai un completo y el caballero te ponía una película. Era el mejor bajón. No existía el tiempo.

-¿A qué asocias Taltal?

-Lo asocio con vacaciones, con amigos. Eran siete calles para arriba y doce para el lado. Era súper fácil ubicarse. Un ajedrez perfecto. Estaba Esmeralda, Prat, Riquelme, Sargento Aldea, Thompson, República. Yo recuerdo que nos veníamos trotando a pata pelada y llegábamos a la cancha de futbolito, nos comíamos una paleta de durazno, donde el Chago Rivera, hecha con unos palos de duraznos que tenían un sabor tan rico que terminabai chupando el palo, jajaja, así de rica era. ¡Te lo juro weón!

-Dices que Taltal era como Macondo. ¿Qué personajes poblaban el pueblo?

-Los cuicos eran los de apellidos croatas e italianos y vivían abajo cerca de la plaza, pero existían todas las clases sociales, aunque en resumido, en pequeñito, en un pueblo. Todos eran simpáticos y democráticos. Todos se conocían e iban al mismo colegio. Era fácil armarte una novela de personajes en la cabeza. Tengo muchos recuerdos de personajes entrañables para mí. Por ejemplo, el tuerto Barrales. Un amigo fiel de mi tía Ana y con él recorríamos Taltal entero. Tirábamos pata todo el día. Lo que más que me gustaba era caminar por Taltal, aprenderme sus calles, mirar sus casas, descansar. Como que me limpiaba de Santiago.

Escribe Daniel Alcaíno en El Pincoya en: Taltal eterno: “Voy al mirador, contemplo el mar profundo y los botes azules con bordes rojos en la bahía. Bajo hacia la playa de arenas negras, dejo mi ropa en los rompeolas de cemento que protegen los camarines, corro y me lanzo a lo profundo donde el mar me revuelve y me saca los restos de ciudad, de capital”.

-Eras bien callejero. ¿Qué panoramas hacías solo en Taltal?

-A veces mesentaba solo con un librito, a leer un cuento, y a veces me llevaba para el camino una radio y ponía un tema de Silvio Rodríguez, o me sentaba en la gruta de la Virgen porque la gente le escribía deseos. Yo sapeaba. Siempre fui intruso.

Nacido en 1972 y criado en Cerro Navia, Daniel es Aries, y valora el amor y la amistad. También es Rata en el Horóscopo Chino y por ahí se le sale el lado extrovertido, vital, optimista. Hoy tiene 50 años, está casado con la actriz Berta Lasala, y es padre de un hijo que se llama Emiliano.

-¿Tu hijo leyó el libro?

-No creo que lo haya leído. Se lo he pasado, pero él no ve ni películas. Yo no lo obligo a nada, hermano.

-¿Y cómo ves que ha cambiado la niñez para los jóvenes de hoy?

-Lo típico. Lo del computador, el play, el Netflix. Están encerrados. Yo veo en mi hijo la falta de calle. No se ha subido a un árbol jamás. Pero esto ya me había pasado antes cuando a mis primos les compraron un Atari. Yo nunca tuve. Lo odiaba. Para mí era: salgamos, vamos a jugar a la pelota, a los pool, al cerro, al estadio, pidamos plata y vamos al Santa Laura y así podemos ver a los futbolistas. Siempre quería salir. Yo le digo a mi hijo: “Sal, la vida está afuera weón”.

-Te criaste entre Cerro Navia y Taltal. No tenías lucas, pero tenías historias. Ese fue el patrimonio de tu corazón. ¿Te marcó eso?

-Me crio mi abuela porque cuando mi mamá me tuvo cayó enferma y estuvo dos años internada. Cuando volvió a la casa pensé que era mi hermana. No tuve cosas, pero tuve humanidad e historias.Mi abuela me contaba historias del diablo y del campo, historias de La Huerta de Mataquito (Provincia de Curicó).Todas las hermanas se llamaban María y los hermanos José. Todos los hermanos eran curados y predicadores. Todos se casaron y vivían en la misma casa. Por eso los primos vivíamos juntos. Me crie en el parrón de mi casa.

-¿Y tu papá qué onda?

-Tenía ocho peleas semanales. Era bueno para los combos, para el copete y para la talla. Me llevaba a la cancha. Jugó en las juveniles de Colo-Colo con Caszely. Iba pa ´bueno, iba pa´ crack, pero el copete, las peleas y el barrio… mi papá podría haber sido Zamorano. Era mágico.  

La felicidad es eterna

Ya más grande, mientras estudiaba Teatro en la Universidad de Chile, Lucho Advis lo hizo leer La Eneida y Alcaíno se la contó a los compañeros en flaite, como si en vez del poeta Virgilio, la historia la hubiera escrito Dinamita Show, porque quería desacralizar el ambiente engrupido que se daba en la escuela. “Les decía a los más intelectuales: yo no parto de un texto, parto de un pretexto, los digo en un contexto, y le aplico el subtexto”.

-Los actores usan máscaras para decir la verdad. Tú has tenido varias: Peter Veneno, Yerko Puchento, Exequiel Pacheco, y ahora Mario Medina en Netflix. Pero el primer personaje fue El Pincoya en Taltal. ¿O no?

-Sipo. Uno siempre va buscando historias que contar como actor. Yo iba los veranos, los inviernos y el 18 de septiembre a Taltal. Iba a pescar, sacaba dorados con ganchos, me metía a las minas con unos tarros para abajo sin ningún tipo de seguridad, en la noche salía la plaza, pinchaba, tenía amores, y después subía a las cabellerizas y tomaba en garrafa vino con orange. La cosa era cagarse de la risa y contar historias. Y Taltal se transformó en eso: mi Macondo chico. 

-¿Qué es Taltal para ti?

-Siempre que pienso en la felicidad pienso en Taltal. Y cuando pienso en la felicidad pienso en la eternidad.

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