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Entrevista Canalla

29 de julio de 2022

Fernando Larraín, actor: «Yo vivo en otro planeta. Se llama Buenaventura»

El artista, que está pronto a cumplir los 60 años, ha comenzado a escribir poesía y a hacer música con una banda. Aquí habla de su estilo extravagante, de sentirse exótico, de la invención de su propio planeta, de su ropa, de su familia, de la política y del miedo a ser viejo.

Por

En medio de la realidad, circulando por ahí, figura un marciano que cumplirá 60 años. En medio del caos, los cuchillazos, el plebiscito, los Apruebo, los Rechazo, el Amarillo, el Rojo, en fin, en medio del virus que vino desde China, del virus que vino desde el mono, en mitad de un planeta en colapso, un sereno hombre llamado Fernando Larraín, abstraído del entorno, pasa la tarde del miércoles inventando un verso.

-”Me meto al refri/ Y no estás tú”…-recita, con los ojos cerrados, lírico, aunque a tientas, puesto que es un poema en construcción. Este señor es un famoso actor que, en sus ratos libres, busca un adjetivo. Se llama Fernando Larraín y es el punto medio entre Dalí y un astronauta.

-Tengo que darle una vuelta al poema…- titubea con gravedad.

Este señor construye versos sentado en la cocina, fruto de una urgencia de expresión. Versos breves y veloces, puesto que el autor admite que lamentablemente no tiene tiempo para los versos aburridos.

-”Y la guatona no dice más…”- tantea otro verso en voz alta y da la sensación de que es un poema de amor herido. Parece, según señala, que uno de sus ancestros es Vicente Huidobro (“Pero lejano”, aclara) y, por ende, a la hora de ordenar las palabras, la presión es mayor.

-¿Qué más hace por estos días?

-Ensayo con mi banda.

-¿Qué labor hace en la banda?

-Compositor. Teclado y voz.

-¿Cuál es el pensamiento más recurrente que tiene en la actualidad?

-”Cómo hacer para mantener una banda de música sin que haya asperezas”.

Es un hombre ocupado en las cosas relevantes: la invención. El arte. La rima. Está harto de instructivos, virus, inyecciones.

-Puta…- se estresa, no encuentra palabras.

-¿Si?

-¡Puta…ahora todo es un código! ¡Me tienen enfermo los códigos! ¡Los botones, apretar botones, siempre estamos apretando botones!

-Entiendo- el reportero mira sutilmente a su alrededor-…¿lo perturban los botones?

-¡Me altera! ¡Y todo es números, somos puros números, nos convertimos en un código de barra! ¡Somos un N346x y no sabemos quién es quién…!

-¿Qué nos pasó?- cuestiona la prensa con exageración.

-¿Ah?

-Le pregunto qué nos pasó como sociedad…

-No tengo idea- y queda petrificado.

Entonces un día tomó un lápiz y redactó un sentimiento. Y, luego, tomó un teclado y compuso un ritmo. Comenzó a redactar poesía cortita, como él la llama, rima doméstica, y canciones imaginativas, junto a la banda de amenos llamada Larraín y Los Insistentes.

-No es fácil- suspira.

-¿Toca el teclado?

-De forma incompleta.

-¿A qué se refiere?

-Toco el centro del teclado. Pero no sé tocar las notas que están en los extremos.

-¿Cómo?

-La verdad es que ignoro lo que ocurre más allá de la octava tecla del teclado. Lo bueno es que visualmente no se cacha que no sé tocar todo el teclado- argumenta con voz de músico sincero. Su relato tiene coraje. A todos los problemas que puede tener un ser humano, él agrega que es un tecladista que debe simular que domina el teclado.

El reportero percibe que la situación es inspiradora: el mundo se hunde y este señor, con un pie en la luna, se intenta poner de pie.

-Estoy con ganas de desarrollar mi potencial creativo- declara y figura con un jockey volteado, como si fuese a entonar un trap por sorpresa, y luce una chaqueta decorada con ciento noventa y tres banderas del mundo, como si sobre su espalda se hubiese acomodado la ONU.

-¿A cuánto estamos?- pregunta en un momento, francamente desorientado.

Lo cierto, y esto lo debemos señalar con orgullo, es que este hombre es un paréntesis, un asterisco entre los terrícolas, el habitante de cualquier otro universo. Fue, entre el 2002 y el 2014 el Rostro de Marzo, el desgraciado pegado a un bigote que anunciaba una tensión, SE TE APARECIÓ MARZO. Hoy ocurre todo a la inversa: Fernando, en medio de la tensión, es el agraciado que anuncia la poesía.

-¿Usted lee los diarios?

-No, huevón…

-¿Usted sabe hacer un depósito bancario?

-…me cuesta eso.

-¿Sabe hacer una transferencia?

-Uff…

En medio de la realidad, de pronto, se nos aparece Fernando Larraín. El exótico cuya alma, dice, tiene 22 años, y cuyo cuerpo, reconoce helado, cumplirá 60. El querido Hombre-Niño. Un actor con características lunáticas, el Larraín cubierto de tonos fosforescentes y botas de esquimal. El Larraín en medio de tantos larraínes, el hijo del Mago, ese 10 de la magia, Fernando Larraín Munita fallecido el 2011 (“Es mi gurú”/¿Estaría orgulloso de usted?/ “No sabría decirte”). El personaje de gags vintage, el de Clinton y Reagan, el marido de Elvira. El papá verídico de tres hijos bien vestidos (“No se avergüenzan de mí. Bueno, a veces se avergüenzan de mí”). El marido que hace casi treinta años se unió a una argentina ocupada en diseñarle las extravagancias (“Yo la deseo”/ ¿Ella aún lo desea?/ “Ella…supongo que aún me desea. Yo estoy muy vinculado al amor”). Y, entonces, Fernando afirma lo que todos saben. En un momento traga saliva y afirma seriamente:

-Yo vivo en otro planeta. Se llama Buenaventura- explica orgulloso.

-Señor Larraín, ¿cómo es su planeta?

Y él cruza una pierna, permite que le veamos su aspecto de astronauta, y añade:

-Mi planeta es súper grande- y el Hombre-Niño sonríe como en un spot publicitario.

Un paréntesis a la realidad

-En mi planeta sólo hay gente buena- agrega.

-¿Y los malos?

-Se quedaron en la Tierra.

-¿Y qué pasa en su planeta, en Buenaventura?

-De todo. Hay mucho amor y bondad y…

Él se explaya. Si uno le pregunta, “Fernando, ¿qué opina de la Constitución?”, él se congela. Eso es materia de los terrícolas. El extraterrestre, el señor que transpira al hacer un trámite humano, prefiere hablar de su propio mundo.

-…y en mi planeta viven los buenos de corazón…

-¿Y el odio?

-En mi mundo no hay envidia, no hay odio. No hay diferencias sociales. Bueno, todo esto lo vengo pensando hace tres años.

-¿Qué ha pensado?

-Que mi mundo es ideal.

En su mundo feliz hay músicos y poemas. Por alguna arteria del planeta corre, engominado y untado en perfume, el Mago Larraín, su ídolo, el papá. En su mundo ocupa un lugar preferencial Andrés Rillón, otro ídolo, el extraño señor que le enseñó a ser extraño. Y en ese planeta está Jaime Celedón, el fútbol, la Unión Española, el karate, su cinturón negro. Y en ese planeta no hay corbatas.

-¿Pero qué le pasa cuando se pone una corbata?

-Estoy en personaje.

-¿En su mundo cree en los líderes?

-No. Los líderes causan daño.

Hace una pausa. Su señora terrenal le ha gritado algo (“¡QUÉ PASAA!”, responde. “ ¡YA VOY!”). Y el reportero aprovecha la circunstancia para hablarle de un modo terrícola. 

-Disculpe- alerta la prensa-…¿usted cree que es de elite?

-No.

-¿Y usted, por decir algo, es de derecha, de izquierda, de centro amarillo?

Y Fernando Larraín, como si fuese nuestro Peter Sellers, responde de esta manera:

-No sé. Yo sólo soy un actor que vive en este país.

-¿Y le preocupa Chile, señor?

-Hay países que tienen muchas más características positivas que nosotros.

-Muchos ya lo han contado, pero…¿qué le gustaría leer en una nueva Constitución?

-Bueno- se limpia la garganta, concentrado, como si enfrentara a Matamala-…a ver…

Y alza la voz:

“La gente que ha trabajado a lo largo de toda su vida será dueña de las cosas que adquirió con esfuerzo…”

A lo largo de 60 años, Fernando Larraín adquirió cosas. Dicen que es un lunático que reside en Vitacura. A veces esquía. Lo han visto sostener una tabla de surf en Pichilemu. Aunque hoy, confiesa, vive con lo exacto. Tranquilamente ajustado.

-¿Le puedo preguntar algo?- la prensa lo mira a los ojos.

-Pero claro…

-¿Usted es realmente raro?

-Mm…

Y responde sumido en titubeos:

-…creo que sí, yo soy raro.

-Eso no es malo, señor.

-¿No?

-Lo impactante, a estas alturas, sería que dijera que es normal…

-Me gustan los colores.

Y esboza una sonrisa.

-¿Es difícil ser raro?

Fernando Larraín se interna en sí mismo.

-La verdad es que cuesta ser raro. Sí, cuesta mucho romper lo establecido.

Una vez, por ejemplo, sin motivo alguno, se vistió un día lunes como Darth Vader. Y fue a buscar a su hijo al colegio. Le alzó un brazo desde la reja.

-¿¿Darth Vader es tu papá??- le dijeron a Iñaki Larraín.

Iñaki, viendo que su vida infantil podía romperse en pedazos, fue directo.

-No. Mi papá se llama Fernando.

Y marcó los límites. Vístase como se vista, su papá siempre se llamará Fernando. Aunque desde la reja, Darth Vader, ronco y terrorífico, gritara:

-Iñaki…yo…soy…tu…padre…

Ahora Fernando replica.

-A mí también me pasó. Y no era fácil.

-¿Qué no era fácil?

-No era fácil, cuando chico, decir que yo era hijo de un mago.

Y, como si fuera un legado, cada generación conserva el sello. Según parece, estos Larraín, desde el Marqués de Larraín en adelante, tienen el deber de ser extravagantes.

Joven por siempre

En su clóset, por supuesto, cabe lo inimaginable. Ropa de astronauta, de esquimal, de piloto de Fórmula Uno, de cantante de cumbia, ropa de marqués, de Jackson Five. Por eso, hace dos semanas, Fernando Larraín realizó el acto más impresionante del último tiempo: se compró un blue jean.

-Y todo bien- señala, como si se estuviera empezando a normalizar. Justo en los 60 años.

-60 años…- y respira fuerte.

-”Un viejo, escasamente”, dice una canción…

-Mm…no me gusta pensar en esa cantidad de años…- reconoce.

-¿Se cree joven, Fernando?

-No, bueno, para qué estamos con cosas, el cuerpo se pone más pesado. No queda más que agachar la cabeza…

El otro día, eso sí, abandonó los esquíes y se rebeló: en un brote de juventud se puso de pie sobre una tabla de snowboard. Y, tiempo atrás, se paró a duras penas sobre una tabla de surf y montó una ola.

-Es que me siento increíble. Como si pudiera hacer cualquier cosa…

En su cabeza, al menos, la energía sigue intacta. A tal punto que se puso a escribir poesía. 

-Todo muy simple, todo muy corto.

Luego lanza un gesto de despedida. Así el poeta, el extraterrestre que se ha aparecido en medio de tanto realismo, toma la nave y parte a cualquier otro lugar. Y de esta manera se cierra el paréntesis.  

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