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Opinión

25 de Enero de 2025
Sandro Baeza / The Clinic

Ovodonación y vientre de alquiler: mezclando peras con manzanas

Foto autor Isabel Plant Por Isabel Plant

La columnista Isabel Plant aborda las diferencias entre vientre de alquiler y ovodonación, en medio del debate que se ha instalado en Chile. "¿Es debatible la ovodonación? Por supuesto, como todos los temas y tratamientos que tienen que ver con vida y ciencia. Pero meterlo en saco ajeno solo demuestra completa ignorancia en el tema de la infertilidad, justamente cuando el Estado debiese promover más guaguas, y qué mejor que entre quienes desean tenerlas", asegura. Y agrega: "Urge sentarse a conversar, sin el prejuicio que entrega el desconocimiento y con la empatía que debe brotar cuando hablamos de seres humanos que probablemente nunca jamás pensaron que iban a estar en la vereda de la infertilidad, en esa camilla, pero deben abrir la cabeza y el corazón para lograr ser familia".

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Es difícil hablarlo en abstracto, cuando no se ha estado en una camilla clínica recibiendo el diagnóstico de infertilidad. Ese yunque en la cabeza. Una de cada seis personas, se calcula, pasa por eso. Si tienes suerte, es solucionable y solo medianamente caro: pensando en una pareja heterosexual, quizás un poco de inyecciones de estimulación hormonal, relaciones sexuales el día de ovulación. O puede que se resuelva con una inseminación, si los espermios son más flojos. Si resulta en esos casos el embarazo, qué suerte. Si no es así, probablemente sea el comienzo de un camino largo, lento y tan, pero tan costoso, que solo una pequeña parte de la población puede seguirlo. 

Es como entrar en una madriguera de conejo donde se van abriendo túneles de terrores, esperanzas, dolores. Pasar a alta complejidad significa pasar a Fertilización In Vitro, o FIV. Si tienes óvulos sanos: multiplicarlos, cosecharlos, luego inseminarlos, embriones, transferirlos al útero. Hay un mantra que se repite: “Solo necesitas uno”. Pero llegar a ese uno muchas veces es un viaje de años. Usualmente con las FIV se requiere más de una transferencia; con tres ciclos la tasa de éxito sube a un 70%. ¡Tres! Ni hablar de que, mientras aumenta la edad, todo es más difícil. Así que ojalá hayas tenido varios embriones viables en un ciclo. Si no, todo el procedimiento de nuevo. Esto, sin contar los millones de millones de pesos, los especialistas, el diagnóstico que falla, las sicólogas, los acupunturistas, los exámenes -de la histerosalpingografía al PGT-. Tantas ecografías transvaginales como estrellas tiene la noche. 

Vienen también los consejos cero científicos de las que han tenido éxito: no te duches por 24, 48 o 36 horas después de la transferencia; come piña para preparar el útero (por eso la fruta se ha transformado en el símbolo no oficial de las infértiles); y, por supuesto, la cábala de comer papas fritas en el regreso a la casa. 

La “beta espera”: ocho a diez días de nada qué hacer, excepto cruzar dedos, rezar si es el caso, antes del examen de sangre, que confirmará si la hormona del embarazo está presente en el cuerpo. Es tanta la angustia después de todo el proceso, que hay meditaciones, playlists, podcasts y todo tipo de acompañamientos disponibles para esos días. 

Si el test es positivo, aún queda mucho por delante. Pero se siente, a pesar de tanta ciencia, como un verdadero milagro. 

Si la respuesta es no, y quedan ánimos, alma y bolsillo, todo de nuevo. 

Y eso que estoy resumiendo bastante. 

Por todo esto, quienes piensan que un in vitro es fácil o frívolo o irse a la segura, se equivocan: para que las parejas lleguen a ello, han pasado muchas veces un camino largo, triste y solitario. La ciencia avanza y cada año los doctores tienen más información para ayudar a encontrar diagnósticos y tratamientos. Nada asegura terminar con la guagua en la mano, pero cosas que eran impensadas hace una década, hoy son usuales. Una de ellas, por ejemplo, es la ovodonación.

Si los óvulos de la mujer son el problema -menopausia precoz, enfermedades genéticas, pacientes oncológicas, mala calidad o edad avanzada -, se puede optar por la ovodonación. No debe ser una decisión fácil y, por ejemplo, incluye terapia por “duelo genético”. En Chile, se calcula que un quinto de las mujeres que recurren a tratamientos de fertilidad hoy lo hacen con óvulos donados. 

Y aquí llegan los parlamentarios de varios lados del espectro político a ponerlo en el mismo saco que los vientres de alquiler, algo completamente distinto, otra vereda, otro mundo. En el proyecto de ley presentado para prohibir la maternidad subrogada, incluyeron -en su artículo 4- la prohibición de transferir óvulos con fines reproductivos a centros de salud. 

¿Es debatible la ovodonación? Por supuesto, como todos los temas y tratamientos que tienen que ver con vida y ciencia. Pero meterlo en saco ajeno solo demuestra completa ignorancia en el tema de la infertilidad, justamente cuando el Estado debiese promover más guaguas, y qué mejor que entre quienes desean tenerlas. Ni hablar que de donación de espermios el proyecto de ley no dice absolutamente nada. ¿Por qué entregarle óvulos a otra mujer es malo, pero espermios ajenos no? Nuevamente, ignorancia (o discriminación de género, en el peor de los casos). 

Mirando las cifras de la baja de natalidad estrepitosa en Chile -un país récord-, sumado al envejecimiento de las -cada vez menos- mujeres que quieren ser madres, la ovodonación comienza a jugar un rol más preponderante en la planificación estatal. 

Hay países que la prohíben, como Alemania, pero es solo uno de cuatro en Europa central; hay debate si esto debiese cambiar, ya que su ley al respecto data de 1990, lo que en términos de la ciencia de la reproducción es historia antigua.

En Chile, la ovodonación está en un vacío legal, porque técnicamente las jóvenes que los entregan lo hacen como altruismo. Se paga cerca de un millón de pesos, pero es para compensar tiempo e incomodidades físicas. Aunque las organizaciones de infertilidad estén defendiendo este punto, eso también es estirar la verdad: veinteañeras, aquí y en todo el mundo, se ayudan económicamente entregando óvulos y esa es su gran razón para hacerlo. 

Por lo mismo, está perfecto que todo esto debería ser primero discutido y estudiado, para después ser normado, y poder proteger a donantes y receptoras. Para evitar explotaciones. Para permitir decisiones informadas. En el mundo se discute así: ¿puede ser ovodonación anónima o por los derechos de información del futuro infante, dejar el registro de las donantes? ¿Pagada o no pagada? ¿Quizás mejor pagada? ¿Cuántas veces se puede donar? ¿Cuáles son las responsabilidades de quien recibe? Y así. 

No tengo respuestas para todo, pero estoy dispuesta a escuchar a los doctores y las doctoras que trabajan estos procesos día a día. A abogadas y sicólogas y a grupos de apoyo y a feministas en contra y a favor. Urge sentarse a conversar, sin el prejuicio que entrega el desconocimiento y con la empatía que debe brotar cuando hablamos de seres humanos que probablemente nunca jamás pensaron que iban a estar en la vereda de la infertilidad, en esa camilla, pero deben abrir la cabeza y el corazón para lograr ser familia. 

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