Óscar Contardo y su nuevo libro sobre los 90: “Con lo inepto de este gobierno, habrían sido incapaces de gestionar algo como lo que le tocó a ese primer periodo de Patricio Aylwin”
Óscar Contardo revisa en "La era del entusiasmo" la década que prometió alegría y progreso, pero que también sembró desconfianza y despolitización. Desde el boom del consumo hasta el mundo del pop, el autor traza los hilos que conectan los 90 con el Chile de 2025. Y explica por qué el adjetivo de "noventero" se empezó a considerar como algo negativo: "Algo que intentó ser, que es como una escenografía sin fondo, sin contenido, que es como un entusiasmo que no tiene una profundidad que lo sostenga y que a la primera mala noticia o al primer escollo, desaparece y se transforma en pesimismo".
Por Isabel Plant 22 de Noviembre de 2025
Compartir
“Yo soy una persona muy arrogante”, dice Óscar Contardo (51), en su clásico hablar pausado y siempre con dejo de ironía, con lo que parece ser ego y humor sobre sí mismo en partes iguales y alternadas, y agrega: “Y en ese momento (los 90) era peor”.
La aclaración viene cuando está explicando lo que le gustaba y lo que no de una década en donde nuestro país se abría a tantas cosas a la vez -la democracia, la noche, los malls, las tarjetas de crédito, los teléfonos celulares, nuevas glorias deportivas y tanto más-.
Contardo dice que en música, para él, los 90 son Suede. Y una discotheque, la Blondie, agregando que el icónico local de metro ULA, símbolo de encuentro social y diversión post dictadura, “es lo máximo que ha dado Chile desde el mote con huesillo”. En cine, recuerda lo que fue ver “Trainspotting” por primera vez en el Cine Arte Alameda.
A veinte años de haber publicado el exitoso “La era ochentera” -coescrito con Macarena García-, el que empujó una especie de revival y apreciación a la última década vivida en dictadura en Chile, ahora Contardo presenta en librerías “La era del entusiasmo: los 90 en Chile”.
El libro, tras una breve introducción, fija ciertos hitos noventeros como trazos de hilos que nos llevan a explicar parte del Chile de hoy: desde las fiestas spándex a la irrupción de una nueva clase media que tenía el Subaru Legacy como ícono, al éxito del Rumpy y su desnudado “El chacotero sentimental”, el boom de la música hecha en Chile con Los Tres o La Ley y más.
Una década que comienza con la ilusión de un arcoíris que trae la alegría, vive los excesos y el jolgorio, y luego termina en la resaca de la crisis asiática y el arresto de Pinochet en Londres.
“Todos los temas están elegidos en ese sentido: que tuvieran una proyección en el tiempo y un calado en la forma de entender la cultura, entender lo que es valioso, lo que no es valioso y las relaciones entre nosotros y la cultura urbana también”, explica Contardo, sobre cómo armó la cuidadosa selección de historias que componen en libro, y que fue rescatando con ayuda de entrevistas a sus protagonistas y una intensa revisión de la prensa de la época, de revistas desaparecidas que narraban un momento del país, y donde pudo “recoger todas esas formas de vida que de repente quedan invisibilizadas para historiadores”, dice.
Contardo habló sobre su libro, política y más en el podcast “Chile en voz alta” de The Clinic -disponible en YouTube y Spotify-. Esta es una versión condensada de esa conversación, sobre una década tan vilipendiada como idealizada en el país de hoy.
—Partamos por la palabra entusiasmo. Es el Rumpy el que dice en tu libro que sentía que en los 90 se podía hacer todo.
—Por qué entusiasmo: porque es una emoción que puede ser momentánea y puede desaparecer, como lo fue. ¿Y por qué esa emoción, particularmente relacionándola con la juventud? Si nos vamos a ese momento, a los 90, era un país que venía de 17 años de dictadura. Era un país que, en su mayor proporción, era contraria a esa dictadura que había sido muy ruda en muchos términos. Y en los términos más generales, económicos, solamente los últimos años había empezado a repuntar la economía chilena, pero eso no se había traspasado al bolsillo de los chilenos. Los índices de pobreza eran altísimos, y era una pobreza muy distinta a la que conocemos ahora y la que conoceríamos todavía.
—Pobreza sin zapatos.
—Claro, de gente con desnutrición. Ese es el primer elemento. El segundo elemento que tiene que ver con la juventud, si nos ponemos a hacer un análisis demográfico, la mayor parte de los chilenos y chilenas de ese minuto que votaban era una generación que había crecido en dictadura, o habían nacido en dictadura, o eran muy niños en la democracia anterior. Entonces no tenían una experiencia democrática. Y el anhelo de la democracia era un anhelo extendido. Entonces, ¿qué pasa con el fin de la dictadura y la apertura? Hay un horizonte de futuro posible que se promete como algo mejor.
Un elemento que ahora parece muy raro de apuntar, pero que a mí me parece un elemento crucial, es que es la gente ya no tiene miedo. Ese miedo de decir lo que opina públicamente empieza a desaparecer. Entonces ya ese es un punto de liberación. Y el otro punto, que es el que se va dando progresivamente, es la estabilidad económica, empieza a haber un progreso material que es evidente y que marca la década, los primeros ocho años de los 90. Esa combinación de factores son los que provocan este entusiasmo, esta emoción colectiva de que el año siguiente va a ser mejor que el anterior.
—Había esta idea de que Chile se iba a transformar en la España postfranco.
—Sí, había mucho espejeo con la experiencia de la transición española. Y en cierto modo el argentino, pero ese en realidad era visto con mucho temor, porque Alfonsín había fracasado económicamente, había tenido que entregar el poder antes.
—En libro se entiende que eran los sectores conservadores los que estaban un poco apanicados de hacer la transición española; mucho de tu libro repasa que la Iglesia Católica todavía era muy todopoderosa en Chile en ese momento.
—Era una sociedad en general muy conservadora, y una élite súper conservadora. En el gobierno, bueno, la izquierda tradicional chilena siempre fue muy conservadora en esos temas que después se empaquetaron en esta etiqueta de ‘temas valóricos’. Entonces esa parte de la transición española que fue el destape o que fue la movida madrileña no se cumplió.
Porque uno puede pensar que las fiestas Spandex fueron eso, y que el circuito juvenil alrededor de Blondie en Santiago, podría cumplir, porque es el lugar donde todo el mundo se junta gente muy distinta.
—Y aprendiendo a vivir una nueva noche.
—Después de casi dos décadas de toque. De una cerrazón de la vida nocturna y de una cerrazón de la vida pública. Entonces, se abre la noche, pero siempre con una penalización respecto de expresiones que traspasen ciertos límites. Entonces, tenemos el tema de la censura, que es permanente. Desde la censura en el Museo Bellas Artes, con la primera muestra de nuevas expresiones artísticas. Censura después a un evento que se arma para recaudar fondos para los enfermos de SIDA.
— Censura con “La última tentación de Cristo”, la obra de Dávila…
—”Pepi, Luci, Bom” de Almodóvar. De hecho, las películas emblemáticas de la transición española, como fue “Arrebato” y “Bilbao”, estaban censuradas en Chile. Entonces el panorama es ese: por una parte una necesidad de expresión, pero por otra parte, censura. Por una parte, democracia, pero por otra parte, Pinochet, Comandancia en jefe y límites para los juicios sobre crímenes de derechos humanos. Es un juego permanente.
Pero a pesar de todo ese peso del autoritarismo en general, un ambiente y un ánimo entusiasta y optimista, con una crítica que es súper penalizada, porque se establece la idea del consenso como valor.
—Claro, tenemos que estar todos de acuerdo, porque así logramos sacar un dictador.
—Tenemos que estar todos de acuerdo. Entonces, las voces críticas son muy marginales al discurso más público, a los medios, en una época en que los medios tenían un peso mucho más importante que el que tienen ahora. Entonces, esas voces críticas existían, pero estaban muy acotadas. La emoción hegemónica, por decirlo de alguna manera, era de entusiasmo con respecto a lo que iba a pasar en el futuro.
—Aparece otra clase media que no existía en Chile entonces por el acceso a crédito. Mencionas en el libro un reportaje de la extinta Revista Cosas, sobre “la generación Legacy.” Una nueva generación “pituca” con plata, donde el Subaru Legacy era un ícono de haberlo logrado. Como Santiago empezó a cambiar dentro de su misma clase alta.
—Sí, porque hay un hecho bien relevante. En esta pirámide demográfica aparece una clase media, o una capa muy específica que se acerca a la clase alta tradicional a través de puestos gerenciales. En Chile empieza a llegar muchísima plata, se empiezan a crear muchos negocios nuevos que antes no existían, entonces se asumen ciertas claves de estatus que son imitativos. Y aparece un interés desde la prensa o desde ciertos medios de rastrear de qué se trata esto, este cambio.
Primero hay un roce entre la élite tradicional, la clase alta tradicional o el pituco de toda la vida. Este ascenso como algo un poco por sobre el hombro, porque es muy ostentoso, por qué esta gente quiere acercarse demasiado. Entonces, claro, se empiezan a describir mucho estas nuevas costumbres, estos nuevos intentos de acercamiento a esa forma de vida tradicional.
—Bueno, justamente hablando de esta nueva clase media y saliéndonos de la élite, tú mencionas el famoso comercial de Faúndez, que indicaba que ahora los celulares no eran solamente de gente rica.
—Claro, estaba esa clase media alta que empieza a acercar a la clase más alta. Y segmentos medios que empiezan a tener mayores recursos o que a través del crédito pueden tener mayor acceso al consumo.
Y allí aparecen nuevas figuras. Y esta nueva figura del emprendedor, aunque en ese minuto no se usaba esa expresión, es el trabajador independiente, y queda cristalizada en una campaña de telefonía celular que crea el personaje de Faúndez. La masividad del teléfono celular cambia cuando se reglamenta que tú ya no vas a pagar por las llamadas que te hagan a ti. Hay ciertas compañías de teléfono, que empiezan a apuntar a la masificación del celular. Hay otras que no, y esas que no capotaron. El comercial hacía ver al celular como un instrumento de trabajo de un emprendedor, que se sentía en igualdad de condiciones que un ejecutivo de terno.

—Hablábamos de que el entusiasmo quiere decir algo que llega rápido y se va. En algo que también se discutió durante el estallido, sobre de que Chile sería el país más neoliberal y que la gente está cegada por eso: para los Faúndez, o para esta nueva clase media que nunca había tenido un auto, que nunca había tenido una tarjeta de crédito, y que pudo acceder. ¿Para ellos la alegría sí llegó o no llegó? ¿O llegó y después se deshizo, con una desilusión después de este consumo?
—Claro, hubo una desilusión, lo que pasa es que esos slogans funcionan por una campaña, nadie te puede prometer que tú vas a ser alegre. ¿Cuándo empieza a aparecer el desencanto? Yo creo que sobre todo durante el gobierno de Frei. Sobre todo cuando empiezan a aparecer cosas como las casas Copeva, viviendas sociales que se llueven.
Y porque definitivamente tú en un plazo de años cambias los estándares y es natural que así sea. Para hacerlo bien concreto: para clasificar a la gente en términos de si le dan un crédito universitario, de la ficha social, si había un televisor en la casa, en esa época tú no eras pobre. Para ser pobre, piso de tierra y sin televisor, esos eran los estándares de pobreza. Entonces ese exceso a lo material cambió y los estándares cambiaron y naturalmente quienes nacen en un estándar distinto van aspirar a otra cosa, a una prosperidad que signifique un cambio en su forma de vida.
Yo creo que la mirada crítica sobre esa promesa de alegría empieza a aparecer cuando se verifica que en esos sectores sociales más desposeídos, la atención o el acceso más allá del consumo, de poder comprar ciertas cosas en una tienda, no es tal. Porque viven en una casa que se llueve, porque no tienen acceso a servicios públicos, porque en el barrio no hay veredas, porque no hay transporte público digno, en fin, empiezan a sumarse otras demandas que ya no son las de los 80.
La despolitización joven según Óscar Contardo
En “La era del entusiasmo” Contardo revive la masificación de los malls, que comenzaron a aparecer – y repletarse- ya no solo dentro del sector oriente. Y ahí recuerda un episodio muy gracioso, a la distancia, de cuando el entonces presidente Aylwin dice que él, ojalá, jamás querría pisar el interior de un centro comercial. “Era una generación que en realidad no entendía mucho las claves de la gente joven que se había criado en dictadura. La frase de Patricio Aylwin era como una visión moral de ir a un mall”, dice Contardo. “La referencias cultural y la relación con el consumo era distinta para esa generación”.
Hoy el periodista lo pone como ejemplo cuando se habla de rastrear los inicios de la despolitización de los entonces jovenes. “Ya el año 94 había una alerta, porque en ese momento había que inscribirse en los registros electorales para votar. La gran mayoría de la gente que había cumplido 18 después del año 90, no acudió a inscribirse, entonces empieza a haber una distancia que fue progresiva. Y esos jóvenes del año 94, el 2004 ya eran adultos y seguían mirando con distancia a la clase política”, explica.

—Mencionas ahí el emblemático ‘No estoy ni ahí del Chino Ríos’, como simbolizando una generación. Pero no se querían politizar porque no les dieron el espacio, o porque venían con un trauma de mucha política de los 80 y ya querían hacer un quiebre total con lo que habían vivido en la infancia o adolescencia.
—Yo creo que en las dirigencias pasó que no les dieron espacio y ellos no supieron tomárselo o había mucho respeto, había una comodidad. En el caso de la gente en general, hubo un proceso también de desmovilización. Había un choque, que son muchos elementos. Primero, ya desde el gobierno trataban de que no hubiera mucho ruido en las poblaciones con las organizaciones y con movilizaciones.
Y segundo, después de una década en la que las jornadas de protesta habían sido una constante, yo creo que también había un tema con el agotamiento de quienes habían participado ahí, que después muchos de ellos no encuentran un lugar en el gobierno o no se les da un espacio. Entonces hay también un sentimiento ambivalente entre quienes habían participado en política o haciendo la resistencia a la dictadura en los 80.
—Dices también en un momento en el libro que en esta nueva clase media que emerge hay también como una alergia a todo lo que es público, lo más rápido posible acceder a plata para no ir a Fonasa.
—Claro, esa alergia existe hasta ahora.
—A días de la primera vuelta presidencial, donde todos estábamos sorprendidos con el votante Parisi – y hago la autocrítica con los medios-, que es un votante despolitizado que quizás tiene también alergia a lo público, le interesa un cierto consumo y estatus que no tiene que ver nada con lo valórico tradicional chileno. Y que por eso quizás las clases políticas y esa élite tampoco saben verlo ni atraerlo.
—Yo creo que eso comienza a ocurrir ya en los 90. Viene de largo, o sea, el trato con el mundo público que podía tener un chileno o chilena normal de esos segmentos medio o medio bajo, era en el hospital, en el área de salud y en el área de educación. Y son dos áreas que fueron devastadas en dictadura y que después tampoco son recuperadas a un ritmo similar al del crecimiento económico. Entonces, claro, el mensaje es si tú puedes escapar de lo público, hazlo en cuanto puedas, vas a estar mejor. ¿Y ese mensaje no ha sido contradicho en cuántos años?
Y este gobierno, volviendo al presente, asume hablando de estado de bienestar. Algo que en Chile no ha existido nunca, que la mayoría de los chilenos no sabe muy bien lo que es, y que no tiene la experiencia de eso. Este gobierno que hubiera podido estar llamado a reforzar lo público y acercarlo a la gente, no logró hacerlo.
Noventero bueno, noventero malo
—En qué minuto crees que el tilde de “noventero” empezó a ser visto como algo medio trasnochado.
— Yo creo que a la altura del gobierno de Bachelet, la etiqueta de noventero empieza a ser como una especie de burla. Yo creo que tiene también que ver con esa idea del entusiasta, además de ciertos ritos, cierta cercanía con una estética concertacionista del principio…
—Como que lo cultural eran las batucadas y el carrete era Liguria.
—Claro, como una idea lo cultural muy acotada a un circuito muy específico. Donde lo disruptor o lo considerado distinto…para ponerlo de otra manera, algo disruptor moderno era poner una mujer en topless en una revista. Que eso correspondía a un imaginario muy específico masculino.
En esa época se acuña una palabra horrible que yo nunca trato de no usar, que es ‘cartucho’ por alguien mojigato. Se desarrolla la idea de lo contrario a eso, de lo moderno o una mirada distinta. Entonces aparecen los cafés con pierna, que sigue siendo como una idea de erotización bien castradora, porque finalmente se hace un rito de algo que no es lo que se supone que es el objetivo final.

Y yo creo que eso representa mucho esa etiqueta de noventero de la época, algo que intentó ser, que es como una escenografía sin fondo, sin contenido, que es como un entusiasmo que no tiene una profundidad que lo sostenga y que a la primera mala noticia o al primer escollo, desaparece y se transforma en pesimismo.
—En Chile quizás la generación que hoy día es joven es justamente víctima de todas las promesas incumplidas del pasado. Tú hablas del libro de la irrupción, por ejemplo, de las universidades privadas. Prometimos que si estudiaban una carrera universitaria iban a tener un presente mejor, un futuro mejor, y eso ya no es así.
—Es el gran desafío que debería tener la política actualmente. La gran promesa incumplida que se sostiene, que se sostuvo con mucho ahínco durante mucho tiempo y que ahora ya no se está cumpliendo. Va aumentando la cantidad de personas que salen de la universidad o de la educación técnica o profesional con una frustración y muchas veces endeudadas. Y la percepción de que por mucho que tú estudiaste no tienes un mejor nivel de vida, que tu familia, va en aumento.
Yo creo que ese es el gran desafío que tiene la política actualmente, darle una salida a esas generaciones que se van acumulando, de personas, de profesionales que salen a la calle cumpliendo todas las exigencias para mejorar su vida, a la hora de salir al mercado laboral no se cumple.
—Y para seguir haciendo los links entre los 90 y este 2025, la generación que ahora está en La Moneda, el Frente Amplio, también ha sido muy criticada porque tanto que pelaron a los noventeros y no era tan fácil.
—No era nada fácil. Yo pensé que ingenuamente que tenían mayor claridad sobre lo que significaba hacerse cargo de un gobierno y del Estado. No la tenían. A mí me queda claro que si hacemos el contraste entre la generación que estuvo a cargo, sobre todo de la instalación del gobierno democrático de los primeros cuatro años del gobierno de Aylwin…
—Con los militares en la nuca.
—Con Pinochet en la Comandancia en Jefe del Ejército, esta generación realmente evidenció un nivel de ineptitud que yo les aconsejaría cerrar la boca en términos de su mirada crítica, particularmente sobre esos primeros cuatro años del gobierno de Patricio Aylwin. Porque con lo inepto que fueron en este gobierno, la revelación es que ellos hubieran sido incapaces de gestionar algo como lo que le tocó gestionar a ese primer gobierno de Patricio Aylwin.
—Hablemos del votante Parisi, que sacó casi un 20 % de los votos. Más allá de las encuestas y de lo que vimos o no vimos como sociedad, igual apareció también una crítica de clase, que es muy perturbadora, que cada cierto tiempo aparece en la sociedad chilena, ¿no?
—A ver, la clase en Chile es fundamental. El origen de clase, todo se estructura sobre esa base. Y el clasismo es un fenómeno que nos atraviesa como sociedad, un hecho de la causa. En este caso, claro, aparece la crítica desde ahí, desde el sector que ensalza la idea de pueblo. El pueblo se comporta como a ellos les gusta, y cuando deja de comportarse como ellos quieren, ya el roteo se transforma en el arma habitual.
El punto de la izquierda es que no ha hecho la introspección sobre el fracaso del proceso constituyente.
La derrota de ese 4 de septiembre todavía no ha sido asimilada, analizada con toda franqueza por la izquierda. Izquierda a la que yo adhiero, lo estoy diciendo desde ahí. Y las excusas que se han planteado pueden ser reales: el rol de los medios, el rol de las noticias falsas, de esparcir en un sistema que es muy distinto al de 10 años atrás, donde todo está medio diluido. Pero en ese mismo ambiente fue que se eligió a Gabriel Boric presidente.
—El telón de fondo era el mismo.
—Entonces yo creo que no se ha visto de frente lo que realmente ocurrió. Y mientras eso no ocurra, la izquierda va a seguir perdiendo adherentes, como se ha visto en esta primera vuelta.
*Ve la entrevista completa aquí.



