POR PATRICIO FERNÁNDEZ

El lunes almorcé en El Liguria con Mauro Fredes, uno de los propietarios de La Vinoteca y Wain, quizás las mejores tiendas de vino que haya en Chile, nacidas a punta de instinto y trabajo, y entusiasmo por la democracia. Estaba coordinando los preparativos de una fiesta para celebrar la inscripción de Marco Enríquez como candidato presidencial. Según él, había llegado el momento de mojarse el potito. Marcelo Cicali, dueño del Liguria y miembro de la misma cofradía, se comprometió con el vituperio alimenticio. Él es otro más de esos concertacionistas sin partido, repletos de anécdotas y recuerdos revolucionarios, de los lejanos tiempos de la dictadura, cuando oponerse a algo era poner en juego el pellejo. El suyo fue el restorán del bacheletismo. Intenté explicarle al Mauro lo inexplicable, que me gustaría mucho que la fiesta funcionara bien, y hasta le dije nombres a los que debía invitar -“invítalos tú”, me respondió-, y yo dándole vueltas a la perinola, que sí, que no, que era casi seguro que saliera de Santiago el fin de semana, pero que bueno ya, yo los convocaba. Mal que mal, Marco es uno de los nuestros, más allá de los matices, las desconfianzas y las diferencias. Además, creo haberle explicado que a mí me seducían los movimientos por encima de las personas, y si muchos de los que respetaba se soltaban las trenzas y partían por ese lado, se me volvería muy difícil contenerme. Por el momento, me declaraba indeciso, una experiencia totalmente nueva en materia de elecciones, porque antes nunca tuve dudas al respecto. Por Frei, eso sí, no había votado en 1994, aunque si pudiera volver atrás seguramente lo haría. Pero no se puede retroceder el tiempo.

Desde la escalera que baja al primer piso, divisé a Pato Navia con el periodista Miguel Paz en una mesa para cuatro, y apenas me separé del Mauro los saludé, y lo primero que preguntó Navia fue si me la jugaría o no. Así no más, como si uno tuviera que entender de golpe y raja lo que estaba diciendo… y claro que entendía. Él ya estaba decidido a votar por MEO, y puso un ejemplo nada despreciable para convencerme: ¿qué harías si estás a punto de casarte con una mujer buena, a la que conoces desde hace tiempo y con cuya familia has veraneado y pasado pascuas, pero a la que no sabes si verdaderamente quieres, y aparece una prima de segundo grado (agregó), joven, medio loca, si quieres, y te invita a dar una vuelta por el litoral, y atracan de lo lindo sin calcular demasiado? ¿Cierras los ojos y te casas por respeto a la novia y a los compromisos, o partes con la prima a lo que venga y, de paso, te liberas de la condena familiar? En eso llegó Copano y contó que su papá le había dicho tiempo atrás que entre una joven y una vieja, mejor la joven. Se especuló después con el juicio histórico: visto desde el futuro, ¿con quién se había estado? ¿con el nuevo o el pasado? Después me topé con mi amigo Díaz: “¡qué mierda más grande!”, comentó, “parece que yo moriré con el narigón”.

Una suerte de dilema vital está apoderándose de cierto grupúsculo progre. Si la candidatura de Frei deja de ser la nave madre para vencer a la derecha, ¿por qué habríamos de hundirnos con ella? ¿Y si convirtiéramos esto, ahora sí, en una primaria, y nos sacudiéramos los temores, y Marco no fuera sólo él, su familia y unos cuántos más, sino toda la fuerza fresca que la Concertación reclama, y en lugar de verlo como un tiro al aire le pusiéramos un destino, nada de odioso, capaz de incorporar a los mejor formados en democracia tanto como a sus maestros? ¿Si ya no combatiera estúpidamente ni con Tironi, ni con Lagos, ni con Viera Gallo, y se abriera como un político de fuste al cambio leal y generoso? ¿Si Marco ya no fuera rencilla, sino entendimiento? Comienza a rondar la convicción de que si gana Frei o Enríquez-Ominami, los puestos de gobierno saldrán del mismo mundo, mayores o menores, inéditos o best sellers, y ahí se arreglará el pastel. Nadie es tan irresponsable como para andar pensando en revoluciones raras. Y de perder, mejor hacerlo con la bandera de los cambios, que con la blanca de las rendiciones.

¿Qué tendría que suceder para que Frei revirtiera esta ola? Hoy por hoy, me cuesta imaginarlo. Quizás sacar en la encuesta CEP un porcentaje de apoyo sorprendente, y así volver a conquistar la primacía, la posibilidad real y no moral de ser él quien derrote a Piñera y dé vuelta la página. Pero no se ve fácil. Su entorno es un desastre. Tiran todos para distintos lados y un cierto olor a cadáver escapa de los partidos que lo apoyan. Nada nuevo está brillando bajo este sol de invierno, y, como en Las Mil y una Noches, para que no muera Scherezada, el cuento que terminó ayer no puede repetirse al día siguiente. (Esta historia continuará…)