La dirección no quiere escribir. Bebió demasiado a la hora de almuerzo. Quería hacerlo sobre las turbiedades del pijerío: las perversiones drogadictas y sexuales del conde Maciel, los toqueteos y abusos del padre Karadima, las jugarretas por comprobar de sor Paula en las Ursulinas.

Quería hablar de lo que pasa bajo las alfombras de los que pontifican en Chile, de los dueños de la plata, de los defensores de los grandes valores, de los que mandan cómo ha de ordenarse el mundo, mientras el mundo da vueltas sin ton ni son.

Aspiraba a escribir no sobre la hipocresía, sino acerca de la debilidad humana, de lo que algunos quisieran que la vida fuera, y no es, y que en lugar de jugar el partido de los justos, para esconderse, optan por el abuso secreto. Más fácil un niño, o niña, de ojos temblorosos, un discípulo(a) solo y encandilado, que un adulto con todas sus facultades. Cualquiera entiende las luchas de poder, pero no cualquiera acepta los abusos.

The Clinic entiende todo: lo que nos cuesta aceptar es el discurso santón acompañado de comportamientos que lo contradicen. Démoslo por demostrado: la autoconsiderada clase virtuosa, según demuestran los últimos acontecimientos, está llena de infecciones. Hijos de los momios chilenos: ignoren las enseñanzas de sus padres. Les mienten. Sus guías espirituales son unas mierdas.

Nosotros no somos mejores, pero no tenemos la tupé de hacernos los lesos. Desde el Decamerón de Boccaccio en adelante que sabemos que donde se promete santidad, no necesariamente la hay; que la virtud no habita en los que la gritan; que habitamos, gústele a quien le guste, en un nido de ratas. Ratas militantes, ratas de hábito, ratas obreras y ratas millonarias.

La dirección no quiere escribir hoy día. Está harta de opinar. Se contenta con decirle a sus lectores que nada es necesariamente lo que parece. Que, como dijo Parménides, “lo que es, es, y lo que no es, no es”.