Recuerdo haber participado hace algunos años en una mesa redonda en donde se debatía acerca del espacio público. La discusión giraba en torno a la arquitectura de Santiago, en particular la del centro. Llegado mi turno, me fui en picada contra un prepotente edificio de vidrio emplazado en la esquina oriente de José Miguel de la Barra con Monjitas, que según entiendo se construyó en reemplazo de una señorial casona perteneciente a la U. de Chile. Mi ensañamiento tuvo que ver con lo siguiente: la mole de vidrio —fuera de reemplazar la digna casona universitaria— rompía con la escala y la altura otorgadas por el cerro Santa Lucía, por el sur, y el Museo Nacional de Bellas Artes, por el norte.

Cuando iba a caballo con mi argumentación, uno de los panelistas, de profesión “esteta” y “filósofo”, me detuvo en seco y comenzó a bombardearme con estos argumentos: ¡Hasta cuándo el lamento frente a la arquitectura actual! ¡Hasta cuándo se dice que la del pasado era mejor, si la de hoy en el futuro también será la del pasado, y no faltarán aquellos que se quejen cuando sea, a su vez, demolida!

Frente a tales imprecaciones, no me quedó más que la típica respuesta hipócrita: decir que tenía en parte razón, pues no hay que padecer de misoneísmo (sufrir terror frente a lo nuevo). Sin embargo, reparé en otro problema: el de vincular lo estético con lo ético. Más que un asunto meramente estético, existe también un aspecto relacionado con la calidad de vida. En este marco, introduje en la discusión un argumento anecdótico. Dije que a comienzos de los 2000 arrendé un departamento en el último piso de un enorme edificio de concreto que ocupa un tercio de la manzana trazada por las calles José Miguel de la Barra, Monjitas, Mosqueto y Merced. Mi departamento miraba de frente a la mole de vidrio antes aludida. ¿El problema? En los meses estivales, la luz del sol de la tarde rebotaba implacablemente en la inmensa pantalla de cristal hacia la fachada de mi edificio. Imaginemos el fastidioso e insufrible calor (algo que era compartido por la mayoría de los residentes de los pisos inferiores).

El que alguien deba padecer un reflejo y un calor de esa magnitud supone la violación de cierta ética. Se trata de una agresión artificial que podría evitarse. Se ha hablado suficiente acerca de la falta de planificación urbana a nivel local. Algo que se ve refrendado en los gigantescos edificios de mediocre diseño construidos en sectores residenciales de la ciudad, como las comunas de Santiago Centro, Providencia, Ñuñoa o Recoleta. La mayoría cumple el innoble objetivo de obstruir la llegada del sol a los insulares patios de casas que han quedado encarceladas por los susodichos adefesios edilicios. Falta de luz, ruido y pérdida de privacidad. ¿Más argumentos?

Pero seamos justos. Hay que señalar que esta sobrepoblación de edificios carentes de estética ha sido beneficiosa para el nivel de vida de mucha gente. Comparado con las precarias condiciones de las poblaciones y los cités, un número considerable de compatriotas puede ahora gozar de un moderno departamento de 60 metros cuadrados (con cocina equipada, loggia y piscina común) a pasos de algún centro comercial o del metro.

Otra cosa es el rostro de la capital. Su cara céntrica. Lo que debiera ser el lugar del despliegue de la memoria (con la plaza de armas, la estación de trenes, la catedral, los tribunales de justicia, el palacio de gobierno, etc). Para muestra, un botón: hace unos días descendí por las escalinatas del Museo Nacional de Bellas Artes y traté de mirar a la virgen del cerro San Cristóbal. No soy una persona de inclinaciones religiosas, menos un devoto de las cualidades estéticas de la Virgen que corona el mentado cerro. Sin embargo, antes se la podía ver de día y de noche desde la plazoleta que antecede al museo; ahora es imposible. Cuatro edificios monstruosos impiden su vista.

Lo mismo ocurre con la imagen mimética (de un celular) edificada a pasos de plaza Italia por la Telefónica. Se trata de un falo que corta en dos la escultura más potente de Chile: la cordillera de los Andes. Y un poco más al poniente, si uno se ubica al comienzo de la calle Ramón Carnicer, es posible observar hacia el norte, después del río Mapocho, un compuesto sin nombre, un pastiche infame: la anómala fusión visual entre la Escuela de Derecho de la U. de Chile y el edificio de la U. San Sebastián, emplazado en los cimientos del antiguo Liceo Alemán (no vale la pena señalar la distancia entre la calidad arquitectónica entre ambos edificios).

Los ejemplos se podrían multiplicar. Citemos solo algunos: la Torre Santa María, incrustada en el cerro San Cristóbal, los impresentables paraderos de tono verdoso ubicados cerca de la estación Mapocho, el desorden arquitectónico en la Alameda con Ahumada o San Antonio, el hostil pasaje trazado por la carretera Norte-Sur, el —por suerte— aplazado proyecto arquitectónico que se edificaría sobre el derruido palacio Pereira. Todo esto aduje en la mencionada mesa redonda, frente al rostro impaciente y arrogante del filósofo experto en estética, quien después de un rato volvió a insistir en lo mismo: ¡puras quejas formales y estéticas! ¡Hasta cuándo la queja respecto de la arquitectura actual! Frente a esto, no me quedó más que recurrir a una oportuna máxima de Borges: “Siempre que he hojeado libros de estética, he tenido la incómoda sensación de estar leyendo obras de astrónomos que jamás hubieran mirado a las estrellas”.