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“Cuadrar el círculo” se titula la columna que el rector de la UDP, Carlos Peña, escribe en esta edición de El Mercurio referida al anuncio que hizo anoche la Presidenta Michelle sobre el proceso constituyente para dar vida a una Nueva Constitución, frase que pos sí sola da luces sobre la opinión del abogado respecto de las palabras expuestas por la Mandataria en cadena nacional por espacio de siete minutos.

“De todos los objetivos del Gobierno, el de contar con una nueva Constitución era el que suponía menores costos monetarios; pero el más enrevesado conceptualmente. Lo probaron las palabras de la Presidenta Bachelet”, anuncia Peña, antes de abordar la exposición de la Jefa de Estado.

El abogado refiere entonces la alusión de Bachelet al hecho de que como país nos rige una Constitución de 1980, nacida en una Dictadura, por tanto ilegítima.

Según dice, “la paradoja salta a la vista y la anunció en la primera mitad del siglo XX Hans Kelsen: si la Constitución de 1980 es insanablemente ilegítima, ¿cómo podrían ser legítimas las autoridades -incluida la de la Presidenta- que fueron elegidas a su amparo? La legitimidad jurídica, enseñaba Kelsen, es una cadena cuyos eslabones no pueden romperse. Si el último eslabón es legítimo (no cabe duda que la presidencia de Bachelet lo es), entonces los eslabones que le antecedieron también lo son”.

 

Respecto de los caminos anunciados por la Presidenta, a saber: cuatro, sostiene que “como en el cuento de Jorge Luis Borges (“El jardín de los senderos que se bifurcan”), las palabras de la Presidenta no señalaron un camino, sino varios: ellos van desde la formación de una comisión parlamentaria a la convocatoria de una asamblea constituyente. Así, ninguna pretensión resulta tempranamente frustrada, ningún camino definitivamente bloqueado, ninguna aspiración se apaga y no hay motivos para el enojo prematuro”.

“El camino comenzará con la educación cívica, seguida de un conjunto de diálogos que acabarán en las bases de una nueva Constitución. ¿Qué se puede esperar de una educación cívica llevada a cabo en cinco o seis meses? Por supuesto, nada o muy poco. No es necesario haber leído a Hume (el aspecto más básico de la política es la facilidad con que unos pocos logran dominar a muchos) para predecir que esos diálogos, a pesar del empeño de la educación cívica, serán dominados por pequeñas élites ilustradas. El proyecto de nueva Constitución no será el fruto de un diálogo igualitario y sin distorsiones, a la Habermas, sino el producto de un pequeño grupo ilustrado, profesores, intelectuales, políticos. El momento originario de la política radical -el pueblo deliberando acerca de su destino- será el relato ex post de ese proceso”, analiza.

Según Carlos Peña, el esperado proceso que relató Bachelet, postergado desde hace seis meses, “es una espléndida muestra de uno de los problemas que han aquejado al Gobierno: creer que basta inferir una consecuencia de un concepto para concluir que entonces es perfectamente posible en el plano de los hechos”.

 

“No deja de ser sorprendente que un gobierno anuncie una nueva Constitución socavando el suelo bajo sus pies: declarando insanablemente ilegítima una Constitución que se aplicó durante un cuarto de siglo y a cuyo amparo él mismo se eligió, y privando de todo poder constituyente al Congreso que, al menos hasta ahora, representaba la soberanía popular. Son los problemas que surgen cuando se intenta cuadrar el círculo”, cierra el analista.