Agencia Uno

Columna de Martín Tironi: Experimentación urbana en tiempos inciertos

Si hay una lección importante que nos ha dejado esta pandemia, es la de aprender a habitar la incertidumbre y dejar de creer que los humanos tenemos el control de los espacios que habitamos.

Lo que está en juego hoy no es cómo volver a la antigua normalidad pre-pandemia, sino cómo imaginar y desplegar alternativas para afrontar las futuras crisis. O dicho de otra manera, ante escenarios de radical incertidumbre como los que vivimos hoy, ¿cómo diseñar espacios más permeables a las situaciones imprevisibles, asociadas a virus, apagones tecnológicos, desastres socionaturales, conflictos sociales, etc.? ¿Cómo pensar la ciudad más allá del modelo de la alfabetización, donde los expertos deben planificar la ciudad para enseñarlas a los ciudadanos como vivirla y apreciarla bajo ciertas funciones y usos determinados? ¿Cómo diseñar espacios, equipamientos o infraestructuras que favorezcan el derecho a la experimentación comentado en la columna anterior? Si la vulnerabilidad e incertidumbre se transformaron en la marca de identidad de nuestros tiempos, ¿cómo proyectar una ciudad donde la idea misma de planificación asuma el carácter inacabado, relacional y maleable de los eventos impredecibles que constituyen la vida social?

Sin lugar a duda puede resultar un oxímoron o contradicción el diseñar para acoger lo vital e imprevisible de la vida urbana. Asumir este enfoque tiende a ser contraintuitivo: uno de los axiomas del “buen diseño” urbano es responder a necesidades perfectamente rotuladas y predefinidas. El diseño, por definición, es el esfuerzo por modelar una realidad futura (usos, interacciones, escenarios) desde acciones que tienen lugar en el presente.

Si la vulnerabilidad e incertidumbre se transformaron en la marca de identidad de nuestros tiempos, ¿cómo proyectar una ciudad donde la idea misma de planificación asuma el carácter inacabado, relacional y maleable de los eventos impredecibles que constituyen la vida social?

En su texto The Open City, Richard Sennett analiza precisamente cómo la idea moderna de planificación ha operado como medio para imponer ciertos ordenamientos por sobre otros, predeterminando usos, recursos e interacciones. En esta concepción, el diseño funciona como mecanismo para programar y prescribir funcionalidades cerradas a través de objetos y materialidades urbanas, que actúan como unidades inexpugnables, como cajas negras solo accesibles a los especialistas, pero asegurando usos compatibles, fiables y rentables. Sennett denomina “sistemas cerrados” a este modelo de planificación y diseño, en el cual existe una sobredeterminación de los usos que busca la estabilización y continuidad por sobre la reivención generativa.

En contraposición, y en dialogo con Jane Jacobs, Sennett argumenta sobre la necesidad de desarrollar formas de planificación o sistemas infraestructurales abiertos e incompletos, de manera tal de poder acoger nuevos propósitos, usos y prácticas. De manera más radical, en el reciente libro Designing Disorder, Sennett y Sendra revindican la necesidad de desarrollar un urbanismo permeable al “desorden” urbano, a aquellas actividades y eventos emergentes y no programables, favoreciendo formas espaciales más receptivas a la evolución siempre disruptiva de la vida social. A contrapelo de una ciudad sobredeterminada y anquilosada, concebir los espacios que habitamos de forma incompleta posibilita no solo acompañar las nuevas circunstancias, adicionando nuevos actores y necesidades, sino también propiciar espacios de encuentros inesperados, oportunidades de descubrimientos, inéditas modalidades de cooperación e innovación. A diferencia de una concepción de la ciudad como un “modelo” o “producto” rígido, lo que se vislumbra aquí es la idea de la ciudad como un prototipo abierto a las recursivas redefiniciones, contingencias y resonancias de la vida social. En esta misma línea, el antropólogo del diseño Arturo Escobar aboga por la necesidad de rediseñar ontológicamente los marcos de planificación urbana hoy obsoletos, alejándose de sus orientaciones funcionalistas, instrumentales y patriarcales, y propone explorar un diseño para las transiciones, con foco en formas relacionales, emergentes y ecológicas de habitar.

Pareciera ser que la retórica del experto que mira y planifica desde “arriba” la ciudad, anclada al relato moderno de urbanización, industrialización, producción y consumo ilimitado, debe comenzar a ser replanteada, como lo exigen los cambios inexorables que el virus y la crisis medioambiental están introduciendo en nuestro modo de habitar. Comenzar a proyectar desde la idea de infraestructuras y espacios flexibles e interconectados, parece una condición necesaria para transitar hacia modos urbanos más sostenibles y equitativos.

Si hay una lección importante que nos ha dejado esta pandemia, es la de aprender a habitar la incertidumbre y dejar de creer que los humanos tenemos el control de los espacios que habitamos. Y si bien esta incertidumbre se distribuye de manera radicalmente desigual, las urbes tienen que desarrollar diseños que permitan actuar y moverse en escenarios inciertos, cuidando y acompañando las experiencias de vida de los seres más vulnerables en un mundo que ya no puede contar con la referencia de un futuro cierto ni estable.

Pareciera ser que la retórica del experto que mira y planifica desde “arriba” la ciudad, anclada al relato moderno de urbanización, industrialización, producción y consumo ilimitado, debe comenzar a ser replanteada, como lo exigen los cambios inexorables que el virus y la crisis medioambiental están introduciendo en nuestro modo de habitar.

De aquí que la experimentalidad, como prisma para pensar la condición urbana, viene marcar un camino posible para gestionar y lidiar en un momento donde las decisiones que se toma hoy se vuelven provisionales y revisables. Si como dice Sennett las ciudades han estado planificadas para impedir los actos de curiosear o explorar, la crisis del Covid impone con fuerza la necesidad de ensayar y explorar soluciones a preguntas y problemas que no pueden abordarse bajo la lógica solucionista del paradigma Smart city ni tampoco bajo el imaginario de la planificación moderna. Por ejemplo: la pandemia ha evidenciado como agencias no humanas son capaces de transformar radicalmente los que hemos construido y diseñado, pero aún no hemos desarrollado diseños adecuados para reconocer y coexistir con las múltiples entidades vivientes presentes en la ciudad. No vivimos en ciudades humanas, vivimos en ciudades más que humas, pero no contamos con las herramientas políticas ni proyectuales para orientarnos en estas urbes “compost”, usando la expresión de Donna Haraway.

La experimentalidad introduce también un necesario espacio de juego entre lo programado por los expertos y la experiencia de re-diseño constante que las personas activan en su cotidianeidad con los materiales, significados y usos que componen la ciudad. Sin prescripciones ni dogmas, la experimentalidad es una manera de escuchar la vitalidad y creatividad de la vida ordinaria, contribuyendo a generar mayor adherencia y arraigo con la realidad. La vida urbana no está dada, si ella persiste y se adapta a situaciones como la que estamos viviendo, es porque es rediseñada, recreada y reimaginada mediante continuas prácticas de experimentación.  

Cuando el diseño es controlado por los límites impuestos por la idea moderna y monumental de planificación, perdemos la posibilidad de movilizar las herramientas proyectuales para cambiar nuestro rumbo hacia un futuro más sostenible y justo. Una ciudad planificada exclusivamente para usos predefinidos y disciplinados pierde su vitalidad y capacidad para crear nuevos escenarios y responder a los problemas sistémicos que estamos viviendo, vinculados a las inequidades sociales, automatización tecnológica, el deterioro medioambiental, migraciones y conflictos virales.

Esta es la segunda columna sobre ciudades de una trilogía que será publicada semanalmente en The Clinic. Leer primera columna aquí.

*Martín Tironi es profesor asociado de la Escuela de Diseño de la Pontificia Universidad Católica de Chile e investigador asociado del Centro de Desarrollo Urbano Sustentable (CEDEUS). Es investigador responsable del proyecto Fondecyt sobre diseño de futuros en la era de la inteligencia artificial.

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