Agencia Uno

Columna de Constanza Michelson: Turistas, terroristas y refractarios

Roberto Calasso dijo que toda su vida escribió sobre la misma cosa, de lo invisible que a veces irrumpe. Se preguntaba cómo el homo secularis, o sea nosotros, educados en la ignorancia de lo invisible, podríamos hoy reconocerlo. Afanados con lo visible, dice que nuestro mundo es el de terroristas y turistas.

Hay verdades más intensas que el conocimiento.

G. Steiner

1- No hay vida consciente sin tragedia, escribió Amanda Labarca en 1924. No hay quien no haya comprobado con lágrimas que la vida es engañosa y que a mayor capacidad de gozar le corresponde una potencia similar de sufrimiento. Por eso, afirma, es el sentido místico el que protege del dolor, orienta y reimpulsa un nuevo inicio. La vida triunfa. Sin este acceso, hay muerte individual y colectiva; se puede hablar, comer, tener sexo, pero estar muerto. Hoy le llamamos, creo, depresión, nihilismo o tedio.

Aclara: no es lo mismo el sentido místico que seguir un credo, siempre se puede ser fanático sin saber nada del tiempo místico. Los credos pueden ser dogmáticos, momifican los símbolos y sus sacerdotes se vuelven guardianes de la sepultura de ideas muertas y ritos sin sentido; pero también los credos pueden ser banales, se puede adherir a una causa -política, exótica, sexual, soberbia o mediocre- sin shock ni conmoción alguna (como dice T: no puedes pensar como esa gente que va al barrio rojo y después va a su casa como si nada, sin consecuencias, ni siquiera una pesadilla de noche). En ambos casos, al credo le falta la distancia que otorga lo místico, una distancia decisiva, que impide que las causas se vuelvan cosas que se poseen.

2-  Roberto Calasso dijo que toda su vida escribió sobre la misma cosa, de lo invisible que a veces irrumpe.  Se preguntaba cómo el homo secularis, o sea nosotros, educados en la ignorancia de lo invisible, podríamos hoy reconocerlo. Afanados con lo visible, dice que nuestro mundo es el de terroristas y turistas, y aunque no me gustan las categorías, éstas me gustan porque no son realmente categorías, son modos de existencia, también una ironía y una provocación.

Los credos pueden ser dogmáticos, momifican los símbolos y sus sacerdotes se vuelven guardianes de la sepultura de ideas muertas y ritos sin sentido; pero también los credos pueden ser banales, se puede adherir a una causa -política, exótica, sexual, soberbia o mediocre- sin shock ni conmoción alguna.

Terrorista: fanático que, aunque odie lo secular (por eso ataca los lugares de su reproducción, centros comerciales, escuelas, bares, museos) es, a su pesar, un sujeto secular; que, como los misiles, apunta al cielo, pero su sacrifico y crimen queda en la tierra. Calasso piensa que el terrorista secular se formó en los noventa, en el auge del porno web, atraído por la nueva difusión de imágenes a escalas inéditas, y se propone ir más allá que el pornógrafo; y claro, más allá del sexo está la muerte (ver Saló de Pasolini). Responde, además, como dicen los teóricos de la web, al modelo de la acción directa, la desintermediación: actúa, se graba y difunde. Su gloria no es secreta.

Turista: el turista no quiere ser turista, pero a su pesar, viaje o no viaje, viaje solo o en un tour, está atrapado en una forma de mirar. Registra todo, quiere saber todo, pero no entiende nada, no da tiempo para que las cosas tengan resonancias, porque sabe de antemano lo que va a pensar y sentir. Se puede ser un astronauta turista o un amante turista, también hay diagnósticos turísticos, como la depresión o el tedio. El turista cree en la libertad invocando a la ciencia, pero ni la ciencia cree en la libre determinación. No le debe nada a nadie, no está a obligado a preguntarse por sus gestos y por sus preceptos, actúa directamente. En esto es aliado del terrorista y el porno: desprecio a la mediación, los preámbulos y las digresiones narrativas; máxima reducción del repertorio de gestos, mínimas diferencias.

Calasso piensa que el terrorista secular se formó en los noventa, en el auge del porno web, atraído por la nueva difusión de imágenes a escalas inéditas, y se propone ir más allá que el pornógrafo; y claro, más allá del sexo está la muerte (ver Saló de Pasolini).

3- Amanda Labarca pensaba en los años veinte que estábamos en tiempos decisivos. Tuvo razón. Dijo que una sociedad sólo florece cuando hay una articulación entre el saber racional y el sentido místico. Si no la decadencia, ya sea por racionalidades desbocadas o dioses locos. Pienso en tantas columnas (fomes) sobre la catástrofe ambiental, con datos muy importantes (que nunca registro), que son saberes críticos, pero no mueven la aguja. No basta saber. Como tampoco basta que los ideales lindos se rieguen como polvo mágico. Hace poco vi el documental de Woodstock 1999, realizado por el mismo organizador del original, pero no resultó la fórmula: derivó en una orgía de juegos con caca, violencia, abusos sexuales y un incendio como gran final. Y es que no es cosa de invocar la paz y el amor así nomás. Tampoco conviene creer que el progreso es siempre progreso: M. es fanático de la tecnología, me contó que Elon Musk va a hacer humanoides. ¿Para qué?, le pregunté. Evidente, para que los humanos no tengan que hacer las tareas que nadie quiere hacer. (Silencio). Bueno, después obviamente nos van matar. (Silencio).

4-Lo místico o lo invisible, lo que sea que su educación les admita nombrar sin sentir que exageran, existe sin estar presente. No se ve, pero tiene efectos. Es lo que ocurre entre las cosas presentes y medibles, entre las notas musicales, los puntos, los datos, los diagnósticos. Por ejemplo, el ritmo; o los recuerdos que anclan a las cosas, como una ciudad invisible que da sentido a la de cemento; el amor, que por eso se le exige tanta demostración, porque se entrelaza en gestos, pero no es exactamente el gesto. La respiración del mundo es lo está entre el número uno y el número dos, escribió Lispector. Lo que somos, lo más propio, es invisible, por eso no nos define ni el pasaporte, ni el cargo, ni lo que decimos ser con certeza, pero que, si nos miramos -y somos mirados- de manera atenta, se verá eso que cada uno es. Solo se puede ver así: uno por uno. También se ama así, mirando uno por uno. Mírame (o escúchame), pedimos cuando pedimos amor.

Pienso en tantas columnas (fomes) sobre la catástrofe ambiental, con datos muy importantes (que nunca registro), que son saberes críticos, pero no mueven la aguja. No basta saber. Como tampoco basta que los ideales lindos se rieguen como polvo mágico.

5- Sin lo invisible no hay sentido; hay significados, pero no sentido. Hay causas, pero no sentido. A veces se busca la causa de una depresión, del nihilismo o el tedio, y cuando no hay causa se acusa al cerebro o a la mala voluntad. Pero quizá lo que falta no es una causa, sino sentido. El punto es que el sentido no es algo. No está arriba, o atrás de las cosas, ni en algún paraíso perdido. El sentido son hilos que vibran, que orientan y dan deseo. El sentido no hace que las cosas se posean, sino que nos conciernan.

Lo que somos, lo más propio, es invisible, por eso no nos define ni el pasaporte, ni el cargo, ni lo que decimos ser con certeza, pero que, si nos miramos -y somos mirados- de manera atenta, se verá eso que cada uno es. Solo se puede ver así: uno por uno.

Para Calasso son los refractarios los que aún ven lo invisible, quienes salvan el sentido y el amor hacia el mundo. Yo creo que eso refractario, siempre está. Lo que pasa es que a veces llega como angustia, conflicto o inquietud. La inmediatez de nuestro tiempo tienta a volverse un terrorista impetuoso o un turista desinteresado, pero, si se persevera en la espera -cuestión contracultural a esta altura- a veces vemos la respiración del mundo.

Pizarnik, lo escribió con temblor:

La rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos.

(Por ejemplo, así podría partir una columna sobre la emergencia climática)

*Constanza Michelson es escritora y psicoanalista.

También puedes leer: Columna de Constanza Michelson: Asfixia


Volver al Home

The Clinic Newsletter
Comentarios