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Columna de Elisa Araya: Educación en tiempos de incertidumbre

En estas primeras décadas del siglo XXI, en un período lleno de incertidumbres, injusticias y dolores, la educación sigue siendo esa ventana abierta para imaginar mejores futuros.

La educación como un ámbito social clave para la vida y la convivencia de la comunidad es la piedra angular para el desarrollo de estas nuevas maneras de entender la educación a la ciudadanía y la comprensión de la democracia no como causa, sino como consecuencia de la sociedad justa, donde se han creado las condiciones de coexistencia económica, social, cultural y política para que nuestras sociedades tengan carácter integrador, descartando las marginaciones y marginalidades excluyentes.

En estas primeras décadas del siglo XXI, en un período lleno de incertidumbres, injusticias y dolores, la educación sigue siendo esa ventana abierta para imaginar mejores futuros. Requerimos, al contrario de lo que muchos postulan con la tecnificación de la pedagogía, de una educación para todos y todas, que aborde las temáticas que nos humanicen e impidan que la degradación de la tierra y de la especie se agudice hasta que sea demasiado tarde. En este contexto, resulta evidente que no solo es posible, sino también necesario volver a plantear la universalidad de la educación, la que no se resuelve solo por la gratuidad, pues va más allá de lo financiero. Debemos aspirar a un proyecto educativo como proyecto social que nos integre y nos trate con igual dignidad a todos y todas.

La noción de educación universal conlleva a instalar justamente temas universales y que se pongan en el centro ya no ideas y nociones particulares o de intereses de sectores con poder, sino que otras que nos importan y sirven como colectividad: la ciudadanía, la solidaridad y la comunidad por sobre las del individualismo, la competencia y el egoísmo. Cuando educamos en estas ideas resulta cada vez más posible un trato igualitario en dignidad en todas las esferas de la vida.

Esa educación es universal e igualitaria, en el sentido que es amplia y rica en el abordaje de los temas y discusiones que se necesitan, e igualitaria porque debe poner en las manos, corazones y cerebros de cada uno y cada una, herramientas de igual valía para afrontar la vida.

En este contexto, resulta evidente que no solo es posible, sino también necesario volver a plantear la universalidad de la educación, la que no se resuelve solo por la gratuidad, pues va más allá de lo financiero. Debemos aspirar a un proyecto educativo como proyecto social que nos integre y nos trate con igual dignidad a todos y todas.

Esa educación es no sexista y es inclusiva, no genera estereotipos, no modela cuerpos y mentes, es respetuosa y reconocedora de las diversidades, las particularidades, de las variedades. Esa educación es ambientalista y ciudadana, nos enseña a cuidar y proteger a nuestra Tierra–Patria, a la vez que nos convoca a comprometernos con la democracia, los derechos humanos y la participación deliberativa en los asuntos públicos. Esa educación es emocional y abierta a las ciencias, vale decir, permite conocernos y generar nuestros propios proyectos de vida, a la vez que, le da la espalda a la superchería y la falsedad. Esa educación está comprometida con el diálogo y la paz, pero se rebela y lucha contra la injusticia. Hoy tenemos una nueva oportunidad para que ese anhelo sea pensado, discutido en profundidad y consagrado, finalmente, como un derecho superior. Existe ahora la posibilidad de desarrollo social y humano que permita un tejido social armonioso, integrado y justo. Solo a partir de ahí, se podrá visualizar como eje de desarrollo del país y de su pueblo.

En ese proyecto también está inserta nuestra Universidad, en una nueva etapa. La UMCE tiene un proyecto educativo, una misión social que debe ser perfeccionada, revisada y ajustada, claro que sí. Y lo haremos poniendo el bien común por sobre los intereses personales o de grupos aislados, pero, sobre todo, debemos desarrollar esa misión social ineludible.

Existe ahora la posibilidad de desarrollo social y humano que permita un tejido social armonioso, integrado y justo. Solo a partir de ahí, se podrá visualizar como eje de desarrollo del país y de su pueblo.

No estamos empeñados en la mera entrega de certificados y títulos, o en la investigación para la publicación como parte de un rating, sino en el aporte sustancial a la construcción de una sociedad que nos permita sentirnos orgullosos de lo que les heredaremos a las próximas generaciones, esa educación trae al centro aquello que antes dejábamos en la tangente, en la transversalidad del acto educativo. Porque la educación puede y debe emitir su voz en tiempos de incertidumbre y deshumanización, es una esperanza, es una fuerza, nuestra fuerza.

*Elisa Araya Cortez es rectora de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (UMCE). Profesora de Educación Física, psicomotricista, especialista en el juego infantil; y Doctora en Ciencias de la Educación Universidad Católica de Lovaina, Bélgica, con formación en Pedagogía Pikler en el Instituto Pikler-Loczy en Budapest Hungría. Ha asesorado a distintos organismos estatales como el MINEDUC y la JUNJI, en materias como actividad física, juego y creatividad en la primera infancia.

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