Héctor Noguera: “Veo a los candidatos a la presidencia y pienso: ¿Valdrá la pena gastarse tanto por un cargo tan desprestigiado?”

A los 84 años, el actor y director vive intensos días de trabajo: vuelve a las tablas en una nueva versión de “Romeo y Julieta”, publicará sus memorias en noviembre y regresará al cine con “El pa(de)ciente”, donde interpreta a un médico diagnosticado de un extraño síndrome que lo lleva a cuestionar su oficio y el sistema de salud privado. Noguera hace aquí su propia radiografía crítica del presente político y social del país: “Vivimos en tiempos de absurda contradicción”, dice.

Tenía 42 años cuando interpretó a Hamlet en 1979. Dos décadas más tarde fue el Rey Lear de Nicanor Parra en el recordado montaje dirigido por Alfredo Castro de 1991. Pero hubo otro personaje de Shakespeare que Héctor Noguera siempre quiso hacer y nunca pudo.

“Me moría de ganas de ser Romeo en la versión que se hizo de ‘Romeo y Julieta’ traducida por Neruda en 1964, pero no lo conseguí”, cuenta el actor y director, hoy de 84 años. “Ese montaje –que finalmente fue protagonizado por Marcelo Romo y Diana Sanz– salió del teatro de la Universidad de Chile y yo pertenecía al de la Universidad Católica. Esa rivalidad era un poco como la historia de los Montesco y los Capuleto”, agrega entre risas.

El intérprete y Premio Nacional ha vuelto a reencontrarse con ese mismo texto casi seis décadas después. Y lo hizo a través de los ojos del Príncipe, personaje que lo trajo de vuelta a los escenarios desde ayer jueves 7 de octubre en la versión de “Romeo y Julieta” que debutó en el Teatro Nescafé de las Artes, bajo la dirección de Natalia Grez y Emilia Noguera, su hija.

“Entre Calderón de la Barca y Shakespeare está todo lo que tenemos que saber”, asegura Noguera. Está sentado en la entrada del Teatro Camino, su sala ubicada al interior de la Comunidad Ecológica de Peñalolén. Son pasadas las 5 de la tarde de un caluroso martes, y lleva puestos unos short, una polera celeste y una chaqueta de lino encima. Su barba de varios días y esa expresión seria en su rostro lo hacen lucir como un Van Gogh más veraniego y canoso en uno de sus célebres autorretratos. Noguera vuelve a la tragedia Shakespeare:

“‘Romeo y Julieta’ es ante todo una historia de amor, te lo anticipa desde el título, pero empieza con la guerra y con estas dos familias que se odian y matan entre sí en una época en que la honra se defendía a muerte. Romeo es también una víctima del absurdo de una sociedad, pero en medio de todo ese odio surge el amor”, dice. “Es fascinante como idea y también muy inspirador para la vida de cada uno el comprender que de lo malo puede salir lo bueno. Y es muy lectura muy vigente, además, puesto que ese absurdo y esa guerra que está en la obra es también la que vemos hoy en día, cuando predomina el no diálogo y el no entendimiento por el simple hecho de no querer entenderse”.

Cuesta hallar un espacio libre en su agenda. Dividido entre grabaciones de teleseries y los ensayos en el teatro, Noguera hace un alto para hablar con The Clinic sobre sus más próximos proyectos. Luego de tres años escarbando entre sus recuerdos, cuenta, en noviembre próximo publicará sus memorias por editorial Catalonia. Llevan por título “Autobiografía de mi padre. Relatos actorales de Héctor Noguera” y fueron escritas por Damián, el menor de sus seis hijos.

“Es un repaso por mi carrera artística y algunos aspectos biográficos, como recuerdos de mi niñez y otros posteriores que le conté a Damián, quien seleccionó y editó todo el material. El relato está narrado desde lo que siente un actor, se divide en capítulos y atraviesa además varias décadas, desde mi trabajo en fotonovelas (durante los años 60) y hasta lo que he hecho en teatro, cine y televisión. Hay dos capítulos excepcionales sobre el ‘Rey Lear’ (1991) y ‘El chacal de Nahueltoro’(1967)”, adelanta.

-¿Qué ha significado para usted hacer este ejercicio de memoria sobre su vida?

-Al revisitar la memoria te das cuenta de cosas que no te diste cuenta cuando las viviste ni cuando las contaste. Y piensas: ahora entiendo todo. Damián fue muy clave en desvelar todo eso. Él me decía: papá, lo que a ti te pasaba con este episodio de tu vida o tal persona era esto y se debía a esto otro. En ese sentido, él fue un muy buen guía de ese viaje por los recuerdos, que a veces uno no logra analizar ni conectar con tanta claridad. Fue un proceso muy rico también para los dos, como padre e hijo. Siempre hemos sido muy unidos, pero esto nos conectó también desde otro lugar.

Más próximo será su regreso al cine. Tras la premiada “Mr. Kaplan” (2013), Héctor Noguera reaparecerá en la pantalla grande como protagonista de la película “El Pa(de)ciente”, segundo largometraje dirigido por Constanza Fernández que debuta esta semana en el Festival Internacional de Cine de Busán, en Corea del Sur, el certamen cinematográfico más grande de Asia. El filme fue grabado durante el 2019 y está coprotagonizado por sus hijas actrices Amparo y Emilia. Se estrenará en Chile durante el primer semestre del 2022.

Basada en el homónimo y exitoso libro testimonial del oftalmólogo chileno y eminencia en el campo de la bioética Miguel Kottow –publicado en 2013 y cuyo subtítulo es “La medicina cuestionada”–, la película narra la historia de un médico que es diagnosticado con el síndrome de Guillain-Barré, un trastorno poco frecuente en que el propio sistema inmunitario daña sus neuronas y puede llegar a provocar parálisis. A partir de su paso por la clínica y del trato que recibe, el personaje interpretado por Noguera se sumerge en un debate interno en torno a la ética profesional y el negocio de la salud privada.

“Al principio, cuando me propusieron la película, tuve bastante reticencia”, dice Noguera.

“La historia trata de una familia que de alguna manera se quiebra por lo que sucede, y la directora quería que toda mi familia estuviera también en la película. Finalmente aceptamos los tres y yo no quería que ese hecho llamara la atención por sobre el tema de la película o que quedara todo como un asunto extracinematográfico. No es primera vez tampoco que trabajo junto a mis hijos. Lo hicimos en ‘La vida es sueño’, en ‘El jardín de cerezos’ y otras, y ya ha pasado que la prensa titula “Hijo de Héctor Noguera dirige a su padre”. Llama la atención supongo, pero se queda en la anécdota muchas cosas. Sí está bueno que la gente se vaya acostumbrando a que trabajamos juntos. Además, la directora de esta película sí tenía razón, pues con Amparo y Emilia se generó una complicidad y una intimidad que funciona muy bien con la historia”.

Al revisitar la memoria te das cuenta de cosas que no te diste cuenta cuando las viviste ni cuando las contaste. Y piensas: ahora entiendo todo. Damián fue muy clave en desvelar todo eso. Él me decía: papá, lo que a ti te pasaba con este episodio de tu vida o tal persona era esto y se debía a esto otro. En ese sentido, él fue un muy buen guía de ese viaje por los recuerdos, que a veces uno no logra analizar ni conectar con tanta claridad.

-¿Ya vio la película?

Sí, nos invitaron a un visionado, la vimos y quedamos muy contentos. Es un tema interesante el que plantea y conocer lo que le pasa a un enfermo al que le toca convivir con una enfermedad casi sin retorno, grave y poco conocida. Y sobre todo que le ocurra a un médico y en el mundo de la medicina privada. Muchas veces al enfermo de la salud pública se le discrimina porque dicen ‘no importa, total no paga’, pero también se discrimina al enfermo de la salud privada porque piensan ‘para eso paga, métanle más remedios y mándenlo a hacerse más exámenes’. Es discriminación inversa. Están esas dos posturas y el ser humano tironeado por ambas fuerzas. Aquí se toma una mirada que no se había tomado antes, y no sólo está el padecimiento médico, sino que además se desatan muchos asuntos internos en la familia a partir de la enfermedad. Todo eso la película lo presenta, lo cuenta y da un enfoque distinto al tema.

En septiembre de 2019, semanas antes del rodaje de la película, Héctor Noguera fue sometido a una operación cardiovascular producto de una estenosis aórtica, un estrechamiento en la aorta que le impedía respirar con normalidad, recuerda. Le instalaron una válvula nueva y pocos días después fue dado de alta en la Clínica Las Condes. Ese último paso por la clínica, uno de los tantos en su vida, dice el actor, le ayudó también construir al personaje desde su experiencia y sus propios encuentros y desencuentros con la medicina.

Noguera en “El Pa(de)ciente”. Crédito: Productora NiñoFilms.

“Si bien en el libro de Kottow estaba todo lo que necesitaba, todo lo que él vivió y sintió, sin duda muchas de las cosas que el personaje vive yo también las había vivido. Yo he tenido varios accidentes y operaciones en mi vida, y enganché rápidamente con lo que él está enfrentando y cuestionando”, comenta Noguera.

Muchas veces al enfermo de la salud pública se le discrimina porque dicen ‘no importa, total no paga’, pero también se discrimina al enfermo de la salud privada porque piensan ‘para eso paga, métanle más remedios y mándenlo a hacerse más exámenes’. Es discriminación inversa. Están esas dos posturas y el ser humano tironeado por ambas fuerzas.

“Si uno antes se sentía mal, iba al médico, decía qué síntomas tenías y te daban tal o cual diagnóstico y los remedios. Ahora los médicos se dan una vuelta larga, te dan una ronda de exámenes y se demoran en decirte qué tienes, mientras tu bolsillo se achica cada vez más. Yo me pregunto: ¿será necesario? Y te viene entonces la incertidumbre y cuestionas esa palabra de la medicina que antes era incuestionable. Ahora uno la piensa bien antes de ir al médico, porque sabes que vas a entrar a una cadena de exámenes y da mucho miedo pensar en qué te van a descubrir. Todo ese planteamiento es muy interesante ponerlo en la opinión pública, y creo que la película lo hace”.

El poder y la culpa según Noguera

La pandemia y el confinamiento lo acercaron aún más a sus lecturas sobre el cristianismo, taoísmo y budismo. El actor y director lleva años preguntándose de dónde venimos, sobre el origen del universo y, con mayor fascinación, acerca de cómo terminará todo. Ahora mismo, cuenta, está leyendo el libro “El infinito en un junco: la invención de los libros del mundo antiguo”, de la filológa y escritora española Irene Vallejo Moreu. Y no es casual: la lectura sigue siendo uno de sus grandes pasatiempos. Y la historia y la religión, dos de los temas fundamentales e inagotables en su vida.

“Creo que me he ido alejando cada vez más del catolicismo y a la vez admiro cada vez más la figura de Jesús –dice Noguera–. Me he puesto menos católico y más jesuita” (ríe).

“He encontrado un sentido en la figura de Jesús. No en cuanto a la discusión de si existió o no históricamente, sino en cuanto a su existencia literaria. Sea real o no, está escrita en libros y se comunica a través de generación en generación, y creo que hay una gran sabiduría en ese ser que los mismos seres humanos hemos creado. Esa concepción de Jesús viene también de Oriente. No es una concepción romana del mundo, donde la misma figura después se fundió demasiado, a mi parecer, y perdió valor espiritual. Se convirtió en un arma del imperio, un arma político y cagó todo. Yo me quedo mucho más con la mirada de Jesús que proviene de Oriente y creo profundamente en esos valores”.

-¿Qué opinión tiene hoy de la Iglesia Católica?

-Sigue siendo igual de imperialista que hace siglos. Y aún no se libera de esa misión autoproclamada de ser los dueños de la verdad y establecer criterios. Si tú no eres como ellos, pierdes derechos. Indudablemente el ser humano tiene una ética no impuesta por factores externos, y eso la Iglesia no lo ha entendido. No me gusta tampoco cuando los obispos en el Te Deum hablan sobre cómo hay que dirigir el país. Porque no lo hacen desde la espiritualidad sino desde la legalidad, y eso no corresponde. ¿Por qué no se respeta del todo la separación entre la Iglesia y el Estado? Todavía eso sigue muy junto y es vergonzoso. Los sacerdotes deben opinar sobre los cristianos, no sobre asuntos políticos. Afortunadamente, hoy su voz ya no se escucha como antes y el tema de los abusos ha sido muy decidor en eso. Creo que la Iglesia es, como los políticos o la policía, una de las autoridades cuestionadas y deslegitimadas del nuevo orden.  

“Creo que me he ido alejando cada vez más del catolicismo y a la vez admiro cada vez más la figura de Jesús –dice Noguera–. Me he puesto menos católico y más jesuita” (ríe).

Héctor Noguera nunca ha usado Twitter ni sus cuentas de Facebook e Instagram para opinar sobre la contingencia. Más lo ha hecho a través de cartas enviadas a los periódicos y en una que otra entrevista. Tampoco las usa para informarse, aclara: es uno de los lectores sobrevivientes de prensa escrita en papel. Tampoco se ha perdido los debates presidenciales ni los detalles del proceso constituyente, que hoy mira y analiza con suspicacia.

-¿Qué sensación tiene hoy con respecto al Chile en que vivimos?

Yo creo que la sensación general es la incertidumbre. Siempre los seres humanos hemos vivido en la incertidumbre, pero ahora esa conciencia de la fragilidad se ha acentuado con la pandemia y lo que ha pasado recientemente. Eso trastornó mucho la conducta humana. Además vivimos en tiempos de absurda contradicción, y se ve en todo. Cuando uno escucha los discursos políticos, por ejemplo, se da cuenta de por qué la gente dice que no sabe por quién votar. Son contradictorios y no están unidos en un sentido de bien común. No se ve mucha lógica ni un discurso siquiera. Tampoco un relato en los acontecimientos. Es el trabajo que tendrán que hacer de este periodo los historiadores, pero también todos los seres humanos lo somos un poco. Buscamos sentido a lo que pasa, por eso conversamos y discutimos. Por eso escribimos y leemos. Por eso vemos también películas y vamos al teatro. Pero ahora esa discusión se ha polarizado mucho más de lo que ya estaba. Y lo ha hecho hacia algo excesivamente emocional. Y no es que yo esté en contra de la emoción. Imagínate, yo soy actor y trabajo con ella, pero el ser humano tiene que saber manejar sus emociones y tengo la sensación de que no se manejan. Antes, y no sólo en Chile, había más conciencia del bien común y eso ha desaparecido. El individualismo ahora se defiende mucho más y con una fuerza que antes no tenía. Si las cosas no son a mi manera, soy capaz de todo por ello. Mira nada más lo que ha pasado con Estados Unidos y la guerra en el Medio Oriente, o lo que sucedió ahora en el norte con los inmigrantes. Si no eres como yo, te agredo. Si no tienes el color de mi piel y no hablas como yo, no te acepto. Tienes que ser como yo, ése es el discurso, y si vives aquí tienes que vivir como nosotros. Todo eso es demasiado fuerte ahora, y es muy curioso porque estando en un mundo tan globalizado, que exista tanto todo lo contrario, tanta individualidad, inequidad e intolerancia, es insólito y muy impactante.

-¿Qué rol debería tener la política en ese “nuevo orden” que usted mencionó?

La política ha perdido totalmente su capacidad de gobernar. Y uno ve ahora mismo a los candidatos a la presidencia y pienso: ¿valdrá la pena gastarse tanto por un cargo que está tan desprestigiado? ¿Vale la pena realmente ser Presidente de la República ahora? ¿Qué te puede llevar a eso? Toda autoridad está sobrepasada hoy en Chile, y cuando se dice que este país no tiene respeto por la autoridad, claro que no lo tiene, porque algo se desequilibró, algo cambió y ese cambio aún no se aquilata. ¿Cuál es hoy y cuál va a ser el rol del Presidente? Es un cargo sobre el cual hay más desconfianza que confianza. Entonces, si la autoridad pierde su autoridad resulta aún más difícil saber quién va a tener o podría tener el poder de hacer lo que hay que hacer en Chile para que ese cambio que esperamos todos se produzca.

Noguera en “El Pa(de)ciente”. Crédito: Productora NiñoFilms.

-¿Hay algún candidato o candidata que le parezca más preparado para liderar ese cambio?

-Tengo pocas esperanzas de que alguno de ellos tenga la disposición real que requiere ese cambio. ¿Quién le va a decir al Ejército: señores, se terminaron las platas reservadas? ¿Quién va a hacer cumplir la Constitución y a establecer que el poder militar está sujeto al poder civil y no al revés? ¿Quién va a decir aquí se terminó la transición y hoy tenemos otro orden? No podemos seguir siempre en una eterna transición. Lo que se pactó después del Golpe no cabe duda de que fue mal pactado. Después vino el del estallido y no puede seguir habiendo más pactos. Alguien tiene que ponerle fin a todo eso y además tiene que hacerlo bien y no sólo movido por la emocionalidad, que es muy propia del poder. Nunca les va bien a los personajes del teatro o del cine enceguecidos por el poder, y por algo es. Yo creo que la gente, y me incluyo, sigue la campaña y las elecciones como seguiría un partido de fútbol. Nos interesa saber quién va a ganar ese partido, obviamente, pero de ahí para adelante nadie sabe qué va a pasar. Nuevamente: la incertidumbre.  

La política ha perdido totalmente su capacidad de gobernar.

-¿Con qué ojos ha visto el proceso y a la misma Convención Constitucional?

-Yo no sé si habrá sido culpa de la prensa, pero creo que se armaron falsas expectativas con respecto a la nueva Constitución. Decían que con la nueva Constitución iba a cambiar todo, pero no es así. Sí cambia el fundamento de un país, claro que cambia, pero nunca ha sido tan rápido todo. El cambio va acompañado de muchos otros factores, como la actitud de un pueblo. Una cosa es que esté escrita y la otra es que se cumpla y se respete. La Convención se ha visto tan perjudicada también por esas tensiones internas que se han visto bastante, pero estamos todos convencidos o tenemos la esperanza al menos de que vamos en la dirección correcta y que una nueva Constitución nos ayude a tener un país más justo y con menos inequidad en todos los sentidos posibles.

-¿Qué conserva el Chile actual del Chile en que usted creció?

-Cuesta definir ese encanto que tiene Chile. Cuesta porque uno ve al mismo tiempo esa contradicción brutal de la que hablábamos, pero hay al mismo tiempo y adentro de todo esto que parece tan podrido a veces un alma buena que está interrumpida y que se ha visto a lo largo de la historia de este país además. Como en “Romeo y Julieta”, creemos siempre que de lo malo puede salir también algo bueno. Siempre se ha visto algo noble en el pueblo chileno que ahora está opacado por este individualismo, pero aún existe. En Chile subyace un deseo colectivo que aún nos puede salvar. Un afán de justicia que ha hecho que las autoridades políticas hayan perdido importancia y vigencia, y que ahora se piense más en un cambio basado en lo colectivo. Y lo que tenemos es una colectividad muy consciente de ello. Por eso me parece fundamental la educación, que no ha estado presente en los discursos de campaña. Nada puede cambiar realmente si no es a través de la educación. Yo siempre digo que en el colegio sólo aprendí a leer y a escribir, y aunque parezca absurdo, es suficiente. Si aprendes a descifrar y a volcar una idea, entiendes al ser humano, a tus compañeros, a tu familia y todo. Y tengo la sensación de que a los niños no se les está enseñando a leer y a escribir sino que los forman para otra cosa. Y habría que volver a eso. Todos deberíamos volver cada tanto a primero básico para comprender mejor el mundo.

La Convención se ha visto tan perjudicada también por esas tensiones internas que se han visto bastante, pero estamos todos convencidos o tenemos la esperanza al menos de que vamos en la dirección correcta y que una nueva Constitución nos ayude a tener un país más justo y con menos inequidad en todos los sentidos posibles.

-¿Qué ha sido lo más difícil de derribar o ‘deconstruir’ en usted mismo con el paso del tiempo?

-Yo fui educado por los jesuitas en el colegio (San Ignacio), y creo que ahí tuve muchas ventajas, como hacer teatro como se me antojara. Pero por otro lado el colegio trabajaba mucho la culpa. Lo instalaba como un concepto en la vida de los niños. El colegio tenía un gran sentido social y eso es fantástico, pero siempre y cuando no sea motivado por una culpa. Y en este caso, por el hecho de que uno tuviera más que las personas que estaban en la calle. Y te lo hacían saber. Decían: bueno, y mientras usted lo pasa tan bien anoche en la fiesta, con la polola o lo que sea, el Padre Hurtado andaba en su camioneta recogiendo a gente de la calle muerta de frío. O también: no le dé a los pobres el abrigo que ya no usa, sino el que acaba de comprar. Y eso en un niño no sé qué crea más, si consciencia social o culpa. Porque cómo va a ser una lección para un niño ponerse el abrigo y estar consciente de estar cagándose a alguien más pobre. Lo mismo ocurría con la sexualidad. En vez de acompañarte en tu desarrollo sexual, con la tendencia que fuera, todo se trataba de la culpa y la prohibición del cuerpo. Lo asociaban a la maldad.

-¿Y esa culpa la siente hasta hoy?

-Siento mucha de esa culpa hasta hoy. Yo hablo con amigos que también estudiaron en el San Ignacio y mucho de ellos también la sienten. A mí el teatro me ha ayudado toda la vida a liberarme de la culpa. Me ha dado la posibilidad de ver el mundo desde los ojos de otros, el de los personajes. Y he podido ser capaz de hacerlo a través de los ojos de Federico Valdivieso (su personaje en la teleserie “Sucupira”, de 1996), de Hamlet, del Rey Lear y tantos otros, y todas son maneras muy distintas de hacerlo y todas te dejan algo. Aun así, la culpa siempre me ronda y eso es muy fuerte.

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