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15 de diciembre de 2021

Ramón Núñez, actor, 60 años de trayectoria: “A actuar se aprende gastando suela arriba del escenario”

Foto: Joaquín Zúñiga

A sus 80 años, Ramón Núñez -Premio Nacional de Arte 2009- dejó este 2021 de realizar clases en su alma mater, la Escuela de Teatro de la UC. Siete años antes había dejado de actuar y de dirigir profesionalmente. En esta entrevista reflexiona sobre el rol del teatro en Chile, sus comienzos en el mundo artístico y la etapa actual de su carrera. “No volvería a tener ni 15, ni 25 ni 30 años por ningún motivo. Hoy estoy cosechando”, comenta.

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Los muros del living y de la biblioteca del departamento de Ramón Núñez en Providencia, casi no cuentan con espacio suficiente para seguir colgando más cosas. Es como si por cada una de las obras de teatro en las que ha actuado o dirigido en sus casi 60 años de trayectoria profesional, decidiera colgar un nuevo cuadro o adorno en algún espacio que encuentre libre.

Una ilustración firmada por Pablo Neruda, fotos de Shakespeare, diplomas, premios, figuras y fotografías con la ex presidenta Michelle Bachelet cuando recibió el Premio Nacional de Arte en 2009, son sólo algunos de los objetos que adornan la casa de Núñez. 

Una de las repisas de su librero acumula las decenas de galardones y diplomas enmarcados que ha recibido a lo largo de su trayectoria artística, pero cuando le preguntan cuál es el objeto más valioso que tiene, no es ninguno de los reconocimientos. «Siempre digo que es este», explica mientras muestra emocionado un cuadro pequeño con un escrito en lápiz mina: “Tata, te quiero. Benjamín, junio 2011”. Esa es una de las pocas cosas que, asegura, lo entusiasman en la actualidad: los nietos.

Foto: Joaquín Zúñiga

El martes 30 de noviembre Ramón Núñez cumplió 80 años y se los celebraron en la Universidad Católica, donde estudió y donde ha sido académico. Fue un cumpleaños con tono de homenaje. «Una celebración maravillosa, en las canchas al fondo del Campus Oriente. Había un escenario, dos pantallas grandes donde se exhibían fotos mías actuando o dirigiendo, y con una cantidad de números artísticos. Ex alumnos míos cantaron canciones que a mí me gustaban», cuenta.

A sus 80, Ramón continúa recordando algunas fechas de momentos clave en su vida teatral. Por ejemplo, el viernes 7 de abril de 1960, día en que dio el examen de admisión para ingresar a Teatro en la Universidad Católica, y recuerda también el 25 de enero de 2021, cuando recibió en su hogar la visita del decano y del director de la Escuela de Teatro UC, quienes le comunicaron que su contrato como docente finalizaría en julio.

La decisión, asegura, se la tomó de buena manera. El 2021 fue su último año como profesor universitario, realizando clases por videollamadas y comunicándose con sus alumnos a través de WhatsApp. Tuvo que hacer frente a esos desafíos tecnológicos, pero asegura que el desempeño con sus alumnos fue muy positivo. 

«Hace siete años dejé de actuar y de dirigir profesionalmente. Al revés de la gran mayoría de mis colegas, estoy en una situación privilegiada, porque yo no dependo económicamente de las funciones de teatro en que tenga que actuar, o de las obras que tenga que dirigir. Esa fue una decisión particular mía y la conservo. Sin embargo, seguí en el 2020 haciendo docencia vía internet, online, y fue un resultado fantástico, como nunca antes lo había tenido», cuenta.

Foto: Joaquín Zúñiga

-¿Por qué?

-Porque la comunicación con mis alumnos era más que fluida, era abrumadora. Ellos me mandaban sus trabajos a las horas más disímiles del día, y yo se las contestaba inmediatamente. Tengo desde las doce y media del día, hasta las dos de la mañana. Entonces yo veía uno por uno, y les enviaba mis comentarios, mis directrices, les explicaba cuál era a mi parecer lo que estaba mal, por qué estaba mal y qué hacer para que estuviera mejor, en qué investigar, en qué buscar… en qué probar.

«Hace siete años dejé de actuar y de dirigir profesionalmente. Al revés de la gran mayoría de mis colegas, estoy en una situación privilegiada, porque yo no dependo económicamente de las funciones de teatro en que tenga que actuar, o de las obras que tenga que dirigir. Esa fue una decisión particular mía y la conservo»

-¿En términos tecnológicos tuvo que acostumbrarse a la modalidad de clases online?

-Yo soy pre Concilio Vaticano II, así que era imposible, dependí total, completa y absolutamente de mi nuevo ayudante que tenía, pero mis dos primeras clases, las tuve que suspender… Por fuerza de la tecnología… Porque yo insistía que en vez de usar Zoom, usar Skype, que es con el cual yo me comunico con gente en Europa o en otras partes, y no me resultó po. Luego desarrollamos muy bien la clase y fue un éxito, fue muy bueno.

-¿Pudo ver algunos trabajos teatrales de sus colegas traspasados al formato online?

-No. Porque me aburre mucho. Por aspectos que tienen que ver con una moda imperante de deconstruir las grandes y estupendas obras de teatro que van desde los griegos hasta el día de hoy, con un afán de ponerse al día en cuanto a los aspectos políticos y éticos que están preocupando a la juventud de hoy día. Entonces esa deconstrucción no me parece a mí válida. 

Ramón recibiendo el Premio Nacional de Arte en 2009. Foto: Joaquín Zúñiga

-¿Por qué no?

-Es que, por ejemplo, es una cosa muy distinta lo que hace la versión de West Side Story, Amor sin barreras, con la obra Romeo y Julieta de William Shakespeare. Eso es tomar el tema y adaptarlo a una realidad. Pero romper todo eso, y hacer que un Hamlet sea homosexual, y que tenga a su amada Ofelia, que sea travestista, y la madre sea una homosexual en potencia que no se atreve a salir del closet, me parece antojadizo. No me parece válido desde el punto de vista artístico. Porque tiene un solo propósito, que es el de shockear al público.

-Mejor empezar de cero…

-Por supuesto. Yo no sé referirme con ninguna propiedad a otros aspectos del arte, porque no soy un estudioso de ello, sino que soy más bien un outsider, un tipo que no participa, sino que observa. Tampoco voy al teatro…

-¿No? ¿Y desde antes de la pandemia, nada?

-Tenía que tener muy buenas referencias de algunos colegas que sí iban al teatro y me decían «esto no te lo puedes perder». Vi dos cosas que me gustaron muchísimo en los años anteriores: “El padre”, dirigido por Marcelo Alonso, y luego, que también me gustó mucho, “La última sesión de Freud”, con Tito Noguera y Cristián Campos. Con el Tito Noguera nos une una amistad de toda una vida. Cristián Campos fue alumno mío, pero eso no tiene nada que ver con un aspecto lo más subjetivo posible en cuanto a los valores implícitos en la obra. Además que el Tito se ha transformado en un muy buen actor, un actor sólido. Y eso me da gusto verlo, en vez de tanto grito y peo arriba del escenario totalmente inconducentes.

«El Tito (Noguera) se ha transformado en un muy buen actor, un actor sólido. Y eso me da gusto verlo, en vez de tanto grito y peo arriba del escenario totalmente inconducentes»

-Usted ha logrado ver evoluciones dentro de distintos actores, de cómo parten como estudiantes y terminan siendo consagrados…

-Es curioso, pero los que más gritan y los que más deciden romper todo para empezar de nuevo con otro tipo de teatro, son los de corta duración en cuanto a su trayectoria más tarde. Evidentemente que el teatro, como todas las artes, son política. No política partidista, pero las artes son política, porque están dando subliminalmente un mensaje que tú, si quieres y puedes, lo codificas y lo haces tuyo, y te hace reflexionar o no. A mí el buen teatro me hace reflexionar, y el mal teatro me aburre soberanamente. Pero los que perduran son los que se han esforzado en proyectarse a través de un trabajo arduo que no se termina nunca de aprender.

“Tú podrías cambiar la sociedad si quieres, y si el público lo acepta, en la medida en que tú te robusteces como ser humano, y tengas principios sólidos sobre lo que quieras cambiar, pero sin el discurso directo. ‘Hay que matar a los ricos para darle de comer a los pobres’. Matemos a todos los ricos y démosle de comer a los pobres, a ver cuánto tiempo dura esa comida. ¿Y después a quién habrá que matar?”, agrega Núñez.

Autógrafo de Pablo Neruda a Ramón. Foto: Joaquín Zúñiga

-Es llamativo eso de que el teatro se va aprendiendo siempre. Jaime Vadell dice que para él, el teatro es un oficio más que una profesión.

-Uno siempre está aprendiendo en el teatro, porque uno siempre busca decir algo de qué agarrarse para seguir adelante, seguir escalando. «Ya, aquí hay un peldaño firme, entonces quiere decir que el próximo también». En el arte no es así, en el arte tú pegas un peldaño y das por seguro que ya el próximo va a estar bien, metes la pata, está podrido y te sacas la cresta. Por eso le encuentro toda la razón a Jaime, es un oficio. El tiempo, que va decantando todo tan bien, decanta a los actores arriba del escenario, y los mejores actores son los que tienen mucho que entregar, y los que menos hacen. Menos es más, siempre.

-Usted ha mencionado que es riguroso con los alumnos, y que algunas veces los intentaba remecer diciéndoles: “Levanten la mano todos los que fueron obligados por sus padres a estudiar Teatro”.

-Sí, para tratar de decirles «ponte las pilas». Estudiar Teatro en cualquier parte del mundo no es fácil. No me refiero sólo a lo económico, sino que a los prejuicios familiares que existen con respecto a una profesión tan efímera y tan incierta como es el Teatro. Cuando veía alumnos que estaban durmiendo, les preguntaba: ¿cuántos de ustedes fueron obligados por sus padres a entrar a estudiar actuación? Todos calladitos. “Bueno, que se les note entonces. Que se les vaya la vida en lo que están haciendo». Que ha sido mi norma, yo no hablo sobre cosas que no he experimentado. Lo que enseño, todo lo he aprendido no en los libros, no en las teorías culturales modernas, ni en ninguno de los antropólogos y sociólogos del teatro, que por interesantes que sean, no te enseñan a actuar. Actuar se aprende arriba del escenario, gastando suela en el escenario.

«Lo que enseño, todo lo he aprendido no en los libros, no en las teorías culturales modernas, ni en ninguno de los antropólogos y sociólogos del teatro, que por interesantes que sean, no te enseñan a actuar. Actuar se aprende arriba del escenario, gastando suela en el escenario»

La educación parte en casa

Óscar, el padre de Ramón, era un actor aficionado. Realizaba distintos trabajos actorales y de dirección en Melipilla, pero no los hacía con intereses económicos, cuenta su hijo: “Ensayaban medio año obras chilenas que montaban, y todo lo que se pudiese conseguir cuando ya se estrenaba la obra, iba a beneficio del Hospital San José de Melipilla. Mi padre decía que él era tan riguroso como director, que hacía que los actores se cambiaran hasta de calcetines entre un acto y el otro”. 

A pesar de esa relación desde la infancia con el teatro, cuando Ramón entró a estudiar a la Academia de Arte Dramático de la Universidad Católica en abril de 1960, su padre no lo sabía. Ramón prefirió mentirle, diciendo que había entrado a estudiar Leyes, pero no pudo sostener el secreto por mucho tiempo.

-¿Cuánto tiempo aguantó así?

-Como cuatro o cinco meses… La incongruencia es notable, porque mi padre había sido actor y director de teatro, pero era teatro aficionado, y él sabía que la vida de los actores en Chile en ese momento era una cosa absolutamente incierta, en términos económicos. Yo de chico escuché hablar de toda una terminología teatral, pero él cuando descubrió que yo estaba estudiando actuación, no sólo me prohibió, sino que me puso en una encrucijada muy seria.

Foto: Joaquín Zúñiga

-¿Por qué?

-Porque mi madre estaba agonizando, y me dijo: «Usted podrá estudiar actuación o teatro, pero mientras tanto usted me tiene que ayudar a financiar la enfermedad de su madre, así que el próximo lunes usted parte trabajando en el Banco Estado de Melipilla». Y yo le dije que no. Le dije: «Mi mamá, por mucho que la quiera, se va a morir. Y yo voy a seguir vivo, y no quiero tener un cartel que diga ‘frustrado’ por el resto de mi vida». Y eso hice. Y mal no me ha ido…

-¿Qué tenía ella? 

-Murió a los 54 años. Tenía una anemia aplástica, que es un cáncer en la médula espinal. Fue difícil con mi padre. De a poco él fue ablandando sus conceptos conmigo, cuando vio que siendo alumno de la escuela me llamaron del teatro de ensayo a hacer cosas chicas en la Pérgola de las Flores, más adelante hacer el Tomasito, y después hacer el peluquero (Pierre). Después me fui a Inglaterra a estudiar dirección, y luego volví… y él iba a casi todas las funciones a verme… No hubo tío, ni primo, ni pariente lejano que no me gritara que si iba a ser actor, ése iba a ser el comienzo de mi infortunio y desgracia eterna. 

-¿Cree que sigue siendo así en los entornos familiares?

-No, pero hay casos. Ahora es mucho más flexible, pero la única seguridad que hay es que no hay seguridad laboral siendo actor. Recuerdo en mi casa una noche, mi padre, con amigos en el living, y yo en el dormitorio casi al lado escuchando lo que decían. «No sé si mi hijo está estudiando pa’ payaso o pa’ tony«. Y me dolió mucho, porque venía de mi padre, que había sido actor. Pero creo que eso me ayudó, porque redoblé mi esfuerzo. 

Algo similar le ocurrió cuando se fue a Londres, luego de haber estudiado dos años de inglés en forma intensiva en el Instituto Chileno-Británico de Cultura, y tras ganarse la beca para viajar al país europeo. Una vez allí, no entendía nada. El libro que sus compañeros demoraban dos días en leer, a él le tomaba cerca de dos semanas, con diccionario en mano. Pero esa misma frustración lo ayudó para continuar esforzándose, y finalmente, asegura, le fue mucho mejor de lo que esperaba.​​

«Tenía compañeros muy inteligentes y muy cultos, pero ninguno tenía nueve años de actor arriba del escenario como los tenía yo, así que no me podían venir a contar cuentos por muy ingleses o escoceses, o sudafricanos o portugueses que fueran», dice Ramón.

-Cómo siente que se ha ido transformando el rubro teatral en Chile desde que comenzó su carrera hasta hoy?

-Cuando yo participé en el teatro a comienzo de los años 60, no existía otro medio de comunicación artístico más que la radio y el teatro. El teatro venía a suplir, o venía a aumentar el acervo cultural de Chile. Y se hacían grandes obras en los dos teatros universitarios, porque había un financiamiento. El Teatro de la U de Chile o el teatro de ensayo de la Católica, ambos recibían subvenciones económicas importantes. Y durante muchos años se hizo solamente eso, hasta que llegó el gran boom: La Pérgola de las Flores, hecha por la Nené Aguirre retomando. Eso le dio un impulso muy grande al teatro. 

-¿Cómo fue ese “boom”?

-La gente iba al teatro con la Pérgola de las Flores. En el Camilo Henríquez se hacían unas filas que llegaban hasta el Ministerio de Educación para comprar entradas. Entonces se hablaba de teatro, se hablaba de los montajes que se hacían en Chile y en la Católica, más algunas compañías privadas. La gente iba al teatro, le interesaba mucho, y era un teatro donde se contaban historias, y donde la gente se reconocía a sí misma, y a través de ese reconocimiento podían obtener ciertos valores que defender o atacar, pero algo los motivaba. En esa época el teatro era importante. 

-¿Y hoy no?

-Hoy el teatro está a la par del Parque de las Esculturas. Algo que se mira y uno sigue, y mira a la otra, y luego mira la otra, y después se va para la casa. Puede ser bonito, o una no me gustó, pero no es gravitante. No quiero ser ofensivo contra la escultura, pero la escultura te puede hacer pensar también, y a mirar por un ratito, pero la presencia viva del actor arriba del escenario provoca una experiencia de la cual tú haces una aleación, un lazo de lo que está haciendo el personaje en el escenario con tu propia realidad

Cuando Ramón vivió en Inglaterra, iba todos los domingos a la National Gallery en Londres, y varias veces pasó frente a “Los girasoles”, la serie de cuadros al óleo pintados por Van Gogh. Tiempo después, comenzando la década del 90, actuó junto a Héctor Noguera en la obra “Theo y Vicente cegados por el sol”, que recorre la vida de los hermanos Van Gogh desde su nacimiento hasta su muerte. 

-Ahí, me pude interiorizar como ser humano y como actor de la vivencia, del amor que se tenían esos hermanos, del dolor involucrado. Cuando volví a Inglaterra y vi de nuevo las pinturas, me senté a llorar frente a esos girasoles. Porque la experiencia que había aprendido arriba del escenario era mucho más poderosa que haberlo visto antes de pasadita, o haber leído grandes volúmenes de teóricos del arte que explicaban qué eran esos girasoles

«Tenía compañeros muy inteligentes y muy cultos, pero ninguno tenía nueve años de actor arriba del escenario como los tenía yo, así que no me podían venir a contar cuentos por muy ingleses o escoceses, o sudafricanos o portugueses que fueran», dice Ramón.

Se cierra el telón 

El pasado 30 de julio, el contrato de docente de Ramón Núñez con la Escuela de Teatro de la Universidad Católica llegó a su fin. Meses antes, en enero, llegaron a su departamento el decano de la facultad y el director de la escuela para comunicarle la noticia. Su relación con la docencia universitaria, que había comenzado en 1972, llegaba a su fin. La decisión, asegura, fue por viejo

«De que debería pensar en jubilar, que yo le resultaba muy caro la universidad… tenía media jornada no más. Y que yo no podía entrar al Campus Oriente, porque estaba prohibida la entrada a cualquier persona mayor de 65 años, aún cuando tuviera las dos dosis de vacunas. No se podía entrar no más. Y todas las clases eran online. Ahora, enseñar actuación online… es tan absurdo como tratar de enseñar a nadar sin meterse al mar o a una piscina», dice. 

-¿Y cómo asimila usted la noticia?

-Me la tomo con filosofía, y digo «no hay nada que yo pueda hacer». Ni enojarme, ni ir a tirarle piedras, ni hacer nada. Estoy feliz haciendo las cosas que hago. Es más, de repente me pregunto cómo es posible que yo tuviera tiempo para ir con Molina (su ayudante) a hacer clases allá lunes, miércoles y viernes. Ahora me levanto igual a las seis de la mañana y no paro de hacer cosas. No volvería a tener ni 15, ni 25 ni 30 años por ningún motivo. Hoy estoy cosechando

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