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Opinión

17 de febrero de 2022

Columna de Diana Aurenque: Febrero migrante

Agencia Uno

La inmigración ilegal constituye la “nueva odisea”, como la llama Patrick Kingsley; una travesía llena de tormentos y desdichas que ni el propio Ulises podría imaginar. Porque a diferencia de Ulises, los inmigrantes no tienen ni a un solo Dios de su lado.

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Desde hace al menos tres años, febrero es mes de la inmigración ilegal. Y este año la crisis es más seria que nunca. El nuevo gobierno asumirá un país con muchos desafíos; y entre ellos, éste ¿Podrá hacerle frente?

Así como septiembre es mes de fiestas y celebración patria, febrero parece ser el mes de la inmigración ilegal -al menos desde el 2019-. Pero el drama migratorio es mucho más profundo y serio que nuestro mes patrio, y, desgraciadamente, nunca sólo es cuestión de un mes.

Porque la crisis migratoria transita planetariamente; y seguirá ocurriendo mientras la inequidad no sea ajustada a nivel global.

Pero recordemos los sucesos en el país: 2019 el presidente Sebastián Piñera invitaba al pueblo venezolano en Cúcuta a refugiarse -por razones humanitarias- en Chile. Dos años después, con menos voluntad humanitaria, un avión de la Fach expulsaba a más de 80 inmigrantes de vuelta a Venezuela. Hoy, 2022, no hay aviones ni solidaridad; hay Estado de Excepción.

La crisis migratoria transita planetariamente; y seguirá ocurriendo mientras la inequidad no sea ajustada a nivel global.

Quizás sea momento de comprender que la crisis migratoria no es cuestión de febrero, mes de buen tiempo en nuestras fronteras y de mayor cobertura mediática producto de las vacaciones legislativas.

No, la crisis migratoria es uno de los constantes desafíos contemporáneos. Uno de la mayor preocupación planetaria; tanto así como la crisis sanitaria, la emergencia climática o el envejecimiento demográfico.

Todas son crisis conocidas desde hace décadas. Todas urgentes. Todas humanitarias y tan desgarradoras como el conflicto en Siria, que data de una década, o del nuevo conflicto en Afganistán. Todos asuntos que conllevan a nuevas migraciones.

La inmigración ilegal constituye la “nueva odisea”, como la llama Patrick Kingsley; una travesía llena de tormentos y desdichas que ni el propio Ulises podría imaginar. Porque a diferencia de Ulises, los inmigrantes no tienen ni a un solo Dios de su lado.

El inmigrante tiene literalmente nada, sólo la miseria de sus lugares de origen que le obliga a huir, a abandonar todo, asumiendo el riesgo de ser vulnerados por coyotes y transportistas codiciosos, en búsqueda de una mejor vida, una vida digna o a veces incluso para salvar la “mera” vida.

Pero al otro lado de la tragedia migrante, encontramos el drama del nacional, del compatriota. A éste también hay que entenderle. Porque al chileno también le cuesta la vida, llega a fin de mes a duras penas. Con el inmigrante al lado, desordenando y ensuciando los paisajes, con su cultura extranjera, lenguaje, comida y cuerpos exóticos, con su mano de obra barata, se desconfigura su precario orden y es expuesto en su real desamparo.

Pero al otro lado de la tragedia migrante, encontramos el drama del nacional, del compatriota. A éste también hay que entenderle. Porque al chileno también le cuesta la vida, llega a fin de mes a duras penas.

Lo terrible de la crisis migratoria no es sólo en el descontrol de las fronteras y la imposibilidad del acceso sustentable de todos en tierra de algunos; sino que además, en el caso de Chile, se expresa una crisis interna: que los nacionales viven aquí a “duras penas”, luchando por dignidad; y, aquellos menos, que tienen suficiente, no quieren “compartir sus privilegios” -como auguraba Cecilia Morel ante la invasión “alienígena”– con los otros, sean nacionales o extranjeros.

La pugna enemigo/amigo, tan conocida en filosofía política, opera en la migración de forma extrema: al otro extranjero, se le declara “enemigo” porque proyectamos desde un “nosotros” imaginario nuestro descontento real con las condiciones de vida que se tienen.

Lo que el “enemigo” inmigrante quiere, también lo quiere el nacional: dignidad. ¿Por qué no son mejor amigos?

Porque algunos gobernantes, especialmente Piñera, han insistido que “nosotros” ocurre contra los “otros” -se nos han impuesto fantasías de tipo afectivo-tribales que nos aglutinan –para defendernos de un peligro común.

Lo que el “enemigo” inmigrante quiere, también lo quiere el nacional: dignidad. ¿Por qué no son mejor amigos?

No sólo por la invitación en Cúcuta el mandatario es responsable de la crisis migratoria; sino por utilizar permanentemente este tipo de discursos. Al menos desde el estallido social su gobierno separa entre un «nosotros” bueno (los gobernantes, las élites o las hordas arribistas) y los “otros” enemigos (violentistas, migrantes, terroristas o alienígenas).

Sus discursos no permiten concordar en cuidar la cosa pública; es decir, los intereses de sus nacionales y lo de los migrantes. Sin duda, no se trata de una tarea fácil ni a corto plazo, pero es un desafío que no se resuelve ni con zanjas, ni con abrir fronteras, sino con políticas migratorias multilaterales serias.

Gabriel Boric y su equipo lo saben, por lo que esperemos no se necesitará de técnicas maniqueas para separar más el mundo entre “buenos” y “malos”.

*Diana Aurenque es filósofa. Directora del Departamento de Filosofía, USACH.

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