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14 de Marzo de 2022

Gabriela Quiroz, auxiliar de farmacia, y su vida en pandemia: “No supe lo que era estar enclaustrada; terminamos trabajando más”

La entrevistamos por primera vez en junio de 2020, cuando Gabriela Quiroz era una de las pocas personas que tenía que cruzar todo Santiago para ir a trabajar, con o sin cuarentena. Atendía, y lo hace hasta hoy, en una farmacia de Providencia. Su labor era entonces y es ahora tan necesaria como anónima. Aquí cuenta qué le ha pasado en estos dos años.

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Cuando en junio del 2020 hablamos con Gabriela Quiroz (45), era una de las pocas personas que tenía que cruzar todo Santiago para ir a trabajar, con o sin cuarentena.  Su labor era tan necesaria como anónima: trabajar en una farmacia de Nueva Providencia con Lyon en tiempos sin vacunas y en que ir a estos locales para comprar suministros como guantes, mascarillas o jarabes para la tos era la que más se podía hacer para enfrentar al Covid-19.

“Sigo trabajando en la misma farmacia, casi con los mismos horarios. No supe lo que era estar enclaustrada ni nada, tuve que salir hasta el día de hoy tomando metro, micro, colectivo. Terminamos trabajando más todavía” cuenta al teléfono desde su hogar en San Bernardo.

En la primera entrevista que Gabriela nos dio, para ser incluida en la serie “Invisibles, pero fundamentales”, hablaba sobre la creación de protocolos propios para evitar acumulación de personas en el interior del local y evitar contagiarse. Cuestión vital para poder conseguir aumentar su sueldo, y el de sus compañeros de farmacia, ya que ganan el mínimo más comisiones por ventas: “Tenemos que vender todo lo que la gente necesite. Entonces si el local está siempre abierto y con cosas para vender, vamos sumando”.

En todo este período, las medidas de protocolo que formularon para evitar enfermarse han resultado perfectamente: ninguno de sus compañeros se ha contagiado. Cuenta que hasta el día de hoy exigen que la gente se quede fuera, que entren con la mascarilla bien puesta y “si alguien no la porta se le atiende por afuerita y rapidito”, revela.

“Sigo trabajando en la misma farmacia, casi con los mismos horarios. No supe lo que era estar enclaustrada ni nada, tuve que salir hasta el día de hoy tomando metro, micro, colectivo. Terminamos trabajando más todavía”

Hace 21 meses, la atención era a través de un plástico grueso que impedía el contacto aéreo entre el vendedor y el comprador. Actualmente usan una mica: “Yo escucho a las personas súper bien, pero la gente se baja la mascarilla para decirme el rut o porque creen que no los oigo. Cuando sucede eso, tengo que limpiar con amonio cuaternario por fuera y por dentro, y pedir a las personas que salgan mientras del local”, cuenta Gabriela.

La situación en la farmacia, puertas adentro, nunca más fue la misma: “Hemos sido súper rigurosos. Nuestra jefa y nosotros como compañeros nos cuidamos harto. Salimos de uno a almorzar. Ya no puedes conversar o hacer sobremesa en la hora de colación. Tampoco hacer esos desayunitos todos juntos, o los cumpleaños en que comíamos torta y en que la mitad atendía y la otra mitad estaba con el cumpleañero, ahora no”.

Así cuidan la pega. Hay locales, relata Gabriela, que se han cerrados dos o tres veces por el contagio de sus empleados. “De hecho nosotros hemos tenido que ir a otros locales para reemplazar. A parchar desde los jefes a los que atienden, porque era un local muy grande y no podía estar cerrado. No puede ser todo tan light, porque hasta el día de hoy seguimos en alerta”.

“Hemos sido súper rigurosos. Nuestra jefa y nosotros como compañeros nos cuidamos harto. Salimos de uno a almorzar. Ya no puedes conversar o hacer sobremesa en la hora de colación. Tampoco hacer esos desayunitos todos juntos, o los cumpleaños”

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En junio del 2020 Gabriela decía que el estar en su casa era su respiro ante la pandemia. El sitio que tenía para desconectarse de todo lo que estaba aconteciendo a nivel global. En ese momento su hijo de 18 años estudiaba por internet para terminar la educación media; y su hija de 20 estaba teniendo clases virtuales de la universidad.

En este tiempo su hijo egresó y comenzó a trabajar en una empresa metalúrgica de manera part-time, pero ahora está cesante en la casa. Su hija ya volvió a clases universitarias de manera presencial. También comenzó a trabajar part-time en una farmacia.

“Una, como mujer y mamá, tiene que estar al 100% siempre, sobre todo si trabajas y si tú eres la dueña de casa y el pilar fundamental de tus hijos. No puedes bajar el moño nunca y ser fuerte no más. Y así uno va aprendiendo valores”, señala.

A la familia de Gabriela el Covid-19 no les fue indiferente. A su hija le dio Covid en octubre del año pasado. Cuenta que ni ella ni su hijo tuvieron síntomas: “Me asusté igualmente. El virus primero le tomó la garganta con mucha tos, estuve ahí monitoreándola que no tuviera fiebre u otras cosas. Siempre pendiente de que no le fuera pasar nada y que sólo fuera eso. Fue heavy, ya que es fuerte ver esta enfermedad en otras personas, imagínate en una hija”.

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La vida se encareció durante este par de años. Gabriela dice que se nota en la feria con las frutas y verduras, con la mercadería del supermercado: “Los precios suben todos los días y con la venta de medicamentos me doy cuenta de esto siempre. Es muy raro que bajen. Tenemos que hacer cambios de precio casi todos los días”. En la farmacia no les han subido el sueldo, les dieron algunos vales para balones de gas por 30 mil pesos una vez por año. Eso sería todo.

A su hija le dio Covid en octubre del año pasado. Cuenta su hijo tuvieron síntomas: “Me asusté igualmente. El virus primero le tomó la garganta con mucha tos, estuve ahí monitoreándola (…) Fue heavy, ya que es fuerte ver esta enfermedad en otras personas, imagínate en una hija”.

Indica que su empresa no se ha preocupado de mejorar las condiciones de los trabajadores. En lugar de eso, el ritmo ha sido más fuerte: “Estuvimos un buen tiempo sólo dos personas atendiendo. Ha sido mucho más pega, y ahora se alargaron los horarios. En marzo estamos saliendo a las 10 de la noche”.

Cuando le consultamos si los trabajadores de la farmacia siguen comprándose sus propias mascarillas, su respuesta apunta a que la ley del “sálvese usted mismo” es la que imperó: “Yo creo que nos contagiábamos si hubiéramos usado las otras mascarillas que nos daban. No le apuntaron en toda la pandemia”, explica.

“Lamentablemente este rubro no tiene descanso; ¿cuándo se puede descansar?”, dice acerca del ritmo del trabajo. Sin embargo, Gabriela no se ve en otro trabajo a futuro, siente que su vocación es ésta. “Atendemos súper bien y de manera cordial. No somos pesados y mucha gente nos ha dicho y agradecido el que estemos ahí todos los días. De repente nos llegan sus regalitos, sus galletitas, su chocolatín”.

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“Antes de las vacunas, la gente no sabía que podía suceder; entonces compraba muchos remedios para la tos, antigripales, medicamentos para la artritis porque habían escuchado que era bueno… esos se acabaron y las personas que realmente lo necesitaban, no lo tenían”, recuerda Gabriela acerca de los primeros tiempos del coronavirus. Reconoce que fueron días complejos en que hubo varios medicamentos que no llegaron más.

Con el arribo de las vacunas hubo mucha gente que les preguntaba por ellas y cuándo se podrían comprar. “Había mucha desinformación en eso, sobre todo entre la gente mayor que no tienen la posibilidad de informarse por redes sociales”. Los viejitos, asegura, son los que más se cuidan y que aún hay algunos que se encierran por semanas o que salen a hacer sus compras de medicamentos para dos o tres meses.

Dice que los jóvenes también se cuidan harto. Usando adecuadamente las mascarillas y siempre con su gel para desinfectar las manos cuando compran con tarjeta. Son los cuarentones los dificultosos: “Hay gente que no creen en el virus o las vacunas. Llegan a la farmacia diciendo que esto es un complot o que es nada que ver y les echan la culpa a otras cosas. Y llega gente que anda sin mascarilla y quiere entrar. Si entra alguien sin mascarilla, nosotros tenemos que desinfectar todo”.

Aun así, siente que estos tiempos pandémicos han ayudado a humanizar a las personas.  “Noto mayor empatía entre la gente. En nuestro local son siempre pacientes a pesar de hacer unas tremendas filas. No se apuran, están tranquilos… es muy raro lo contrario. La gente está más pendiente del otro”, revela.

“Hay gente que no creen en el virus o las vacunas. Llegan a la farmacia diciendo que esto es un complot o que es nada que ver y les echan la culpa a otras cosas. Y llega gente que anda sin mascarilla y quiere entrar. Si entra alguien sin mascarilla, nosotros tenemos que desinfectar todo”.

En su caso personal, se ha vuelto a contactar con su círculo más íntimo. Sus conclusiones de estos casi dos años son claras: “Creo que las cosas materiales no importan, ni la última tele o último celular. Importa tu gente querida, tener un trabajo estable o ponerse en contacto con la familia cuando ha pasado mucho tiempo”.

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