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22 de abril de 2022

Un mes como vecino del presidente en Yungay: las anécdotas con Boric en la puerta de al lado

El arribo de Gabriel Boric a una casona en Yungay ha impactado la vida de los vecinos, ya sea por la amplia dotación de carabineros que lo siguen -aumentando la sensación de seguridad-, o por los episodios y encuentros fortuitos, que han dejado una que otra anécdota. A poco más de un mes de la llegada del presidente, The Clinic fue a pasearse por el barrio, y recopiló algunas de estas historias.

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Al salir del metro Unión Latinoamericana, y una vez sorteadas las huestes del comercio ambulante que dificultan el paso hasta al más ágil de los peatones, el camino para alcanzar el domicilio del Presidente de Chile es bastante directo.

Es cosa de llegar a la esquina de Alameda con Libertad y pegarse un viraje a la izquierda, alejándose del ronroneo automovilístico de la arteria capitalina. Desde ese punto son seis cuadras en línea recta hasta Huérfanos, donde se ubica la susodicha casa de Gabriel Boric.

En la ruta, ya se aprecia un fenómeno llamativo. Una manzana hacia adentro, y en las veredas se acumula basura, mientras las fachadas de las edificaciones se caen a pedazos. A mitad de trayecto, ad portas de ingresar al perímetro de seguridad presidencial, es raro ver bolsas en el piso, y comienzan a aparecer las primeras patrullas pintadas de verde. Y una vez en la esquina con Huérfanos, la zona parece un Lastarria remozado o un París santiaguino, con murales artísticos y complejos que se notan recientes, y frontis multicolores que dan vida a un barrio que, hasta hace poco, parecía dormir en el olvido.

La calle Huérfanos, entre Libertad y Esperanza, se encuentra cerrada por vallas papales en ambos extremos, y custodiada por carabineros de la Guardia de Palacio. Con diligencia, un agente en la garita abre el paso a quienes deben transitar por la vía, siempre notificando por su walkie-talkie y en voz baja, casi inaudible, que tal o cual vehículo tiene permitido el acceso.

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En ese mismo lugar, dos negocios ocupan las esquinas. En la norponiente está el minimarket “Donde Carlitos”; y en la surponiente, la tienda de vinilos de Eduardo Brieba, que aunque hace más de cinco años vende música en este formato nostálgico, hoy goza de una renovada clientela.

La razón es evidente: Gabriel Boric es un melómano connotado, y en su primera incursión a Yungay, mientras tanteaba el terreno de lo que sería su futuro vecindario, una de sus paradas fue el local de Eduardo, donde adquirió una copia del disco doble “Adios Sui Generis”.

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Eduardo reconoce que esa visita ilustre impactó positivamente en su negocio. “Viene mucho turista, mucha gente”, dice acerca de eso que él llama el “turismo Boric”. Él está, además, ya entrenado a la hora de conversar con la prensa. Día por medio tocan su puerta los canales o estudiantes de periodismo. Y su inesperada fama incluso traspasó fronteras, al ser mencionado como un imperdible del sector en una nota del diario español El País.

En concreto, cuando a su tienda entra uno que otro visitante con cara de estar perdido, le suelen preguntar dónde estuvo el mandatario, y él apunta hacia una esquina, inserta en medio de filas interminables de vinilos. Ahí, sacan su teléfono, y se toman la selfie de rigor.

-Podría cobrar por las fotos, don Eduardo-. Y él responde sólo con una risa contagiosa.

“¿Cuándo me iba a imaginar yo que iba a tener el negocio al lado de la casa del Presidente?”, agrega el vendedor, apuntando que, según sus cálculos, son 60 metros los que separan su tienda de la residencia del magallánico.

Independientemente de las selfies, Eduardo tuvo que encargar más copias de “Adios Sui Generis”: todos quieren llevarse el mismo registro -en este caso, de un concierto que la banda de Charly García y Nito Mestre dio en Luna Park en 1975- que compró Gabriel Boric. En el fondo, replicar al detalle la experiencia de un político que (todavía) emite un aura de rockstar.

Otras cosas han cambiado con la llegada del presidente, dice Eduardo. Hace hincapié en los avances en términos de aseo y ornato. Y por ornato, se refiere a los esfuerzos de la municipalidad de Santiago junto a una empresa asociada, que han ofrecido a varios vecinos pintar sus fachadas, buscando amononar la zona.

Eduardo también destaca las mejorías en temas de seguridad, producto del ir y venir de las policías, que mantienen su mirada atenta a todo lo que suceda a tres cuadras a la redonda de la casona del jefe de Estado. “Los carabineros trabajan bien” y “todos los locatarios están contentos”, afirma Eduardo, sosteniendo que ha caído notoriamente la delincuencia.

Y justo cuando el locatario comenta que la relación con los agentes es amigable, un carabinero entra a la tienda, y asoma su cabeza con una mirada curiosa.

Este cabo segundo sin nombre -porque su condición para hablar con la prensa es el anonimato-, de turno en una de las garitas desde las 7.30 a las 20.30 horas, dice que efectivamente tiene “buena onda” con los vecinos. Al punto de asegurar que Eduardo, quien ya se sumó a la conversa, le regaló hace unas semanas un par de vinilos que tenía descartados, para ocuparlos como decoración en el muro de su casa.

Un mes como vecino del presidente en Yungay: las anécdotas con Boric en la puerta de al lado
Luis conversa con el carabinero anónimo en la esquina.

El carabinero anónimo ratifica algo al parecer obvio, pero que no lo es necesariamente: todos en el sector están enterados de que ahí vive el Presidente de la República. Y suena inverosímil, pero en ese momento exacto, nada más terminar su frase, un camión blanco cruza Huérfanos por Libertad a toda velocidad –“siempre se saltan el pare”, se lamenta Eduardo-, y desde la ventana un hombre grita: “¡Boric culia… mentiroso!”

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Tras ese incidente con un timing perfecto, se abre el portón de una de las casonas aledañas al minimarket “Donde Carlitos”, y de su interior emerge el tatuador Sebastián Salazar (37). Hace más menos un año y medio que trabaja en el taller “Ojo de Pez”, hoy adornado, a sus afueras, con un mural a todo color que honra la cultura del Carnaval de la Challa, festividad típica del Barrio Yungay.

Sebastián coincide con que el fenómeno del “turismo Boric” es real. “Pasa lleno de gringos, haciendo tours con traductor, y sacándole fotos a los letreros”, y apunta al clásico cartel negro de letras blancas con el nombre de las calles, que aquí lee LIBERTAD. “Ese letrero tiene mil fotos ya, es como trending topic la hueá”, dice antes de soltar una carcajada.

Un mes como vecino del presidente en Yungay: las anécdotas con Boric en la puerta de al lado
Sebastián Salazar, en las afueras de Libertad con Huérfanos.

Asimismo, mientras está trabajando, el murmullo que entra por su ventana lo alerta cada vez que Boric pisa la calle, porque “la gente se vuelve loca”, pidiéndole a gritos que se acerque para una foto. “Cuando sale el Mr. President, yo me escondo, porque a la gente le falta cantar el himno nacional y así, muy fan del loco”, explica.

Hasta el momento, no se lo ha topado cara a cara, algo que se debe a que evita este tipo de situaciones, cuando la fanaticada del exdiputado se pone intensa. De todas formas, sabe que ese encuentro se dará tarde o temprano, y que feliz lo tatuaría, si el mandatario así lo quisiera.

“Ha estado todo más paqueado”, confiesa Sebastián en secreto, para que no lo escuchen los agentes que rondan en las cercanías. Esto tiene dos caras. La negativa es que, como cierran la manzana, “es fome” tener que andar pidiendo permisos para la entrada y salida de clientes, especialmente en los fines de semana, cuando el flujo de visitantes es mayor.

En el ámbito positivo, destaca cómo disminuyó el tráfico de drogas. Con el dedo apunta a Libertad, a solo metros de la esquina con Huérfanos hacia el norte, y distingue una casa pintada roja. Una casa anteriormente “burlesque”, dice mientras ríe pícaro, en un guiño a la supuesta multitud de ilícitos que han ocurrido ahí en el pasado.

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En el barrio existe más de una persona identificable bajo el rótulo de “presidente”. Y es que en Maipú 370 atiende Alejandra Núñez, presidenta de la Junta de Vecinas de la unidad vecinal número 7, grupo 3, que abarca el sector donde vive Gabriel Boric.

Alejandra abre la reja de su peluquería -que opera hace unos 25 años-, y avanza por un pasillo estrecho que desemboca en una sala amplia, con muros de color amarillo que regalan una luminosidad divina al spot donde corta y tiñe melenas.

Un mes como vecino del presidente en Yungay: las anécdotas con Boric en la puerta de al lado
Alejandra en su peluquería.

“No estábamos acostumbrados a tantos periodistas”, dice nada más comenzar una nueva entrevista, ahora para The Clinic. Una de las cosas que siempre le preguntan, tanto clientas como reporteros, es si ha tenido la oportunidad de trabajar la cabeza de alguien de las altas esferas del poder. Entre risas, afirma que aún no le toca, pero, de todas formas, especula: “A lo mejor en estos cuatro años…”.

Eso no quita que mantenga cierto vínculo con el equipo del presidenciable. De hecho, en medio del diálogo, tocan el timbre. Alejandra deja pasar a un hombre alto y fornido, a quien le entrega un documento, metido en un sobre. “Era el certificado de residencia de Irina”, explica ante las dudas de la prensa, acerca de un papel que la escolta del mandatario le había solicitado hace pocos días.

Alejandra repite, al igual que otras voces del lugar, que en las últimas semanas “ha cambiado la sensación de seguridad que uno experimenta cuando va caminando por la calle”. Y agrega: “Los restaurantes que tienen terraza los ves con mucha más gente”.

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Braulio Arellano es dueño de un restaurante con terraza en el sector. Este chef tiene hace más de 10 años el local de Amadeus Lab que ocupa la esquina de Huérfanos con Esperanza, sirviendo comida chilena, o “cocina de barrio”, como a él le gusta llamarla. “Ese plato que te hacía tu abuela”, resume, colocando en la mente de este reportero la imagen de una buena cazuela.

Un mes como vecino del presidente en Yungay: las anécdotas con Boric en la puerta de al lado
El menú del día en el restaurant.

Además del aumento de visitantes, con “los tours de gringos” por montones, la renovada ola de carabineros que aterrizó junto a Gabriel Boric le ha permitido mantener Amadeus Lab abierto hasta la noche. “Habíamos ido acortando los horarios por el tema de lo difícil de la inseguridad”, reconoce, señalando que hace un par de años incluso cerraba a las 17.00. “Es que estando el gato ahí, los ratones arrancan po’”, es su reflexión.

Sin dar nombres, Braulio dice que ha tenido visitantes de la bancada frenteamplista en el restaurant. Y ante la insistencia, desliza que Karina Oliva, el ángel caído de Comunes, también ha ido a almorzar.

En la calle, se ha topado de frente con Boric más de una vez. El viernes feriado de semana santa, por ejemplo, el presidente e Irina se acercaron, y se comprometieron a ir a comer próximamente. “Yo les dije que me avisaran con tiempo. O sea, hueón, es el presidente, no lo van a dejar tampoco comer afuera, y yo les habilito acá el segundo piso para que puedan comer tranquilos”, explica.

Como otros cocineros santiaguinos, Braulio se sumó a la tendencia, e ideó su propia receta del “Boric Luco”. “Investigando lo que más menos le gusta, es un churrasco de carne mechada con queso cheddar -le puse un poco más de gourmet, para que la hueá no fuera tan ordinaria-, con palta, tomate y salsas de la casa, como mayonesas caseras”, dice. “Me imagino que se va a comer eso, con un schop. Yo se lo voy a ofrecer”.

Braulio en el segundo piso de Amadeus Lab.

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En Huérfanos, entre Libertad y Esperanza, hay un pasaje a mitad de cuadra, aledaño a la casa de Gabriel Boric. En ese lugar viven Amapola y Luis, cuya ventana de su habitación da directamente a una ventana del hogar del presidente.

Ambos de desempeñan como chinchineros. Luis, por su parte, es chinchinero de tradición, de la familia Toledo Peralta, y Amapola, su aprendiz en este oficio criollo. Su arte lo presentan generalmente en tres zonas: Yungay, Quinta Normal, y San Bernardo.   

“Hay más seguridad, pero hasta ahí nomás”, relata Amapola. Cita el caso de un amigo pintor con el cual comparte domicilio, y al que los agentes “le impidieron estacionar la camioneta en la cuadra. Él estacionó en la cuadra siguiente, en Libertad con Huérfanos. Y resulta que le robaron la camioneta el día siguiente. En las narices de carabineros…”.

Amapola y Luis. Foto cortesía de Amapola.

Amapola dice que en la mañana del martes de 19 de abril, se encontraron muy temprano en la calle con Irina.

-¿Y qué tal?-, consulta la prensa.

“Ni nos miró. Porque la gente hostiga tanto a los personajes, que yo creo que ya no están ni ahí con hacer vida social. Si tampoco debe tener tiempo”, responde, pensativa.

Sin embargo, sí vivieron un episodio entre confuso y chistoso con Gabriel. El 11 de marzo, Amapola y Luis llegaron a su casa cargados con los instrumentos de chinchinero y, según relatan, el presidente “apareció de la nada”, ofreciéndoles ayuda para abrir el pesado portón de metal que guarda el acceso. “Bueeena”, lo saludó Amapola con sorpresa.

Minutos más tarde, ya al interior del domicilio, Luis -que de acuerdo con Amapola, es como si viviera en otro mundo- le preguntó a su compañera: “¿Y quién era ese hueón?”. “Y yo le dije: el presidente”.

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A pasos de la casa del mandatario, Carlos Olivares administra la Casona Compañía, “un espacio de trabajo y creación que está destinado a las industrias creativas” ubicado en la calle homónima. Ahí, diversas pymes y trabajadores arriendan metros cuadrados para el desarrollo de sus actividades.

El último proyecto es el Café Cité, inaugurado en agosto de 2021, y que en su interior ofrece diversas delicatesen gastronómicas, además del brebaje que a tantos entrega un shot de energía por la mañana. Su decoración es moderna, y priman las tonalidades claras, que a simple vista generan un efecto que agranda el espacio.

Interior del Café Cité.

Carlos recalca cuatro cosas que han cambiado en la zona con el arribo del “presi”. Primero, que “ha disminuido el tema del tráfico y la delincuencia”. Segundo, que al Café le ha ido increíble, “porque mucha gente viene a conocer el barrio”. “Harto gringo con guía, y también harta familia con cabro chico rubio”, señala riendo. Tercero, el tema de la conectividad: los buitres de las compañías de telecomunicaciones -específicamente Mi Internet y Movistar- rápidamente habilitaron el servicio de fibra óptica.

Y luego, los embates de los medios de comunicación. Ahora, eso sí, “hemos pasado de algunas entrevistas, que tienen que ver más bien con cuestiones de farándula televisiva”. Esto porque quiere que Boric “sienta que acá los vecinos lo queremos y lo cuidamos”. Y bromea: “Para que sea vecino durante todo el período”.

-Y no se vaya a cambiar a Ñuñoa- le sigue el juego este periodista.

Gabriel Boric ha ido al Café Cité en un par de ocasiones. Pero la visita más importante del ilustre fue el pasado domingo 10 de abril, cuando agendó un desayuno y punto de prensa en el local junto a su gabinete.

El gabinete de Gabriel Boric en Casona Compañía. Crédito: Agencia Uno.

“Tuvimos que organizar a contrarreloj, porque nos avisaron con un día de anticipación”, explica Carlos. Pero “afortunadamente”, dice que todo salió bien: “Era un desafío importante”. Ese día, un equipo de seguridad, compuesto por efectivos del GOPE, realizó un registro exhaustivo del sitio, con perros del escuadrón antibombas incluidos.

“La anécdota es que tuvimos que adaptar la sala de reuniones para hacer babysitter, porque como es un gabinete paritario, muchas de las mujeres son madres. Y como era un domingo en la mañana, llegaron como cuatro con sus niños”, cuenta Carlos con orgullo. Arreglaron entonces el espacio, colocando tatamis acolchados en el suelo y disponiendo una serie de juegos para que se entretuvieran.

La ministra Orellana llegó con su hijo. Crédito: Agencia Uno.

“Fue un despliegue más o menos importante”, sintetiza. “Y después se fue caminando pa su casa, porque le queda al lado”, ríe Carlos.

BONUS TRACK: Lili Candía

Hace un par de meses, The Clinic tuvo la oportunidad de conversar con Lili Candia, la mujer que vive en la casona más cercana a la del Presidente Boric.

Lili Candia. Crédito: Sebastián Palma.

Volvimos a contactarla, y asegura que las cosas están más calmadas, por el constante patrullaje de carabineros. Dice que, al menos con los agentes estacionados en su misma cuadra, la relación ha sido muy cordial. Y cuenta una historia al respecto: “Al principio (los carabineros) no tenían baño, y yo les tenía un baño acá que ocupaban”.

“La primera semana hasta les di llaves de la casa”, para que no la despertaran cuando tuvieran que hacer sus necesidades de madrugada. Y para evitar confusiones, y el susto de que entraran de súbito a una habitación, les dejaba las luces prendidas, marcando un inconfundible camino hacia el retrete.

Lili es observadora, y dice que Boric llega siempre a las 11 o 12 de la noche. Se ha encontrado algunas veces con él en la calle, transmitiéndole el siguiente mensaje: “Mire presi, nosotras acá las vecinas de la calle queremos hacerle una bienvenida desde que llegaron”.

“’Ya’, me dijo entonces. ‘Yo le voy a avisar con tiempo’”, relata. Todavía no ha llegado el aviso, y la comilona está pendiente. “Si tiene mil cosas que hacer”, justifica, a nombre del mandatario, Lili Candía.

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