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Opinión

24 de mayo de 2022

¿Cámbiate al amarillo?

La imagen muestra a Rodrigo Mayorga frente a Warnken

Cuando vi el video de Cristián Warnken, agradecí no ser constituyente: debe ser angustiante que te digan con tal claridad todo lo que no quiere “Chile” pero nada de lo que sí desea (y que de paso te adviertan que, si no lo adivinas, te estás jugando el destino entero de un país).

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Habían estado más silenciosos, pero el último fin de semana vio la reaparición de Amarillos por Chile, y no precisamente en forma de fichas. Con entrevistas en la televisión abierta, notas en la prensa escrita y videos circulando por las redes sociales, el movimiento liderado por Cristián Warnken volvió a instalarse en el centro de la discusión constituyente, demostrando nuevamente que causan emociones intensas: mientras para algunos son los defensores del sentido común ante el partisanismo de la Convención, otros creen que su único objetivo es descarrillar un proceso constituyente que amenaza sus privilegios. La respuesta a la interrogante de quiénes son estos “amarillos” probablemente no se encuentre en ninguno de estos extremos, pero el problema es que es difícil saberlo, justamente por la indefinición que parece dominarles. En el proceso constituyente que estamos viviendo, esa indefinición es, en el mejor de los casos, una oportunidad perdida y, en el peor, un riesgo importante.

La indefinición de los Amarillos se juega en gran medida en sus propuestas o, más bien, en la ausencia de estas. “¿Qué ha hecho Amarillos por Chile en estos meses por el proceso constituyente aparte de dar entrevistas y declaraciones en la prensa? Pregunta sincera y no retórica”. Hace algunos días publiqué esto en mis redes sociales y, a pesar de que no faltó un par de personajes que no quisieron creer en la honestidad de la interrogante, recibí varias respuestas interesantes. La mayoría de ellas daba cuenta de como el movimiento había levantado una crítica a la Convención y logrado moderar sus normas, o motivar a otros críticos del proceso a sacar la voz. Sin embargo, solo dos personas conocían ejemplos en que este actuar había traspasado el ámbito de lo comunicacional, y nadie pudo decirme qué era exactamente lo que proponían estos Amarillos que debía estar en la Constitución.

La respuesta a la interrogante de quiénes son estos “amarillos” probablemente no se encuentre en ninguno de estos extremos, pero el problema es que es difícil saberlo, justamente por la indefinición que parece dominarles. En el proceso constituyente que estamos viviendo, esa indefinición es, en el mejor de los casos, una oportunidad perdida y, en el peor, un riesgo importante.

El video de Cristián Warnken que circuló por redes sociales este fin de semana es un ejemplo claro de todo lo anterior. Sujetando en sus manos el borrador de las normas y con un fondo amarillo detrás, como si de una versión con hepatitis de “La Belleza del Pensar” se tratara, el líder del movimiento le habla a la cámara, explicando todo lo que no le gusta del texto propuesto. Chile quiere “el reconocimiento de los pueblos originarios” pero no “un Estado indigenista”, señala Warken, descentralización, “pero no un Estado Regional que fragmente el país”, y una mejor democracia pero no “este extraño sistema político de presidencialismo atenuado con bicameralismo asimétrico”. Al final, Warnken hace un llamado a los convencionales a “mejorar” y “corregir”, diciendo que que “está en juego el destino de Chile”. Cuando vi el video, agradecí no ser constituyente: debe ser angustiante que te digan con tal claridad todo lo que no quiere “Chile” pero nada de lo que sí desea (y que de paso te adviertan que, si no lo adivinas, te estás jugando el destino entero de un país).

¿Cómo pretenden los Amarillos por Chile reconocer a los pueblos originarios, avanzar en la descentralización y mejorar la democracia? Nadie (ni siquiera ellos mismos) parece tenerlo muy claro. Esto, por supuesto, no les quita el derecho a criticar lo que deseen (ese es un elemento básico de la democracia), pero sí me parece, cuando menos, una oportunidad perdida. Porque un grupo como este, con influencia, conocimientos y financiamiento, perfectamente pudo haber participado de la discusión constituyente con contenidos y propuestas y no solo con publicidad en redes sociales y alertas que nadie sabe bien cómo apagar.

Algunos reclamarán que “los convencionales no escuchan a quienes no piensan como ellos” y, si bien creo que el punto es debatible, incluso aunque concordara no me parece una razón de peso para impedir que Amarillos instalaran sus propuestas en la agenda pública como lo han hecho ya con sus críticas. La distinción entre aportar a la discusión o no hacerlo se hace más evidente cuando los comparamos con plataformas como la de Banco Central Autónomo, una agrupación no tan distinta de los Amarillos en su orientación política, pero a años luz en lo que a estrategia y actuar se refiere. Siendo abiertamente críticos de la Convención en más de una oportunidad, Banco Central Autónomo levantó una campaña comunicacional y educativa que les llevó a tener una de las iniciativas populares de norma más apoyadas, y luego siguieron buscando formas de participar del debate constituyente mismo. ¿Consiguieron todo lo que se propusieron? No (porque no eran el único actor en la discusión), pero sí lograron incidir en el debate. Su labor, de hecho, permitió que las normas sobre el Banco Central que propone el borrador de nueva Constitución, sean mejores que las que habríamos tenido sin ellos.

Llámenme inocente si quieren, pero no veo en los Amarillos un verdadero intento de descarrilar el proceso constituyente. Lo que veo es más bien miedo al cambio (una postura válida, pero que sería más honesto reconocer) y un exceso de ego en algunos de sus liderazgos. Nada de esto es incompatible debate democrático, pero ello no implica que ignoremos los riesgos que conlleva. En una columna anterior planteé que no por tener una postura legítima los Amarillos podían ignorar su responsabilidad de “no actuar con ingenuidad y terminar dando espacio a sectores que no aportan al proceso constituyente sino que abiertamente lo clausuran”. Lamentablemente, es eso lo que ha pasado. Sin ir más lejos, el video de Warnken en el que pide “mejorar” y “corregir” lo propuesto, terminó compartido en las redes sociales del senador Felipe Kast, el mismo que en sus giras del Rechazo no hace precisamente esos llamados sino otros bien distintos. Y a  estas alturas, ya todos sabemos que cuando en la misma frase aparecen juntos el senador Kast y un video, nada bueno puede salir de allí.

*Rodrigo Mayorga es profesor, historiador, antropólogo educacional, autor de “Relatos de un chileno en Nueva York” (con el seudónimo de Roberto Romero) y director de la fundación Momento Constituyente (http://www.momentoconstituyente.cl).

Aquí, el borrador que será votado en el plebiscito de salida.

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