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31 de mayo de 2022

Amalá Saint-Pierre sobre su abuela: “Roser Bru siempre fue la Mare, la Madre, en mayúsculas. La nuestra es una familia de matriarcado”

La imagen muestra a Roser Bru junto a su nieta, Amalá Crédito: Cristian Navarro

Acaba de reestrenarse en el GAM la obra "Bru o el exilio de la memoria", escrita e interpretada por su nieta, Amalá Saint-Pierre y Francisco Paco López. En conversación con The Clinic, Amalá habla sobre su abuela, sobre la memoria y sobre volver a homenajear a la artista a un año de su fallecimiento.

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Un año sin Roser Bru. Sin la artista catalana de nacimiento y chilena de adopción. Sin la refugiada que logró obtener el Premio Nacional de Artes Plásticas 2015. Sin esa mujer de pelo corto y chasquilla que una y otra vez recordó en sus cuadros que sus “dues vides” (dos vidas) nacían de hechos dolorosos: la Guerra Civil Española (tras la cual se exilió en Francia y luego en Chile), y la dictadura chilena. La que, en una de sus últimas entrevistas, poco antes de su muerte el 26 de mayo de 2021, dijo que “todo se transforma y viene de la mente”.

Un mensaje que pareciera haber sido llevado al pie de la letra por una de sus nietas, Amalá Saint-Pierre.

***

En 2017, junto a su colega Francisco Paco López, Amalá Saint-Pierre dio inicio a la escritura de la obra “Bru o el exilio de la memoria”, un montaje de teatro documental sobre la vida y obra de su abuela, Roser Bru, en el cual actúa como protagonista.

“Cuando escribimos la obra, Roser ya era una persona muy mayor. Por lo tanto, ella ya estaba al final de su vida. Ya veíamos con Francisco que poco a poco iba a empezar a perder cada vez más su memoria y su propia historia y nos interesaba poder rescatar eso con sus propias palabras, en su primera persona”, cuenta Amalá Saint-Pierre.

“Sabíamos que había muchas cosas que ella ya poco recordaba, o mal. Y como eran historias que había ido escuchando a lo largo de mi vida, yo misma iba como recordando por ella. Ella me decía, por ejemplo: ‘Sí, cruzamos los Pirineos’, y le decía; ‘¿Te acuerdas cuándo?’; ‘Sí, bueno, hacía frío’. Entonces, yo le ayudaba a recordar: ‘¡Ah!, porque fue en invierno…’, ‘¡Ah! Sí, fue en invierno’. ‘Y después, ¿qué pasó?’ ‘Llegamos a Montpellier’. Entonces yo le decía: ‘pero tú una vez me contaste que primero llegaste a un pueblito francés, dormiste en una granja, escondida, sobre la paja húmeda’”, detalla.

En ese entonces, la memoria de Roser Bru ya era como escribió Jorge Luis Borges: un montón de espejos rotos. Y su nieta buscaba rescatarla como fue antes de que esa memoria se exiliara del cuerpo de su abuela, antes de que solamente quedara hospedada en el imaginario colectivo.

Escena de «Bru o el exilio de la memoria». En la foto, Amalá interpreta a su abuela a bordo de la embarcación que la trajo a Chile.
Crédito: Patricio Melo-GAM

“De alguna manera ya en vida estábamos rindiéndole un homenaje, pero esta obra también era una despedida en vida de Roser Bru. Cuando la estrenamos, aquí mismo en el GAM en septiembre del 2019, lo hicimos justo en el marco de cuando se cumplían los 80 años de su llegada a Chile a borde del barco Winnipeg. Hicimos calzar el estreno en ese hito histórico para contextualizar su historia individual en una historia colectiva, en una memoria colectiva”, dice Amalá Saint-Pierre.

Roser Bru llegó al puerto de Valparaíso cuando tenía apenas 16 años, a bordo de la embarcación Winnipeg. Llevaba consigo un libro de impresionismo bajo el brazo y un abrigo. Fue un 3 de septiembre de 1939, muy temprano. Tan temprano, que todavía se veían las luces de la ciudad -una imagen que le quedó en el recuerdo- cuando 2.200 exiliados españoles comenzaron a bajar del barco. Eran todas familias republicanas, como la suya, rescatadas por el poeta Pablo Neruda, que fue nombrado cónsul especial para la inmigración española en Chile.

“Nos gusta mucho eso con Francisco, estrenar nuestros proyectos dentro de marcos históricos más grandes y más importantes, porque eso nos permite ir haciendo cruces entre estas biografías o estas historias personales con las biografías colectivas. Eso fue lo que hicimos con la historia de Roser Bru”, dice Amalá Saint-Pierre.

Una muñeca rusa

Han pasado tres años desde ese primer estreno. Desde entonces, pasó el Estallido Social, la pandemia y, por supuesto, el fallecimiento de Roser Bru. La obra adquirió, entonces, un nuevo marco: ser estrenada a un año de su partida y, a la vez, cuando se cumplen 50 años de la construcción de la UNCTAD, cuando Roser fue convocada para exponer uno de sus tapices que se encuentra desaparecido hasta hoy.

“Pese a eso, la obra no se ha modificado. Excepto los tiempos en los cuales hablamos. Porque antes hablábamos de ‘mi abuela me dice’, ‘mi abuela me cuenta’ o ‘mi abuela no me cuenta’. Cuando Roser estaba viva, la obra estaba en un tiempo presente. Ahora, hemos tenido que adaptar los tiempos del relato porque efectivamente tenemos que incorporar en la obra o en la ficción o en el drama la no existencia física de Roser Bru”, comenta su nieta.  

“De alguna manera ya en vida estábamos rindiéndole un homenaje, pero esta obra también era una despedida en vida de Roser Bru. Cuando la estrenamos, aquí mismo en el GAM en septiembre del 2019, lo hicimos justo en el marco de cuando se cumplían los 80 años de su llegada a Chile a borde del barco Winnipeg. Hicimos calzar el estreno en ese hito histórico para contextualizar su historia individual en una historia colectiva, en una memoria colectiva”, dice Amalá Saint-Pierre.

-¿Cómo fue ese ejercicio de empezar a hablar de tu abuela en pasado?

-Personalmente, yo empecé a hacer el trabajo de duelo y de recordar a mi abuela en vida. Por lo tanto, cuando mi abuela murió, yo ya había hecho la despedida, simplemente dejó de existir su cuerpo físico, pero desde mi perspectiva su legado lo empezamos a trabajar con ella en vida y su legado lo seguimos trabajando con ella en muerte. A mí, en lo personal, no me genera una mayor dificultad porque, porque también yo me dedico al arte.

“Entonces yo entiendo que los procesos artísticos también son procesos de sublimación, de ficcionalidad y lo hacía mi abuela cuando tomaba a pintores, ella los iba pintando en sus retratos, ella también estaba haciendo ese mismo ejercicio. Un ejercicio como de muñeca rusa, siempre mi abuela estaba citando, citaba la historia, citaba a sus referentes y los plasmaba, los transforman en esas citas y los iba retransformando, resignificando en su propia obra de arte”, sostiene Amalá Saint-Pierre.

La nieta de Roser Bru sostiene que su abuela le decía muchas veces que había que “vivir en obra”, justo antes de poner a su trabajo guiños y citas a otros artistas que, como ella, habían plasmado las heridas de su época: Goya, Velázquez, Rimbaud, Kafka, Frida Kahlo, Gabriela Mistral, Violeta Parra, Víctor Jara o Virginia Woolf.

“Es lo que hacemos con Francisco: tenemos un referente que en este caso es mi abuela, Roser Bru, y que tuvimos la suerte de ir conociéndola a ella en su plano más personal”.

En su propia intimidad

-¿Cómo era Roser Bru?

-Mi abuela era muy generosa en general: con su amabilidad, con compartir su sabiduría… Como ella no terminó el colegio por la guerra, ella se formó de una manera muy autodidacta. Era una mujer muy inteligente, muy talentosa y a punta de esfuerzo personal y de resiliencia ella misma se sobrepasó y logró desarrollarse como una mujer intelectual muy importante, no solamente como pintora, sino también como una gran lectora. Leía filosofía, literatura, poesía.

Aunque no había terminado la secundaria, Roser Bru pronto ingresó a estudiar a la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile. Fue parte del Grupo de Estudiantes Plásticos (GEP) –que integraba otro exiliado catalán, el destacado pintor José Balmes–, que en la década del cuarenta buscaba revolucionar la educación del arte en el país. Luego estudió grabado en el Taller 99 de otro sobresaliente artista, su amigo Nemesio Antúnez, y fue una de las fundadoras de la Escuela de Arte de la Universidad Católica de Chile, donde dictó clases en la década de los sesenta. En la dictadura no guardó silencio y sus afiches contra el régimen de Augusto Pinochet (1973-1990) fueron símbolos de la rebelión. En sus 80 años de carrera expuso su obra en los principales museos del mundo, que la tienen dentro de su colección permanente, como el MoMA o el Metropolitan de Nueva York.

Crédito: Fundación Roser Bru.

“Todo eso la hacía una persona muy generosa con su vida, con su conocimiento, con su arte, con su sabiduría, con compartir su espacio íntimo y eso ella lo compartía no solo con su familia directa, sino que también lo compartía con sus amistades. Era una mujer de muchos amigos, muy querida, nunca le conocí un enemigo o alguien que dijera algo malo de ella. Creo que había una cosa muy natural en ella de compartir”.

-¿Había algo sobre lo que no hablaba?

-Ella la pasó mal… Vivió una guerra en su adolescencia, en su familia tuvieron que reinventarse, vio a su padre morir de una manera muy triste, de tuberculosis apenas llegaron a Chile. Yo creo que eso a ella la afectó muchísimo la muerte de su padre. De hecho, es algo que nunca habló, borró los recuerdos de su padre, había que sacárselo como con mucha dificultad…

“Tuvieron que sobrevivir mi abuela, su hermana, y la madre, siendo que en esa época las mujeres no necesariamente trabajaban o habían terminado los estudios. Tuvieron que ser mujeres muy resilientes, muy muy inteligentes, muy fuertes, muy resilientes… Quizás por eso en la intimidad, en la familia llamamos a Roser Bru de ‘Mare’, que en catalán quiere decir Madre. Roser Bru siempre fue la Mare, la Madre, en mayúsculas, independiente de que fuera madre, abuela, bisabuela… La nuestra es una familia de matriarcado”, dice Amalá Saint-Pierre.

La nieta de Roser Bru sostiene que su abuela le decía muchas veces que había que “vivir en obra”, justo antes de poner a su trabajo guiños y citas a otros artistas que, como ella, habían plasmado las heridas de su época: Goya, Velázquez, Rimbaud, Kafka, Frida Kahlo, Gabriela Mistral, Violeta Parra, Víctor Jara o Virginia Woolf.

-¿Crees que por episodios así Roser Bru empezó el exilio de su propia memoria?

-Creo que hay ciertos episodios en su vida que la traumaron mucho y que, de alguna manera, por un acto de sobrevivencia, los fue borrando. Pero fue también apropiándose de memorias de otros, retomando todas estas citas de estos pintores y escritores que la inspiraban y fue reconstruyendo su propia biografía, fue completando la lectura de su vida a través de otros.

Roser Bru, abuela

-¿Cómo era tu relación con tu abuela?

-Como una abuela y una nieta, jajaja.

-No todas las relaciones de abuelas y nietas son iguales.

-Me gustaba mucho acostarme en su cama en las mañanas. Me gustaba mucho mirarla cocinar, mirarla pintar… Verla trabajar como artista era lo mismo que verla como con esa figura de la Mare, la Madre. Cocía mucho, hacía costura. Era una persona bastante, no sé si “silenciosa” es la palabra, pero al menos muy reflexiva. En su casa siempre se respiraba como mucha paz, un silencio muy cómodo, pero también tenía las cosas propias de una abuela, que retan a los nietos…

-¿Por qué dices que verla pintar era verla como la Mare?

-Porque su taller estaba en la casa, entonces no era como que uno dijera ‘voy al trabajo y vuelvo de la oficina’. Su trabajo era su casa, su casa era su trabajo. Cuando ella se quedaba horas y horas leyendo, también era parte de su trabajo leer. Y yo siento que las personas que se dedican realmente a desarrollarse intelectual y artísticamente son personas que nunca dejan de ser una cosa o la otra. Yo creo que se va mezclando el mundo personal y el laboral. Ahora, esa es mi perspectiva como nieta. Habría que preguntarles a sus hijas; cuál es la perspectiva de las hijas de tener a una madre artista como ella. Yo creo que lo vivieron distinto.

-¿Qué recuerdos tienes de verla pintar?

-Uff. Crecí mirándola pintar. Para mí era súper natural entrar en su taller, mirarla pintar, quedarme ahí, recordar el olor de la pintura que es un olor muy particular, que además no es un olor agradable. Pero yo lo recuerdo y lo asocio a un recuerdo familiar, como a un recuerdo cálido. Acrílico… El, el acrílico es un olor muy muy impregnante, pero claro, yo lo asocio a un recuerdo cálido, incluso en la misma calidez de la luz que podía entrar por las ventanas de su taller. Todo ese ambiente me era natural porque además cuando llegué a vivir a Chile el primer año vivíamos en su casa. Pero es gracioso, porque la empecé a descubrir como pintora, como artista, a empezar a pensar en su arte, de grande.

“Retornada”

Al igual que tu abuela, también viviste entre dos países (Francia y Chile). ¿Cómo esto marcó sus relaciones, especialmente habiendo llegado a vivir a su casa?

-Yo llegué en el año 90. Tenía ocho años… Ella llegó a Chile con 16. Pero aun así, entre 8 y 16 es el término de la infancia y es el inicio del darse cuenta de ciertas cosas, es el inicio de un cierto despertar.

-De hecho, en psicología se dice que a los siete años los niños desarrollan la empatía, que es tan importante en su adolescencia.

-¡Claro! Y si bien no llegamos a la misma edad, sí llegamos en una etapa de crecimiento, de madurez que se podría parecer. Son puntos de inflexión en la infancia de alguien… Todo lo que te ocurre entre tu infancia y tu adolescencia son puntos de inflexión que luego van a destinar mucho para un lado, para el otro, el desarrollo de la persona, y el hecho de que ella haya llegado como exiliada, la acercaba a mí. Porque era más que una inmigrante… Procesos de exilio obligan a las personas a ser muy resilientes, porque es la manera de sobrevivir.

¿Y para ti, venir a Chile, como Roser Bru, fue un punto de inflexión?

-Sí, pero no era mi exilio, sino que era el retorno de mi madre. Toda la gente que volvía a Chile a finales de la dictadura y al inicio de la democracia como que entraba en un paquete que éramos los retornados. Chile era un país muy duro en ese momento, muy polarizado.

“Muchos miraron con malos ojos a los que se fueron. Un poco como ‘tú te fuiste. De alguna manera tu pudiste irte y pudiste continuar o rehacer tu vida en otro lugar y yo me tuve que quedar acá’. Y en la Guerra Civil Española, para los españoles que no se pudieron exiliar y los españoles que se tuvieron que quedar en España, pasó lo mismo. Entonces ahí hay un punto de encuentro entre nosotras”, dice Amalá Saint-Pierre.

“No significa que ella no haya estado, que haya tenido cercanía con sus otros nietos, y eso de todas maneras porque ellos por sus historias de vida tuvieron una cercanía muy importante con mi abuela, pero quizás este punto de inflexión mío, a lo mejor ella también se reconoció en eso o yo quizás me reconocí inconscientemente en eso”, reflexiona.

Escena de «Bru o el exilio de la memoria». Crédito: Patricio Melo-GAM

***

Son las 22:00 del jueves 26 de mayo de 2022. Con la sala llena, Amalá Saint-Pierre y Francisco Paco López, agradecen al público por haber asistido la obra en el GAM, dirigida por el también Premio Nacional de Artes y amigo de Roser Bru, Héctor Noguera.

En medio de la emoción del público, Amalá recuerda unas palabras de su padre: que si recordamos a alguien, como Roser Bru, a un año de su muerte, no lo hacemos por su muerte, sino por su vida.

“Gracias, queridos, gracias”, dice la nieta de Roser Bru. Son casi las mismas palabras que, cuenta, su abuela dijo antes de partir: “gracias, querida, gracias”.

Y la obra, entonces, se reestrena, se reescribe. Como, concluye Amalá, lo hacía insistentemente su abuela.

“Ella pintaba muy rápido, tenía un trazo muy veloz. Una vez le pregunté cómo hacia para pintar tan rápido, y me dijo algo así como que no, que ella ya llevaba años pintando ese cuadro. En el fondo llevaba años madurando, pensando, luego el trazo es lo último, el trazo es lo que se ve, es como aquí. Uno ya ve el ensayo general, la última pasada, pero el proceso y la investigación y la maduración, pasaron del 2017 hasta ahora 5 años”.

Para mí era súper natural entrar en su taller, mirarla pintar, quedarme ahí, recordar el olor de la pintura que es un olor muy particular, que además no es un olor agradable. Pero yo lo recuerdo y lo asocio a un recuerdo familiar, como a un recuerdo cálido. Acrílico…

“Finalmente el trazo es un poco el arte japonés, donde el pintor se puede quedar meses enteros mirando una puesta de sol o mirando el cerezo como va creciendo en flor y lo mira, lo mira, lo mira, lo mira y de repente hace, chack-chack-chick. Y en dos segundos se hizo un trazo. Ahí lo importante no es tanto el trazo, es lo que está dentro del trazo, lo que está detrás de ese trazo. Es lo que ese trazo significa. Y el trazo -al final-, es “chack – chack”, es como un zorro, es lo que queda, es la marca indeleble, la marca que no se borra. Pero el pensamiento está y los procesos se van cambiando, como lo hacía Roser Bru”, dice su nieta.

-¿Qué hacía ella?  

-Uh, ella veía un cuadro que había hecho hace X años atrás, y de repente lo miraba y decía ‘no, no, hay algo que no me gusta’ y agarraba un pincel y modificaba un cuadro que había hecho hacía 10 años. Cuando terminaba un cuadro no quedaba necesariamente plasmado, fijo porque el cuadro va madurando a medida que también ella o el artista lo va haciendo. Eso pasó con su historia, eso pasó conmigo y eso pasa, ahora, con “Bru y el exilio de la memoria”.

Y la memoria vuelve a transformarse.

La obra «Bru o el exilio de la memoria» estará en cartelera hasta el 5 de junio en el GAM. Para mayores informaciones, haz click aquí.

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