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Opinión

1 de Julio de 2022

Los coristas (parte 1 de 2)

La estrategia de estos cantores ha sido siempre la misma: identificar un escenario catastrófico remoto y discutible, para luego buscar convencer de que la probabilidad de que éste ocurra es prácticamente absoluta. Lo único que le importa al coro catastrófico es entonar el himno de la perdición segura hacia la que, según ellos, nos encaminamos.

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Cuando empecé a dar charlas sobre el actual proceso constituyente, a fines del 2019, había un miedo que se repetía constantemente: Venezuela. ¿Qué impediría que la futura Convención chilena, como la venezolana, interviniera el resto de las instituciones del Estado o, derechamente, se tomara el poder? En tiempos en que algunos hablaban de ataques alienígenas o conspiraciones k-popers, supongo que a muchos no les parecía esta una pregunta tan deschavetada.

Mi respuesta era siempre la misma: el artículo 135 de la actual Constitución establecía los límites que tendría la Convención, entre ellos el no poder “intervenir ni ejercer ninguna otra función o atribución de otros órganos o autoridades establecidas en esta Constitución o en las leyes”. En simple, si la Convención quería seguir el camino venezolano, tendría que hacerla poniéndose fuera de la ley y la Constitución. La explicación dejaba tranquila a la mayoría, pero siempre había uno que otro individuo con su teoría de cómo esta limitación se podía ignorar.

Recuerdo a un recién egresado estudiante de Derecho que me explicó en detalle como, si la Convención decidía incumplir la Constitución, la Corte Suprema no tenía herramientas suficientes para impedírselo. Le expliqué que, si un día despertábamos y 155 personas se habían declarado como el nuevo gobierno de Chile, iba a dar lo mismo si una discutible interpretación legal se los permitía o no: el éxito o fracaso de esa acción estaría determinado por razones de fuerza más que jurídicas. Mis palabras no sirvieron de mucho. El joven era ya parte de un incipiente pero cada vez mayor grupo de coristas. Los coristas catastrofistas.

Le expliqué que, si un día despertábamos y 155 personas se habían declarado como el nuevo gobierno de Chile, iba a dar lo mismo si una discutible interpretación legal se los permitía o no: el éxito o fracaso de esa acción estaría determinado por razones de fuerza más que jurídicas. Mis palabras no sirvieron de mucho. El joven era ya parte de un incipiente pero cada vez mayor grupo de coristas. Los coristas catastrofistas”.

La estrategia de estos cantores ha sido siempre la misma: identificar un escenario catastrófico remoto y discutible, para luego buscar convencer de que la probabilidad de que este ocurra es prácticamente absoluta. Da lo mismo si para ello se deben asumir las peores de las intenciones en el adversario o que fallarán todos los sistemas legales e institucionales dispuestos para evitar que algo así ocurra. Lo único que le importa al coro catastrófico es entonar el himno de la perdición segura hacia la que, según ellos, nos encaminamos.

Uno pensaría que cuando el escenario temido no se cumple, este coro celebraría, pero tampoco es así. Cuando la evidencia muestra que la catástrofe no es tal, estos coristas buscan raudos un nuevo escenario terrorífico sobre el qué cantar. Cuando la Convención rechazó en su primera semana una declaración sobre los “presos de la revuelta” en la que se declaraba que “las circunstancias de origen y concurrentes a la legitimidad del proceso constituyente (…) son parte de nuestra competencia”, favoreciendo en cambio otra que explicitaba que no pretendían “interferir ni arrogarse las competencias o atribuciones de otros poderes del Estado”, la tonada comenzó a cambiar. El problema era ahora el Reglamento: a través de éste, cantaron, los convencionales se saltarían el sacrosanto quórum de 2/3 que guiaba el proceso. Algunos lo intentaron (como algunos habían intentado antes darse competencias que no les correspondían), pero no fue la mayoría y no lograron imponerse, pero el coro siguió entonando que la Convención estaba dominada por la izquierda radical y totalitaria, y que el Reglamento permitiría a los convencionales cambiar el himno, la bandera y dejar fuera de la discusión constituyente temas como la libertad de enseñanza (a esto último se sumó incluso el entonces presidente Piñera, aunque lo echaron luego del coro, por desafinado). De más está decir que nada de esto ocurrió.

Hoy, con la Convención pronta a concluir su existencia, los coristas catastrofistas han cambiado el foco de sus cantos. Ya no son las acciones de los convencionales las que traerán el caos, sino las normas propuestas. En una ópera digna de Wagner o de Bugs Bunny, han levantado escenarios distópicos: con la nueva Constitución, cantan sus voces, tendremos presidentes asesinos, terroristas o narcotraficantes (¡o asesinos-terroristas-narcotraficantes!), el Estado nos quitará nuestras casas y decidirá pagarnos un peso por ellas (o, literalmente, bolitas de dulce), los niños serán abortados en pleno parto (y si son prematuros, en sus incubadoras), las escuelas subvencionadas serán prohibidas (o transformadas en establecimientos de adoctrinamiento marxista-feminista-globalista), los pueblos originarios podrán vetar hasta el cambio de nombre de una calle y cualquier persona podrá invocar el derecho a reunión y hacer un asado con sus amigos en mi casa (y no invitarme)…

Todo eso es sólo una fracción de las catástrofes futuras que estos coristas han cantado y eso sin siquiera tener la versión final del texto. De aquí a una semana, seguro entonarán que con la nueva Constitución se nos podría obligar a todos a comer pizza con piña (o prohibírselo, a quienes les guste) o que se le permitirá al gobierno cambiarle el nombre al país y ponerle Mapuchile.

“Hoy, con la Convención pronta a concluir su existencia, los coristas catastrofistas han cambiado el foco de sus cantos. Ya no son las acciones de los convencionales las que traerán el caos, sino las normas propuestas. En una ópera digna de Wagner o de Bugs Bunny, han levantado escenarios distópicos: con la nueva Constitución, cantan sus voces, tendremos presidentes asesinos, terroristas o narcotraficantes (¡o asesinos-terroristas-narcotraficantes!)…”

Hay que ser clarísimos en un punto: la propuesta de nueva Constitución sí tiene elementos que criticar (como antes lo tuvo el Reglamento y también el acuerdo del 15 de noviembre) y esas críticas deben ser bienvenidas. Para quienes rechacen, pueden ser argumentos que sustenten su posición y, para quienes aprueben, alertas de temas a trabajar y reformar en el futuro. Pero lo que hacen los coristas catastrofistas no es una crítica. Sus himnos, rayando y a veces conviviendo con la mentira, buscan hacer del miedo una herramienta electoral.

Con ello, lo que hacen es clausurar el debate democrático. Porque ¿quién, en su sano juicio, discutiría siquiera un acuerdo que le da a 155 personas el poder absoluto sobre el país, un reglamento que impide discutir derechos humanos fundamentales o un texto constitucional que no reconoce el derecho de propiedad? Si una de las opciones es un desastre asegurado, ¿para qué vamos, siquiera, a sentarnos a conversar?

Denunciar a los coristas catastrofistas no implica necesariamente defender la propuesta de texto emanada de la Convención. Y que algunos parezcan automáticamente creer esto, demuestra cuan difundidos están estos cantos y cuanto mal le han hecho a nuestro debate democrático. Oponerse a los coristas catastrofistas no es defender un resultado específico, sino al proceso constituyente mismo. Es defender la posibilidad de tomar la propuesta de la Convención y evaluarla en su mérito y por su contenido, con mirada crítica y ponderada y preguntándonos si es o no el pacto social que queremos para nuestro país.

Nada de eso es posible con el volumen que han adquirido estos himnos apocalípticos y menos aún cuando a estos se le suman esos cantos de sirena que presentan la propuesta de Constitución como la solución mágica a todos nuestros problemas sociales. Pero de estos otros coristas ya hablaremos en la próxima oportunidad… si es que la Convención no se alza en su último día y junto a los aliens y los k-popers se toman el poder aprovechándose que la Corte Suprema no tiene realmente herramientas para detenerlos. Sí, mis queridos coristas catastrofistas: así de fantasiosos suenan.

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