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15 de julio de 2022

Olvidado en un ex cine porno en venta: El futuro incierto del mural «Terremoto» de Nemesio Antúnez

En el vestíbulo del mítico y desaparecido cine Nilo, frente a la Plaza de Armas de Santiago, se encuentra uno de los cinco murales que el artista chileno pintó en el país en la década del 50. Declarado Monumento Histórico en 2011, pasó 30 años cubierto de afiches de películas XXX hasta el cierre de las salas Mayo y Nilo en 2019, cuando además se anunció que sería restaurado. Nada ocurrió debido al estallido y la pandemia y ahora el recinto se vende en $1.500 millones con la invaluable obra patrimonial en su interior. Su futuro es incierto, advierte Guillermina Antúnez, hija del artista: “Si lo venden a un mall chino o a un supermercado podría seguir deteriorándose o ser aún más invisible de lo que ya es”.

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Pasan de las 5 de la tarde, es mitad de semana y al interior de la joyera y concurrida galería comercial de Monjitas 879, a pasos de la Plaza de Armas de Santiago, todo sigue su ritmo habitual, que no es cualquier ritmo. Entre el gentío aparece de pronto un hombre canoso de mediana estatura y con una mochila que cuelga de su hombro derecho. Se presenta: su nombre es Sergio Flores, tiene 58 años y desde hace 35 administra “algunos de los bienes de la familia “dueña de los locales que ves acá”, comenta discretamente. Pide las llaves en uno de los puestos y nos conduce mientras inspecciona el manojo hacia el acceso al subterráneo del histórico edificio, protegido desde hace algún tiempo por una cortina metálica con un cartel encima que dice “No pasar”. Flores, que parece haber hallado al fin la llave, es precisamente el único autorizado para ingresar allí hoy. 

Sobre su cabeza blanca y despelucada resalta el antiguo letrero amarillo de los cines Nilo y Mayo: “Películas XXX / Alta definición”.

Bajamos unos cuantos peldaños. La luz también desciende y emerge de golpe el perfume rancio y azumagado de las paredes. El siguiente obstáculo es una reja. Mientras vuelve a revolver las llaves, Flores cuenta que llegó a administrar el espacio en 2017, solo dos años antes de que el entonces alcalde de Santiago Felipe Alessandri llegara a un acuerdo con los arrendatarios y ambas salas cerraran sus puertas el 31 de mayo de 2019. La maniobra puso fin a la historia de dos de los cines más icónicos y últimos sobrevivientes del centro neurálgico de Santiago, que a contar de los años 80 no les quedó más que ceder en la batalla con las nuevas multisalas y sacudirse la bohemia cultural sesentera y setentera. Cambiaron los diferidos estrenos de Hollywood por una cartelera nutrida de pornografía pura y dura. 

En su último periodo, previo al cierre, solo funcionaba el cine Mayo, prosigue Flores. Pero ya nadie iba allí a ver las películas: el lugar se había convertido en un conocido y diverso lugar de cruising o de encuentros sexuales entre hombres. “Se prestaban solo para la prostitución y otras incivilidades”, dijo Alessandri en ese entonces. 

Al llegar al nivel -2, tomamos la ruta del cine Nilo. Con Mayo, su sala hermana, compartían el piso pero no el espacio, explica Flores. Una última chapa por abrir y a través del vidrio ya se alcanza a ver hacia el interior del espacio. Tiene el aspecto y el frío encanto de un teatro viejo y vacío; el mármol intacto, los destartalados letreros luminosos de los baños que aún parpadean, los espejos de cuerpo entero cubiertos de polvo traslúcido y hasta los proyectores originales en su propia sala. Desde ahí se puede apreciar todo el escenario.

“En el Mayo tenían otros proyectores digitales, más modernos, pero en el Nilo se conservaban los originales. Con estos mismos se proyectaban las películas en los 60, cuando empezó a funcionar el cine. Es un verdadero tesoro el que hay aquí”, cuenta el administrador. 

Crédito: Pedro Bahamondes

De origen sirio, la familia Sarquís construyó el edificio y administró los dos cines durante sus primeros años. No era tan rentable como esperaban y a contar de 1963 los arrendó la familia Gana, otro clan familiar dueño de la empresa Socine Limitada, la misma que durante años llevó la gestión, entre otras, de las salas Capri, otro céntrico cine para adultos que aún sobrevive como tal.

“Han venido de la Universidad Católica a ver los proyectores. También han querido hacer documentales de este lugar, traer artistas, hacer música en vivo, entrevistas. Son todas buenas ideas y hay varios interesados, pero en la oficina no han querido. Los dueños se meten poco pero sí conocen toda la historia que contiene este lugar. El propio dueño sabía incluso de la existencia del mural, que también ha generado cierto interés, aunque menos”, cuenta Flores.

Volvemos al hall que conduce a la sala principal del ex cine Nilo. A lo lejos, y sobre el muro principal del antiguo vestíbulo y donde el público fumaba y comentaba las películas entre una función y otra, se revela una pintura de gran formato en la que se aprecian unos pequeños cuadrados negros que se desprenden de otro más grande sobre un fondo rojo tenue y opaco. Una especie de volantín que se desintegra en el aire. Desconocida hasta hace unos años, la obra se llama Terremoto y es uno de los cinco murales que el arquitecto y artista chileno Nemesio Antúnez (1918-1993) realizó en el país durante la década del 50. 

El ex alcalde Alessandri detalló que la obra estaba cubierta de una capa de nicotina y polvo, y que necesitaba ser restaurada: “Hay un mural maravilloso que encontramos de Nemesio Antúnez y ya contactamos a la Fundación Antúnez para recuperarlo”, declaró. 

Aunque se tienen aún pocos antecedentes, hay consenso en que Terremoto es una metáfora sobre la identidad sísmica del país, la destrucción y transformación cuyo destino, por azar o ironía, fue permanecer oculta en un escondite insólito. Un reflejo de su propia historia: la obra pasó los últimos 30 años cubierta por un faldón y los afiches de las películas XXX que rotaban cada semana. Si bien había vuelto a salir a la luz, no era ciertamente un hallazgo sino el reencuentro con una extraviada obra patrimonial que en 2011, ocho años antes, ya había sido declarada Monumento Histórico Nacional por el Consejo de Monumentos Nacionales (CMN). Con el estallido y luego la pandemia, desde luego aún no ha sido restaurada. 

La gestión de Alessandri logró además que la Corporación del Desarrollo de Santiago (Cordesan) arrendara el espacio tras el cierre de los cines Nilo y Mayo mientras se buscaba otro uso. Nadie nunca lo arrendó. 

“Hace un tiempo vino un caballero con una señora ya mayor que quería ver la pintura porque ella venía al cine hace años. El tipo sabía de arte y dijo que el mural se veía distinto, más opaco, porque estaba todo cubierto de grasa. Yo estoy seguro de que la gente que arrendaba los cines no se preocupó de conservarlo”, comenta Flores. 

Crédito: Pedro Bahamondes
Crédito: Pedro Bahamondes

“Años atrás también llegó una carta del Ministerio de las Culturas diciendo que querían recuperarlo pero nunca se hizo nada y nadie vino a verlo. Yo sabía de la existencia del mural. Había escuchado que este señor, Nemesio Antúnez, venía cada cierto tiempo a verlo, sobre todo en las mañanas, cuando no había mucha gente. Conocí también a Guillermina, quien estaba haciendo un documental sobre la obra de su padre. Muy amable ella, estuvimos conversando largo rato y concluimos en que realmente hay muy poco interés en el mural y en este espacio”, agrega. 

Desconocida hasta hace unos años, la obra se llama Terremoto y es uno de los cinco murales que el arquitecto y artista chileno Nemesio Antúnez (1918-1993) realizó en el país durante la década del 50. 

Cuatro meses llevan en venta los antiguos locales que albergaron a los cines Nilo y Mayo. La empresa de servicios inmobiliarios MQ está a cargo del corretaje del inmueble que supera los 1.800 metros cuadrados: el arriendo está en 220 UF, poco más de $7 millones, y la venta en 45 mil UF, casi $1.500 millones. El administrador asegura que a la fecha no ha habido interesados.

UNA OBRA SIN REGISTRO

1958 fue un año particularmente movido en Chile. El 4 de septiembre hubo tres sismos sucesivos que se prolongaron durante seis minutos con epicentro en Las Melosas, cerca del Cajón del Maipo. Hubo cuatro muertos, decenas de heridos, familias desplazadas, localidades que se vinieron abajo y cortes de luz durante varios días. El movimiento de mayor magnitud fue de 7,0 en la escala de Richter y los remezones y réplicas se sintieron durante el resto de ese año. 

1958 fue también un año agitado de expansión creativa en la vida de Nemesio Antúnez. El fundador del Taller 99 había vuelto al país hacía cinco años desde Nueva York y traído consigo los planteamientos del Atelier 17 con los que revolucionó la percepción del grabado en Chile. Durante esos meses de hiperactividad sísmica ganó el Premio de la Crítica, trasladó su taller a las universidades y retomó la pintura con la ejecución de los últimos dos de cinco murales que el artista realizó en el país; un tercio exacto de los quince que produjo en toda su carrera. 

El primero de ellos, Bailarines con volantines, lo plasmó en el Museo a Cielo Abierto del cerro Bellavista de Valparaíso. Los otros cuatro, en tanto, los creó especialmente para integrarse a distintos espacios públicos de Santiago: ya había pintado Sol y Luna (1955) en los descansos que conducían hacia la sala del cine Gran Palace, en calle Huérfanos, casi al llegar a Morandé, y los dos restantes le fueron encargados para dos nuevos cines. 

A uno lo bautizó Quinchamalí y lo puso en la desaparecida sala Huelén, en la galería Juan Esteban Montero de calle Huérfanos. El segundo fue una invitación que le hicieron sus viejos amigos arquitectos Emilio Duhart y Sergio Larraín, quienes acababan de diseñar un nuevo espacio en el subterráneo de un edificio en el número 879 de calle Monjitas. A este último, Antúnez lo llamó Terremoto y lo desplegó sobre un muro de unos 30 metros cuadrados en el futuro foyer del cine Nilo. 

El resto de la historia ya es conocido. 

Hay más conjeturas que certezas alrededor de la obra: se cree que Quinchamalí y Terremoto fueron pintados el mismo año, entre 1958 y 1959, que Nemesio Antúnez se inspiró en los testimonios del terremoto de 1939 que recogió en un viaje a Chillán en el que además conoció a las artesanas de Quinchamalí y que de ahí vino el uso del rojo greda en ambos murales, como un homenaje a su material de oficio. Se cree también que fue una de las primeras obras en las que Antúnez empleó la iconografía del damero, los característicos rombos que se convirtieron en un rasgo distintivo en la futura producción del artista, y una de las pocas de la época en abordar la identidad sísmica del país desde una poética visual. 

Guillermina Antúnez, hija y directora ejecutiva de la fundación que lleva el nombre del artista y ex director del Museo Nacional de Bellas Artes, cuenta que la primera vez que vio el mural fue en 2015, cuatro años después de que fuera declarado Monumento Histórico. Hoy revive el impacto que sintió cuando lo tuvo enfrente. 

“Yo soy orfebre de profesión, no estaba metida aún en la fundación, solo quería poner en línea el archivo y a Nemesio donde corresponde. Sabía que existía este mural en alguna parte; lo había visto en libros, pero nunca tuve consciencia de sus dimensiones. Yo compraba muchos materiales en esa misma galería donde alguna vez, según me habían comentado, había un cine y que adentro de ese cine estaba el mural, pero no tenía idea ni me imaginé que el mural estuviera en un cine XXX. Cuando lo vi por primera vez, francamente quedé impactada tanto por ver al fin el mural como por ese lugar secreto y subterráneo en donde se encuentra”, dice Guillermina a The Clinic

“Es curioso, pero no teníamos ningún antecedente de ese mural. Manejamos un archivo gigantesco de documentos, recortes de prensa, cartas, bocetos y anotaciones, pero de Terremoto no había nada. Todos le hemos tomado fotografías porque tampoco había registros, ni uno solo. Mi papá tampoco hablaba de esa obra”, agrega.

El artista y ex director del Bellas Artes, Roberto Farriol, da crédito a los pocos antecedentes que se manejan hoy de la historia del mural Terremoto, partiendo por el periodo en que éste habría sido creado. 

“Eso explicaría el uso de los recursos plásticos y formales si consideramos una serie de grabados en litografía a color, realizados por el artista entre los años 1957 y 1961, aproximadamente, donde su motivación está centrada en su sensación sobre manifestaciones de la naturaleza, en obras como Eclipse, Cráter o Canales de Chiloé. El artista parece indicarnos que las formas desaparecen al intentar describir, o medir, la incalculable magnitud de la naturaleza. Como es el caso de este mural, donde lo telúrico pone en crisis la propia existencia”, comenta Farriol.

El segundo fue una invitación que le hicieron sus viejos amigos arquitectos Emilio Duhart y Sergio Larraín, quienes acababan de diseñar un nuevo espacio en el subterráneo de un edificio en el número 879 de calle Monjitas. A este último, Antúnez lo llamó Terremoto y lo desplegó sobre un muro de unos 30 metros cuadrados en el futuro foyer del cine Nilo. 

“Por otra parte, el uso de la forma de damero, como recurso gráfico de paralelogramos de variadas formas, Antúnez la viene desarrollando desde hace una década aproximadamente. Esta forma constructiva de planos no deja de remitirnos a los recursos de proyección y representación tridimensional que Antúnez maneja como arquitecto. En el caso de este mural, el uso de la forma de damero, cuya geometría está connotada de la regulación territorial de toda urbe, aquí estalla en mil pedazos como consecuencia de esa fuerza desmedida de la naturaleza”, agrega.

RESCATE PENDIENTE

La categoría de Monumento Histórico que ostentan los cuatro murales de Nemesio Antúnez en Santiago desde el 2011 impide que éstos sean destruidos o alterados, y en caso de demolición deben ser rescatados. No obstante, esa suerte de inmunidad ficticia no los ha protegido del abandono y del deterioro por falta de conservación. Sol y Luna fueron restaurador por sus propios dueños, en cambio Quinchamalí y Terremoto corrieron la peor suerte: solo el primero de los dos fue restaurado gracias a un plan de recuperación de $15 millones financiado por el Consejo de Monumentos Nacionales e impulsado en conjunto con la Fundación Nemesio Antúnez

Un equipo de expertos del Centro Nacional de Conservación y Restauración evaluó el estado de las obras. “Quinchamalí se encontraba ‘en estado de riesgo permanente’ debido a que existía desde los 90 una fuente de agua que filtraba humedad. Eso significó pérdida de la pintura original y fisuras en la pared, lo que motivó la realización de obras de emergencia para detener ese deterioro progresivo y abordar posteriormente su restauración”, detalla Erwin Brevis, secretario técnico del CMN. 

En cuanto a Terremoto, prosigue el funcionario, “los expertos del Centro Nacional de Conservación realizaron el diagnóstico también en 2019, el cual arrojó entonces que los principales deterioros son sus grietas y sopladuras que implican vulnerabilidad ante nuevos movimientos sísmicos. Además, hay partes en donde falta la capa de pintura, especialmente en la parte baja del muro, producida por humedad y escurrimientos de agua. Sin embargo, el problema más grave es su invisibilización, producto del lugar en el cual se emplaza”. 

Gentileza Fundación Nemesio Antúnez

Brevis aclara además que si bien se trata de bienes protegidos, los murales en cuestión no son propiedad estatal por lo que no es deber del Estado su restauración sino del propietario. “Lo que sí corresponde es evaluar y autorizar cualquier intervención e impedir que sean destruidos o eliminados”, comenta. Y agrega: “De no conservar adecuadamente el monumento, el propietario se expone no solo a multas de 5 a 200 UTM, sino que podría incurrir en el delito de daño a Monumento Nacional establecido en el artículo 38º, que fija una pena de presidio menor en sus grados media a máximo”. 

Guillermina Antúnez considera que la protección del Estado ayuda pero no es suficiente. “No todos tienen los recursos ni la voluntad de conservarlos”, asegura. 

“En nuestro caso ha servido mucho la declaratoria de Monumento Histórico porque ha impedido que los toquen, pero claro, uno esperaría más. Como fundación hemos tenido que hacer un trabajo de difusión muy acotado que en estos casos debería ser quizás más compartido de parte de Patrimonio y del Estado. Nemesio se ofreció él mismo a ir restaurar Quinchamalí pero el ex dueño del cine Huelén le dijo que no restaurara nada porque esa pared la iba a pintar blanca. La declaratoria fue lo que lo impidió. Con el dueño del cine Nilo nos pasó lo mismo. Nadie podía contactarlo”. 

“Es curioso, pero no teníamos ningún antecedente de ese mural. Manejamos un archivo gigantesco de documentos, recortes de prensa, cartas, bocetos y anotaciones, pero de Terremoto no había nada. Todos le hemos tomado fotografías porque tampoco había registros, ni uno solo. Mi papá tampoco hablaba de esa obra”, agrega.

La hija del artista cuenta que no estaba al tanto de la venta de los locales en calle Monjitas. “Eso lo cambia todo”, dice. 

Y revela: “Cuando se quería arrendar el espacio, teníamos siempre este problema de a quién se le iba a arrendar. Si ahora además se va a vender es más preocupante. Si lo venden a un mall chino o a un supermercado el mural podría seguir deteriorándose o ser aún más invisible de lo que ya es. Entonces, cuando logramos contactar al dueño y hablar con él le dije que lo ideal sería que lo arrendara para algo que tuviera algún sentido. Es decir: el negocio de ellos es con el mural adentro, con una obra invaluable. Y esa es la ironía de su venta. Él no tenía idea de que el mural de Nemesio era patrimonial. Yo misma tuve que enviarle la declaratoria”. 

PATRIMONIO EN VENTA 

En 2018, para la conmemoración del centenario del artista, el ex cine Nilo abrió sus puertas para que Terremoto fuese visitado por el público. Un estallido social después, con una pandemia que no da tregua y el cambio de gobierno, el mural ha vuelto a caer en el olvido. El ex subsecretario del Patrimonio Cultural, Emilio Cerda, fue uno de los que en 2011 firmó la declaratoria de Monumento Histórico de Terremoto y los demás murales de Nemesio Antúnez. En su rol de secretario técnico del CMN le tocó ejecutar proyectos de difusión de la obra e impedir que permaneciera oculta. Falta voluntad en el debate, asegura. 

“En Chile hay una cantidad tan grande de patrimonio declarado y las herramientas financieras y legales son tan acotadas que esa labor de gestión del patrimonio se hace muy precaria. Tenemos una legislación obsoleta que tiene un foco no solo monumental sino basado en la declaratoria, en la protección legal pero no en la protección efectiva”.

“La declaratoria no asegura un adecuado tratamiento de los bienes, una adecuada difusión ni conocimiento. Y hay un amplio margen para que entidades desde la sociedad civil, como puede ser la Fundación Nemesio Antúnez, cuyo objetivo y estatutos están enfocados en difundir y dar a conocer su obra, son iniciativas acotadas que no alcanzan a abordar el tamaño y la complejidad de todo el patrimonio en el país. Un avance sería perfeccionar la ley de Patrimonio que hoy está en el Congreso”, opina el también arquitecto y docente de la UC. 

El artículo número 15 de la ley de Monumentos vigente determina que frente a la venta de un monumento histórico o un inmueble que contenga uno, como el caso del ex cine Nilo, la primera opción de compra la tiene el Estado. “Se utiliza muy pocas veces y en casos excepcionales”, dice De la Cerda. 

“El fisco dispuso en la ley del 70 herramientas para poder hacerse de ciertos bienes patrimoniales de cara a su conservación y puesta en valor. Entonces, en estricto rigor, la venta de este inmueble tiene que ser informada por el dueño al CMN para que el fisco pueda responder. Eso se hace a través de Bienes Nacionales”, explica. 

Gentileza Fundación Nemesio Antúnez

Desde esta última cartera aseguran no estar al tanto de la venta de los locales de Monjitas 879 con el mural patrimonial en cuestión. 

“Si es que el propietario comunica la intención de venta, el CMN consulta a diversos órganos estatales que podrían tener interés en la adquisición del Monumento Histórico, para que se pronuncien sobre la oferta en cuestión. En caso de que se obtenga una respuesta favorable por parte de alguno de los órganos consultados, se procede al nombramiento de peritos para la determinación del precio de venta, y a la posterior suscripción del respectivo contrato de compraventa, de conformidad con la normativa aplicable”, detallan desde Bienes Nacionales.

Un conocido ejemplo en que el Estado ha ejercido su preferencia de adquisición fue en la compra del Palacio Pereira, Monumento Histórico desde el año 1981, que fue restaurado completamente y entregado en administración al Ministerio de Culturas, las Artes y el Patrimonio. Allí funcionan actualmente las oficinas de la Subsecretaría del Patrimonio y del Servicio Nacional del Patrimonio (la ex DIBAM), y fue una sede de paso de la Convención Constitucional.

También está el caso del inmueble de Irán 3037, la “Venda Sexy”. “Ha existido el interés del Estado en adquirir dicho bien, particularmente durante los años 2015 y 2016 se realizaron las negociaciones entre el MBN y el propietario particular, pero no fue posible llegar a un acuerdo. Hemos retomado conversaciones con organizaciones de derechos humanos con el fin de buscar mecanismos que permitan eventualmente la recuperación del espacio como sitio de memoria”, aseguran a The Clinic.

El próximo año se cumplen 30 años desde la muerte de Nemesio Antúnez y el futuro de su oculto mural es incierto. 

Guillermina Antúnez considera que la protección del Estado ayuda pero no es suficiente. “No todos tienen los recursos ni la voluntad de conservarlos”, asegura. 

Terremoto no puede desaparecer ni seguir en las sombras alejado del conocimiento público. La labor del Estado al declarar Patrimonio es obligar a su conservación, puesto que su rol es resguardar el derecho de sus ciudadanos sobre la protección de todas las memorias, por sobre las coyunturas económicas o intereses particulares. Esta es una gran oportunidad para que este mural pueda llegar a formar parte de un nuevo espacio comercial o cultural de uso público y poder contar con una obra de esta envergadura en pleno casco histórico de la ciudad”, opina Roberto Farriol.

Todo dependerá de cuál sea el nuevo giro que adopte el subterráneo donde alguna vez la obra brilló, resume Guillermina. “Hemos tenido que hacer mucho ruido y por lo visto tendremos que seguir haciéndolo. Creo que la metáfora más bonita alrededor de Terremoto es que habla sobre la destrucción y en lo que queda después. Y cuando lo restauren y reaparezca ese rojo furioso, el mural volverá a tener luz y vida propia”.

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