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Opinión

28 de Julio de 2022

Lo peor de lo nuestro

Agencia UNO

Pocas campañas han sido más venenosas e incendiarias que esta, que se supone nos pregunta por algo tan noble como pronunciarnos sobre un texto constitucional hijo de un inédito ejercicio democrático.

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El bombardeo es incesante: Rechazo para reformar, Rechazo para rechazar, Apruebo para corregir, Apruebo para sermonear, pero sobre todo Rechazo para insultar y Apruebo para basurear. Pocas campañas han sido más venenosas e incendiarias que esta, que se supone nos pregunta por algo tan noble como pronunciarnos sobre un texto constitucional hijo de un inédito ejercicio democrático.

Es cierto que nacida de una revuelta que mucho tuvo que ver con las redes sociales, era esperable que estas redes y su pasión por extremar todo, marcaran el tono de campaña.

Pero no deja de ser impresionante ver cómo personas hábiles, cultas, que uno sabe sensatas caen en el simplismo más pueril. ¿Cuánta gente que se quiere, se aprecia, se comprende ha empezado a sacar los trapitos al sol del otro? ¿Cuánto han calificado a los que dudan distinto de ser colaboradores de la dictadura? ¿Cuánta gente que uno creía seria ha empezado a difundir mentiras pueriles, exageraciones torpes e interpretaciones fantasiosas? ¿Cuántos han amanecido de pronto convertidos en expertos en código de agua, indígena, propiedad agrícola, urbanística?

Pocas campañas han sido más venenosas e incendiarias que esta, que se supone nos pregunta por algo tan noble como pronunciarnos sobre un texto constitucional hijo de un inédito ejercicio democrático.

​Yo por mi parte juro hacer lo posible y lo imposible por no perder ningún amigo antes del 4 de septiembre. No lo hago por puro pacifismo, sino por la certeza de que lo que se está jugando ahí es mucho menos trascendente de lo que los fanáticos de ambas alternativas quieren creer. O más bien porque pienso que es trascendente de otra forma. O para ser más claro, no quiero pelearme con nadie por esta elección, porque sé que gane quien gane, voy a perder. Y tengo la impresión de que Chile tampoco va a ganar.

Algo va a quedar de todo esto, no hay duda, pero no lo que necesita con una urgencia que me espanta y que la élite que se pelea por una coma de un artículo no ve: la necesidad de algo que pare este proceso de descomposición social. Algo que lograra que el heroico acuerdo político de noviembre del 2019 tuviera una bajada social, una dimensión cotidiana palpable, en un país que quema colchones de inmigrantes en el norte y dispara sobre conductores de camiones y mapuches en el sur.

​La vieja Constitución une en contra de ella. Consigue la buscada unanimidad, pero la del repudio. Es la Constitución de los vencedores y nada ya puede convertirla en otra cosa. La nueva Constitución quiere conseguir una disgregación “buena onda”, es decir que cada uno se lleve su pedazo del país, pero de manera “solidaria y participativa”. Promete derechos garantizados por un Estado que solo puede cumplir con ello si es fuerte, único y centralizado como ya es imposible que sea. Porque la mayor parte de las buenas, y de las malas ideas de esta Nueva Constitución, ya son parte de cualquier proyecto que nazca del 4 de septiembre. Porque no hay ni en los derechos sociales, ni en la paridad, ni en la plurinacionalidad, ni en las regionalizaciones, retroceso posible. Todo eso es, sin embargo, en razón de esta misma disgregación social, letra más o menos muerta. Porque el complejo armazón institucional que exige cualquier cambio, chocará con un país que vive de brazos caídos, que sabe solo en que no cree y ya no sabe en qué creer.

¿Cuánta gente que uno creía seria ha empezado a difundir mentiras pueriles, exageraciones torpes e interpretaciones fantasiosas? ¿Cuántos han amanecido de pronto convertidos en expertos en código de agua, indígena, propiedad agrícola, urbanística?

Que, sin la derecha vetando nada, con el apoyo inédito de la ciudadanía, no se haya podido escribir una nueva Constitución corta y clara, precisa y social demócrata habla quizás de lo que personalmente a mí me preocupa más de todo el proceso. Es cierto que 155 personas era mucha gente y que la santificación del estallido permitió que su anomía autodestructiva fuera parte del texto.

Es cierto que unos pocos lograron frenar los engendros más delirantes de los ecólogos, etnólogos, y otros antropólogos profundos. Pero lo cierto es que la izquierda tiene en su seno a grupos y tendencias que niegan lo que es la esencia misma de la izquierda que no puede ser más que antropocéntrica e igualitaria, que no puede reconocer como suya la sangre, la tierra y la herencia como motor de la historia. La izquierda no puede, sin morir en el intento, aceptar que hablen con ellos grupos antimodernos que conciben jerarquías étnicas, que niegan la razón y prefieran la ley de la selva a la del hombre. No debe y no puede porque la historia prueba que una y otra vez la izquierda identitaria le ha regalado a la derecha el sentido común, o eso que Orwell llamaba la “decencia común.”

​Que tenga que venir la Carolina Tohá a explicar los delirios de Baradit, habla de esa contradicción esencial que no nos hemos sentado a discutir seriamente. Sé que sería más sensato discutirlos después del 5 de septiembre con el Apruebo victorioso. Pero estoy seguro de que la victoria conseguida será de la de Bassa y Baradit o Stingo tanto o más que los del “Apruebo para mejorar” que verán en carne propia cómo la mala fe de la nueva izquierda se parece como dos gotas de agua a la de la derecha. Se parece porque viene del mismo lugar, la de los winner de siempre, neoliberales o no neutrales hasta que en octubre del 2019 vieron que tenía algo que pescar en el río revuelto.

Esto que digo de la izquierda ya es un hecho en la derecha donde el elemento postmoderno ya se tomó el debate y son los Republicanos los que dictan la pauta de los amarillos y no al revés. ¿No es Pancho Orrego la posmodernidad misma, el derechista feo y piscolero? Es una derecha que solo sabe en contra de quien está. Ni siquiera su nostalgia por Pinochet es creíble. Lo que quieren, lo que busquen es lo que buscó y quiso Trump y Bolsonaro, el Estado como un botín. Un país que saquear, para no aburrirse demasiado. El resto de la derecha política, hundida en la vergüenza de lo que fue, no tiene ni fuerzas para pararlos.

​Es esta descomposición política la que hace finalmente indiferente quien gane este 4 de septiembre. Si gana el Rechazo el presidente Boric pasará un mal rato, pero se sabrá aliviado de poder gobernar sin tener que aplicar la inaplicable nueva Constitución. Si gana el Apruebo, el presidente habrá ganado una batalla que aumentará de decibeles la guerra. Más allá de esa coyuntura lo cierto es que una constitución política, como su nombre lo indica, tiene como objetivo regular la política.

Cuando la política se hace con altura de miras, cuando la hacen personas cultas e inteligentes, cuando hay claridad de ideas en sus filas, hasta una pésima Constitución como la del 80 puede llevar paz y prosperidad al país por una cantidad de años inéditos en nuestra historia. Cuando la política se envenena, cuando entran en ella componentes sordos, cuando se ciega a ver el país y su gente, hasta una buena Constitución como la del 25, termina ahogada bajo las bombas.

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