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Cosecha Propia

29 de julio de 2022

Indra Ferrari, la primera persona mayor de edad que el Estado chileno reconoce su género no binario: «Ver mi nombre de mujer era como ponerme un disfraz»

La joven estudiante de Arte obtuvo un histórico fallo que permitirá modificar el nombre registral de cédula de identidad, además de que en su sexo solo se vea una X. Una infancia marcada por una disforia de género, que sólo reconoció gracias a Instagram y el apoyo de sus amigos. Una sentencia inédita que simboliza un avance en el acceso a cada vez más derechos para la comunidad LGBTQI+.

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Indra Kalei Ferrari Bravo (22) cuenta que todos sus recuerdos del colegio «están medio borrosos». Durante su etapa escolar fue a tres establecimientos distintos, pero no mantiene amistades de ninguno. «Fueron tiempos intensos», dice. 

Hasta sexto básico asistió a un establecimiento católico en Ñuñoa, hasta mitad de tercero medio en uno laico de Providencia, y después egresó de otro católico en La Reina. En todos, considera que «estaban marcados estos grupos de mujeres, los hombres que juegan fútbol, y los raros, los apartados de esos grupos que no entran ahí».

Indra casi siempre pertenecía al tercer grupo, a quienes según ella «les gustaba jugar videojuegos, la música, o el animé». Desde séptimo en adelante, recuerda que se sentía «excluida, dejada de lado» por los grupos de mujeres, en actividades como los clásicos bailes escolares. Y aunque hoy cree que en ese tiempo era como una «mujer masculina», tampoco se sentía dentro del grupo de los hombres. 

«Me sentía como muy alien, muy fuera de lugar en cualquiera de los dos lados, porque no me sentía común. Se podría decir que ahí empecé a sentir que no era mujer, sin definirlo porque tampoco sabía que se podía», cuenta. 

Pasó por varios procesos. En una etapa de más chica, Indra sufría porque no le permitían ocupar pantalones para ir al colegio. «Estaba hasta acá con el acoso que se vive por el uniforme escolar -dice poniéndose la mano en la parte alta de su cabeza-. Es brígido, un montón de viejos me pifiaban. Me llegaron a seguir un par de veces». 

Una diferencia rotunda a lo que le pasó en tercero medio. «Tuve un período de hiperfeminidad. Me fui para el otro extremo y me puse full femenina. Era como una pseudo barbie. Me fui para el otro lado, yo creo que para tratar de encajar, para definirme como algo. Si voy a ser mujer, voy a ser lo más mujer que pueda», pensaba en ese entonces. 

Años más tarde, a principios de 2019 Indra entró a estudiar Arte en la Universidad Diego Portales y todo cambió. «Me liberé. Me rapé el pelo, y empecé a vivir libremente. Ya no había reglas de que no podía hacer cosas porque me iban a mirar raro», relata. 

Fue ahí cuando entendió que el malestar que sentía antes era porque no se sentía cómoda con su género y porque siempre tenía la necesidad de encasillar. «Me faltaba mucha información en esos tiempos. Tenía esa sensación de inconformidad, como de desagrado contra el sistema del colegio, pero no necesariamente atribuible al género», piensa, sentada en un café de Plaza Ñuñoa. 

Con esa libertad, entendió que no era ni hombre ni mujer. Buscó un nombre neutro que fuera reconocido por sus pares y se identificó como una persona de género no binario. Fue ahí cuando realmente comenzó a llamarse Indra, a pesar de que sus documentos y su carnet de identidad dijeran otra cosa. 

Una cuestión generacional

Indra está vestida de negro, con ropa cómoda y un abrigo delgado que llega casi hasta los pies. Afuera tenía puesto un gorro del mismo color, que se sacó al entrar al lugar donde se sienta a dar esta entrevista. Así dejó ver su pelo corto teñido de color lila, que combina perfecto con sus aretes de mariposa transparentes que varían de tono con la luz, su aro en la nariz, y dos brillantes morados que ocupa entre sus cejas. 

Antes de empezar la conversación, un hombre con una joven que estaban en la mesa de al lado pagan la cuenta y se paran para irse. El sujeto se acerca a Indra, y le dice que al principio le costó reconocerla, pero que necesitaba saludarla. «Te felicito, que te vaya muy bien», le dice, e Indra lo agradece y ríe nerviosa. «Es el ex de mi mamá, pero ahora son como amigos», cuenta la joven. 

Sus padres están separados desde que tiene 7 años. Indra vive con su madre y su hermana desde entonces. Aunque en su adolescencia no se sentía cómoda con su cuerpo, nunca le transmitió del todo la complejidad que sentía a su madre. 

«Es de otra generación, no es algo que se hable mucho. O sea, las disidencias siempre han existido, pero mi mama no es disidencia, entonces tampoco. Tampoco se dedicó al arte como para haber vivido esto, porque en el arte hay muchas disidencias. Como es ingeniera en alimentos, yo creo que nunca fue un mundo que estuviera tan cercano a ella. Entonces yo creo que nunca lo sospechó, y pensó que tenía un estilo más masculino no más», dice. 

En cambio a su hermana, que hoy tiene 15, Indra cuenta que nunca le tuvo que explicar nada. Cuando era pequeña, comenzó a ver Steven Universe, una serie estrenada en 2013 por Cartoon Network, que fue la primera producción de la cadena creada por una persona no binaria. Narra las aventuras de un niño llamado Steven, que junto a tres guerreras alienígenas -llamadas “gemas”- defienden la humanidad. 

«Somos fanáticas de esa serie. Están estas gemas que son piedras: la Perla, Amatista y Garnet que son las principales, y no tienen género. Tienen expresiones muy diversas, hay unas que se ven femeninas, otras masculinas y otras más neutras. Es una serie muy LGBT (…) entonces ella -mi hermana- full entendía lo que es ser no binario», asegura.

También es fanática del animé y el manga, su estética, los dibujos y las temáticas. Además, considera que «los estereotipos y los roles de género son mucho más fuertes en Occidente». Le gustaría conocer Japón para ir a Harayaku, un barrio en Tokio donde semanalmente se reúnen personas con estilos de moda únicos y extravagantes.

En 2019 Indra tenía el pelo hasta los hombros de color rosado. Como ya se sentía en un «ambiente tan abierto que no me iban a juzgar», se rapó. Su mamá quiso castigarla, pero «no alcanzó. Yo creo que le preocupaba que me pasara algo». Además que aún no le contaba oficialmente a su familia que estaba en su proceso de transición, porque le daba nervios, y no sabía «cómo poner la conversación en la mesa». 

Gestualizando con las manos, Indra argumenta que «explicar la transición de un género a otro es más fácil. Si lo ves como una línea va a ser más difícil, porque si pones al hombre y mujer en los extremos va a quedar al medio, pero no es precisamente eso».

«Hay que verlo como un círculo, o como una paleta de colores, ésa que tiene todos los tonos marcados. Porque al final ser no binario -o no binarie- no es estar entre medio de ser hombre y mujer, sino que es ser ninguno. Es vivir la expresión de formas muy variadas, porque pueden haber personas no binaries que les guste ocupar maquillaje, otras que no; otras que les encanta ocupar vestido, otras que no. La línea se puede ocupar quizás para la expresión de género dentro de lo masculino o lo más femenino y como una escala, pero por lo menos para esta identidad que es tan variada, esa línea se queda corta», explica. 

En 2020 le pidió a todos sus familiares que le dijeran Indra. Y desde entonces, cada vez que alguien la llamaba por su nombre anterior, era su hermana quién los corregía. También conversó con su mamá. 

«Cuando le dije cómo me sentía le empecé a explicar, y no lo entendía. Le explicaba de nuevo y de nuevo, hasta que finalmente lo entendió», recuerda. 

Fallo histórico

El proceso identitario de reconocerse cómo una persona de género no binario dice Indra que fue con su pareja y sus amigos. El concepto y su significado lo vio por primera vez en Instagram y le hizo mucho sentido. Por la misma plataforma, descubrió los orígenes de su incomodidad. «En toda esta información que anda dando vuelta en posts, se hablaba de la disforia de género», indica. 

«Es todo lo contrario a la euforia, cuando te sientes alegre, feliz, exaltado. Con la disforia es como estar triste, bajoneado, como achicarte, y principalmente sentirte mal en tu propia piel. Como querer sacarte y salir del cuerpo porque como que te invalidan, te hacen ser algo que no eres, y eso, como que me sentía fuera de lugar. Es como un golpe de realidad muy intenso», explica. 

Eso sentía Indra cuando su nombre social no era reconocido legalmente. Cuando iba al doctor y en la sala la llamaban por su nombre anterior, cuando mostraba su carnet de identidad, y también cuando por la pandemia, debía mostrar recurrentemente su pase de movilidad, donde constaba su nombre y sexo asignado al nacer.

«Ver mi nombre de mujer era como ponerme un disfraz, siento. Más que volver para atrás, era como ponerme una identidad que no es mía. No siento que sea yo, porque es otro nombre y otro género que no ocupo hace mucho», sostiene Indra.

De esta forma, en noviembre del año pasado se acercó a la Clínica Jurídica de la Universidad de Chile, institución que lidera la profesora Lorena Lorca y que desde 2009 representa judicialmente a personas transgénero que requieren obtener una rectificación de su partida de nacimiento en cuanto al nombre y en cuanto al sexo. 

Así, la institución interpuso una acción judicial basado en argumentos que invocaban el derecho a la identidad contemplado en la Ley de Identidad de Género. El 25 de mayo, la jueza del Primer Juzgado Civil de Santiago, Isabel Zúñiga, dio el veredicto a favor de Indra con una sentencia que señala un ordenamiento al Registro Civil para modificar su nombre registral e inscribir, en su partida de nacimiento, su sexo sólo con una X. 

«La identidad de género constituye una de las vías más representativas del ejercicio de la igualdad ante la ley, porque refleja el derecho de todo individuo de autodeterminar su individualidad y su identidad, sin estereotipos ni asignaciones que lo menoscaben moralmente y en su desarrollo integral, que es justamente lo que la ley de cambio de nombre intenta solucionar, en cuanto a que el nombre de cada persona sea concordante o refleje su género», se lee en el fallo, que recoge una nota de prensa de Facultad de Derecho de la U. de Chile.

Lorena Lorca, profesora de estudiantes que estuvieron a cargo del caso, sostiene que el dictamen «es muy relevante, porque es el primer fallo que se dicta en Chile en donde se reconoce a una persona adulta con un género no binario. Si bien esta sentencia no obliga a otros jueces a dictar en el mismo sentido resolver los casos, ya he tenido otros dos casos más en donde se han reconocido como personas no binarias. Entonces puede demostrar que ya empieza a ser una nueva mirada que tienen los jueces en Chile para reconocer la identidad de género a las personas no binarias».

Indra aún está esperando que le entreguen su carnet que señale su género no binario y dice que con este fallo siente «más esperanza» y estará «más cómoda yendo al médico, o a hacer trámites, porque ya me van a llamar como Indra en el altoparlante. Al pagar voy a ver mi nombre, y en vez de ignorarlo -porque en verdad antes me tapaba los ojos y hacía como si eso nunca estuvo ahí-, ahora si voy a ver todo bien y me voy a sentir mucho más tranquila».

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